El truco y la realidad


“Cuántas veces con un cuatro a un envido dije ¡quiero!

Y otra vez me fui a baraja sobrando con treinta y tres”…

El tanguito de Celedonio Flores bien podría resumir el sentido de esta nota. Y es que, viejo gozador del insigne juego estratégico denominado “truco”, no encuentro una mejor definición de la actual situación en el plano internacional, en el que se enfrentan fuerzas antagónicas conscientes de su impotencia para imponerse militarmente a la otra, como en los viejos tiempos.

Para aquel o aquella desdichada/o que desconoce tan descollante juego, quiero explicarle que no se trata de ganar con cartas, sino con inteligencia. Con conocimiento psicológico del contrincante, con el análisis exhaustivo de los entornos, las anteriores “paradas”, desplantes o resignaciones.

Asistimos en el plano internacional a una evidente partida de truco. Uno de los jugadores está en declarada decaída y apela a todo tipo de “picardía” para restablecer al menos la paridad. El otro, que ya “orejeó” las cartas y sabe que tiene para ganar tanto para el envido como para el truco, se maneja con prudencia, no sea cosa que su contrincante tenga una mano más fuerte. El único secreto es mantener el equilibrio y no enloquecer, tanto para uno como para el otro lado. En cuanto se ha perdido el equilibrio mental, la derrota es inevitable.

Pero basta por ahora de dar cátedra. Cuando quieran hacemos uno de cuatro o de seis.

El primero en darse cuenta de que ya no estaban recibiendo cartas ganadoras fue, ¡cuándo no!, Winston Churchill. En cuanto entendió que la Unión Soviética se bastaba sola para liquidar al nazismo, le “sugirió” a Eisenhower, el comandante supremo de las fuerzas expedicionarias aliadas en el occidente europeo, que apurara el paso y tomara Berlín, contraviniendo lo dispuesto en la cumbre de Yalta un par de meses antes, que le asignó esa operación al Ejército Rojo, ya para entonces a menos de cien kilómetros de la capital alemana.

El astuto premier británico, acérrimo defensor del imperio, incluso ordenó que las tropas nazis prisioneras no fueran desarmadas y se mantuvieran listas para volver a atacar la URSS.

Las circunstancias históricas pintaron otra realidad. En el plano militar Zhúkov y Kóniev arrasaron con los nazis y el plano diplomático un jovencísimo Andréi Gromyko, luego eterno canciller soviético, se convirtió en uno de los fundadores de la Organización de las Naciones Unidas. Quedó claro que se iniciaba una nueva época donde los intentos colonialistas por retomar sus imperios se estrellaron contra la decisión de los pueblos que habían sido esclavizados y saqueados a sangre y fuego.

El siniestro anuncio de Harry Truman a Iósif Stalin en la cumbre de Potsdam: “tenemos la bomba”, en medio del luto y destrucción europeos, sólo provocó la aceleración de la creación de la réplica soviética, concretada un par de años después.

Ya el imperialismo no pudo imponer su receta total para resolver sus contradicciones: la guerra mundial. Los conflictos bélicos desatados luego de la Segunda Guerra: Corea, Indochina, Argelia, concluyeron con la resonante derrota de los antiguos centros hegemónicos y el surgimiento de países liberados en todos los continentes, así como la reafirmación del objetivo de independencia y soberanía en América Latina, pese al férreo dominio de Washington y sus lacayos locales.

La “Tercera Posición”, esa potente idea lanzada por Perón en el proceso de liberación nacional que vivían esas naciones tuvo su primera expresión en la Conferencia de Bandung, en 1955, donde los líderes de la India Jawaharlal Nehru, de Egipto, Gamal Abdel Nasser y de Indonesia, Sukarno, acordaron la formación del Movimiento de No Alineados (NOAL), que tuvo su primera cumbre en 1961, en Belgrado, la capital de la entonces unida Yugoslavia liderada por el mariscal Iósip Broz Tito.

La ola de independencia nacional fue tan definitiva que, pese a las brutales agresiones contra Vietnam, Laos, el Congo, Namibia, Argelia, Yugoslavia, Afganistán, Guatemala, Honduras, Grenada, Cuba y pese a los descarados, crueles y sangrientos golpes de estado organizados por los antiguos y modernos centros imperiales contra nuestra América Latina, África y el Sudeste Asiático, pese al descarado intervencionismo de los grupos mundiales de especulación financiera, se consolidaron nuevos polos políticos y económicos internacionales para los que es fundamental, además de mantener su soberanía, una activa gestión de solidaridad e integración tanto política como económica y social.

El primigenio NOAL, con sus casi 150 países miembros, los dos tercios de la ONU y el 55% de la población mundial, acaba de celebrar su 60 aniversario en Belgrado y sigue siendo un punto de referencia en la formación de esos nuevos polos. La Argentina formó parte del NOAL desde 1973, casualmente desde el tercer gobierno del general Perón...

En la actualidad, nuestra diplomacia dista mucho tanto de intervenir en el NOAL, movimiento del que sigue siendo miembro y a cuya cumbre en Belgrado asistió el vicecanciller Pablo Tettamanti, como de promover su integración a organizaciones interregionales como los BRICS, con la que apenas se registraron tímidos intentos de acercamiento.

Todavía no hemos sacado las conclusiones elementales de esta gigantesca partida de truco que se juega en la mesa mundial. En el diseño y ejecución de nuestra política exterior (si es que los hacemos) es evidente la falta de operatoria de nuestra parte en estas organizaciones. Seguimos atados a una arcaica concepción que nos hace “occidentales y cristianos” frente a un mundo absolutamente diferente al pintado por el predominio anglosajón de anteriores épocas.

Esas dos terceras partes de la Humanidad conforman mundos abigarrados, diferentes, con otras concepciones socioeconómicas y políticas. El intento por establecer peligrosos “nuevos órdenes y reglas” que permitan barrer con los lineamientos básicos del derecho internacional, sustentados por la ONU: como el derecho de los pueblos a la autodeterminación o el respeto a la no injerencia en otros estados, se estrella contra esos mundos, que ya actúan entre sí en paralelo, sin tener en cuenta las antiguas verticalidades impuestas por los centros imperiales.

Seguimos atados a esos arcaísmos, sin siquiera plantearnos recurrir a las posibilidades que nos dan esos nuevos polos mundiales. Es curioso, pero la Argentina, en su combate con la delictiva deuda externa y en la pelea con el FMI por el abrumador agobio de esos 44.000 millones de dólares que el Fondo entregó para lograr la continuidad del macrismo, en ningún momento se ha referido ahora a la resolución ONU de septiembre de 2015, que definió la soberanía de los países para resolver la reestructuración de la deuda. Pese a que fue el gobierno peronista el promotor de la acción contra los fondos buitres, que generó la solidaridad de casi 150 países. Otra curiosidad, casi el mismo número de países adscriptos a las relaciones multipolares.

Asistimos a una compleja y alarmante realidad internacional, marcada por los peligrosos intentos imperiales de volver a imponer su dominio. La constante expansión de la OTAN hacia las fronteras con Rusia ha tenido una flagrante evidencia con lo expresado por su secretario general, el noruego Jens Stoltenberg, quien adelantó la posibilidad de posicionar el arma atómica ante esas fronteras. Naves y aviones de la organización atlántica, equipados con ese mismo armamento, rondan constantemente los mares y cielos cercanos a Rusia.

Moscú ha advertido en reiteradas ocasiones sobre el peligro de estas acciones. El presidente Vladímir Putin en estos días fue más contundente aún: “los barcos de la OTAN navegan ante nuestras costas en el Mar Negro. Se les puede ver con binóculos o… desde cualquier mira…”. En las costas chinas ocurren los mismos episodios. La reacción de Beijing es la misma que la de su aliado estratégico Moscú.

Los intentos de Washington por separar esta alianza no sólo no tienen éxito sino que han provocado una unión más fuerte y resuelta. Los departamentos de defensa de Rusia y China trabajan en conjunto y planifican en conjunto sus maniobras. Es trascendente señalar que a ellas se les unen otros países del sudeste asiático y que, debido a ello y pese a la huida norteamericana de Afganistán, se ha logrado que la toma del poder de los talibanes no genere el desequilibrio estratégico en la región. Lo mismo está ocurriendo en el cuerno de África, en Siria, en Libia.

Los intentos de Washington por cortar la cooperación energética entre Rusia y Europa Occidental son destruidos por los propios eurooccidentales. Pese a las provocaciones ucranianas alentadas por sus socios transoceánicos. Son los propios Macron y Merkel los que convocan a una mejor alianza con su proveedor ruso y con su cliente chino.

La realidad es tan terca que la cerril oposición a la vacuna rusa contra el coronavirus, mantenida por la Unión Europea, está siendo derrotada por la aguda necesidad de contar con la “Sputnik V”, una de las vacunas más seguras del mundo, para enfrentar la nueva y dura ola de la pandemia. Algo que la Argentina hizo hace más de un año: fue una de las primeras en reconocer el fármaco y una de las primeras en iniciar su producción local.

Sin embargo, pareciera que estos evidentes y contundentes ejemplos de la realidad todavía no han llegado a calar en la formación de nuestra política internacional. No alcanzamos a comprender esa realidad, en la que no hay un solo jugador, sino varios. En la que quien era el jugador omnipresente y omnipotente cede constantemente espacios e iniciativas a manos de las nuevas opciones mundiales.

Claro que, para entender el truco hay que saber jugarlo y asumir la necesidad de calcular la postura, las intenciones y las posibles cartas que tenga el contrincante para poder compararlas con las que uno tiene en la mano. La sabia conjunción de todos estos factores es lo que, finalmente, permite superar al adversario.

Así que, “queridos chichipíos”, como calificaría Tato a sus interlocutores, este truco es para avezados profesionales. Para quienes ganar es algo más que superar los 30 porotos. No todos pueden lograrlo pero hace falta que alguien lo haga. O seguiremos “yéndonos a baraja” como pobres aficionados…

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