En la tribuna

Estamos todos, todos incluidos, al mismo tiempo en el ruedo y en la tribuna.

Estamos todos, todos incluidos, al mismo tiempo en el ruedo y en la tribuna.

En la tribuna ansiosamente esperamos la derrota, en el ruedo, de la bestia que la sabemos astuta y experimentada.

Lleva muchos años asediándonos y – sin duda – ha logrado escaparle a todos los intentos de acabar con los dos males que porta encima y con los que nos envenena la vida.

Mucho antes que la Pandemia, como amenaza fatal de aparente larga duración y la cuarentena, arrasadora como un tornado extraño que resultó de larga duración, sufrimos los males de la bestia.

Esos males son la inflación, que nos duele a todos aunque golpea mucho más a los que están atados a ingresos fijos y el estancamiento de la actividad, que destruye trabajo presente y futuro y que deprime las expectativas y se lleva, con la depresión inflacionaria, los excedentes al exterior.

En el ruedo, a esos males le escapamos como podemos. Pero allí en la realidad, aunque sea extraño, un mal alimenta al otro.

No importa el mecanismo pero lo real es que, en el ruedo, el estancamiento alimenta la inflación. No la para. Y la inflación, en el ruedo, con la huida del excedente le pone aceleración al estancamiento y lo hace caída. Así estamos. Sin saber para dónde disparar.

En esta vertiginosa Argentina – en la que “todo está por hacer” y , sin embargo, lo poco que se hace parece viejo – tenemos la sensación, y ya ha dado algunos pasos tratando de zafar, de que Alberto Fernández está en un remolino mientras trata de clavar dos banderillazos al desbocado toro de la inflación y el estancamiento. En el ruedo está ese toro.

En un cuerno, el toro, lleva la furia de la inflación, y en el otro la parálisis del estancamiento. Los dos hieren.

Hoy tiene un tono amenazante porque ocurre sobre los girones sociales que ha ido acumulando en su carrera.

La confusión no pudo ser peor. Por años se reiteró, con distintas fórmulas, similar propósito y peores resultados, la política de atender las consecuencias y nunca las causas. Esta es la madre del problema.

Ponga los números que quiera, estancamiento de 10 años si somos generosos; y, si somos precisos, el PBI por habitante hoy es igual al de hace casi medio siglo. ¿Cómo no se va a multiplicar la pobreza?

Para los cánones habituales de todas las economías, ¿es posible que en tamaño estancamiento no reine la “deflación”? Nuestra inflación multiplica por 10 las tasas vecinas. 

Los vientos contrapuestos por la contradicción de visiones, entre los miembros del actual gobierno, son los que forman el remolino que lo quiere atrapar a Fernández. La vertical del remolino empuja hacia abajo. En ese escenario difícil “torea” Fernández.

El remolino, la contradicción interior en el FdT, deprime la capacidad de gobernar y la confianza que debe insuflar quien gobierna a la sociedad.

Una apostilla. Por lo que se escucha y se ve, los jóvenes (un poquito pasados) de La Cámpora se están apropiando de la conducción del PJ. No es como consecuencia de una elección entre los afiliados. Es la decisión de las cúpulas. No es diferente de lo que pasa en el resto de los partidos políticos que representan el primer escalón de esta democracia que no es de “baja intensidad” sino de una intensidad pigmea. Con todo lo que esa palabra sugiere. Pero es más grave en esta particular circunstancia política. ¿Alguien duda que Cámpora fue expulsado por el propio Perón por haber traicionado su legado? ¿Cómo puede ser que quienes se confiesan inspirados por el traidor al legado, al mismo tiempo, quieran conducir el Partido que dice cultivar el legado de Perón?

Tenemos derecho de pensar que el General se debe preguntar ¿no me escucharon que ni Cámpora ni la “juventud maravillosa” tienen nada que ver con mi pensamiento, mi programa, mi legado? En esos términos se genera el remolino. Volvamos.

Los banderillazos que Fernández intenta clavar al toro, sugieren que va a por recuperar su “carisma” electoral, poco kirchnerista y muy propio de los gobiernos que, con sus más y sus menos, caracterizaron el período de 30 años que, estadísticas en mano, fue el de mayor expansión por habitante del PBI en el Siglo XX.

Ese fue el período (1944/1974) en que se realizó la construcción del Estado de Desarrollo y Bienestar. Todos esos gobiernos hicieron mucho por el crecimiento, bastante por el desarrollo y trataron de contener el difícil proceso inflacionario.

La inflación, en aquellos años, (minúscula comparada con las de las últimas décadas) era consecuencia del crecimiento afectado por una velocidad e integración sistémica, menores a las requeridas por el equilibrio.

En ausencia de motor externo de tracción, la política económica debía homologar económicamente el avance social logrado en materia de calidad de vida y la equidad distributiva ocurrida en esos años.

Guido Di Tella identificó a ese “efecto demora” en la tasa de crecimiento como consecuencia del “efecto aceleración de la equidad”: si nos tomamos todos de la mano, para que nadie se pierda, la velocidad la determina el que menos corre.

Una aclaración: desde que quedamos desenganchados del Imperio Británico – motor del “crecimiento en primarización” - nuestra economía necesitó un motor de propia factura para un destino propio.

En los 30 gloriosos produjimos un “motor interno integrador”. Fueron años de desarrollo: un sistema de planeamiento orientativo, leyes de promoción de la inversión reproductiva, precios sombra como elemento rector en lugar de la tasa de interés de mercado, financiamiento promocional de la inversión a largo plazo. Y funcionó.

La deliberada destrucción de cada una de los instrumentos (1975) provocó el ocaso del crecimiento por la clausura del sistema de planeamiento, las leyes de promoción, el financiamiento promocional y porque se instaló el dominio de la tasa de interés de mercado anulando los precios sombra.

Hoy mientras perdura la incapacidad de diseñar y poner en marcha, el motor propio, por ejemplo, la relación con China se plantea como una remake del Imperio Británico: primarización de la producción e infraestructura china en el gobierno del sistema logístico y de infraestructura.

Los banderillazos de Fernández sugieren la intención de reconstruir el “carisma” de “bienestar y desarrollo”, que muchos le asignaron y la razón por la que lo votaron, a pesar de CFK. Si Alberto avanza por ahí hay una posibilidad de revertir la primarizante ausencia de motor propio.

El primer banderillazo es el Acuerdo de Salarios y Precios para desacelerar el proceso inflacionario, reuniones positivas con sindicalistas y empresarios.

El segundo banderillazo el Consejo Económico y Social. Dijo Alberto “con Gustavo Beliz. Lo que queremos es tener una mirada de más largo plazo y discutir todo. (Página 12)    

Sin embargo patinó en relación al campo y a la tasa de inflación, dijo “Tienen que entender que son parte de la Argentina”. 

El 99% de los productores rurales son  argentinos y acumulan su excedente en productos del campo, que los preserva relativamente de la erosión inflacionaria, pero no de los incendios o daños de silos, acerca de los cuales los funcionarios de agricultura poco han hecho.

El Presidente no ignora que la mayor parte de la producción industrial está en manos de empresas extranjeras las que, por definición, si no invierten aquí, acumulan en el exterior. REPSOL: las rentas aquí ganadas – además del regalo K a los Eskenazi – la hicieron grande en otras regiones del Planeta. Aquí no invirtieron una moneda.

Fernández, en ese reportaje, pareció apuntar a los productores primarios como responsables del “encarecimiento de la mesa de los argentinos” derivado del crecimiento de los precios internacionales de las materias primas.

Pero ese mismo crecimiento de los precios internacionales no produjo incremento de la inflación en la mesa de los grandes países. En EEUU, en la UE y en Brasil la producción primaria goza de los mismos precios y no hay impacto inflacionario. ¿Por qué?

Una acotación: en los países citados, la producción primaria (no los precios en la góndola) está subsidiada por el Estado.

¿Porqué los precios internacionales serían aquí, siendo los más eficientes del Planeta, la causa excluyente de la inflación en la “mesa de los argentinos”?

En una mesa de Acuerdo de Salarios y Precios  - instrumento valioso y de mucho éxito en el Planeta, a pesar de la mala prensa – debería ponerse en blanco y negro la cadena de valor de los bienes finales, la incidencia de cada integrante en ella y el modo de evitar el “encadenamiento inflacionario” gestado por las expectativas al alza y sometido al grosing up, que sería neutralizado , en la cadena, por el acuerdo de trasladar sólo la exacta incidencia.

El miércoles en la reunión del Presidente con la Mesa de Enlace, primó la lógica. La conclusión apuntó en la dirección correcta: revisar las cadenas de valor.

Por otro lado, hay sectores asalariados que reciben, sea por la productividad de la actividad o por el vigor de la representación sindical, remuneraciones muy superiores al promedio. Otros lo hacen muy por debajo del promedio. Ese es el proceso de “deslizamiento salarial” que debe ser tenido en cuenta en la emergencia.

La lógica para este “estado de emergencia” es que, así como los precios pueden ser administrados y desacelerados por el criterio de la exacta incidencia, los salarios deberían ser ajustados por una suma fija, habida cuenta de las convenciones respectivas de los últimos meses.

A partir de la firma de los acuerdos y, por ejemplo, por dos años, el estado de emergencia inflacionaria y de desempleo, deberíamos regirnos por este esquema simple y rígido a la vez. La pregunta es ¿por dos años y hasta cuándo?

Martín Guzmán, en Tucumán, afirmó que la inflación también un fenómeno afectado por la macroeconomía. Expresó claramente su visión en el excelente reportaje de Marcelo Bonelli. Expuso que, en la macro, pesa negativamente el déficit estructural del Sector Público. Que pesa negativamente es obvio. Lo que no es obvio, para mucho colegas, es que el problema es estructural y no se resuelve a sablazos “bajando el gasto” ni suponiendo que “la economía” no es un sistema.

La respuesta a la pregunta “hasta cuándo un régimen de excepción en materia de precios y salarios”, es: “hasta que comiencen a sentirse con fuerza las señales de salud del Sector Público”.

¿Cuáles? Primero congelando, sin excepciones, por diez años, en los tres poderes, la dotación de personal. La baja vegetativa de personal, acordada con todos los partidos, es la condición para terminar con el impacto multidimensional del crecimiento excedente del empleo público.

Esa congelación de la dotación debe ser acompañada por la austeridad en los gastos.

Segundo, es imprescindible ejecutar la suspensión de las erogaciones previsionales que generaron las moratorias insensatas que habilitaron la jubilación de personas que no hicieron aportes porque no trabajaron por no haber tenido la necesidad de hacerlo: ¡la señora del empresario!¡el millonario que vivía en el exterior!

Nos cuestan miles de millones de pesos para financiar un error de demagogia equivocada. Hay métodos disponibles para hacerlo sin violar derechos adquiridos.

Tercero, esa política de austeridad fiscal debe ser acompañada pari passu con un programa de creación de empleo productivo. Para ello están disponibles incentivos monetarios que hoy son subsidios para la subsistencia y que como tales son insostenibles a mediano plazo porque no agregan valor y reducen el capital social.

Todo esto es tarea del segundo banderillazo propuesto por Alberto.

En dos años se puede poner en marcha el plan económico de largo plazo y lograr – con proyectos concretos - el financiamiento de las agencias internacionales y el aporte, con transferencia tecnológica, de inversiones de infraestructura procedentes de países desarrollados que necesitan colocar su producción que permitirá reconstruir nuestro tejido industrial y regional. Obvio previo acuerdo con el FMI.

La solvencia del imprescindible Acuerdo de precios y salarios para salir de la inflación, está fundada en la capacidad de diseñar el largo plazo consensuado con las fuerzas de la producción y los partidos para, en dos años, comenzar a dar señales concretas de salida del estancamiento, generando salud fiscal de largo plazo y flujo de inversiones disparadoras de infraestructura y transformación de las regiones postergadas  para hacer de la geografía una sola Nación y no “las dos ciudades” en las que por ahora sobrevivimos.

Las banderillas bien colocadas hacen bueno al torero.

El apoyo sindical manifestado en la primera reunión del Acuerdo y los aplausos empresarios al ministro Guzmán, nos anuncian que algunos de los que están en el ruedo se animan a mover la capa para que algunas banderillas se coloquen.

En la tribuna todos sabemos que el toro desbocado no da tanto tiempo y con las banderillas puestas hay que clavar la espada hasta que la bestia ruede.

Diarios Argentinos