En suspenso

Por: Carlos Leyba


Un momento de desconcierto y confusión; y en el que no se sabe lo que se debe hacer.

Falta claridad. Y la palabra de la conducción pública es hoy, en la misma medida, más insuficiente pero más necesaria que hace mucho tiempo. Estamos en cuarentena, casi improvisando como evitar el contagio. No hay un Manual de procedimiento universalmente aceptado. Y cada dos semanas, período de incubación, revisamos el estado de la cuarentena.

Ahora, también por unos días, estamos en suspenso de default. Estamos en mora pautada. La cuarentena nos ayuda a evitar los contagios y al colapso sanitario, pero tensiona la vida cotidiana y congela parte de la economía.  El default en suspenso, virtual o indefinido, no clausura la imaginación acerca de que finalmente se firmara la paz; mientras tanto, el temor que genera que no haya paz, paraliza.

Desconcierto. Ambos riesgos, el del coronavirus ganándole a la cuarentena y el de las ingobernables consecuencias del default, son elevados y difíciles de contrarrestar. En el tema del default entre el jueves y el viernes hubo un retroceso. El jueves por la tarde el FMI manifestó su satisfacción por el acercamiento entre las partes. No fue. El viernes un paso hacia el default. El presidente afirmó que estábamos en él. Sin embargo, las conversaciones continúan. ¿No queremos entrar?

El día de la Revolución nos encontrará en doble suspenso. Si no llegáramos a resolver el problema de la deuda, los días que nos esperan seran muchísimo peores a los que podemos imaginar sin él, es decir, con paz financiera. Esa paz financiera es imprescindible para poder enfrentar mejor la salida económica de la cuarentena. Los costos de la paz, si la logramos, serán enormes. Mucho mayores los costos de vivir sin ella. Más difícil la salida económica de la cuarentena.

No todos piensan lo mismo. Veamos.

El default, que es insensato, tiene adeptos. Conducirnos a él, con la idea de la “sustentabilidad”, sería un enorme error. Una economía en default es, por definición, insustentable. “Sustentable” es algo que se puede sustentar. Que se puede mantener en el mismo estado. O bien que se puede defender con razones. Una sustentabilidad física y otra argumental.

Primero, si se consagra el default todo lo malo que estábamos pasando antes de la cuarentena y lo que previsiblemente pasaremos después de ella, en default, será muchísimo peor. Con default nada será igual, entonces, es insustentable. Ignoro que razones se podrían alegar para defender la racionalidad de ir al default. Si llegamos a la necesidad de renegociar la deuda es porque es extremadamente gravosa. Debemos obtener mejores condiciones en términos de plazos, tasas o capital. No hay duda.

Default significa someter la deuda a los tribunales de New York; y hasta que se sustancie, sufrir una parálisis de crédito global, para las empresas y para el Estado. Ese tiempo nos deberemos arreglar con los dólares que generemos. Pero, si crecemos, con esta estructura económica tal cual es, como somos deficitarios, no nos queda otra que “achicar”. El default es recesivo.

La ausencia de toda posibilidad de crédito, en estas condiciones y las previsibles condiciones globales, es recesiva. La considerable cuota importada que genera el Consumo obliga a achicarlo. ¿Será capaz el gobierno de encarar la mega sustitución? En las actuales condiciones de la economía (nivel de actividad, empleo, etc.) y en default no se pueden mantener los niveles: las caídas se agravarán. El default es esencialmente “insustentable”.

Los que lo alientan, sin dudarlo, más allá de desearlo lo debilitan a Alberto Fernández. El fuego amigo es conducido por Carlos Heller, Fernanda Vallejos y los amigos del default. Amores que matan. El debate, a partir del default, es el de una comparación entre, por un lado, la insostenibilidad de la economía en default; y – por el otro - la insostenibilidad de un programa de cancelación de la deuda. La diferencia esencial es que el default genera una insostenibilidad presente. Y la negociación de la deuda, si fuera insostenible, plantea una insostenibilidad futura. Sexo de los ángeles.

Tal vez muchos apelan a imaginar, hay veces en que la imaginación es deseo, que la situación presente puede parecerse a la que administraron Eduardo Duhalde y Néstor Kirchner. Hay que recordar que entonces hubo un tipo de cambio real irrepetible, retenciones inesperadas, congelación tarifaria, inaudita tolerancia social y un viento de cola que empezó suave y siguió soplando hasta llenarnos de dólares de comercio y dólares de retorno azuzados por la cotización reptante del peso.

Con default las cosas serían mucho peores que sin él. ¿La proximidad de un arreglo? De todos modos, se trataría de un arreglo de un solo problema en el marco de una realidad compleja. Hay mucho más que la deuda para arreglar. Hay una realidad previa que es, justamente, la causa de la deuda. La deuda es una consecuencia. Si salváramos el default nos encontraríamos con la causa que dio lugar a la deuda: el verdadero origen de la zozobra permanente.

La situación, sea la anterior a la cuarentena, sea la anterior a la toma de la deuda, sea la anterior - remontándonos a siniestros años-, se describe como la estructura de una economía hecha para la deuda. Esa es la deriva de esta estructura económica: “dos deudas”, la externa y la social. La estructura económica las produce, mas allá de los manejos espantosos de la macro de corto plazo. Gran parte de nuestros colegas economistas en lugar de ver aquello que causa la deuda, observan las consecuencias de las políticas que deben administrar la deuda.

Dos maneras de ver el mundo: verlo venir o irlo a buscar.

En estas condiciones de “suspenso”, el ministro Guzmán debería manifestarse pronto y de un modo que hace muchas décadas no se hace. Es que sin anunciar con firmeza una visión sobre lo porvenir, millones de decisiones se postergaran. Guzmán persigue el silencio. Entonces ésta presente amenaza prorrogarse. 

¿Tiene este presente algo que sea valioso de prorrogar? Pobreza, desempleo, desequilibrios, bajísima productividad, inflación, ausencia de inversión. No es de ahora: se acumula hace décadas. El “ahora” le agrega, a la estanflación de Macri, la cuarentena que ha evitado el colapso sanitario pero que ha derrumbado la economía. A los males estructurales y a la estanflación heredada, le sumamos que en “11 días de cuarentena la economía cayó en marzo 11,5%”. Y caerá seguramente más. En esa caída hay mucho débil que rodará de manera irrecuperable. 

En este clima hay que proponer un futuro. No el horizonte largo del que carecemos hace años. No. Hay urgencias previas. Hay un “inmediato”: el que habremos de transitar al salir de la cuarentena. Llamémoslo “futuro próximo” para distinguirlo del “futuro deseado”. Martín Guzmán es el responsable de la política del futuro próximo que tiene dos componentes. El inmediato, o la administración económica de la cuarentena; y el “futuro próximo liberado” que es el de la post cuarentena.

Desde hace muchos años no hay rastros de un “futuro deseado”.

Deseo es la revelación del interés y la voluntad de la realización del algo. La “Argentina Deseada” es una gran ausencia de la política. Un fenómeno difícil de explicar en una sociedad que - hace por cierto muchos años - tuvo una vocación de proyecto. Generaciones que imaginaron un país y lo concretaron; y generaciones que imaginaron un país mejor y lo concretaron. Lo que no se puede concretar es lo que no se imagina, lo que no se sueña y lo que no se piensa. Hoy estamos en el suspenso de la coyuntura trabada por la cuarentena y la amenaza de default.

Pero llevamos cuatro décadas en ausencia de proyecto propio. De pensamiento propio. Mendigando un proyecto ajeno. Veamos.

Para las conducciones fuertes de la economía de las últimas décadas no hubo “Argentina Deseada”: toda alusión a un Plan, a un Programa, a una definición de acciones estratégicas colectivas propias fue derogada. Se disolvió la oficina de planeamiento, se liquidó el sistema de financiamiento de inversión a largo plazo y se derogó toda ley de promoción a la inversión. Caso único en la economía mundial. El compromiso político se degradó hasta la minúscula creación de “condiciones” para que una “Argentina ocurra”. Es la idea de poner “las reglas” y decir “jueguen Ustedes”. Con el agravante que esas reglas eran un dictado que muchos países predicaban pero que ninguno, de donde la cátedra provenía, lo ponía en marcha. “Haz lo que yo digo, no lo que yo hago”.

La Dictadura Genocida, Carlos Menem y Mauricio Macri procuraron las condiciones para que una economía, liberada a las fuerzas del mercado, forjara una “nueva economía” que dejaban en las manos de la sabiduría prodiga del mercado. El Estado se limitaba a que las condiciones de las tres “D” de Roberto Aleman (desregulación, desestatización, desinflación) habilitarán el camino al futuro. Increíble. Pero real. El resultado fue (en 45 años) una inflación galopante; una duplicación del Estado para compensar las crisis sociales que esas políticas provocaban; y – finalmente – la liberación, financiada por deuda, del comercio que liquidó la trama de la industria y generó el desierto de “restricción externa” y “sufrimiento social” que aun debemos transitar.

Las tres administraciones dominantes de esos años incrementaron los pasivos: deuda externa y deuda social. Las estrategias de “crear condiciones” sólo provocaron destrucción, porque desincentivaron la inversión en actividades productivas, que crean trabajo y aumentan la productividad. Es obvio que la Argentina necesita la verbalización de una “Argentina Deseada”. Una obra que requiere un consenso básico sobre lo que queremos construir. Los argentinos no podremos lograr un consenso sobre el pasado ni sobre el presente. La grieta.

Sí creo que es posible acordar los grandes objetivos de un futuro deseado. Es un paso. Seguramente mantendremos un consenso menor, incompleto, sobre el camino, los instrumentos, para lograr esos objetivos. Pero en la medida que una política comience a aproximarse a esos objetivos aumentará el consenso sobre las políticas. Duplicar el PBI en una década; pleno empleo formal; volver al porcentaje de pobreza y a la distribución del ingreso más equitativa de nuestro pasado; un Estado eficiente de planta optimizada; los resultados educativos más altos de la región; reducir los costos del sistema de salud; terminar con la “restricción externa”; reducir drásticamente los costos logísticos.

Esos son algunos objetivos globales compartibles por la inmensa mayoría. ¿Cómo llegar a ello? Dependerá de las ofertas de los partidos políticos cuyas propuestas debería ser como llegar a esos objetivos. Guzmán podría proponer una estrategia para consensuar esos objetivos y formular una manera de lograrlos. Pero no es razonable esperarlo de él en estas circunstancias. Lo que sí es imprescindible es que el ministro ponga en marcha - una vez que la cuestión, default sí default no, haya sido resuelta - es el cómo administrar la cuarentena sin asistir a la profundización de sus costos.

Emmanuel Macron, respecto de la asistencia a los trabajadores impedidos de agregar valor en la cuarentena, lanzó la “nacionalización de los salarios” que han dejado de agregar valor para contribuir a la dignidad de la vida de los trabajadores; y para que no se interrumpa la cadena de pagos. Es “nacionalización” porque no es un problema privado sino público. Nuestro Estado para hacerse cargo debe acudir a la emisión. Es un mal menor. Lo está haciendo, con normas cambiantes. No está del todo bien.

Es imprescindible tener una política integral. No tenerla agrega confusión y genera vacíos. Por ejemplo, desde el mismo espacio gubernamental proponen que esas ayudas del gobierno, destinadas a sostener la dignidad de los trabajadores, se conviertan en deudas empresarias. Y que esas deudas se conviertan en parte estatal del capital de las empresas. Capital que, si fue a salarios, ya no está. Un misterio de la lógica. Es cierto en que muchos países el Estado ha capitalizado empresas para que puedan continuar o crecer. Pero hizo aportes de capital que acrecentaron el capital de las empresas. No la financiación de los salarios de trabajadores que por no trabajar no agregaron valor.

Otro ejemplo es la búsqueda de recursos a través de gravar los bienes, incluido las tenencias del capital de las empresas, pero sólo a las tenencias de empresas argentinas. Una discriminación en contra del capital nacional. Las empresas extranjeras – algunas competidoras -, sin accionistas locales, no rinden tributo. Y tampoco lo harán empresarios argentinos cuyo patrimonio local goza de la proteccion de un fideicomiso o de alguna forma cooperativa que lo exima. Todas estas propuestas agregan suspenso estructural al suspenso que la coyuntura nos impone. ¿Cuál es la idea que está atrás?

Hay tres métodos para ejercer el poder, el garrote, la zanahoria y el abrazo. Todos los países (aun la China comunista) utilizan la zanahoria para atraer inversiones. Las últimas propuestas legislativas han optado por el garrote. En el suspenso no parece ser el método más rendidor. Toda esa nueva normativa “entusiasta”, surge como consecuencia de la ausencia de un programa explicito para la gestión de la economía en cuarentena. Guzmán está en mora y deja vacíos que otros llenan. Y lo llenan de piedras para su camino. Otra vez el silencio apesta.

Más grave aún es el silencio sobre el futuro inmediato liberado, es decir, el programa económico después de la cuarentena. ¿Esta pensado como abordar para que la salida tenga la forma de una “V” y que no se convierta ni en una “L” ni en una “pipa”? La “V” es la condición necesaria para que todas las ayudas, basadas en la emisión, se validen económicamente en un aumento de la producción. Sin programa, con el deterioro de las empresas y el mercado, más las cargas que se están formalizando, la salida se tornará en un problema más que en una solución.

Brasil no deja de devaluar y sufrimos una invasión, lógica, de sus productos industriales. Brasil erosiona el mercado interno para el trabajo nacional y no estamos haciendo nada como coordinación o espejo en las políticas nacionales. No hacemos nada que se asemeje al tónico que cualquier médico le ofrece a un enfermo que acaba de levantarse de la cama. En esas condiciones el convalesciente, lo mas probable, es que sea víctima del accidente más tonto. Volviendo atrás. En los hospitales decía “el silencio es salud”. Pero en economía la palabra de un ministro primero construye la confianza que la economía requiere en la claridad de su visión; y después en la confianza para decidir. La comunicación del ministro es para bajar la incertidumbre que es mucha. Mucha en el transcurso de la epidemia, en el escenario propuesto a la salida y ahora, gracias a las nuevas leyes propuestas, en el marco estructural.

Sin anuncios de lo que se quiere hacer ahora y después de la cuarentena, aguantar la definición del default se hace más complejo.

Celebrar el sol del 25 criollo que hace tanto no tenemos, a pesar del éxito sanitario de la cuarentena, no va a ser fácil.

Explicar es echar luz para romper el suspenso.  Por lo menos eso.

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