Evitar el contagio … económico

Por: Carlos Leyba


Se hace difícil pensar en el futuro cuando todos nos hemos concentrado en esperar que pase el presente. Estamos en un presente continuo esperando que se retire. Que se vaya como vino.

Un presente que, nadie duda, es el más duro que jamás hallamos vivido. No nosotros, sino el Planeta todo. Las excepciones no cuentan.

Con un mundo interrelacionado, aún en aquellas geografías que no sufren el contagio, algunas de las personas que allí habitaron - hoy viviendo donde el virus golpea - duelen a los suyos, aunque donde ellos estén, no esté el corona.

Un flagelo universal. Hubo otros en la Historia. Pero ninguno en la historia de los que hoy vivimos. Sufrimos amenazas universales como la de la Guerra Nuclear. Pero está vez no fue la manifestación del poder inmenso como amenaza, sino la radical debilidad como causa de sufrimiento y cambios en los modos de vida.

Millones de seres humanos estamos confinados por la amenaza de un microscópico virus. La mejor defensa sería un ataque. Pero no tenemos aún la manera de hacerlo.

La única defensa que tenemos es encerrarnos. La batalla personal, si se gana, se gana -en las concentraciones urbanas - entre las paredes de la casa. La condición necesaria es tenerla. Son muchos los que, en las concentraciones urbanas, no la tienen. Algo que ha denunciado su dramática precariedad. No es nueva. Estaba ahí. El virus la expuso.

La posible defensa personal es despareja y esa constatación dispara la primera definición que tenemos heredada del presente hacia el futuro: nuestra sociedad tiene que “desconstruir” el modelo de la desigualdad.

¿No era acaso la “igualdad” uno de los ideales de la democracia? ¿La igualdad ante la enfermedad? ¿La igualdad en la preservación de la salud? ¿Cómo olvidar la promesa constitucional de Raúl Alfonsín? ¿Se come, se educa, se cura? Cuánto fracaso acumulado.

El coronavirus vino a recordarnos el valor de la salud pública – la salud fuera del mercado – para poder construir el primer paso de las oportunidades de vida de manera igualitaria.

En el presente estamos corriendo una carrera contra el tiempo para lograr que la salud pública sea el bien público que nos hace iguales en la preservación de la salud con la que casi todos hemos nacido y que muchos la van perdiendo. Como decía el Dr. Abel Albino, en los primeros días y meses de vida, cuando la organización económica les niega a todos los niños la futura salud física e intelectual, se juega el futuro aun de los que lo han recibido.

La salud del otro, en todo el sentido, es la garantía de la salud de cada uno. Eso nos lo está enseñando el virus. Claro que nos recuerda una verdad radical: no hay derechos sin acumulación. O se limita el valor de las palabras de campaña.

Derechos de verdad sólo existen como consecuencia de la voluntad política de tenerlos y eso implica acumulación. No hay otra.

Los respiradores, las camas, todo eso no los recuerda. ¿Cuántos, dónde?

Hay cosas que son comunes. No hay manera de tenerlas propias. La salud, en el sentido mas amplio, es una de esas cosas que por eso debe ser una prioridad pública. No es la única.

Años desguarnecida, segmentada, abandona a la voluntad de “pedazos”, privados, sindicales, sin un plan maestro. No es la gestión no pública lo cuestionable, sino que impide el plan maestro y las prioridades. Vaya lección que nos da el cornavirus.

Estamos urgidos en el presente por salud pública. Y tenemos ya frente a nuestros ojos el desafío del futuro: prioridad uno salud pública.

Eso implica un rediseño estructural. ¿Lo haremos? ¿O pasada la pandemia volveremos a ignorar las prioridades de la democracia que son responsabilidad de la organización de la política?

En la salud el presente urge. Pero no sólo en ella. También en la economía. Hay mucho de presente. Pero si en el tratamiento de este presente corremos detrás de los hechos la economía real no nos da la oportunidad del “encierro”.

La economía real contagia de manera inmediata y genera un efecto dominó en el que no sólo se caen las paredes sino la posibilidad de levantarlas.

A la cuarentena de la salud le corresponde una economía de la preservación para que podamos tener mañana. De eso se trata. Y para eso sirve la política.

Pero, en política, cada vez que resolvemos un problema inevitablemente creamos otro.

“La política es el arte de gestionar la decepción” dijo Daniel Innerarity.

La clave es que el nuevo problema sea menor que el que se ha resuelto. El éxito, como tal, no es posible y todo “éxito” es incompleto. Por eso nunca hay que cantar victoria.

Todo problema social debe ser enfocado y atacado sistémicamente, y por lo tanto el ataque sistémico afectará negativamente algún componente de los tantos del sistema lo que amenaza revivir el problema inicial.

Por eso la continuidad es esencial como estrategia: no sólo apagar el incendio sino desbrozar la proximidad, etc. Nada funciona si el tratamiento sólo es de impacto.

La cuarentena sanitaria tiende a resolver el problema del contagio pero, al mismo tiempo, (se ha dicho hasta el cansancio) provoca en la economía un gigantesco problema adicional a los ya muchos preexistentes. Urge procurar resolver los problemas económicos que se han presentado y anticiparse a los que se presentarán. ¿Lo estamos haciendo?

Hay dos actitudes frente a los problemas.

Una es esperarlos y actuar para reparar el daño. Eso hace del ejecutor un protagonista. Y a pesar de los daños, porque el problema ya empezó, hay un reconocimiento al ataque y eventual solución al problema. Esa es la visión administrativa de la política.

La otra actitud es anticiparse al problema con una visión previsora y de largo plazo. Si las cosas van bien el problema previsto se nota poco. Se nota otra cosa que, como problema, es menor ya que toda solución, si es correcta, genera un problema menor al que previsoramente se impidió que se activara.

Evitar el problema es la visión de “estadista” de la política.

Podemos actuar respondiendo a los problemas una vez que se presenten o bien trabajar sobre las posibles derivaciones.

La dimensión gigante del problema sanitario y la gravedad económica del presente más lo que ocasiona y ocasionará la cuarentena nacional y las “n” cuarentenas planetarias, representan una gigantesca complicación para el ejercicio del poder y de la política.

Firmeza, templanza, madurez de las políticas, pensadas y discutidas, evaluadas en sus distintas facetas producen la virtud de conducir y así canalizar energías sin disiparlas.

La política sanitaria ha sido y es un ejemplo de virtud, resultado del consenso de gobierno y oposición.

La convocatoria a profesionales para pensar y discutir, generó una decisión virtuosa y hoy gozamos del consenso.

Un ejemplo de liderazgo que mejoró muchísimo la imagen presidencial.

Pero en las últimas horas los retos y las escaramuzas de los cacerolazos y la Marcha en los balcones, revelan el renacimiento del espíritu pequeño que ensombrece. Debemos cuidarnos de ello. Vacunarnos contra ese mal cuyas consecuencias son imprevisibles.

Como también debemos cuidarnos de la falta de planificación ordenada, sensata, experimentada, cuando se trata de llevar las soluciones al campo de la práctica.

Lo que ocurrió con el pago a los jubilados después de días de bancos cerrados, sin considerar que por tratarse de una brutal condición de riesgo de esa población (la vejez, la escasez de recursos, la desesperación por la liquidez, la incapacidad para el manejo de los medios electrónicos, la lejanía de los centros provistos de equipos, etc.) estarían primeros en la cola por temor al default operativo de los bancos, es no haber planificado el operativo.

De la misma manera el reparto de la comida cocinada entregada a la mano de cada uno, la estrategia del cucharón, que lleva la gente a la cola. ¿No hay otra manera más precisa, más limpia, más ordenada de hacerlo?

Planificar es fundamental y hacerlo con el concurso de distintas miradas. El delivery de dinero, de comida, de cuidado, es un problema tan grande como el de los propios recursos. Encontrar los recursos es una condición necesaria pero no suficiente. De nada sirve no conocer el camino del delivery.

¿Cómo emulamos la sabiduría de la cuarentena sanitaria en la política económica para evitar que el parate obligado se convierta en un efecto dominó de capital empresario que se desorganiza y que nos conduce al colapso?

La cuarentena definió a nuestra economía en dos sectores. Bienes y servicios esenciales y, el otro sector de los que no lo son.

En el sector “esenciales” se agrega valor y sus trabajadores formales o informales, reciben ingresos normales. Todos los pagos, impuestos, deudas, etc. se procesan y no se interrumpe la cadena de pagos intra sector sino sólo en casos excepcionales.

En el de los “no esenciales” no se puede trabajar y no tiene demanda habilitada.

Mientras la producción de esos bienes está prohibida, es posible importar los mismos. “No te dejo producir” pero permito que el importador se abastezca. Los stocks de

no esenciales importados aumentará. Al término de la cuarentena se debilitará la recuperación de la producción local.

Este es un ejemplo de lo que significa prever lo que ocurriría si no actuamos con previsión: valga la redundancia.

En el sector de los bienes esenciales no hay mayor riesgo de corte en la cadena de pagos.

Pero en el caso de los no esenciales, cualquiera sea el tamaño de la empresa, el riesgo de corte en la cadena de pagos, por falta de ingresos, es de riesgo elevado.

La consecuencia no es sólo la ruptura de la cadena de pagos sino la futura es la desorganización del capital, el desempleo, todas condiciones que debilitan al sector para afrontar la salida de la cuarentena y la futura recuperación del nivel de actividad.

Si la fuente de ingresos en ese sector no es ya el flujo normal de la actividad, se pueden imaginar soluciones retóricas, por ejemplo, el uso de las reservas empresarias y eventualmente el aporte de capital de los socios.

Pero el sector no agregó valor. Los pagos se harán, en el caso que existan, mientras las reservas alcancen: un breve período al que inexorablemente, cualquiera sea la dimensión de la empresa, sucederá un corte de la cadena de pagos. Todo corte en la cadena de pagos, corta las sucesivas cadenas de pagos.

La excepción es el sector público, en su mayoría de agentes de un sector definido como no esencial, cuyos trabajadores – al igual que el sector privado - no pueden trabajar. Pero cobrarán del erario público sea con dinero de impuestos o vía emisión del BCRA.

En esta emergencia el no corte de la cadena de pagos es una responsabilidad pública no sólo para los suyos sino para todo el sistema.

Lo que ocurrirá si no hay una política pública inmediata será una cesación de pagos de los sectores no esenciales directamente proporcional al tiempo de la cuarentena.

Y cuando esta finalice la recuperación no encontrará el aparato productivo de pie sino en estado de desorganización. Quiebras, remates, desempleo, perdida de organización y de capacitación.

Nadie quiere esto y menos que nadie el actual gobierno. ¿Estamos haciendo lo necesario para evitarlo?

La cola de los jubilados, el reparto de comida cocinada en las calles, son ejemplos del desorden que puede producirse si no nos adelantamos en evitar una mal mayor en la vida económica.

Hay que entender que siempre la primera pérdida es la menor.

La misma mecánica que se empelará para mantener “la organización de la administración pública” corresponde aplicarla a la totalidad del sector privado no esencial.

La liquidez del sistema debe ser garantizada por el Estado. Si es garantizada fluidamente existe la posibilidad de recuperar la actividad.

Las nóminas salariales, los descubiertos ampliados, deben ser monetizados por redescuento del BCRA. Y ser el BCRA el acreedor – intermediado administrativamente por el sistema financiero – de esos redescuentos que podrán ser restituidos por un mecanismo que no ahogue la recuperación.

Necesitamos proteger la cuarentena sanitaria sin alarmarnos por la posible debacle de la economía que no ocurrirá si la liquidez necesaria para mantener vivas las empresas y remunerados los trabajadores.

Los modos de posterior absorción y devolución tienen muchas alternativas.

En el entretanto la custodia de la nominalidad del sistema de precios, en esta economía de guerra, solo puede administrarse con una economía de control de todos los precios y salarios, tarifas, tributos, etc.

Instalar una economía de control para que no se descontrole la situación social. Una buena oportunidad para el consenso porque hacerlo implica ceder para recibir.

El gobierno atraviesa una situación excepcional. Las empresas también. Y nadie más que los trabajadores que sufren la prohibición de trabajar.

La liquidez provista de esta manera es difícil de administrar y al mismo tiempo es imprescindible. No hay discriminaciones posibles. Todas las cuentas se deben hacer a posteriori. El tiempo no da margen.

Pero lo que no se puede aceptar es no hacer todo lo posible para evitar que se corte la cadena de pagos, que los trabajadores no reciban sus remuneraciones y que el capital productivo precario del que disponemos la economía nacional no se desorganice.

Es difícil expresar que estos redescuentos, no basados en la capacidad de crédito de los bancos, no deban tener la contrapartida de una deuda privada formalizada.

Pero no se ha generado valor: esa es la cuestión. Al igual que en el sector publico no esencial. Los recursos financieros aludidos son un mecanismo de seguro público para impedir el colapso económico y la crisis social.

La primer condición es que esos redescuentos se administren de modo que tengan un efecto monetario neutral, es decir, que no sumen una demanda adicional a la que generaría el pago de los salarios con la caja de las empresas..

No se trata de “agregar” liquidez sino de evitar la “iliquidez” que luego derrumbaría al sector de los esenciales y además generaría un conflicto social inmanejable.

La idea alternativa que el entusiasmo de la juvenilla propone es que los empresarios puedan proveer esos recursos financieros como “pérdida de capital” para pagar sus salarios y obligaciones. ¿Es viable?

Más allá de su una supuesta “razonabilidad” ideológica existente o inexistente, dado que no se ha agregado valor, es girar en el vacío.

No se puede hacer líquida una fortuna expropiándola. Y el problema es que para evitar el colapso lo que hay que garantizar es liquidez.

¿No sería más consistente establecer, dispuestos a repartir los costos de la crisis más equitativamente, que, a la salida de la crisis, una congelación de la distribución de dividendos y un impuesto extraordinario, tan extraordinario como se crea necesario, a las ganancias de las empresas una vez ajustado por inflación el cálculo de las utilidades?

En esas condiciones los fondos aportados por el redescuento habrían contribuido de alguna manera a generar la recuperación tributaria que los impuestos vinculados al nivel de actividad no han generado.

Eso podría ser en un período suficientemente prolongado como para que las “ganancias” de las empresas de bienes y servicios no esenciales, se hagan cargo de neutralizar la masa monetaria agregada para que la economía no desorganice el capital y no sea abolido el salario y sumemos un nuevo ejército de pagos de transferencia.

Los sectores marginados, los trabajadores informales, todos están siendo y deben ser atendidos con los apoyos de pagos de transferencia pero cuantos menos se sumen mejor.

Mucho déficit y mucha emisión y al mismo tiempo caída del PBI. El peor de los mundos.

Ingresamos en una economía de guerra en la que primera víctima son los bolsillos a causa de la inflación, la ausencia de trabajo y la derrota de los marginados cuando el dinero se ausenta de las calles.

En la economía de guerra a la cuarentena sanitaria, convertida en económica, corresponde una economía de control de precios, salarios y tarifas. No hay mercado que lo resuelva.

Y aunque Ud. no lo crea las trabas a las decisiones centrales racionales están fundadas en la secreta e insensata creencia

que liberados al mercado el problema se resolverá.

Si la cuarentena es necesaria para evitar el colapso sanitario, entonces la cuarentena económica obliga a una economía de control. Salvo que creamos que esta no es una economía de guerra en la que se disparan virus paralizantes.


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