Falsedad informativa y perversión del periodismo

Por: Hernando Kleimans

Si el anónimo escriba del prestigioso matutino “La Nación” hubiera tenido a bien informarse antes de escribir “Putin, el espía con poder vitalicio”, se hubiera evitado pasar por la vergüenza y el rubor (si es que tales cosas tiene) del desenmascaramiento.

El artículo, publicado en el portal del afamado periódico mitrista el pasado 5 del corriente mes  es una sucesión de falsedades, malévolos dobles sentidos, veladas incriminaciones infundadas y otras artimañas de lo que hoy se sigue llamando “periodismo serio” y, en realidad, es apenas una burda mistificación. El peligro es que este “periodismo serio” sigue envenenando y deformando importantes sectores de la opinión pública.

A diferencia del clandestino autor de la nota, informo que tengo varias décadas de periodismo, aquí y en Rusia, soy historiador aquí y en Rusia, he sido también autor en “La Nación” y, por sobre todas las cosas, me eduqué en el respeto a ultranza a la rigurosa exposición de hechos. Es curioso, pero este entrenamiento lo recibí con mucha fuerza en prestigiosas redacciones argentinas como la Agencia TELAM, el diario “La Opinión”, Canal 7-ATC-, etc. Mis maestros jamás me hubiesen permitido divagar (para decirlo suavemente) con malevolencia.

Dicho esto y para la inteligencia de los propios lectores del mencionado y muy alicaído matutino, vamos a exponer los groseros fallidos del artículo.

Vladímir Putin nació y se crio en el seno de una modesta familia leningradense. Su padre, también Vladímir, combatió a los nazis en la Gran Guerra Patria, luego trabajó de guardia en una fábrica de vagones en la que luego fue capataz. ¿De dónde habrá sacado este ignoto escribiente que fue “un alto oficial de la marina de guerra rusa” (en cualquier caso, “soviética” para ese tiempo)? Luego de la guerra, los Putin vivieron largos años en una “komunalka”, algo muy común en la URSS destruida por los nazis, un departamento donde cada familia  ocupaba sólo una pieza y compartía el baño y la cocina. Para mayores datos, el edificio estaba en el pasaje Báskov, de Leningrado.

Terminó el secundario en una escuela técnica, con una especialidad de química. Un camino absolutamente común para la juventud soviética. Con dos organizaciones de formación política, marcadas por el Partido Comunista: los pioneros, que agrupaba a los escolares, y el komsomol (Unión Comunista de la Juventud), que hacía lo mismo con adolescentes y jóvenes. Putin no fue la excepción a ello. Algo también normal en esa época.

Aventajado estudiante de derecho, se recibió de abogado en 1975 en la Universidad de Leningrado y fue “promovido” a los cursos de la Escuela Superior № 1, del Comité de Seguridad Estatal (el tan mentado KGB seleccionaba a las mejores individualidades soviéticas y las promocionaba en intensos cursos por especialidad, no sólo y ni mucho menos para ser espías). La enorme capacidad analítica y el claro nivel intelectual hicieron que Putin fuera, en una primera etapa, uno de los principales analistas del contraespionaje en su ciudad natal. Tras casi cinco años de trabajo en la llamada “primera sección”, Putin fue seleccionado para cursar estudios superiores en el Instituto “Andrópov” del Comité (para conocimiento del impresentable autor, Yuri Andrópov fue uno de los grandes líderes soviéticos, también surgido de las escuelas del Comité, presidente de la URSS y gran poeta, descubridor y promotor de Mijaíl Gorbachov a quien instruyó para el gran cambio de la perestroika).

Entre 1985 y 1990, Putin residió en Dresden, donde estuvo a cargo de la delegación regional del Comité en esa gran ciudad de la entonces República Democrática Alemana. Desde luego no estuvo al frente de la contrainteligencia rusa ni tampoco a cargo de reclutar agentes para las bases militares de EE.UU. y la OTAN. De eso se ocupaban otros personajes, inclusive alemanes, y no desde Dresden…

Un episodio que lo pinta de cuerpo entero lo tuvo como protagonista al final de su estadía en Alemania Oriental. Había caído el muro de Berlín (supongo que el desconocido conoce de qué estamos hablando y no se limitó sólo a recopilar datos de Wikipedia) y la multitud se dirigía a manifestar delante del consulado soviético en Dresden. Dentro del edificio quedaban muy pocos ocupantes. Uno de ellos, sólo, salió a enfrentar la manifestación y evitó el asalto al consulado. Era Putin…

En 1990 regresó a Leningrado a trabajar como encargado de las relaciones internacionales de la Universidad local. Allí fue convocado por el entonces alcalde ya de San Petersburgo y uno de los grandes promotores de la perestroika, Anatoli Sobchak, que lo designó presidente del Comité de Relaciones Exteriores de la alcaldía. Renunció al Comité cuando lo eligieron como vicepresidente del gobierno de San Petersburgo.

¡Mirá vos, innombrado analfabeto, todo lo que dejaste de contar en tu texto!

Putin no fue a Moscú “de la mano del presidente Borís Ieltsin”. Fue enviado por Sobchak que mantenía una dura lucha política con el primer presidente ruso, la que al final le costó la vida. Por las dudas, aclaro que Ieltsin (no sé por qué se traduce con “Y”) fue electo como primer presidente ruso luego de que la República Socialista Federativa Soviética Rusa (RSFSR) dejara de existir en 1991 para dar paso a la Federación Rusa. El enfrentamiento fue entre los sectores neoliberales encabezados por el ministro de Economía Egor Gaidar, entre otros, y los que propugnaban una democracia más acorde con la historia rusa, dirigidos por Sobchak, también entre otros.

Putin desembarca en Moscú en 1996 para ocupar el cargo de subjefe de la Administración Presidencial, algo similar a nuestra Secretaría General de la Presidencia. En la práctica, se convirtió en el líder de un importante sector político ruso, que rechazaba la línea cuasi oficial de destrucción y desmembramiento de Rusia sostenida por “la familia”, como llamaban al entorno ieltsiniano, empachado con los negocios surgidos de desguazar la URSS. Quien ha vivido en aquella época en Rusia recuerda vívidamente el estado de postración en que se encontraba el país, invadido además por cuanto grupo extranjero pretendía saquearlo.

En 1999 ese enfrentamiento estalló. Ieltsin, decrépito y casi inválido, debió acceder a dejar el poder (faltando pocos meses para la elección nacional) a quien ya había agregado a su cargo de secretario general del Consejo de Seguridad de Rusia, el de presidente del gobierno (primer ministro, por si nuestro desconocido no lo sabe). La abdicación de Ieltsin no fue simplemente una decisión personal, sino la imposición del sector que lideraba Putin.

Para la gran mayoría de la población rusa, el nuevo presidente era casi un desconocido. Pero Putin hizo suya la aspiración general de regresar a Rusia el papel de potencia mundial. No es casual, ni es obra de su ambición de poder, que desde entonces su popularidad, su nivel de aceptación y el reconocimiento de los rusos haya aumentado constantemente. Con elegancia y decoro, el artículo ignora el camino que tuvo que recorrer el pueblo ruso para llegar a lo que livianamente llama “altos índices de crecimiento del PBI” y “formidable disminución de la riqueza”.

Putin lideró ese camino, convocando siempre a la unidad y al esfuerzo común. Se encargó de alinear a quienes se enriquecieron desaforadamente y, en los casos necesarios, mandarlos a prisión por largos años, obligándolos a devolver lo saqueado. No es el caso del afamado medio mitrista, pero alguien podría tomar como ejemplo la decisión con que Putin acometió esa tarea.

Cohesionó al país en torno a una gran idea: la defensa de la “Otéchestvo” (en su más pura traducción, la Patria). Logró sacar del marasmo en que estaban unas fuerzas armadas casi derrotadas para volver a consolidar un increíble poderío militar apto para enfriarle las cabezas a varios desaforados e indignados personajes occidentales, que no soportan que Rusia sea una de las que marca la agenda internacional. Sea o no sea soviética.

Logró de esta manera frenar los embates separatistas en diferentes regiones, fogoneados por algunos servicios exteriores… Frenó y desarboló la guerra en Chechenia, integrándola a Rusia. Se distanció de las “revoluciones de colores” en Georgia y en Ucrania. Apagó el conflicto entre Armenia y Azerbaidzhán. Con ello, recompuso el tejido interno ruso. Y cuando la población de Crimea, harta de la anarquía ucraniana, votó por el regreso a Rusia, puso lo que tenía que poner para asegurarlo.

Nuestro fogoso escriba denuncia la anexión “por la fuerza” de esta península arrebatada a los turcos por la Rusia de Catalina en el siglo XVIII. Quizá desconozca el histórico pasado ruso de la península, siempre objeto de los apetitos occidentales: franceses, británicos o alemanes… Quizá también desconozca la carencia de argumentos ucranianos para mantenerla en poder de Kiev. Quizá desconozca que Crimea fue “regalada” a Ucrania por Nikita Jruschov en 1954, en su afán por perdurar en el poder luego de la muerte de Stalin.

Es de muy ignorante calificar a Dmitrii Medviédev como “incondicional ladero político” de Putin. El actual vicepresidente del Consejo de Seguridad de Rusia alternó por largos años en el poder con el presidente ruso. Lo que los rusos mismos llamaron “el tándem” (dos veces presidente Putin, dos veces primer ministro Medviédev; una vez presidente Medviédev, una vez primer ministro Putin; dos veces presidente Putin, dos veces primer ministro Medviédev). ¿A qué inepto analista se le puede ocurrir que Dmitri Anatólievich Medviédev es simplemente un “incondicional ladero político”?. Desde San Petersburgo que trabajan juntos. Este brillantísimo jurista es autor de numerosos cambios estructurales básicos en el organismo del estado ruso. Y ahora además es presidente del partido oficial “Rusia Unida”…

Es pobrísima la imagen que pretende dar de Putin haciendo alianzas con la Iglesia Ortodoxa Rusa. Más de la mitad de la población rusa es ortodoxa militante. Stalin convocó a los jerarcas religiosos durante la guerra para que encabezaran la batalla. Quien no conoce la milenaria historia rusa por supuesto que no sabe que la Iglesia Ortodoxa Rusa es una iglesia nacional. Siempre ha participado en las grandes gestas nacionales. Putin no hizo otra cosa más que reconocer ese lugar.

Pero también en Rusia hay una gran población musulmana que ahora conmemora abiertamente sus festividades no sólo en Kazán o en Grozny, sino en Moscú y en San Petersburgo. Y también hay una poderosa colectividad judía. Muchos dirigentes israelíes son de origen ruso. Beniamin Netaniau ha desfilado en Moscú los 9 de mayo, el Día de la Victoria, en la gran manifestación del “Regimiento Inmortal”. Millones de rusos marchan por las calles de todas las ciudades rusas y muchas capitales del exterior (incluyendo Buenos Aires) portando los retratos de sus muertos en la guerra. También desfila Vladímir Putin.

Hay que entender lo que el gran escritor ruso Alexéi Tolstoi llamó, como corolario de la Gran Guerra Patria, “el carácter ruso”. Aman a su patria, están hechos a sacrificios y epopeyas, son solidarios. Putin no tuvo que inventar nada. Sólo tuvo que restañar el espíritu dañado y recobrar la autoestima de gran pueblo.

Ese pueblo lo acompaña en todas sus iniciativas. Así es que lograron superar crisis y pandemias, sanciones y aislamientos. Ignorancias y perversidades. Este escriba a sueldo, que no se anima a dar la cara, se atreve a condenarlo porque la reforma constitucional permite su reelección por otros dos períodos. Primero, ni siquiera se tomó el trabajo de revisar las reformas. Ni sabe cuántas grandes modificaciones se instrumentaron. Segundo, la gente lo votó.

Tercero, los rusos comprenden ciertamente las condiciones en que se encuentran. En el plano internacional la intención es volver a encerrar a Rusia con un cordón sanitario como el que se construyó en torno a la Unión Soviética. No lo van a permitir. En particular, porque la presencia de Rusia volvió a ser mundial. La interacción económica con Europa Occidental. La destrucción del Estado Islámico en Siria y, en general, en el mundo. La ayuda por el COVID a Europa y a África. Y, sobre todo, la indestructible e inmensa alianza estratégica con China, que en la práctica y BRICS mediante, está reemplazando el mundo unipolar por nuevo orden multicéntrico.

Para ilustración del pequeño escribiente, no se trata solamente de Vladimir Putin. Estoy seguro que no conoce los principales integrantes de su equipo. Se los presento: Serguéi Lavrov, enorme diplomático, a cargo de la Cancillería rusa desde 2004 y sin duda arquitecto de ese nuevo orden; Serguéi Shoigú, el ministro de Defensa que, desde 2012, repotenció las fuerzas armadas con un presupuesto DIEZ VECES menor al de los EE.UU., logrando tremendas ventajas estratégicas por el empleo de equipamiento innovador;  Andréi Bieloúsov, economista principal del equipo desde 2008, vicepresidente del gobierno; Antón Siluanov, durísimo principal financista desde 2011; Elvira Nabiulina, presidenta del Banco Central y colega de Siluanov; Mijaíl Mishustin, ahora primer ministro y antes a cargo del Servicio Federal Impositivo ruso, en el que logró impresionantes éxitos de recaudación… ¿Alcanza para dejar de lado estupideces como autocracia o cuasimonarquía?

Ni Putin, ni su equipo, ni Rusia tienen tiempo para ocuparse del independentismo catalán o de intervención en las elecciones suecas… Es estúpido suponer que el fin de Putin “sería desestabilizar Europa” (¿!?). ¿A qué imbécil se le ocurriría desestabilizar a su principal cliente? Rusia es la tercera socia comercial de la Unión Europea. En cambio, Alemania acaba de rechazar indignada las amenazas de Washington si sigue asociada con Rusia en la construcción del gasoducto “Nord Stream 2”. La intención es reemplazar el barato gas de tubo de los rusos por el caro LNG norteamericano de shale. No hay política allí. Es puro chantaje económico…

El desconocido articulista “descubre” las prioridades rusas en materia comercial: “la venta de armas y el sector energético” y desconoce que las exportaciones agrícolas rusas han superado incluso las de hidrocarburos. Ni sabe que Rusia ya le provee soja y carne de Angus a China, que es el principal exportador  mundial de trigo y de cerdo y que desplegó un impresionante programa biotecnológico para el complejo agroindustrial. Es extraño que precisamente el órgano de prensa mitrista no repare en que esta circunstancia debe ser tenida muy en cuenta por nuestro país y, en especial, por aquellos sectores agrarios tan afines al periódico.

El último párrafo de este engendro penoso es realmente descalificador. Sólo tomo una pequeña cita por ser tan obvia su intencionalidad: “…busca obtener, por fuera de los circuitos legales y mediante ciberataques, las fórmulas de vacunas en elaboración frente a la pandemia de coronavirus”. ¡Justo cuando Rusia anuncia que a mediados del mes ya estará vacunando CON SU VACUNA a trabajadores de la salud y adultos mayores! Este señor seguramente ha sido obligado a escribir esto en el preciso momento en que los organismos supervisores sanitarios rusos registran la primera de dos vacunas elaboradas en el país. Rusia tiene desde la época soviética grandes laboratorios inmunológicos y epidemiológicos. Una imposición de la guerra fría. De ellos ha salido, por ejemplo, la vacuna contra el Ébola. Con el COVID-19 ya tenían un gran camino recorrido y desde luego que no necesitaron de espiar a nadie.

El ministro de Salud de Rusia, Mijaíl Murashko, anunció que en octubre comenzará la vacunación masiva, gratuita y voluntaria para toda la población rusa. En noviembre, las autoridades sanitarias rusas estiman posible comenzar a ofrecer su vacuna al mundo. Ya hay más de 20 países en la lista de espera.

Lo único que le deseo a este pequeñísimo falsificador es que tenga que aplicarse precisamente la vacuna rusa. ¿Lo hará o tendrá una premonición y huirá espantado antes que los soviets le encajen un poco de realidad?

Diarios Argentinos móvil