Favio, una despedida

Se cumplieron nuevo años de la muerte de Leonardo Favio.

El 5 de noviembre se cumplió un nuevo aniversario de la muerte de Leonardo Favio. El hombre que quiso actuar y actuó, quiso dirigir y dirigió, quiso cantar y cantó. El hombre del pañuelo en la cabeza. El hombre que se hizo peronista porque no podía ser feliz en soledad. El hombre que cortó una flor (y llovía, llovía). El hombre que pedía calma desde el palco de Ezeiza. El hombre que sentenció que el productor es Dios porque “todo se hace si Él quiere”. El hombre que hizo películas hermosas y populares sobre marginales, desgraciados y atorrantes. El hombre que en su casa hizo poner un techo de chapa para escuchar cómo caía la lluvia.



Un par de años antes de su muerte, cuando ya le costaba caminar y la fragilidad de su cuerpo se imponía por sobre todas las cosas, brindó una charla organizada por el Fondo Nacional de las Artes (FNA) en la Casa Victoria Ocampo en Barrio Parque.

La primera parte del evento se hizo en ausencia del autor de El dependiente, Horacio Embón ofició de presentador y participaron Jorge Zuhair Jury, Rodofo Mórtola y Edgardo Nieva. Mantuvieron una entretenida conversación acerca del universo del director. Anécdotas, aventuras y recuerdos. Todo teñido por una dulce melancolía.

En Pasen y vean: la vida de Favio, la más que recomendable biografía de Adriana Schettini, están varios de los episodios que se rememoraron aquella tarde. Sus días en Mendoza, su relación con Leopoldo Torres Nilson, sus primeros pasos en la dirección, la decisión de hacer películas populares, la elección de los actores, su visión del peronismo, su método de dirección (“dirigir es”, decía como algo no que se explica, se hace) y muchos de sus proyectos truncos.    

Para la segunda parte y final, él  apareció sobre el escenario. Caminaba despacio, ayudado por un bastón y los aplausos del público. Se sentó y empezó a hablar. Repasó alguna de las historias citadas por sus predecesores, contó otras y encantó a todos los presentes.

También habló de un viejo corto y se lamentó por el poco tiempo que estuvo en cartelera Aniceto, su última película. Él dijo saber cuál fue el error, debía corregir algo mínimo en el montaje.

Favio era cariñoso, lanzaba bromas y se mostraba muy crítico con sus películas. No sé si existirá grabación o forma de acceder a esa charla, pero seguro no hay registró de lo que sucedió después.

Al final el evento, el director de Aniceto abandonó el escenario de forma lenta y fatigosa. Después de una larga ovación, les espectadores pasamos a otro salón.



Mientras conversábamos –y alucinábamos- sobre qué nos había parecido la charla, apareció él. Otra vez los aplausos, cariños y reverencias inundaron el lugar. Pausada e hipnóticamente, Favio siguió caminando hacia la salida. El público presente miraba, nadie se animaba a acercarse mucho, como si estar cerca de su aura fuese suficiente.

Favio continuó dando un paso tras otro mientras sonreía, movía la cabeza para agradecer y se aferraba a quien lo acompañaba. Todes íbamos detrás de él. Sin ánimos de interferir, pedir una foto o saludarlo. Solo queríamos acompañarlo, cuidarlo. Abandonó el salón y lo seguimos, abandonó la casa y lo seguimos, llegó a la vereda y lo seguimos. Lo esperaba un auto. Como al flautista de Hamelin, lo seguimos hasta allí hipnotizados. Como al Coronel Kurtz, todos lo custodiamos sin decir palabra. Se escuchaban esporádicos aplausos, algún grito del tipo “Viva Favio”, pero primaba la voluntad de no romper ese clima. Recuerdo esa extrañeza,  sentir que nos había envuelto, sentir que estaba ahí, tan al alcance, pero tan imposible.  Era un adulto mayor en busca de su taxi, era una persona débil yéndose, era una leyenda agradecida. Vimos cómo se subió al auto, saludó por la ventanilla y partió. Nos quedamos mirando al taxi alejarse mientras la magia empezaba a disiparse, mientras empezábamos a despedirlo.  

Para seguirla:

  • El corto Gente querible, compartido en esta nota, es la última realización de Favio. Vale también como homenaje a Jorge Coscia, ya que fue una propuesta de la Secretaría de Cultura bajo su gestión.

 Es difícil de conseguir, pero Pasen y vean: la vida de Favio de Adriana Schettini es hermoso. Es una extensa conversación entre la periodista y el director.

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