Fernando Krapp: "La colectividad japonesa forma parte del ADN argentino"

En diálogo con EPD, el escritor habló sobre su último libro "Una isla artificial", donde relata historias de luchas, conflictos internos y amores de la comunidad de japoneses que llegó al país en el siglo pasado.

"La colectividad japonesa no está aislada de la identidad argentina", afirma Fernando Krapp, autor del libro "Una isla artificial: crónica sobre japoneses en Argentina" (Editorial Tusquets), donde relata, a través de la voz de los protagonistas, historias de luchas, contradicciones internas y amores de la oleada de japoneses que llegaron desde distintos lugares al país en el siglo pasado.

Krapp recorrió desde Mendoza hasta Misiones, pasando por el conurbano bonaerense, para explorar y revelar con alto vuelo narrativo experiencias desconocidas de los issei (personas nacidas en Japón que emigraron hacia otros lugares) y de los nikkei (hijos de japoneses que arribaron a Argentina). "Me pareció importante mostrar el choque cultural y los conflictos generacionales que existen en la colectividad", resalta.

En una extensa charla con El País Digital, el cineasta, periodista y escritor, habló sobre su formación, del proceso de realización del libro, que duró más de tres años, y destacó los aportes de la comunidad de japoneses a la sociedad argentina.


1) ¿Cuál fue tu primer vínculo con la lectura y con la escritura?

Fui lector desde muy chico, aprendí a leer en el jardín. En mi casa había una biblioteca y mi vieja me fomentaba mucho la lectura, y el primer recuerdo de un libro que tengo de habérmelo comprado yo fue de Arthur Conan Doyle que se llama El mundo perdido, a partir de ahí nunca dejé de leer. Y en relación a la escritura, durante mi vida hice muchas otras cosas, siempre quizás evadiéndola porque la escritura es algo muy complicado de asumir. Además, estudié música muchos años, estudié cine, fotografía, hasta quise estudiar geología y después estudié Letras, siempre tiré volantazos para no asumir la escritura, y a la larga uno no puede pelear contra el deseo.




Y en el aspecto más profesional, a los 16 entré a la revista Sudestada, que en aquel momento era autofinanciada. Yo me encargaba de las críticas de cine y hacía también algunas columnas y notas de color. Esa fue mi escuela, porque estuvo buenísimo estar en contacto con gente que leyera y que estuviera haciendo cosas.   

Después, mientras estaba estudiando Letras, ingresé en la escuela de cine y ahí cambió un poco mi relación con la escritura, porque empezó a ser un poco más funcional. Una escritura que tenía que ver con una técnica, que es la cinematográfica, que no tiene que ver con la periodística ni la literaria. Este tipo de experiencia fue todo un aprendizaje.





2) ¿Cómo surgió la idea de escribir este libro?

En principio fue una propuesta de Leila Guerriero, que es la editora de la colección. Se dio también que yo estaba haciendo un documental sobre una familia amiga en Burzaco de floricultores y era una idea que yo venía macerando desde que tenía 18 o 19 años. En ese tiempo quería escribir una novela con la historia de esta familia, los Nakachi, porque me parecía que su experiencia tenía todos los condimentos de una novela de William Faulkner, escritor que yo leía mucho. 

Por otro lado, la primeras cosas que uno escribe tienden a ser de familiares cercanos, sus abuelos y demás, pero yo no tengo trato cercano con mis abuelos porque murieron cuando era muy chico, entonces era una especie de abuelos sustitutos meterse en esa familia. De todas maneras, a esa edad no tenía ni la voluntad ni las herramientas para escribir una novela por más que la intentara, pero la idea siempre quedó ahí. Eso derivó en un guion que quise escribir, en una serie que quise hacer, en un documental que había empezado a realizar, y cuando Leila se enteró me propuso hacer este libro, y cuando me lo propuso se cerró para mí la idea que tenía sobre este tema.




3) ¿Te sirvió tu formación de guionista y documentalista a la hora de escribir las crónicas?

Había un par de cuestiones básicas que yo quería conservar. Hay una frase que está en una novela de Cristopher Isherwood que se llama Adiós a Berlín, que ni bien arranca dice "mis ojos son una cámara, todo lo que veo lo puedo registrar". Me gustaba esa idea de no caer en la primera persona fácil de la crónica. No quería escribir un libro de crónicas donde la primera persona estuviera por encima del tema a tratar. Entonces para mí era fundamental utilizar los recursos básicos de este género que básicamente son la descripción, los diálogos y la dosificación de la información de una manera entre comillas objetiva, porque el libro no es objetivo ni una verdad acabada. Pero también quería que fuese como si estuviera contando por planos o con imágenes y sonidos, al mismo tiempo que lo escribía. En ese sentido sí me sirvió un poco mi formación de guionista. De todos modos, la escritura de guiones no tiene tanto que ver con la crónica, podríamos decir que el libro es una especie de película terminada y el guion es una parte del proceso. 


 



4) ¿Cómo fue el proceso de realización del libro?

Fueron tres años intensos e intensivos. Fue complicado y al mismo tiempo no. Creo que cuando uno trabaja con gente para llamarla de algún modo "normal", quiero decir que no sea famosa, el trato es como si uno estuviese viajando y conociendo gente. Yo no tengo una formación de periodista clásico, el hecho de saber cuáles son las preguntas que tengo que hacer, esto pudo ser una ventaja para un libro así. Entonces, cuando uno está escribiendo se inventa su propio método y su propia técnica, y mucho de los aspectos negativos de mi personalidad, como mi timidez, me sirvieron para entrar a las casas. Lo más difícil creo que fue acopiar el material y entender cuál es la estructura dramática de cada una de las historias, de hecho muchos relatos quedaron afuera porque no tenían algo interesante para contar.


5) ¿Cómo te aproximaste al mundo de la colectividad?

Lo primero que hice fue sacarme un pasaje a Mendoza porque un amigo me dijo que había filmado con una colectividad en ese lugar. No averigüé si efectivamente había japoneses, quise ir limpio. Solamente había leído algunos libros sobre Japón y sobre literatura de ese país. Entonces lo que dije es, este no va a ser un libro de historia, ni un libro de ciencias sociales, va a ser un libro que busca contar historias y lo que hice es ir a buscarlas. Algo que dice Hebe Uhart, y yo lo hice de manera intuitiva, es que la investigación te puede opacar la emoción o el ritmo de escritura, entonces hay que mantenerla un poco a raya. O sea, ir investigando mientras uno va logrando el material.


6) ¿Crees que el libro sirve para derribar mitos y/o estereotipos sobre los japoneses?

No sé si el libro sirve para derribar mitos, pero si hay algo que me parecía central: la colectividad japonesa no está aislada de la identidad Argentina, forma parte de ella y es constitutiva de su ADN. De hecho, me llamó mucho la atención aspectos relacionados con eso, como por ejemplo en zona sur donde los tipos fueron pioneros en cuando a la participación de las migraciones internas en Argentina y en la creación de un territorio urbano. Ellos fueron centrales en muchos lugares, entonces son parte del ADN de nuestro ser nacional y además la historia de su colectividad está atravesada por los embates sociales y económicos de la Argentina.

Además, me pareció importante tener un ladero como decía Lucio. V. Mansilla en Una Excursión a los Indios Ranqueles. Y mi ladero fue mi amigo Marcos, que él tiene una mirada sobre su propia identidad y sobre la colectividad que me pareció interesante, porque en cierto modo plantea los conflictos internos y los conflictos familiares, entonces un poco la mirada de él era la que yo quería tener para todos los otros temas. Y este aspecto tenía que ver con esto de alejarse de los estereotipos de los japoneses, que son limpios, que son disciplinados, que en muchos casos tienen que ver y en otros casos no. Hay una cuestión cultural que uno recibe, pero también hay un choque cultural y me pareció relevante indagar en esas zonas híbridas entre las dos culturas y al mismo tiempo entre los conflictos generacionales que se pudieran llegar a dar.





7) ¿Hay algún pasaje del libro que sirve para explicar el sentido con el que lo escribiste?

Puede ser que haya alguna frase en la historia de la Pepa Hoshi, quien con su familia formó parte de la primera ola de inmigrantes japoneses y asentó su finca en Mendoza. Ella en un momento, comiendo una galletita frente al televisor, me dice: "¿Para qué volver a Japón si está lleno de japoneses?", en el fondo dijo para qué volver a Japón si yo soy argentina. Y esta frase es un poco lo que dice mi amigo Marcos en la última historia, que él siempre quiere volver, pero no se anima o no puede, y en el fondo lo que él quiere hacer es comprarse un campo y tener su vida acá.

Además, en el relato sobre la Pepa está la forma del libro, porque ella me dice si yo voy a desarreglar mucho su historia, entonces hay algo intrínseco de la crónica ahí, porque uno tiene que crear escenas y atmósferas, y ella fue muy sagaz y astuta en marcarlo. 





8) ¿Cómo ves el momento que atraviesan las industrias del cine y del libro? ¿Te perjudica a la hora de pensar un proyecto?

Te frustra que uno no pueda vivir de lo que le gusta, creo que pasa más por ahí. De todas maneras, si uno se entrega a su deseo de hacer cosas siempre hay formas de generar y crear espacios. Obviamente, durante los últimos cuatro años las condiciones fueron las más adversas, cuando yo empecé hacer películas y a escribir había una bajada más institucional con relación al cine sobre todo y donde vos podías no solo filmar sino tener un sueldo de eso. Eso me parecía increíble, de pronto podía cobrar un sueldo para hacer una película y pagar mi alquiler al menos tres meses.

Por otro lado, yo creo que el INCAA debería retomar este fomento a la industria porque la plata que tiene le corresponde a los realizadores. En la industria del libro no veo tanta participación de políticas públicas, ahora se estaba fomentando la creación de una institución que regule y financie la actividad. Igual uno no debería estar solo pegado a eso, sobre todo la escritura en donde hay un espacio de libertad que uno debe conservar. Sí pienso que la industria cayó, si pienso que cada vez se lee menos, que cada vez hay más cultura audiovisual, hay más celulares, más distracciones, pero aún así se abren carreras, por ejemplo en la UNA se abrió la carrera de Escritura Creativa, cosa que es una rareza, porque antes cuando yo estudiaba Letras estaba mal visto si querías producir. Ahora veo que hay gente con ganas de escribir y hay una industria que no la contiene y ese va a ser un desafío a corto plazo. 


 

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