Hambruna, pandemia y genocidio

OPINIÓN. Sobre las hambrunas, por qué ocurren y qué acciones ocasionan. ¿Y Brasil en la pandemia encaja en estas características?


La sociedad brasileña discute si Brasil vive o no un genocidio. En este contexto, también debe estar en la agenda si enfrentamos o no una situación de hambruna. No hay duda de que el hambre crece ante nuestros ojos en Brasil, pero comprender si existen las características propias de una hambruna es relevante para el debate sobre la existencia o no de genocidio. Provocar una hambruna o permitir que una población sufra masivamente de hambre puede, eventualmente, ser una decisión política caracterizada como genocidio por el artículo 6º (c) del Estatuto de Roma de la Corte Penal Internacional. También existe la posibilidad de ser tipificado como Crimen de Lesa Humanidad, según el artículo 7, inciso k), del mencionado Estatuto. La adhesión al Estatuto de Roma, de hecho, fue promulgada en Brasil mediante el Decreto 4.388, de 25 de septiembre de 2002.

El hambre, en la pandemia, impulsa un círculo vicioso macabro: la gente que busca escapar de ella sale a la calle y se contagia, muere o multiplica el coronavirus, agravando la situación sanitaria, social y económica que, a su vez, aumenta el hambre, y el ciclo se renueva. Es en este contexto que, lamentablemente, superaremos la marca de más de 300 mil muertes por COVID-19 esta semana, una cifra que no cuenta las muertes indirectas, resultantes de la pandemia -mucho menos las personas que han tenido secuelas-, incluso a causa del hambre. A modo de comparación, la literatura admite que una Gran Hambruna es aquella situación que resulta en al menos 100 mil muertes.

Para avanzar en este tema, conviene partir del debate teórico-conceptual sobre qué son las hambrunas, por qué ocurren y a qué acciones dan lugar. Vamos por partes.

 

¿Qué son las hambrunas?

Al inicio de los estudios sobre el tema, hace siglos, las Hambrunas eran caracterizadas como aquellos episodios en los que la incapacidad de las personas para comer era tan severa que llevaba a muchas de ellas a la muerte, incluso por inanición. Pero lo que han demostrado estudios detallados de las Grandes Hambrunas es que la muerte por inanición es muy rara. Lo que suele ocurrir es que una dieta insuficiente debilita gravemente la salud y hace que el cuerpo sea más susceptible a enfermedades transmisibles, como cólera, sarampión, diarrea, viruela, neumonía, entre otras. También se señaló que la mortalidad en los procesos de hambre aguda estaba asociada a un cansancio extremo, ya que el intento de escapar del contexto famélico llevaba a las personas a migrar y, en este proceso, el agotamiento era incluido dentro de los factores que llevaban a la muerte o que debilitaban gravemente la salud física y mental de las personas. Además, se determinó que las personas hambrientas que migraron terminaban siendo agrupadas en campamentos improvisados, con aglomeraciones, pésimas condiciones sanitarias y mala alimentación, lo que refuerza la transmisión de enfermedades en un contexto de inmunidad reducida.

Más recientemente, al menos en los últimos 40 años, se ha revisado la idea de que una Hambruna necesite llevar, directa o indirectamente, a muchas personas a la muerte, y se ha entendido que, en muchos casos, aunque no haya muchas muertes, sí hay Hambruna. 


Puede que no mate, pero paraliza; se debilita física y psicológicamente a las personas. 


Es decir, quienes investigaron en el campo el sufrimiento de las colectividades que pasaron por estas hambrunas afirman: aunque crucial, una tasa de letalidad muy alta y una gran cantidad de personas afectadas no deberían ser condiciones necesarias para clasificar un fenómeno como Hambruna. Es necesario atenuar los criterios.

Esto es importante porque, atenuando los criterios mínimos -que también es un acto humanitario- es posible pensar en diferentes direcciones, respuestas y responsabilidades, incluidas las preventivas, al inicio de los procesos y no cuando la calamidad se vuelve inevitable. Por ejemplo, si una comunidad está experimentando un proceso de empobrecimiento, la respuesta esperada y la responsabilidad de los poderes constituidos es una. Pero si una comunidad experimenta una Hambruna por empobrecimiento, la respuesta debe ser otra, más contundente y de emergencia, no necesariamente para eliminar las causas estructurales de la Hambruna, sino para evitar que avance en términos de severidad y escala. 


Salvar vidas se vuelve imperativo, para luego pensar en corregir las tendencias estructurales. 


La intervención podría tener lugar antes del acúmulo de fatalidades.

Además, cuando un episodio se clasifica como Hambruna, también hay una mayor apertura -y demanda- de acción por parte de la comunidad internacional. Hay una creciente comprensión, en el contexto de las relaciones internacionales, de que los gobiernos son soberanos para proteger a su pueblo. Si un gobierno no protege a su pueblo en los niveles más elementales de los Derechos Humanos, entonces la comunidad internacional debe unirse para examinar lo que está sucediendo, y negociar si es necesario actuar en nombre de las personas, con o sin el consentimiento del gobierno. Si el gobierno está de acuerdo, entonces es ayuda humanitaria. Si el gobierno se opone a la ayuda exterior, surge la cuestión de la intervención humanitaria. Esto es extremadamente controversial porque los países en desarrollo siempre han temido, y con razón, que argumentos como este puedan llevar a una intervención extranjera en sus asuntos internos -algo que, cabe enfatizar, es muy común en la historia. Como ejemplo regional, tenemos a los Estados Unidos que, a lo largo del siglo XIX, asumió el derecho de intervenir en los países del hemisferio occidental, cuando supuestamente estos no podían gobernarse y establecer un orden. Situaciones que fueron consideradas como signo de incivilidad, de barbarie y, por tanto, los pueblos civilizados (países poderosos) proclamaban su deber moral de intervenir. Recupero este ejemplo -y sin mencionar los diferentes tipos de intervención que tuvieron lugar a lo largo del siglo XX, dentro y fuera del contexto de la Guerra Fría- para enfatizar que la intervención humanitaria internacional es un tema delicado.

Sin embargo, la posible acción internacional no se limita a opciones de ayuda o intervención humanitaria. Existen procesos internacionales, como los previstos en el Estatuto de Roma, que tienen como objetivo identificar a los responsables de las hambrunas. Esto puede imponer diferentes penas a los condenados: multas, expropiación de bienes y prisión. Además, existen, por supuesto, severos costos de reputación. En este sentido, los países adhieren soberanamente a la Corte Penal Internacional para demostrar a otros miembros de la comunidad internacional, y a su propio pueblo, que reconocen que no se deben traspasar ciertos límites en materia de derechos humanos. Lo hacen también, porque saben que la posibilidad de que un gobierno inhumano tome el poder nunca está excluida y que, en este caso, la acción internacional puede contribuir a la corrección de los cursos históricos.

 

¿Por qué ocurren las hambrunas?

Como dijimos, al inicio de los estudios sobre las Hambrunas, se entendió que estos fenómenos ocurrían repentinamente, provocados por las fuerzas inevitables de la naturaleza. Sequías, inundaciones, inviernos, plagas y otros tipos de desastres naturales impondrían un desajuste calamitoso entre la producción de alimentos y las necesidades alimentarias mínimas de las comunidades. Es famosa -aunque desacreditada hace décadas- la tesis de Malthus sobre el hambre como límite natural del crecimiento de la población. A esta tesis se opusieron muchos, entre ellos Josué de Castro, quien, como otros grandes especialistas, entendió que ni el crecimiento poblacional ni la incapacidad de producir alimentos serían inexorables verdugos de las colectividades. Además de las causas naturales, obviamente, se sabe que las hambrunas pueden ser provocadas por guerras o tiranías, pero los casos más intrigantes eran aquellos en los que los factores políticos, al menos aparentemente, estarían ausentes.

Hoy en día se sabe que toda Hambruna tiene en sus ingredientes la acción humana, sea como factor principal y directo, sea por omisión. Para llegar a este entendimiento, fue fundamental el trabajo de Amartya Sen -ganador del Premio Nobel de Economía por sus estudios sobre la multidimensionalidad de la pobreza-, quien concibió una teoría sobre por qué ocurren las Hambrunas.


Sen concluyó que la Hambruna ocurre porque las personas pierden el acceso a alimentos y no por la ausencia física de estos. 


Estudios posteriores han reforzado este argumento. Se concluye que, en general, las colectividades están en una situación de hambre aguda no porque no haya producción, inventario o mercados con alimentos. Se mueren de hambre porque terminan privados de formas de acceder a los alimentos. Normalmente, las sociedades aceptan que las personas deben acceder a los alimentos a través de su producción, compra o donaciones. Cuando muchas personas en una sociedad no pueden producir sus alimentos, no pueden comprarlos en los mercados y no pueden recibirlos como donaciones, ya sean públicas o privadas, hay Hambruna. Ahora, sabemos que en las sociedades contemporáneas la principal forma de comer es comprando la comida; y sabemos que los ingresos provienen del trabajo, ya sea en el caso de las familias o en el caso de los gobiernos, que recaudan parte de sus ingresos a través de impuestos. También sabemos que los alimentos deben estar disponibles en el mercado para poder comprarlos. Si no es así, la transacción no se lleva a cabo. Si existen en cantidades reducidas, el precio puede ser muy alto y es posible que la transacción tampoco se produzca, a pesar de la existencia física de la comida y de la demanda por alimentos, es decir, del hambre.

En resumen, cuando existe un desajuste generalizado en una sociedad entre los ingresos y los precios de los alimentos, aumenta la posibilidad de Hambruna. Cuando los alimentos ya no se ofrecen a la venta en un mercado (por bloqueo, sanciones, embargos, encubrimiento, especulación, exportación, almacenamiento, etc.), también aumenta la posibilidad de Hambruna. Para Amartya Sen, por lo tanto, hay hambre cuando hay fallas de mercado. Corresponde a las autoridades subsanar estas fallas mediante la puesta en marcha de políticas públicas inducidas por un entorno político dotado de libertad de prensa y competencia democrática.

Esta importante y útil teoría ha sido criticada desde la década de 1980, cuando surgió. Críticos y críticas como Amrita Rangasami, Jenny Edkins, Stephen Devereux y Alex de Waal argumentan que la teoría de Sen no ayuda a comprender los elementos externos al mercado que provocan las Hambrunas. Es decir, no nos permite ver que las Hambrunas ocurren por razones sociales más amplias y no pueden reducirse únicamente a fallas de mercado. Por otros caminos, estos y otros prestigiosos investigadores y investigadoras llegaron a la misma conclusión que Josué de Castro, inmortalizada en su famoso adagio: 


El hambre es la expresión biológica de los males sociológicos. 


¿Pero por qué?

Porque hay comida en el mundo para alimentar a todos. En general, estas condiciones también existen en países que experimentan hambrunas. Sin embargo, aunque los límites logísticos para la distribución de alimentos hayan sido superados por los mismos factores que han intensificado el proceso de globalización, las sociedades nacionales y la comunidad internacional lamentablemente toleran la persistencia del hambre. Algunos incluso lo ven como legítimo, como el motor principal de las sociedades. Algunos hechos aclaran, en mayor o menor medida, el panorama: el mundo desperdició alrededor del 17% de la producción de alimentos en 2019. Al mismo tiempo, antes de la pandemia, más de 2 mil millones de personas vivían en inseguridad alimentaria moderada o severa. Es decir, decisiones políticas, tomadas cotidianamente, mantienen a las personas con hambre, pero aún es posible especificar más el caso de las Hambrunas.

Las teorías contemporáneas sobre las hambrunas han entendido que centrarse en las víctimas no es suficiente. Los estudios de caso han demostrado que hay actores que buscan beneficiarse de la formación de las masas hambrientas. Esto puede ocurrir de diferentes maneras: por la imposición del hambre como arma de guerra, como forma de clientelismo político, por el enriquecimiento resultante de la especulación con los precios de los alimentos, entre otros. En resumen, para que ocurra una Hambruna, están los que sufren y los que los hacen sufrir. Están los hambrientos y están los que provocan el hambre, o los que dejan pasar hambre a otros. Es en esta perspectiva que los poderes públicos constituidos deben ser llamados a rendir cuentas.

 

Hambruna y pandemia en Brasil

Como hemos visto, una Hambruna es un fenómeno en el que las personas se ven privadas de los medios de acceso a los alimentos por un conjunto de factores más o menos complejos, generalmente por la acción o omisión humana, de modo que las personas hambrientas:

a) tienen su salud severamente debilitada, hasta el punto de volverse más vulnerables a las enfermedades transmisibles;

b) necesitan moverse para escapar del contexto famélico, que los expone a riesgos adicionales a la salud, a la vida, entre otros.

c) viven estas condiciones mientras otros agentes de la sociedad se benefician del escenario.

¿Y Brasil en la pandemia encaja en estas características?

Hay pocas dudas de que el brutal empobrecimiento de la población está mermando su capacidad para comprar alimentos. En agosto de 2020, 9,5 millones de brasileños se encontraban en situación de pobreza. En febrero de 2021 la cifra es de 27,2 millones. Entre enero y febrero, el 68% de los habitantes de las favelas no tenían dinero para comprar alimentos en al menos un día de los quince que precedieron a la encuesta. Simultáneamente con la pérdida de ingreso, la desaparición del poder adquisitivo se ve agravada por la fuerte inflación de los alimentos, que es tres veces mayor que la inflación general. No se teme, por parte del gobierno, legisladores y empresarios, vociferar que Brasil rompe el récord de exportaciones de commodities agrícolas mientras tiene la inflación de alimentos más alta del mundo.

En medio de la eliminación acelerada de la capacidad de acceso a alimentos, según Amartya Sen, ¿qué políticas públicas se han adoptado para corregir estas "fallas de mercado"? La ayuda de emergencia, que, en una fase menos severa de la pandemia, varió entre 600 y 1200 reales, ahora, en la fase más dura, variará entre 150 y 375 reales mensuales. En medio del auge de las exportaciones de commodities agrícolas, no existen acciones efectivas encaminadas a ampliar urgentemente la oferta interna, con el objetivo de bajar los precios, ni la previsión de impuestos extraordinarios para combatir el hambre en medio de ganancias igualmente extraordinarias en este período de calamidad. Tampoco hay inventarios públicos de alimentos que puedan movilizarse para contener el aumento.

El hambre, y el miedo a la llegada de la Hambruna, han llevado a muchas personas a las calles, en busca de sustento (comprado o donado). Aunque ha habido migración a otras ciudades, desde las capitales hacia el interior, migración que lleva consigo el coronavirus, las personas que tienen hambre o que temen al hambre son obligadas a desplazarse de otra manera. Las personas se ven obligadas a romper el aislamiento social con el fin de ir a los mercados de trabajo, formales o informales, o a las plazas en busca de donaciones de alimentos. No acuden en masa a los campos de refugiados, como estamos acostumbrados a ver en otros países -¡y pocos saben que hubo campos de concentración similares en Brasil!- sino en mercados públicos, bares y transporte público. 


¿Cómo es posible que los funcionarios del gobierno defiendan la distancia social y se mantengan los sistemas de transporte colectivo apiñando gente como sardinas? 


¿Por qué los autobuses en los garajes valen más que el riesgo de que las personas se contaminen en su búsqueda de alimentos? ¿Por qué no crear las condiciones para que la gente tenga que trasladarse menos?

Parece posible combinar los factores a) y b) en la caracterización de una Hambruna en Brasil. Las personas más pobres experimentan más hambre o temen más hambre, y este contingente aumenta rápidamente. Las personas que tienen hambre o que tienen miedo de pasar hambre tienen menor inmunidad y corren un mayor riesgo. Las personas que tienen hambre, o que tienen miedo al hambre, es decir, las personas más pobres, los negros en mayor proporción, mueren más por COVID-19.

¿Qué pasa con el elemento c) de la lista? ¿Quién se beneficia? Está ampliamente documentado que las exportaciones de los agronegocios están batiendo récords mientras que faltan alimentos, no físicamente, sino a precios más bajos. Asimismo, se ha documentado que están aumentando las ganancias de las grandes industrias alimentarias, supermercados y del sector médico-farmacéutico. Sin embargo, para nuestro propósito de contribuir al debate sobre si hay o no genocidio en Brasil, debemos preguntarnos: ¿Y el gobierno, gana manteniendo a la gente hambrienta o amenazada de hambre? ¿Esto promueve sus intereses políticos? Se sabe que la política de sequía en el noreste, que mantiene a las personas vulnerables al hambre, paga dividendos a los líderes políticos tradicionales. Pero, en el contexto de la pandemia, ¿de qué serviría inducir a una Hambruna o la omisión antes de la formación de este cuadro?

En la perspectiva de Sen, el miedo a perder las elecciones de 2022 debería hacer que el gobierno y el congreso -¡sí, el congreso!- actúen para prevenir la Hambruna. Sin embargo, esto claramente no está sucediendo. ¿Debería la sociedad esperar hasta 2022 para ver si algo cambia o debería actuar de inmediato? Es en esta perspectiva que las teorizaciones contemporáneas de las Hambrunas argumentan que es necesario considerar otras opciones para llevar al poder público a sus responsabilidades. Les dejo los artículos seleccionados de la Corte Penal Internacional para ayudar en la reflexión:

Articulo 6: Crimen de Genocidio

A los efectos del presente Estatuto, se entenderá por “genocidio” cualquiera de los actos mencionados a continuación, perpetrados con la intención de destruir total o parcialmente a un grupo nacional, étnico, racial o religioso como tal: 

c) Sometimiento intencional del grupo a condiciones de existencia que hayan de acarrear su destrucción física, total o parcial;

Artículo 7: Crímenes de lesa humanidad

A los efectos del presente Estatuto, se entenderá por “crimen de lesa humanidad” cualquiera de los actos siguientes cuando se cometa como parte de un ataque generalizado o sistemático contra una población civil y con conocimiento de dicho ataque:

k) Otros actos inhumanos de carácter similar que causen intencionalmente grandes sufrimientos o atenten gravemente contra la integridad física o la salud mental o física.


El trabajo de identificación de una Hambruna y su tipificación como Crimen de Lesa Humanidad o Genocidio debe ser transdisciplinario. 


Existen controversias legales, principalmente en lo que se refiere a probar la intencionalidad del acto y sus medios, pero esto se puede investigar (ver, en otro campo, el informe del Centro de Estudios e Investigaciones en Derecho de la Salud). Se necesitan estudios estadísticos que encuentren una asociación relevante entre desnutrición, letalidad y enfermedades en una escala poblacional considerable, y que sean capaces de señalar la magnitud de la gravedad de la crisis. Y, entre otras cosas, si hay Hambruna, es necesario tener la disposición política para hacer rendir cuentas a los culpables.

Tenga en cuenta que tener hambre o temer el hambre no debería ser posible en Brasil, ya que el derecho a la alimentación fue constitucionalizado en el artículo 6 de nuestra Constitución. El país también es signatario de varios tratados internacionales que lo comprometen a proporcionar alimentos a las personas. Entonces, ¿no deberían los poderes constituidos trabajar para hacer cumplir ese derecho? ¿Están incurriendo en omisión al permitir el hambre en un país lleno de posibilidades alimentarias y financieras? ¿Qué papel juega la comunidad internacional?

Concluyo con un fuerte testimonio, porque la empatía social debe ser fuerte ante el agravamiento del hambre que expone a nuestra gente al COVID-19: “Vendí las ollas para comprar pan y patas de pollo (...) para la próxima semana no tengo más ollas para vender. No sé qué haré". En una crisis de hambre, la solución nunca debe quedar relegada a los individuos que venden sus bienes. Pero, aun más, si se tratara de una Hambruna, sería necesario responsabilizar al Gobierno y al Congreso ante su pueblo y la comunidad internacional, de conformidad con la Constitución y los tratados firmados soberanamente.


Sobre el autor

Thiago Lima es Profesor del Departamento de Relaciones Internacionales, coordinador de la Maestría en Gestión Pública y Cooperación Internacional y coordinador del Grupo de Investigación sobre Hambre y Relaciones Internacionales de la UFPB (www.fomeri.org). 


El autor agradece a Geovana Porto, Maria Clara Medeiros y Andrea Santos Baca por la traducción al español. 

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