Irak impulsa la paz y la integración euroasiática

OPINIÓN. Entre la Mesopotamia y el Mediterráneo, de Azerbaiyán al Golfo Pérsico, aunque tropezando, Medio Oriente se estabiliza bajo el liderazgo ruso-iraní, mientras retorna a su continente.

En elecciones anticipadas, convocadas como respuesta al intento de “revolución colorida” de 2019, 25 millones de iraquíes estaban habilitados este domingo para ir a las urnas y elegir al Parlamento encargado de votar al nuevo gobierno que concertará con Estados Unidos su definitiva salida del país en diciembre próximo. Como la misma acarreará también la retirada norteamericana de Siria, la subsecuente rendición de las milicias kurdas en el norte de este país, el repliegue de los ocupantes turcos allí y la normalización de Líbano después de la elección de marzo de 2022, los actores principales de la política mundial miran atentamente este nuevo movimiento en la partida entre atlantistas y continentalistas.

En vísperas de las elecciones, la autoridad chiíta suprema de Irak, Sayed Ali al-Sistani, instó a los iraquíes a concurrir a votar. Los deseos del guía espiritual podrían denominarse una "fatwa de la yihad electoral", comparable a la "yihad de Kifaei" a la que convocó en 2014, desatando una gigantesca movilización popular para expulsar al Estado Islámico (ISIS, por su nombre en inglés) del norte del país y que llevó a la creación de las "Fuerzas de Movilización Popular", hoy la más importante milicia de Irak. Para superar la baja participación electoral de 2018, el Parlamento dividió los distritos electorales, introduciendo medidas de seguridad contra el fraude y autorizando la presentación de más candidatos independientes con un cupo femenino de 83 escaños. De este modo se tuvieron en cuenta los supuestos reclamos de la abortada “revolución colorida”, inspirada por EE.UU. e Israel en 2019, que llevaron al adelantamiento de las elecciones, originariamente previstas para el año próximo.

Aunque es probable que algunos dirigentes y ONG intenten impugnar los resultados de la votación, puede evitarse una crisis, si los partidos políticos tradicionales (representantes de la mayoría chiíta y de las minorías sunita y kurda) mantienen sus lugares en el próximo gobierno, aunque obtengan menos escaños que antes. De acuerdo a todos los pronósticos el Movimiento Sadrista se convertirá en primera minoría. Se trata de una fuerza nacionalista de confesión chiíta llamada así por su líder, el ayatolá Sayed Muqtada al-Sadr. La misma se asienta principalmente en los barrios pobres chiítas de las ciudades del sur del país (incluida la capital) y tiene la milicia Ejército de al Majdi, una de las más poderosas de Irak. Surgió a partir de 2003, para combatir a la vez la invasión norteamericana y al ejército de Saddam Husein, para luego liderar la resistencia contra los ocupantes. También se enfrentó a las milicias sunitas y desde 2014 estuvo al frente de la lucha contra el Estado Islámico. Aunque al Sadr nunca participó en los sucesivos gabinetes, tiene una influencia considerable sobre la política iraquí y su movimiento ha tenido ministros en varios gobiernos.

Probablemente, al Sadr no busque presidir la coalición, sino formarla y liderarla desde una posición secundaria. Para ello, deberá concertar un entendimiento dentro del complejo marco que impone la Constitución de 2005, sancionada bajo la ocupación norteamericana. De modo similar a Líbano, la misma consagra la división étnica y confesional del país: la minoría kurda del norte pone al Presidente, la mayoría chiíta al Primer Ministro y la minoría sunita a su segundo. Como, además, ambos grupos árabes están severamente fracturados, se multiplica el número de corrientes y personalidades con aspiraciones a ocupar ministerios. Dentro de la mayoría chiíta el sadrismo afronta la competencia de las Fuerzas de Movilización Popular y su movimiento político, al Fatah, estrechamente ligados a Irán. Su fundador y líder era Abu Mahdi al-Muhandis, asesinado por EE.UU. junto con el general iraní Qassem Suleimaní, cuando éste el 3 de enero de 2020 éste último arribaba a Bagdad en misión diplomática. Como represalia, desde entonces, los milicianos han hostigado permanentemente a las fuerzas norteamericanas de ocupación y anunciado que, si éstas no se retiran en diciembre próximo como han comprometido, ellos las expulsarán en no más de seis días.

Si, a pesar de estas dificultades, de la debacle económica, de la puja entre EE.UU. e Irán por el control del país y del terrorismo del ISIS, al Sadr consigue formar gobierno, inmediatamente tendrá que hacer frente a los problemas de seguridad y lucha contra el terrorismo, a la crítica situación económica y al déficit. Todavía tendrá que impedir que la región kurda del norte se separe del Estado. Desde hace más de 60 años el Kurdistán iraquí está dominado por la familia Barzani, una tribu de contrabandistas y narcotraficantes aliada con EE.UU. e Israel, que, ante la salida del país de los norteamericanos, puede ser alentada por Tel Aviv y Ankara a segregarse.

Sin embargo, ambas potencias regionales están evitando chocar con el creciente predominio de Rusia e Irán en Medio Oriente. Éste último acaba de poner un freno a la ambición del presidente turco Recep Tayip Erdoğan de controlar una faja en la frontera entre Irán, Armenia y Azerbaiyán que le permitiera enlazar con el territorio de ésta, para, a través del Mar Caspio, construir su propia Ruta de la Seda hacia Turkmenistán y Afganistán. Como parte de los acuerdos que calmaron en agosto pasado la guerra de 44 días entre Armenia y Azerbaiyán, la primera conservó su conexión terrestre con el enclave del Alto Karabach, mientras debía dar a la segunda un enlace con el enclave de Najicheván, ubicado entre Armenia e Irán (ver mapa).



Turquía e Israel aprovecharon, entonces, la oportunidad, para impulsar al presidente azerbaiyano Ilham Aliyev a construir el enlace carretero … ¡por el lado iraní de la frontera! Raudamente la República Islámica concentró en el límite grandes contingentes de la Guardia Revolucionaria Islámica y del Ejército y realizó ejercicios, mientras advertía a Bakú contra cualquier intento agresivo al mismo tiempo que recordaba la solidaridad étnica (en el noroeste de Irán vive una importante minoría azerí y muchos de los principales ayatolás son de ese origen) y la comunidad religiosa. Irán no quiere llegar a una guerra con el pequeño, pero rico país petrolero, aunque no piensa permitir provocaciones de Ankara y Tel Aviv.

Erdoğan entendió el mensaje iraní tanto como el ruso: no trascendió mucho de lo conversado el pasado 29 de septiembre en Sochi por los presidentes de Rusia y de Turquía, pero de declaraciones posteriores puede colegirse que Vladimir Putin obtuvo imperativamente de su colega turco la promesa de no seguir interviniendo en la crisis entre Azerbaiyán e Irán (Armenia está protegida por Rusia), así como de retirarse del norte de Siria, especialmente de la provincia de Idlib. Después de que los terroristas infiltrados por los sauditas se rindieron por segunda vez en la sureña provincia de Deraa y de que este domingo 10 la defensa antiaérea siria con evidente apoyo ruso derribó diez de los doce cohetes arrojados por Israel contra el país árabe, a Turquía le quedó muy claro cuál será el destino de sus tropas en el norte de Siria, si no las retira en las próximas semanas.

También los gobiernos de EE.UU., Francia e Israel entendieron que no pueden seguir destrozando Líbano como lo han hecho en los últimos quince años. Al mismo tiempo que el secretario general de Hizbulá, Hassan Nasralá, anunciaba la venida de un tercer buque sirio cargado con petróleo iraní, el desperfecto de dos centrales térmicas este viernes dejó a todo el país a oscuras. Tras la explosión (aún no aclarada) del puerto de Beirut en agosto de 2020 y la larga negociación entre los partidos y facciones confesionales para formar gobierno, hace tres semanas los líderes chiítas, sunitas y cristianos consiguieron formar una nueva coalición encargada de superar la terrible crisis energética que aqueja al país y de renegociar su deuda con el FMI y los prestamistas occidentales.


La devastación del puerto de Beirut después de la explosión de agosto de 2020 es una metáfora de la situación general del país


La crisis en Líbano terminó de estallar en 2019, cuando el país entró en cesación de pagos. Luego vinieron la crisis política y la catástrofe del puerto, todo agudizado por la presión occidental que impedía la llegada de petróleo iraní y el sabotaje israelí que impedía el entendimiento entre las fuerzas políticas. Finalmente, el 8 de septiembre pasado Bashar al Assad alcanzó un acuerdo con EE.UU., Egipto y Jordania por el cual el segundo manda al país de los cedros gas, Jordania le envía electricidad a través de Siria y todos aceptan que a través del puerto sirio de Latakia llegue el petróleo iraní.

El acuerdo prefigura lo que muy probablemente va a suceder el año próximo: después de que los norteamericanos se hayan retirado de Irak, lo harán desde el este de Siria, los turcos se replegarán del norte de ese país, los kurdos se someterán a la soberanía de Damasco y Siria habrá recuperado, apoyada por Rusia e Irán, el papel protagónico que le corresponde en Medio Oriente, En ese momento, después de la elección libanesa de marzo, el eje Moscú-Damasco-Teherán, con el potente sostén de China, podrá encarar desde Beirut la reconstrucción y el desarrollo de la infraestructura que conecte el Mar Amarillo con el Mediterráneo Oriental. Después de 600 años Asia recuperará su unidad. Pero, para que todo sea posible, la elección iraquí de este domingo debe conducir a un gobierno de unidad y a la paz.


Sobre el autor: Eduardo J. Vior es Dr. en Ciencias Sociales, analista internacional.

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