La caja de pandora en las montañas afganas

OPINIÓN. El principal problema afgano no son los talibanes. Al menos su expresión política. El gran contrincante es el narcotráfico.

El exvicepresidente ruso, general Alexandr Rutskoi, piloto militar y héroe de la URSS en la ocupación de Afganistán, y el general Alexandr Lébed, comandante de las tropas soviéticas, advirtieron a los norteamericanos, en 2001, lo mortal que era tratar de conquistar ese país montañoso en pleno centro del Asia Central, con un abigarrado componente étnico.

Cegados por la persecución a Bin Laden, refugiado en las inexpugnables montañas afganas, los jefes militares estadounidenses en ese año lanzaron la operación “Libertad Duradera” con su eterno aliado británico, a la que luego se le unieron formales contingentes de la OTAN.

La ocupación soviética costó miles de muertos y una presurosa retirada en 1989 y fue precursora de la caída de la URSS dos años más tarde.

La ocupación norteamericana-OTAN costó miles de muertos, miles de millones de dólares y la misma presurosa retirada veinte años después de iniciada. Tan presurosa que ni siquiera evacuaron no ya tanques y equipamiento bélico, sino efectos personales cuando huyeron en julio de la base de Bagram.

Falta saber cómo repercutirá esta fuga en el horizonte político norteamericano, tan plagado de duros conflictos y tan jaqueado por la crítica situación interna provocada por la pandemia pero, además, por el siempre amenazante colapso económico.

En todo caso, conviene recordar que Afganistán ha sido siempre escenario de cruentos enfrentamientos y dependencia de despóticos aunque fugaces imperios. Ubicado en pleno centro del camino de la seda, el país desde épocas ancestrales fue la clave de la disputa por su dominio. Hablamos de vestigios de enfrentamientos en poblamientos rurales, es decir agrarios, hace cinco mil años. Por allí pasaron los chinos, Tamerlán, los turcos, los persas, los tártaros. Alejandro Magno desató con su espada el nudo gordiano en uno de esos poblados montañosos, ahora territorio de Uzbekistán. Como todos los demás intentos, Alejandro no logró la conquista y se retiró a morir en Babilonia.

Jublai Jan y otros emperadores chinos, sabios, resolvieron no invadir más esas montañas peladas y sólo recurrieron a los afganos para comprarles caballos y contratar jinetes con los que acometer sus conquistas en otros territorios del Asia Central. De alguna manera, Afganistán se convirtió en un balance de fuerzas casi natural. Sirvió para mantener cierto equilibrio entre los imperios asiáticos.

Un equilibrio que también se manifestó hacia el siglo XVIII, cuando el imperio británico y el imperio ruso se disputaban el dominio sobre Persia y, naturalmente, sobre Afganistán. Pero si el zar asumió una política de penetración económica y cultural desde sus propios territorios asiáticos, Londres prefirió la vía bélica. Fueron tres guerras afgano-inglesas. Las tres con derrota inglesa. Afganistán siguió siendo el balancín. En la segunda guerra mundial en realidad fue uno de los más duros impedimentos para la penetración nazi en la región. Alemania y su velado aliado turco necesitaban las riquezas naturales asiáticas, incluyendo el movimiento envolvente hacia las por entonces repúblicas soviéticas de Turkmenistán, Tadzhikistán y Uzbekistán, ricas en petróleo, gas y… uranio entre otras bondades. No lo lograron en parte por la volcada adhesión de Irán y Afganistán a los aliados.

Su trascendencia estratégica en la región la hace uno de los principales participantes en la poderosa Organización de Cooperación de Shanghái (OCSh), llamada la OTAN asiática y liderada por Rusia, la India y China, una triada ya conocida como RIC a la que se le une Irán. Desde hace algunos años las maniobras militares conjuntas entre sus miembros se han convertido en elementos permanentes de la OCSh pero en este año las que acaban de realizar China y Rusia han sido calificadas como “impresionantes” en los círculos de la OTAN. Pese a las secuelas dejadas por la ocupación soviética, Moscú mantiene una estrecha relación con Kabul. Algo que no ocurre en la relación con las fuerzas de ocupación occidentales.

Esta puede ser la explicación de la inédita relación diplomática entre el movimiento Talibán y Moscú. Pocos días antes de ocupar Kabul, máximos representantes talibanes mantuvieron en la capital rusa negociaciones con el encargado de las relaciones del Kremlin con Afganistán, Zamir Kabúlov, un experimentado diplomático nacido en el Uzbekistán soviético y profundo conocedor de las realidades políticas, económicas y militares de la región.

Los talibanes le aseguraron a Kabúlov la inmunidad de la representación diplomática rusa en Kabul. Lo que hasta ahora no sólo se mantiene, sino que ha progresado hasta una larga entrevista del embajador ruso en la capital afgana, Dimitri Zhirnov, con los máximos dirigentes talibanes, en el intacto palacio de gobierno de Kabul. A posteriori de la cual, el diplomático y sus anfitriones recorrieron las calles de la ciudad para constatar que no había enfrentamiento alguno. “No entraron como ocupantes -dijo Zhirnov- sino como sus dueños”…

No obstante todo ello, Moscú no reconoce por ahora ninguna autoridad constituida en Afganistán y sigue considerando al Talibán como una “organización terrorista”. Por el contrario, el general Serguéi Shoigú, ministro de defensa de Rusia y natural de la República Autónoma de Tuvá, limítrofe con Mongolia, dirigió intensas maniobras militares en la frontera tadzhiko-afgana, donde tienen su asiento algunas unidades especiales de las tropas de frontera rusas. El objetivo es detener el paso de los narcotraficantes afganos, metidos en medio del torrente de refugiados que pugna por abandonar Afganistán por esa vía terrestre.

Y es que el principal problema afgano no son los talibanes. Al menos su expresión política. El gran contrincante es el narcotráfico. En 2008 la Dirección de lucha contra el narcotráfico y la criminalidad de la ONU (UNODC) afirmó en su informe anual que “ningún otro país en el mundo, a excepción de China de mediados del siglo XIX, produjo tantos narcóticos como el actual Afganistán”.

Luego de la invasión de los EE.UU. y la OTAN, esa producción aumentó en varias veces. Las principales víctimas de este aumento son Rusia y la UE. El tráfico se verifica por el antiguo camino de la seda. Como en épocas ancestrales. Esto advierte sobre las inconmovibles bases del estado afgano, pese a las constantes o quizá debido a las constantes invasiones.

La UNODC acaba de informar que casi el 90% del opio comercializado en el mundo es producido en Afganistán. Unas 650 toneladas al año… En el último posible conteo de ganancias, el beneficio puro obtenido por los “barones” del narcotráfico afgano fue superior a los 3.000 millones de dólares. Pero ese cálculo es de 2007. Según fuentes italianas, hoy es diez veces superior.

La superficie de cultivos del opioide en Afganistán supera hoy a las plantaciones de coca en Colombia, Perú y Bolivia, tomadas en conjunto.

Pese a la declarada política de represión sobre el cultivo de opio, los talibanes no han hecho otra cosa que aumentarla. Es curioso señalar que la mayor incidencia de ese aumento se ha dado en las regiones compartidas por talibanes y las fuerzas estadounidenses y de la OTAN…

Esta es, sin duda, la principal preocupación de los países limítrofes con Afganistán. Una delegación militar de la OCSh recorrió recientemente las regiones fronterizas para consolidar una política común de detención del narcotráfico. Algo que, por ahora, no parece estar en el centro de la política europea o de Washington con respecto al reemplazo de poder en Kabul.

Pese al caos reinante en el aeropuerto de la capital afgana, harto parecido al que imperó en Saigón en 1975, cuando los Estados Unidos se retiraron de Indochina. Las mismas imágenes de huida masiva, de pánico y de descontrol. Ahora se viralizan los videos de afganos cayéndose de aviones que levantan vuelo, o del incesante trasiego de helicópteros transportando diplomáticos y allegados desde embajadas y edificios oficiales hasta el colmado aeropuerto afgano, donde han sido suspendido todos los vuelos.

Pero si en Saigón lo que ocurría, pese a la escala histórica del acontecimiento, era el triunfo del pueblo vietnamita por sobre la sangrienta invasión yanqui, en Kabul lo que ocurrió fue el colapso defensivo de todo el imperio. No alcanzaron la monumental sangría presupuestaria, ni el constante reforzamiento de efectivos, ni la inclusión de unidades de la OTAN, para al menos retardar el fulminante triunfo de los grupos talibanes, armados con lo que pudieron arrebatar a los ocupantes, incluyendo todo el equipamiento abandonado en la base de Bagram.

Hace treinta años dejaba de existir la URSS y entre aquellas circunstancias, provocaron especial interés hasta el día de hoy la celeridad e inexorabilidad de lo que ocurrió. Recién existía una superpotencia dominando sobre medio mundo y de repente en su lugar apareció un conglomerado de nuevas formaciones estatales, inmersas en el caos de la gestación y en muchos casos empapadas de sangre.

La actual Kabul apunta indudablemente a la pérdida por los EE.UU. del status hegemónico global. Pero lo alarmante de ello es que este proceso puede no ser un ocaso gradual desde el trono de superpotencia, sino el arrebato de sus mecanismos de poder por parte de otras fuerzas geopolíticas, lo que conduciría a un desmoronamiento acelerado y sin control. Con las consecuencias globales que ello presupone, tanto en el orden político (diplomático) como en el militar y, por supuesto, económico.

Esto está lejos de ser un episodio aislado, en un país atávico, del que sólo conocemos referencias a supuestos tratos inhumanos, esclavitud, descomposición económica y ausencia de estructura estatal. Por el contrario, la pregunta clave no es sobre Afganistán sino sobre la resonante derrota de Washington. Tanto militar como diplomática. La destrucción del rosado mundo construido por Mike Pompeo en Doha en septiembre del año pasado, donde todos se juraron amor eterno, incluyendo, claro, los talibanes.

En el mundo, al menos por ahora, los talibanes no ocupan posiciones dominantes las que, también por ahora, siguen ocupadas por Washington. Para algunos Washington es el principal socio comercial, para otros el soberano geopolítico, para terceros es la fuerza de ocupación y para los cuartos, el emitente de la principal divisa mundial en base a la que se vincula toda la economía nacional.

Hoy, ninguno de ellos puede dejar de preguntarse si, de repente, esa potencia de los Estados Unidos, jaqueada por estos episodios extranacionales, por la economía en crisis, por la pandemia, en fin, por los enfrentamientos interraciales, se desmorona tan rápidamente como lo hizo Kabul (y como ocurrió con todos los anteriores imperios). ¿Cuál será la concreta incidencia de este “pequeño” acontecimiento en sus propias vidas?

Es inquietante en este sentido el desopilante anuncio de Joe Biden: “El objetivo de la operación de los EE.UU. en Afganistán fue impedir el ataque terrorista contra los Estados Unidos. Ese objetivo fue logrado”…El 46° presidente norteamericano afirmó también que “vamos a seguir ayudando al pueblo afgano” (¡ni que Dios permita!, dicen los afganos), reconoció que reaccionaron tarde al avance talibán y admitió: "Uno tiene que ser honesto. Nuestra misión en Afganistán ha dado varios pasos en falso en las últimas épocas". La honestidad no alcanzó a compadecer el “objetivo logrado” con los “pasos en falso”. Y para evaluar si el triunfo talibán provocaría la alarma ante nuevos ataques terroristas.

Un primer dato podría proporcionarlo la cotización del petróleo que, pese al desborde en Kabul, “sólo” se redujo en alrededor del 3%. Ni punto de comparación con la brutal caída de principios de la pandemia, cuando el precio se tornó negativo.

No, claro, no es tal pero uno a veces no resiste a la tentación de tildar de ingenuo al jefe del estado más poderoso del planeta. Tiene el derecho a ignorar lo que hace la OCSh con respecto a las fronteras afganas, pero no puede confundir a su pueblo con respecto al principal responsable de la fuga. “Nuestros auténticos contrincantes estratégicos -dice-, China y Rusia, lo que más quisieran es que los EE.UU. continuaran bombeando eternamente miles de millones de dólares y recursos a la estabilización de Afganistán”. El irrefutable hecho es que nadie, ningún gobierno afgano ni de la región, le pidió a los Estados Unidos y a la OTAN llevar a cabo una invasión militar. Ella fue gestada igual que la invasión a Irak para liquidar “armas de destrucción masiva” que nunca fueron halladas, o el bombardeo a Yugoslavia para “evitar la matanza entre serbios y bosnios”.

Aunque hay algo de cierto en el reconocimiento hecho este lunes por Biden: “los soldados norteamericanos no deben morir en una guerra que no quieren pelear los afganos”. Bueno, ¡nunca es tarde para aceptar la verdad sobre la ocupación en países ajenos! Cuando se abre la caja de Pandora nunca hay seguridad de lo que resultará.

La respuesta, seguramente, países como el nuestro deberán buscarla en la confluencia de intereses y en la consolidación de alianzas que permitan coordinar esfuerzos para evitar este “tsunami geopolítico”. Esto es lo que brindan los nuevos centros multipolares que se fortalecen incluso en estas circunstancias. Un país aislado será arrasado, precisamente, por la gigantesca ola. El conjunto de países, como lo demuestran los BRICS o la propia OCSh, tiene todos los atributos para desarrollar una existencia autónoma y, por supuesto, “estar armado hasta los dientes”.

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