La copa de Bolsonaro

La paradoja del país futbolero

Con medio millón de muertos por la pandemia y advertencias de una inminente tercera ola, la decisión de organizar la Copa América generó bastante rechazo entre los brasileños. El hecho en sí tal vez no tendría tanto peso si no se tratase de un presidente fuertemente cuestionado por el negacionismo con el que encaró la pandemia y las demoras deliberadas en la obtención de las vacunas. Según una encuesta del portal político Poder360, a días de su inicio, sólo 35% de los brasileños estaban de acuerdo con la realización de la Copa. Este clima adverso hace recordar a la Copa de las Confederaciones de 2013, cuando en junio de aquel año tuvieron lugar las protestas que marcaron un punto de inflexión en la historia reciente brasileña, el inicio del proceso de crisis que terminaría en la elección de Jair Bolsonaro. Tanto entonces como ahora, se da la paradoja de un país futbolero en donde la organización de un campeonato internacional genera malestar.

Puede decirse que en Brasil no hay consenso respecto a la génesis de las protestas de junio de 2013, que irrumpieron en un momento muy bueno de la entonces presidenta Dilma Rousseff, y que derrumbaron su popularidad. Las protestas fueron iniciadas por el aumento del pasaje de colectivo en San Pablo, pero se extendieron por todo el país en una ola de protestas con demandas difusas, mayormente exigiendo mejores servicios públicos, menos dinero para la construcción de estadios y contra la corrupción. La amplia cobertura mediática hizo lo suyo, atizando el tendal de pólvora que evidentemente estaba oculto. En lo que sí hay consenso es en la idea de que junio de 2013 fue el punto de inflexión de la historia reciente brasileña y una de las llaves para entender lo que luego sería el triunfo de Jair Bolsonaro. A esas protestas le siguió un triunfo muy apretado de Dilma, con inflación de promesas, que una vez en el gobierno se convirtieron en ajuste (ortodoxo) de ilusiones. Denuncias de fraude electoral de parte del principal referente opositor, Aécio Neves (PSDB), corrupción (y también persecución política) de expuesta por la Lava Jato, crisis económica, prisión de Lula da Silva, violencia política (Marielle Franco y disparos contra una caravana de Lula), y por debajo de todos esos hechos un movimiento casi tectónico de la sociedad hacia el conservadurismo y el antipetismo (anti-PT). En esa madeja de acontecimientos, el 7-1 en la semifinal del Mundial organizado en casa no desentona. 


La reelección, la verdadera copa que le importa a Bolsonaro

Los cuestionamientos a la decisión del Gobierno de organizar la copa incluyen, en muchos casos, la lectura de que con esto Bolsonaro intenta desviar la atención pública de la Comisión Parlamentaria que está investigando su accionar y responsabilidades durante la pandemia y traer algo que movilice positivamente el estado de ánimo de los brasileños. El actual mandatario ya está en campaña para 2022. Valga la analogía: el certamen que le importa a Bolsonaro, y que este ya está jugando, es el de la reelección. La vistosa caravana de motocicletas del fin de semana pasado en San Pablo es una entre tantas demostraciones de ello. La caravana, que llegó a tener un par de kilómetros de extensión, ofreció una imagen verdaderamente muy potente de apoyo al mandatario. Luego vino la exageración del bolsonarismo en su aceitado mundo digital, propagando el mensaje de que habían participado más de un millón de motos, posteriormente desmentida por un conteo de peaje que daba algo más de seis mil. Se pueden sacar un par de conclusiones de ese hecho. El primero es la importancia que el bolsonarismo le otorga a la calle y a los actos con el líder. El liderazgo de Bolsonaro está construido desde abajo hacia arriba. Se fue construyendo desde su lanzamiento como precandidato a inicios de 2015  y el contacto y la exhibición con sus seguidores es fundamental. Fue ese movimiento construido a la identificación con su figura personal el que le otorgó un lugar en la disputa electoral de 2018 y, frente a la imposición del sistema de partidos, aunar en torno de su candidatura a poderosos actores económicos y sociales.  En segundo lugar, las estrategias utilizadas para exagerar la apariencia de apoyo al líder, que más allá de técnicas puntuales muy efectivas, descansa fundamentalmente en su diseminación a través de las redes sociales. Ese universo digital fue fundamental en la gesta bolsonarista que fue la elección de 2018, y lo sigue siendo ahora. La calle y la red son centrales en la movilización bolsonarista y el tipo de liderazgo de Jair Bolsonaro. Ese tipo de movilización, a su vez, prescinde de la moderación para ser efectiva. De ahí que la estrategia de un Bolsonaro moderado que asomaba a mediados del año pasado hoy esté cada vez más lejos.

Bolsonaro necesita hacer un par de goles en materia económica para tener chances en 2022. La acción que sobresale en el horizonte es la creación de un nuevo Bolsa Familia, o la actualización de sus valores, subiendo el promedio del valor de los $BR 190 actuales a 250 o 300. Obras de infraestructura, pequeñas reformas económicas de corte liberal y el buen momento de la bolsa de valores, son acciones que no llegan a los sectores de menores ingresos, en una situación agravada por la pandemia. Sí tiene mayor impacto el buen momento del agro y el sector extractivista. Bolsonaro tiene la pelota en dos aspectos que son centrales para su futuro. Primero, la cuestión económica y las respuestas que pueda dar o no en el tiempo que le queda de mandato. Segundo, la cuestión de la propia radicalidad, radicalidad que se expresa desde las amenazas a la democracia hasta el negacionismo frente a la pandemia. 

Pero el rival también juega. Hoy, el sistema de partidos brasileños se puede ordenar, grosso modo y con las limitaciones del esquema izquierda-derecha, con una derecha ocupada por Bolsonaro, una izquierda ocupada por Lula da Silva, una centro izquierda no lulista en donde ha quedado en soledad Ciro Gomes (Partido Democrático Laborista, de tradición varguista), y una centro derecha no bolsonarista en donde se destacan el PSDB y el DEM (antiguo PFL, aliado del PSDB en los gobiernos de Fernando Henrique Cardoso).   Difusos en ese esquema de izquierda a derecha, aparecen el MDB de Michel Temer (dejó el nombre PMDB y volvió a su denominación original), que se encuentra dividido en estrategias regionales muy diversas, desde caciques aliados a Bolsonaro hasta otros con Lula. Y también el universo de “equipos” del denominado Centrão: PP, PSD, PL, SD, entre otras siglas, cuyo estilo de juego (léase ideología) es más bien jugar en el equipo ganador del momento o en el que tenga más chances de ganar (siempre cerca del poder). Partidos que han tenido, sobre todo en las últimas elecciones, una expansión municipal muy importante, y que en consecuencia serán aliados electorales de peso en 2022. 2018 y el triunfo de Bolsonaro sin estructura partidaria fueron la excepción a elecciones que funcionan con coaliciones que garanticen territorialidad, en un vasto territorio y un sistema fragmentado. Dentro del Centrão se destacan (simplificando) el PP (Progresistas), hoy aliado a Bolsonaro (hoy sin partido) pero no lo suficiente como para afiliarlo ya que significaría un cisma interno, y el PSD, que de la mano de su presidente, Gilberto Kassab, ya dio señales de que el “equipo” de Bolsonaro dejó de ser su favorito para el año que viene. La entrada a la cancha electoral del expresidente Lula sacudió todo el tablero y, entre otras cosas, partió al principal aliado partidario de Bolsonaro, el Centrão.

El PSDB definirá en elecciones internas de noviembre cuál será su candidato a la presidencia. Hoy los principales nombres son el gobernador de San Pablo, João Doria, el gobernador de Río Grande del Sur, Eduardo Leite, el exintendente de Manaos, Arthur Virgílio y el senador Tasso Jereisatti. Cuatro perfiles completamente diferentes. Con el popular conductor de televisión Luciano Huck ya decidido a no disputar (uno de sus fuertes era la llega a los sectores populares), lo mismo que el empresario y líder del partido Novo, Joao Amoêdo, el espacio de la centroderecha se descongestiona un poco de nombres, aunque todavía sin elegir uno. Tampoco se puede descartar al exjuez Sergio Moro, quien según una extensa nota de este mes en la revista Veja dará una definición al respecto en octubre y se encargó de dejar una puerta abierta en el Podemos. Aún si Moro no es candidato, su gravitación en la elección puede ser importante. Aunque en menor medida, lo mismo sucede con el general Santos Cruz, exministro de Bolsonaro y que hoy despotrica contra este. Ambos nombres más cerca del binomio PSDB-DEM, y buen vínculo con el exministro de Salud, Henrique Mandetta.   

El experimentado Ciro Gomes intenta romper la polarización desde su origen de centro izquierda, aunque, pragmáticamente, yendo a buscar a los electores desencantados con Bolsonaro, de la mano del también experimentado publicista y estratega João Santana. Algunas de las limitaciones de Ciro son que no encaja con las preferencias liberales y desestatizantes de un segmento importante del electorado que en 2018 votó a Bolsonaro, y que tampoco tiene buena llegada a los sectores de menores ingresos. 

Por último, Lula da Silva. El expresidente hoy es el favorito para quedarse con la copa de 2022. La polarización con Bolsonaro es el camino más fácil. Sobre todo cuando Bolsonaro juega por el extremo: del negacionismo anticiencia con más de medio millón de muertos a cuestas, hasta la amenaza a la democracia, pasando por la utilización de la ley de Seguridad Nacional para perseguir opositores. En esos términos, hoy el antibolsonarismo le gana al antipetismo.

Volviendo al apartado anterior, el Brasil que nació luego de las protestas de junio de 2013 es el gran desafío para Lula. El antipetismo, que pre existía pero se nutrió de los largos años de crisis, continúa siendo una fuerza importante en la sociedad brasileña. El desafío no es menor, sobre todo en lo que atañe a los escándalos de corrupción, que tuvieron una dimensión enorme en el país vecino. Ante esto, hoy la estrategia parece ser la de la conformación de un frente lo más amplio posible, y no la jugada a lo Cristina de ir de vice.  2022 se define por el centro, el lugar hacia donde Bolsonaro hoy no va. 


El paralelismo con Donald Trump

Cuando era un ignoto internacionalmente, Bolsonaro era llamado “el Trump tropical”. Son varios los puntos en común entre ambos, y también algunas diferencias. No obstante el magnate ya esté fuera de la Casa Blanca, hay una última similitud entre ambos que hoy ronda a la política brasileña como una amenaza. La estrategia de la denuncia de fraude para no reconocer la derrota ya está instalada por Jair Bolsonaro. La intentona golpista, también.

Trump era un presidente más fuerte, por varios motivos, destacándose la pertenencia al Partido Republicano (en un sistema bipartidista y no en uno fragmentado como el brasileño) y una inserción todavía mayor en la sociedad. Pero si Bolsonaro es un presidente más débil de lo que fue Trump, en un hipotético intento de ruptura institucional este podría estar en una posición comparativamente mejor a la que tuvo aquel para cumplir su cometido. Al menos con mayor capacidad de hacer daño. La penetración del bolsonarismo en las Fuerzas Armadas es preocupante. La remoción de los tres comandantes de las fuerzas en marzo por resistirse a la utilización de estas como parte de la estrategia de amenaza permanente al orden institucional (en aquel momento Bolsonaro amenazaba con la intervención militar en los estados que habían adoptado medidas de aislamiento), evidenció las fracturas al interior de la corporación, aunque también son evidentes los intentos de los militares desafectos al bolsonarismo de no echar más leña al fuego. Difícil que se replique en Brasil el nivel de confrontación que se vio en Estados Unidos en noviembre pasado cuando el Jefe del Estado Mayor, el general Cristofer Milley,  sostuvo frente a las cámaras de TV: “No hemos jurado defender a un tirano (...) Hemos jurado defender la democracia”. Las policías estaduales, en cambio, representan un desafío que pasa de preocupante a grave. Policías en las que los motines suceden con frecuencia, con líderes de esos motines que luego pasan a la vida política y con un bolsonarismo que ha penetrado fuertemente en esas, el peligro de una intentona golpista pasa más por esas policías que por las Fuerzas Armadas. Precisamente esta semana el vicepresidente Hamilton Mourão descartó cualquier posibilidad de levantamiento bolsonarista de las policías. No por nada el tema está instalado. Comparado con Trump, la fortaleza de Bolsonaro está en la debilidad de las instituciones.

Para Bolsonaro, que Trump no esté en el poder tal vez sea menos grave que el desenlace del 6 de enero y la estrategia fallida de hacerse eco de la denuncia de fraude. Y si bien luego las relaciones tendieron a normalizarse, hoy no parece que el futuro de la relación bilateral escape a las fricciones. Está claro que el Gobierno de Bolsonaro está lejos de cumplir con dos de las puntas de lanza de la política exterior de la administración Biden, democracia y medio ambiente. Un Bolsonaro radicalizado no se la hace fácil a Washington, que aún no informó quién será el nuevo embajador tras la salida de Todd Chapman, designado por Trump. Mientras, la situación en el Amazonas continúa igual o peor, sumándose a la creciente deforestación los ataques a comunidades indígenas por parte de madereros y “garimpeiros” (extractivistas), que cuentan con luz verde del bolsonarismo.

El ciclo de crisis iniciado en 2013, que tuvo a la Lava Jato (con colaboración estadounidense incluida) como uno de los grandes procesos, culminó con la elección de Jair Bolsonaro. El liderazgo de este hoy vuelve a enfocarse en una estrategia de radicalización, tal vez en el afán de volcarse a su propio núcleo de seguidores, núcleo que es una de sus fortalezas. Si es o no la mejor forma de llegar a disputar una segunda vuelta contra el petismo lo sabremos dentro de poco más de un año. De las elecciones presidenciales del año que viene lo único seguro en este momento es que Lula -o el candidato que él apoye- va a estar en la segunda vuelta.

 

Sobre el autor: Licenciado en Ciencias Políticas y participante del libro "Liderazgos en su laberinto" de Fraschini y Garcia.

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