La economía fantástica

OPINIÓN. La “economía fantástica” forma parte de una construcción hipotética, una mera intención del intelecto, de aquello que nunca será real por ser inviable. Alimenta una discusión sin conclusión, ni construcción, ni camino.

Holloway Horn demostró que “en general es más inseguro utilizar los sueños para profetizar la realidad, que utilizar la realidad para profetizar los sueños”. La cita procede de la “Antología de la literatura fantástica” de J.L. Borges que al visitar sus textos se tiene la misma sensación que entrar en una cantera de inspiraciones.

Nada asegura que “la inspiración” madure y se convierta en obra. Pero ocurre.

Justamente los argentinos de las últimas generaciones – ya que no los que nos hicieron en los albores de la Patria - vivimos de inspiraciones y batallas frustradas, las más de las veces inútiles.

Más grave aún porque, como profetizaba Carlos Marx, algunas de esas lides se viven primero como tragedia – que integra la parte mala de la historia, pero de la historia al menos; – y se repiten como farsa – lo que integra ese acumulado de ridículos que inundan los días y los medios, y que pasan de la primera página a la de las policiales de la que nunca deberían haber salido.

La política empantanada en la corrupción no es una tragedia, es una farsa. Por eso no salimos del ridículo que va de la epopeya al olvido.

En la Argentina que corre, según los estudios de Mariel Fornoni, presentados en un seminario de la FCE de la UBA, la “corrupción” es el problema que más preocupación genera (30% de la población a nivel nacional) y no es un rapto, lo hace al menos desde agosto del año pasado.

Atrás de esa preocupación y creciendo, las cabezas están golpeadas por la inflación, la inseguridad, la pobreza y la desocupación.

El primer problema, la corrupción sentida con esta intensidad, es relativamente nuevo; y no depende de manera directa de las autoridades que la sociedad elige. Es un problema de la Justicia a quien la eligen los políticos.

La corrupción preocupa (indigna) porque no se la condena. Ni siquiera con el peso (liviano) de la ley.

Es bueno recordar que el autor de la frase “el poder es tener impunidad” fue Alfredo Yabrán (reportaje de Clarín en 1997.

Los otros son problemas que revelan la enfermedad de la economía. Los cuatro se suman, se conectan, se reproducen y en estos años, con la pandemia como telón de fondo, se agolpan todos juntos.

Los debates económicos, en general, no van al hueso. Se quedan en la superficie que, básicamente, está constituida por lo que “se mide”. Como dice El Principito “A los adultos les gustan los números”... Te preguntan:.. ¿Cuánto pesa ?... Sólo entonces creen conocerlo”. En nuestros debates económicos el intercambio se centra en “las mediciones”. Pero lo que está detrás de lo que nuestras estadísticas miden exige una mirada debajo de la superficie para lo que hay que ir munido de una visión apropiada. Eso no esta en los debates. Tal vez no sea la consecuencia. Pero de tanto multiplicar y dividir, el estancamiento (que es el padre de la desocupación) y la inflación (que nos empuja a la pobreza) ahuyentan dia tras día al futuro. Mientras el debate se centra en “el pasado” que es lo único que se puede medir y lo único al que se le pueden encontrar culpables. 

Ahora estamos listos para una reflexión acerca de una antología de la “economía fantástica” que es la que alimenta, en la actualidad, la mayor parte de esos debates económicos de superficie por decir lo menos.

Sin duda es una originalidad nacional, porque sólo ocurre dentro de nuestras fronteras. Los debates económicos en otras latitudes apuntan a la profundidad que requiere encaminarse para el progreso. Eso no pasa dentro de nuestras fronteras.

Fronteras, por otra parte, absolutamente perforadas por el narcotráfico, el comercio exterior negro y el hisopado rápido como ha relatado, con particular precisión, Diego Cabot en su nota de La Nación (29/4/21). Para no abundar en perforaciones geopolíticas que, por otra parte, están adquiriendo una temperatura riesgosa cuanto más nos alejamos de la solución de los problemas de deuda heredados del desastre de la gestión macrista. 

La “economía fantástica” forma parte de una construcción hipotética, una mera intención del intelecto, de aquello que nunca será real por ser inviable. Alimenta una discusión sin conclusión, ni construcción, ni camino.

Podemos imaginar un escenario en el que entran los actores, cada uno por un costado, hablan una cierta jerigonza, se aparenta un interrogatorio.

Para el público que oye, pero no escucha, en el sentido de atender y entender, no se cosecha conclusión. Luego los actores hacen mutis por el foro. Cae el telón. Y todo vuelve a empezar. Es lo que sentimos en la noche en programas políticos de TV o en la mañana por la radio. Si hablan de economía, hablan de algo fantástico por irreal, aunque con algarabía de números que se los consume el palabrerío. No importa en qué dirección. Son sueños. Es lo que desean o creen desear. Pero es lo que no se puede realizar. ¿Lo saben? ¿Prefieren no saberlo?

No importa la ubicación en el escenario de la política. Predican la “economía fantástica” que se apantalla de ambos lados de la grieta. Sueños que, como dice Horn, es difícil que puedan profetizar la realidad. Ese es el drama del presente. De un presente lejano en su origen y que pareciera no tener fin.

¿Navegamos hacia alguna orilla? Todos sabemos que, mientras el tiempo se cuela entre los dedos, se van agotando las vituallas y será cada vez más difícil mantener en equilibrio una nave frágil, desvencijada,

No se le escapa al lector que los sueños, aquello que se imagina, o aquello que se desea, la mas de las veces, se enfrentan con una realidad no considerada, que tiene la gravedad inexorable de alejarnos de las imaginaciones recitadas.

Esos sueños a lo largo de los años, finalmente, han parido enormes frustraciones.

En las últimas décadas en la Argentina, la de las enormes posibilidades, al no poder ni siquiera aproximar a realizarlas, está generando enormes decepciones motivadas por los sueños que no se realizan: estamos gestando la generación de la decepción. No la de los 50% de pobres que no es decepción sino desesperanza; sino la del otro 50% que, seguramente descartará el proyecto colectivo, pero que está perdiendo la ilusión de un proyecto individual.

¿Por qué? Porque no es con los sueños que se construye la realidad, sino que como bien sugiere Horn, a partir de la realidad es más posible profetizar los sueños que a la inversa.

¿Qué es lo que hace que nuestra dirigencia política (podríamos decir toda la dirigencia y no sólo la política) que es la responsable, por propia vocación, de conducir las fuerzas del país, haya demostrado tan poco apego a la realidad para poder soñar con algún sentido?

Sólo a partir de la realidad se pueden, profetizar o construir los sueños. Hacer política alejados de la realidad y convencidos que los sueños de una noche apresurada puedan construir una “nueva realidad”, sin conocer los datos duros de la realidad que vivimos, es una conducción al fracaso. La política de estos años no conoce la periferia, no quiere conocerla, y está encerrada en el núcleo confortable al que siempre aspiró llegar: la política como mecanismo de ascenso social y económico que, a no dudarlo, los condiciona a ciertos abandonos más allá de las teatralizaciones de supervivencia.

La “economía fantástica” de estos días, esa de los debates de la TV o la radio, es material combustible. Veamos.

La “fantástica” no es la “economía alegre” a la manera de “Kicillof”. La que imagina que es posible, con esa adolescencia interminable que se vuelve peligrosa, construir una economía de derechos sin un proceso de acumulación, sea privado o público. No es exclusivo de Axel y sus muchachos. Ellos son los de ahora. Pero la “alegría” lleva décadas. Estos muchachos no se reconocen en los que los precedieron y que son quienes engendraron las “ideas” de lo “alegre”. A pesar de las palabras diferenciadas, la genética medida por las consecuencias es la misma de antecesores inimaginables.

La “economía alegre”, como el virus, tiene mutaciones igual de implacables. Las mutaciones van desde “ponerle plata en el bolsillo a la gente” o la declamativa de los derechos que si no se procuran jamás habrán de ejercerse.

Llevamos años de “economía alegre” con variadas ideologías de soporte. En años pasados brindó beneficio real (y transitorio) para los sectores medios holgados, con la “estrategia” del atraso cambiario. Es la idea del “deme dos” para combatir la inflación.

Pero no era un mercado excluyente, apuntando a un mercado electoral ampliado, un acreditado consultor financiero recomendaba que “en los años impares” el atraso cambiario generaba votos populares. ¿Por qué? A medida que la desindustrialización convertía al sector en una armaduría de piezas importadas el atraso cambiario generaba el “deme dos” del barrio. La paradoja de la “economía alegre”.

De una punta a la otra, con atraso del tipo de cambio, el consumo se sostiene y los votos se suman.

Usted dirá: “pero así los stocks se agotan y después la crisis externa frena a la economía”. La clave está en “después” que es una categoría que la “economía alegre” no computa. La vida es ahora. El elogio del presente que es “antes de votar”.

¿Qué es, entonces, la “economía alegre”? ¿Solamente el atraso cambiario y la dilapidación de stocks o la acumulación de deudas que es la otra cara? No.

Primero, es una economía sin plan; segundo, es la economía gobernada por los problemas a demanda de acción directa; tercero, es la economía sostenida por la caída de los stocks o el aumento de las deudas; y, cuarto, claro, es la economía signada por el consumo y el desprecio a la inversión; es decir “la economía alegre” clausura el mañana. La “economía alegre”, como la de la cigarra, es parte de la economía de nuestra decadencia. Pero no es la única responsable.

Hay más responsables. Cada uno a su turno. Hay otra economía que nos ha gobernado todos estos años de decadencia. Me refiero a la “economía amarga”.

No tiene look adolescente como la “alegre”. Imagina posible una economía de acumulación basada en sectores de ganancias tan enormes como rápidas y conviviendo con una desigualdad obscena en el reparto del Producto social. Es una “economía amarga” porque se basa en la espera del “derrame” de una ganancia que se genera en sectores de “fuga” que están muy lejanos de los procesos de acumulación que aumentan la productividad. ¿Cuáles son esos sectores?

Los “concesionados” – aquellos que se apropiaron de la acumulación pública de décadas y los que ocupan la protección natural de la función - y sus “asociados” que son los “financieros” de todo el Planeta.

La “economía amarga” se define por haber generado las nuevas fortunas que son las mas importantes del país, algunas de nivel como para figurar en Fortune, mientras el país asistía a la más obscura decadencia comparada en todo el Planeta. No es una exageración. No hay un solo país en el mundo que haya pasado del bienestar y de la solvencia productiva, como las que disfrutábamos en décadas anteriores, al país decadente económica y socialmente que hoy somos.     

“Fantástico” alude a lo que no existe más que en la imaginación y que por lo tanto es irrealizable ab initio.

Sin embargo, las economías, “sea la alegre o la amarga”, han sido bien reales, en tanto y en cuanto han tenido su apogeo en algún tiempo lamentablemente próximo: se ejecutaron y nos costaron la decadencia.

La “economía alegre” se gesta y se mantiene, gracias – y se hace explícito – a puro consumo de stocks y deuda. Se gasta lo acumulado y no se repone. Se gasta lo prestado y no se paga.  

La “economía amarga” es una fiesta de transferencias hacia arriba, hacia los menos. Un ejemplo notable es el pago del dólar futuro de 2015. Mauricio Macri – que siguió a pie juntillas el “compromiso contractual” de Cristina Fernández a pesar de la acusación penal – procedió a pagar una cifra superior a los 50.000 millones de pesos de 2015 a quienes habían “comprado” dólar futuro y a los que les “realizó” el sueño, al devaluar hasta equiparar el paralelo.

A nadie se le escapa que era una decisión innecesaria  (difícil de sostener éticamente e imposible desde el punto de vista de cualquier política económica) ya que, postergando la devaluación, digamos, cuatro meses, se podría haber mejorado la exportación y castigado la importación con medidas ad hoc transitorias, que habrían evitado la tormenta de instrumentos de absorción monetaria que hoy – por los pagos de intereses – son una fuente de emisión que implica la transferencia permanente de recursos que implica “alegría” para pocos y “amargura” para los más.

La “economía amarga”, al igual que la alegre, es una economía sin plan; gobernada por los problemas a demanda del sector financiero, sostenida por el aumento de deudas en el sistema financiero y amenazada con la espada de Damocles de la fuga.

“Alegre y amarga” han sido y son los dos pilares del estancamiento y la inflación en la que navegamos alejados de cualquier orilla, a consecuencia de la constante destrucción del capital reproductivo, que crea el empleo y la productividad; del descomunal deterioro del capital humano que revela la pobreza en la que sobrevive el 60% de los jóvenes y del capital social ya que las reglas de la convivencia se han convertido en un sueño inalcanzable.

Pero ¿qué es la “economía fantástica”? ¿Cómo es la economía que predican los reporteados en los programas cotidianos de TV y radio? ¿Las voces económicas que hacen “sentido común” a base de ignorar la realidad?¿Cómo llamar a la suma de propuestas que piden sin plan, sin incentivos a la inversión, sin estrategia exportadora, sin consenso, que abramos la economía para que la competencia baje los precios, reduzcamos los aranceles con el mismo fin, mantengamos este tipo de cambio, aunque la tasa de desempleo sea una alarma de riesgo social, y además reclaman que terminemos con la emisión monetaria destinada a las ayudas sociales y económicas en esta emergencia pandémica?

Una economía cerrada no es un objetivo, tampoco lo es que el Estado sea una caja de transferencia frente a la emergencia social. ¿Quién puede estar en desacuerdo?

Pero ¿cuál es la realidad sobre la que aplicaremos las políticas de la economía fantástica?

En el cuarto trimestre de 2020, 50% de los argentinos tenía ingresos menores a lo que hoy cotiza la “canasta para no ser pobre”. En lo que va del año los precios le ganaron a los ingresos y los empleos informales se desplomaron.

Esa es la realidad - que el precio de la soja por sí solo no morigerará - y la “economía fantástica” es la que, tal vez con las mejores intenciones y la mayor ignorancia, la pretende agravar.

Sería saludable que adoptemos la norma de “soñar” a partir de “la realidad” social, de la ausencia de inversiones y del estancamiento exportador.

Ignorando la realidad, que es tal como se formulan los postulados de la “economía fantástica”, no será posible mejorar los resultados pavorosos de la economía alegre y de la amarga.

Entendamos que desde los “sueños” (la fantasía del presente), no se transforma la realidad.

No hay otra manera de transformarla que partiendo de ella. Como dice Holloway Horn, hay que utilizar la realidad para realizar los sueños. ¿Es tan difícil?

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