La economía y la sociedad del cuidado

OPINION. El escenario de la pandemia y sus réplicas, nos sugiere la construcción de una suerte de vida “antisísmica”, una organización social capaz de resistir al temblor del virus y sus consecuencias.


El escenario de la pandemia y sus réplicas, nos sugiere la construcción de una suerte de vida “antisísmica”, una organización social capaz de resistir al temblor del virus y sus consecuencias.

Esta pandemia ocurre en la era de la “globalización” conducida por las empresas multinacionales y en el marco de un proceso de concentración de los bienes. Ahí estamos.

Estábamos allí antes del COVID y el aleteo de la mariposa del virus, que se inició en China - la potencia emergente de esta globalización – nos revela que las respuestas al virus también están concentradas pero su distribución tiene una velocidad menor que el aleteo que nos enferma. 


Parte I: la advertencia


Stéphane Bancel, CEO de Moderna, el laboratorio que diseñó y produce una de las vacunas ya autorizadas por los organismos oficiales de EEUU y de la UE para control de fármacos, señaló que el coronavirus llegó para quedarse y que deberemos prepararnos para convivir con él por largo tiempo. Dicen los científicos que continuarán perfeccionando y ampliando, el espectro de productos destinados a contestar eficazmente cada nuevo giro del virus.

Será, según el CEO de Moderna, un largo período de “guerra de guerrillas” entre el virus – camuflado o disfrazado en distintas variantes más contagiosas o más letales – y vacunas cada vez más inteligentes.

Este escenario hará de las públicas unas políticas cada vez más sanitarias o biológicas. La preservación de la vida funcionaba hasta ahora protegiendo la vida desde el nacimiento y prolongándola de manera extraordinaria y aumentando la duración saludable de la vida.

Sin embargo, en este escenario de contradicciones, si bien - como dijo Gustavo Liendo en La Nación 15/1/21 - “está científicamente comprobado que la vida humana comienza en el mismo momento de la concepción, y no 12, 15 o 20 semanas después de ello”, nuestros legisladores y nuestro presidente, votaron y sancionaron la ley del aborto, su financiación sin límite, afirmando que “la vida comienza a las 20 semanas”.  

Como vemos no siempre la política esta asociada a la cultura de la vida o de todas las vidas, o del derecho o de todos los derechos. Las presiones o las demandas de las minorías activas muchas veces hacen naufragar ese “cuidado de la vida” que debería ser el norte de todas las politicas públicas.

El mensaje del CEO de Moderna nos advierte de la posibilidad y de la alta probabilidad, que nuestro futuro este condicionado por “el cómo” protegernos del coronavirus o “el cómo” organizar nuestra vida y nuestro trabajo, respecto de la defensa de la vida en relación con el ataque de este y otros virus que podrían replicar en el futuro, problemas similares o cuestionamientos del mismo tipo y misma intensidad respecto a la preservación de la vida.

¿Cómo planificar la vida pública ante el escenario que plantea el CEO de Moderna? Primero es una advertencia que puede ser posible, aunque tal vez, poco probable.

Pero al ser posible nos exige tener en cuenta ese riesgo colectivo. La aparición del COVID  – a finales de 2020 – nos enseña que no estábamos preparados ni para “cuidarnos” estando sanos, ni para “curarnos” si enfermábamos y tampoco para “detectar” el contagio y “evitar” la transmisión. Sobre todo,  no estábamos preparados para la continuidad de la vida que veníamos llevando y que, con el trabajo de los humanos, nos provee de los bienes y servicios esenciales para la preservación de la vida, de las condiciones adquiridas de la vida y el acceso pleno a los bienes espirituales que prodiga la relación entre seres humanos.

La cuarentena productiva, el encierro, la distancia ha dañado la idea del Tú que es esencial para ser conscientes del Yo.

Este es un daño al tejido que nos une. A pesar del entusiasmo de las grandes multinacionales de la comunicación, disponer de medios maravillosos de contacto, no repara ese daño. Simple, la Universidad se muere sin diálogo, sin debate, sin todo el lenguaje presente, el de la palabra, el de la gestualidad, el del silencio. El ágora se muere sin la presencia y de ahí ¿qué democracia sin démos?

No se trata de una suma de individuos sino de la constitución de lo colectivo. ¿Cómo recuperar la riqueza humana de la sociabilidad conviviendo con el virus?

Hemos aprendido muchas cosas en materia de detectar y prevenir la enfermedad. Ese conocimiento adolece de un problema de producción y de distribución. Existiendo las vacunas, el gran instrumento de la prevención, las mismas no se producen en cantidades suficientes o al ritmo necesario y su distribución no sigue un criterio compatible con la equidad universal.

Este hecho, y todos los que lo precedieron, revelaron la dependencia que todos los países experimentan respecto de aquellos pocos países con capacidad para investigar, producir y “autorizar” los bienes y los servicios que pueden ayudarnos al cuidado, la detección y la prevención de la vida ante el COVID.

Esta claro que la “investigación” – con el apoyo público – está concentrada en las grandes empresas y en los países que hoy son de avanzada cientifico tecnológica. Lo mismo ocurre con la producción de esos bienes y también con la “autorización” de los productos de prevención y tratamiento.

Todo esto ilustra un proceso que podemos llamar de “adelanto” en la carrera del desarrollo de unos países y de unas empresas, sobre otros y otras. O visto desde otro punto de observación, esto ilustra, con colores muy subidos, la dependencia de unos, los más atrasados, respecto de otros. Hay primero unos y otros después. ¿Responde esto a la universalidad de los bienes?

Particularmente preocupa el dominio, la supremacía en materia de “autorización”: la autorización responde al paradigma científico del momento y al mismo tiempo lo construye.

Importa señalar que hay en el país y en América Latina, puestas en sordina por los grandes medios, muchas experiencias exitosas en materia de tratamiento. Muchas basadas en productos farmacéuticos autorizados y todos ellos de bajísimo costo. Las han realizado profesionales a quienes le son confiados hospitales públicos y que, sin embargo, les está vedado – en la práctica – la audiencia.

El ANMAT a todas esas experiencias realizadas en el país y otras en el exterior no las ha autorizado ni rechazado expresamente. Es que se observa una actitud no proactiva, que sorprende, en los responsables de la política sanitaria. De hecho no han procurado que se realicen las investigaciones necesarias para aprobar o deshechar esos tratamientos.

Sin esa “autorización” del ANMAT o del exterior, de los EEUU o de la UE, esos tratamientos no se pueden aplicar masivamente. Y esos tratamientos no pueden ser autorizados si no son investigados. La responsabilidad de procurar esas investigaciones sin las cuales las autorizaciones o rechazos carecen de fundamento, es cuestión de las autoridades sanitarias.

En esta situación de emergencia, la pasividad del ministerio público ante la gran cantidad de tratamientos que se realizan en todo el país, como han publicado diarios de gran circulación, resulta sorprendente.

¿La gran pregunta es cuál es la investigación científica que avala o rechaza esos tratamientos que muchos y destacados profesionales predican y que otros, de similar jerarquía, rechazan? ¿Y si no hay investigaciones en curso, por ejemplo sobre la ivemectina o sobre el ibuprofeno inhalable, qué impide investigar?

En síntesis, si la pandemia pasará a formar parte del contexto de nuestra vida en esta área de investigación, autorización, producción, es imprescindible forjar una conducta proactiva de la política.

En investigación y producción de productos de alta complejidad urge una convocatoria al MERCOSUR para encarar un proyecto común para tener las dimensiones necesarias.

La UBA, bajo la conducción del Rector Alberto Barbieri, y entidades públicas de primer nivel de Brasil, han desarrollado acuerdos científicos previos a la pandemia. Esa puede ser la base de un proyecto MERCOSUR para la investigación, la producción y la autorización de productos vinculados a esta cuestión.

Un acuerdo para eliminar las postergaciones a las que nos condena la dependencia y la ausencia de autonomía incluso en aquello para la que tenemos acreditada capacidad y en la que los acuerdos con países de MERCOSUR pueden potenciar las capacidades disponibles.

La incapacidad de coordinación de la región es una de nuestras mayores falencias y esta es una enorme oportunidad para comenzar un proceso de trabajos conjuntos. Si esto va a durar, es siempre momento oportuno para empezar.


Parte II: Porque estamos como estamos


¿Cómo llegamos a ésta situación que más arriba describimos en términos de “adelanto en la carrera del desarrollo de unos países y de unas empresas, sobre otros y otras, lo que ilustra la dependencia de unos, los más atrasados, respecto de otros”?

La cuestión de esta “emergencia sanitaria que amenaza prolongarse”, es decir, que bien podría ser no sólo un accidente de la naturaleza sino un aviso acerca de cómo podrían ser los riesgos biológicos del futuro - habida cuenta de los dichos del CEO de Moderna o las advertencias de Bill Gates – nos llaman a pensar en términos de la capacidad de respuesta sino nacional al menos regional.

La demora en la llegada de los suministros sugiere cuestiones de estructura: las necesidades son universales y las respuestas (los productos) son particulares y por lo tanto satisfacer las necesidades implica “cola”.

¿Cómo llegamos a esto? La respuesta a esa pregunta contiene el fundamento de una nueva estrategia o un retorno a las “viejas razones”. Decia el poeta “lo nuevo es lo que se ha olvidado” (F.Bacon). Veamos.

La globalización neoliberal, que no es estrictamente la globalización “natural”, es la nacida de una visión del capitalismo conducido por las empresas multinacionales y no por los “estados nacionales” que sería la etapa anterior.

Hubo varias etapas en el proceso de hacer del mundo uno con crecientes interconexiones planetarias, la globalización, adoptando y adaptando los procesos tecnológicos que hacían posible la reducción y la proximidad del espacio; y con ella el compartir los avances en las condiciones productivas que permitían mejorar la calidad de vida.

A partir de la crisis de los 30 (siglo XX) comenzó en nuestro país una política gobernada por el Estado decidida a procurar la incorporación de todos los avances tecnológicos y apalancar con ellos la transformación de la estructura productiva y del comercio exterior, de la Argentina.

El común denominador de todos esos años, hasta los 45 posteriores, fue “la sustitución de importaciones”, que implicó la industrialización y la instalación de cadenas interiores de valor que recorriera la mayor cantidad de eslabones posibles hasta llegar al producto final.

La meta fue avanzando progresivamente desde la sustitución de la importación de los bienes finales destinados al consumo – y la construcción de la cadena de valor local desde el principio hasta el final allí donde era técnica y económicamente posible – hasta lograr capacidad exportadora.

Ese proceso, propio de la madurez de la productividad, fue abortado deliberdamente. Sólo para los memoriosos es notable recordar que Alfredo Gomez Morales, a quien Juan Perón - en los 70 del SXX – no quería cerca, sostuvo siendo Ministro de Estela Martínez (1974/75), que la Argentina no podía ni debía (las dos cosas) exportar industria: había que abortar el proceso iniciado…lo logró. Volvamos. 

La estrategia industrialista a partir de los 30 (SXX) implicó la sustitución de la producción de insumos allí donde había materias básicas disponibles y también algunos avances en materia de bienes de capital, maquinarias y herramientas.

El Estado decidió esas políticas que rigieron durante 45 años. No era el mercado y las condiciones naturales del mismo, el que orientaba esas decisiones de inversión privada, sino que el Estado generaba, vía política industrial y de desarrollo, esas “condiciones para el mercado”.

Pasamos de la orientación por las condiciones del mercado a la creación política de condiciones para que, las decisiones de mercado, tuvieran incentivos integradores del aparato productivo.

Ese periodo de “globalización conducida” implicó la incorporación de tecnologías y capitales y de organización de la producción promovidas por el Estado.

Es la etapa, también en todo el planeta, del capitalismo gobernado o asociado a las politicas públicas, es decir al Estado.

Ese capitalismo, a su vez, fortalece al Estado y le genera la posibilidad de desarrollar el Estado de Bienestar que fortalece el tejido social del capitalismo post crisis de 1930.

El capitalismo, en definitiva, es un régimen de utilidades mas salarios. El desarrollo de los salarios fortalece el mercado interno y el desarrollo del capital nacional fortalece las utilidades nacionales y la reinversión en el ámbito de la Nación.

La política debe concentrarse en fortalecer (incentivos) la acumulación de capital de modo de incrementar la productividad en un marco macroeconómico, con una política de ingresos consensuada, que fortalezca la “competitividad” que se resume en el desarrollo de las exportaciones (nuevos productos y nuevos mercados) y su base que es la sustitución de importaciones. El consumismo, como toda política de un solo objetivo, y la fuga de ahorro, son las señales que esa política no está concentrada en aquello que debe estarlo.

Ese capitalismo y esa política correcta, a su vez, fortalecen al Estado y le generan la posibilidad de desarrollar el Estado de Bienestar que fortalece el tejido social del capitalismo y que vaya si lo fortaleció en la post crisis de 1930”.

¿Dónde estamos ahora? Estamos en una nueva globalización, la surgida a partir del paradigma neoliberal, que es la dirigida, ya no por los Estados Nacionales, sino por las empresas multinacionales las que, para optimizar su capacidad de decisión y organización, requieren derribar los límites tradicionales, las fronteras, que implican al capitalismo nacional y al Estado como conductor del proceso capitalista.

Claramente mientras que en la etapa anterior de la globalización, la conducida por los Estados Nacionales, el progreso fluía al territorio, a la geografía de las naciones,  y a las personas que los habitan y no sólo al capital. La nueva globalización, la conducida por las empresas multinacionales, hace que “el progreso” fluya básicamente al capital generando una inimaginable concentración de la riqueza en la que el valor bursátil de algunas de esas empresas y el patrimonio de los principales accionistas, superen el PBI de muchas naciones. ¿El progreso que se concentra de ese modo, es lo que llamamos progreso? La producción y distribución de las vacunas COVID es un buen ejemplo.

En muchos países la nueva globalización conducida por las multinacionales implicó la desindustrialización.

Es el caso de la Argentina y también, por ejemplo, el de Francia. En este país desarrollado, la industria pasó de participar en la generación del 20% del PIB por año a sólo el 10% antes de la pandemia.

Una cuantificación similar sufrió nuestra economía con la consecuencia, aquí como siempre fue desmesurado, de transformar el sistema capitalista de “utilidades y salarios”, en uno en el que los salarios han sido sustituidos por pagos de transferencia, es decir, no se trata de “retribuir”.

Estos pagos son los que obla el Estado – nacional, provincial, municipal – sea a sus trabajadores, sea a los beneficiarios de pagos sociales. Los fondos surgen de los tributos, en su mayor parte, del consumo o de los pagos de salarios y utilidades capitalistas.

En nuestro país el proceso de globalización ha sido no sólo uno de desindustrialización, sino uno de reducción de las utilidades de empresas nacionales de bienes transables y de reducción de las nóminas salarios y el crecimiento de los pagos de transferencia y del cuenta propismo que no es, precisamente, el escenario bucólico del crecimiento de los emprendedores, que los hubo, pero que alcanzan a ser contados con los dedos de las manos, para señalar que son más que pocos aunque con mucha prensa entusiasta.

La “desindustrialización” (ej. Francia, Argentina) está acompañada de la “deslocalización”, es decir de la radicación de los capitales y plantas emigradas en otros países. Entiendase: no hay desindustrialización sin deslocalización y su correlato importación.

China, convertida en la fábrica del mundo, recibió el flujo capitalista de EEUU y de Japón y de todo Occidente. Argentina ha visto migrar parte de sus empresas industriales hacia Brasil (automotores, autopartes, textiles, pilas y  baterias, artículos para el hogar, máquinas y herramientas, cosméticos, artículos para la higiene personal y del ambiente, etc.) y fundamentalmente un “desvío de inversiones”: gran parte de la producción de transables se pasó a Brasil.

Desindustrialización no significa que el mundo produce menos industria, sino que la desindustrialización es la contraparte de la “deslocalización”. La industria que se deja de producir en una parte, deslocalización, se convierte en industria de otra parte y se tranforma en importación de aquél bien que se deslocalizó.

La globalización, gobernada por las empresas multinacionales, es la deslocalización que se convierte en importación. Este fenómeno se hace patente en la pandemia no tanto por lo que se deslocaliza, inclusive a nivel regional, sino por lo que no se produce y se requiere como prioridad.

Las economías de alto desarrollo, como la francesa, han soportado ese proceso generando recursos para financiar el consumo importado de lo que ahora no producen. Pero lo que sí ha ocurrido es una caída del nivel real de los salarios y un proceso de creciente desigualdad.

El Estado de Bienestar, el capitalismo promovido o asociado al Estado, ha estado asociado a salarios reales en alza y mejoras en la distribución del ingreso.

El capitalismo gobernado por las empresas multinacionales ha convivido con un retroceso en los salarios reales y en la progresividad de la distribución “urbi et orbi”.

Pero, la contrapartida es la explosión industrial de China, la explosión de sus clases medias y la mejora en los salarios reales urbanos chinos. La mejora en la distribución en China, dado el enorme avance de las nuevas clases ricas, requiere una incorporación masiva de las poblaciones que aún no participan de ese proceso.

Apostilla: siendo en los 90, Secretario de Industria y Comercio Exterior, el Dr. Alieto Guadagni se presentó en su despacho el Embajador de EEUU quién muy indignado protestaba por las trabas a la importación de juguetes procedentes de China… La situación explicaba el proceso: la empresa que producía y exportaba los juguetes desde China era de los EEUU. Bastante más de 30 años después de este episodio paradigmático acerca de la “segunda gran transformación”, el poeta y escritor Carlos Begue me hizo llegar una nota de Gabriel Fernández publicada en la Agencia Paco Urondo, un medio que está a la izquierda de la izquierda. Gabriel Fernández señalaba que “La caída del PBI norteamericano y, de modo simultáneo, su regresión distributiva, ha generado un país oscuro. Unas cuantas vidrieras restallantes, varios edificios gigantescos, una bolsa muy activa y millones de personas viviendo en trailers, sin trabajo, salud ni educación. Sin futuro. Ante esa situación, cuya formidable extensión puede medirse entre las gestiones de Ronald Reagan y Barack Obama, una parte muy numerosa del pueblo norteamericano fue tanteando opciones de rasgos productivos. Muchos confiaron en Bernie Sanders, desde los demócratas, … Otros visualizaron en Donald Trump a un empresario pragmático que necesitaba generar empleo para contentar una base de sustentación blanca empobrecida … Esto no convierte a Trump en un líder revolucionario, sino en un empresario que sacó cuentas razonables y resolvió avanzar en la dirección que convenía al estado norteamericano.

Esta descripción cierra la anécdota nacional de Guadagni y el Embajador y pone en evidencia, si se recuerda el conflicto con China, de donde viene la regresión económica y dónde fue el progreso que es su contrapartida. Para entender el trumpismo hay que comprender que los errores de los sensatos generan las decisiones sensatas de los irracionales que … finalmente hacen que termine todo mal porque la irracionalidad prevalece. Sin los errores de Reagan a Clinton y Obama, no hubiera habido la decadencia del cinturón de óxido americano. Feo. Pero real

El gobierno yanquee, representado por su embajador, defendía en la Argentina, en los 90, las exportaciones chinas de juguetes porque el capital, de una empresa multinacional, no los trabajadores ni la localización física, era norteamericano.

Llegados a este punto es bueno recordar, para aprender, que el período de “convergencia” entre los niveles de vida de los países subdesarrollados y los desarrollados fue aquél en que, al menos para nuestros países subdesarrollados, la promoción del desarrollo, con la participación de la radicación de las grandes empresas con aportes tecnológicos, implicó la financiación solvente del Estado de Bienestar. Castrado ese proceso la debacle social y económica fue imparable. Aquí estamos, 50% de pobres. Un fracaso rotundo.

Es bueno recordar, sin dejar de reconocer la larga data de altas tasas de inflación, que mientras rigió la política del Estado gobernando el capitalismo local, la Argentina no fue asfixiada por la deuda externa.

Es que el capitalismo de la globalización neoliberal conduce a la terrible opción de crisis social a partir del empobrecimiento y el conflicto; o al endeudamiento externo que genera un puente que da muy poco tiempo para cruzar “al otro lado” so pena de derrumbarse con todos arriba del puente.

Cruzar el puente es llegar al territorio de generación de industria, para no endeudarnos y empleo, para generar salarios, y generar las condiciones de atracción del ahorro nacional para convertirse en combustible de la acumulación. Hace 45 años que nos meneamos en el puente.

El BCRA acaba de recordar, una vez más, que no es el ahorro aquello de lo que carecen los argentinos sino ahorro pasible de convertirse en inversiones en el país. Nos anotició que con un PBI que cae al 12% y una inflación que corre al ritmo del 50% - un derrumbe gigantesco – los ahorros expatriados declarados, en blanco, suman más de 250 mil millones de dólares.

Una revolución productiva a la vuelta de la esquina, si el Estado recrea las condiciones de mercado. Para que la inversión reproductiva sea “un gran negocio” necesita de una política global centrada en la virtud de la acumulación como condición necesaria de los derechos: lo que la hace condición suficiente es una visión de la acumulación que incluye el capital humano y el capital social como partes de un sistema. ¿Cómo se vincula todo esto con el razonable temor que nos induce la pandemia?


Parte III: Juntando partes


La advertencia del CEO de Moderna no puede dejar de ser tenida en cuenta ya que el mundo pandémico ocurre en el mismo mundo de la globalización gobernada por las multinacionales. No es una conspiración sino la cuestión de quién conduce las energías históricas, en este caso del sistema capitalista en la Argentina, para generar una mejor sociedad que será la consecuencia del éxito de una política por la vida.

Como señalamos al principio, en materia de la producción de bienes complejos, tenemos una gran oportunidad integradora ya iniciada por la UBA, que debería ser la base para un proceso de desarrollo científico y tecnológico.

Pero, al igual que la estrategia del Presidente Emmanuel Macron inaugurada en el discurso del 13/3/20, es necesario recuperar capacidad de producción de insumos y bienes destinados al cuidado de la salud los que han sido claves en el cuidado de la pandemia. Hay ahí la necesidad de recuperar e incentivar producciones para asegurarnos la autonomía de la estrategia sanitaria. Esta es una decisión derivada de la pandemia.

Pero derivada de ella también está la necesaria estrategia para poder mantener el desarrollo de la sociabilidad, el ágora, que incluye la educación presencial que, dada las exigencias de vida de la pandemia, es mas necesaria que nunca antes.

La escuela, colegio, la universidad, son las proveedoras naturales de la instancia superior de la sociabilidad, de la presencia del otro.

¿Cómo superaremos la simplicidad del aislamiento para poder mantener la calidad de la socialidad de la vida? Debemos abocarnos a ello con premura. No podemos improvisar ni postergar. Este punto y lo que antes hemos mencionado sobre el proceso de investigar, producir, autorizar están íntimamente vinculados. No hay duda alguna sobre el enorme progreso de la tecnología que nos ha permitido mantener y desarrollar capacidades educativas.

Pero la desaparición de las relaciones, que ahora llamamos presenciales, es una amenaza de deshumanización y al mismo tiempo una tendencia a la concentración.

Jaques Attali hace 30 años adevertía sobre el riesgo del control de “la base central de la información”. Y la pandemia ha acelerado el desarrollo de la cotideaneidad de la base central de la información.

El riesgo de la deshumanización es, a la vez, el riesgo de todo “bajo control de la base central de la información”.

La respuesta al progreso no es “el regreso” sino obligar a la “adaptación de la máquina” y no a la “adaptación del ser humano”.

La búsqueda de la manera de retornar a la presencialidad, y su puesta en práctica con urgencia, es la condición necesaria para que “lo humano” conduzca como garantía de la libertad y de la de seguir siendo personas.

La educación, así como la salud, son los dos grandes territorios en los que “el humanismo”, en cada lugar, en cada espacio, debe desempeñar un enorme desafío inspirador e inspirado por nuestra cultura. La actitud de algunos dirigentes gremiales es decepcionante e irreflexiva. No se trata de “poner condiciones” para hacer lo que hay que hacer; sino de hacer las condiciones para poder hacer lo que hay que hacer. No es tiempo de objeciones sino de proposiciones. Lamentable.

La otra dimensión que nos genera el mundo posible que nos plantea el CEO de Moderna, es la necesidad de preservar el aparato productivo y – esencialmente – ampliar la capacidad de empleo asalariado productivo. Está claro que los sectores más golpeados, por las normas iniciales de protección de la pandemia, han sido los de los sectores que podemos llamar de trabajadores cuenta propistas. Y los menos afectados han sido los trabajadores asalariados: la organización protege.

Si las condiciones de pandemia fueran las que han sido, si esos escenarios fueran repetibles más allá de que sea baja la probabilidad, deberíamos diseñar una estrategia de recuperación del trabajo, es decir del empleo, más seguro en términos de organización y de salarios y no en términos de cuenta propismo y pagos públicos de transferencias. Es un enorme desafío. Pero sabemos lo que han sufrido esos sectores y se trata de pensar las alternativas de salida.

Por cierto una política de desarrollo vinculada a la empleabilidad implica no sólo la capacitación de la fuerza de trabajo sino el incentivo a las inversiones productivas capaces de ocupar productivamente esa fuerza de trabajo. La pandemia acelera la necesidad de pensar el futuro inmediato del trabajo aquí y ahora.

Pero también hemos recibido de la pandemia un mensaje sobre el conurbano, mejor dicho, sobre las concentraciones urbanas con bajo nivel de infraestructura y baja calidad habitacional. Esas son condiciones negativas para la preservación de la salud y más en el caso de las pandemias. Ese mensaje nos habla, en vinculación a lo anterior, de la necesidad de la multiplicación de las condiciones de empleo en las zonas despobladas, que son las de emigración por falta de empleo y que han derivado en concentraciones sin infraestructura habitable.

La respuesta a la situación posible planteada por el CEO de Moderna es, en este caso, un alegato en favor del desarrollo regional.

Primero, la incorporación de valor agregado in situ y segundo la generación de una oferta de volumen y calidad capaz de convertir esas regiones en centros de exportación, generación de salarios e integración regional.

Podríamos seguir analizando “el futuro por hacer”, en la línea que dispara la reflexión de advertencia del CEO de Moderna, pero los ejemplos y comentarios aquí expuestos, son breves intentos para disparar reflexiones de quienes hacen la política ante un escenario que obliga a la “economía del cuidado”.

Una advertencia, ojalá improbable, puede ser una buena razón para pensar lo mucho que hemos hecho mal y lo sabio que es hacer las cosas bien, aunque lleve tiempo hacerlas. Sabemos que todo lo que demanda tiempo, obliga a compartir con aquellos, conciudadanos, que son los inevitables compañeros de viaje, aunque votemos unos en contra de otros.

 El miedo no es zonzo, es a veces, un buen inspirador de esa “economía del cuidado” no sólo de las amenazas de la pandemia que exalta la actitud de cuidado, sino de las consecuencias económicas y sociales que obligan a pensar la economía y la sociedad del cuidado del virus y también de la aceleración de las tendencias a la concentración que la pandemia revela en todos los campos, incluido el de las tecnologías y el riesgo de control que atenta contra la libertad sin la cual dejamos de ser humanos porque libres fuimos creados.

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