La Guerra de Malvinas en la lógica del orden bipolar


El autor es integrante del Grupo Amauta


A casi cuarenta años de una guerra justa en su objetivo anticolonial de recuperar la soberanía sobre territorio nacional arrebatado y usurpado en 1833, pero absolutamente injusta en su desarrollo y en sus condiciones, ampliamente desfavorables para la Argentina. El análisis de la también llamada “Guerra del Atlántico Sur” bajo la lógica del orden bipolar: las posiciones de las dos superpotencias de la época y el giro diplomático hacia el Tercer Mundo.

Meses previos al estallido de la guerra, la Junta Militar suponía asegurado el apoyo norteamericano a la estrategia argentina. El arribo del comandante en jefe del ejército Galtieri al frente de la Junta en reemplazo de Roberto Viola, en diciembre de 1981, había contado con el aval de la administración republicana de Ronald Reagan, con el que se compartía un ferviente anticomunismo y del que se esperaba una cierta retribución a cambio de la colaboración en las acciones de contrainsurgencia practicadas en Centroamérica. Los cálculos respecto a una posición favorable o neutral de los Estados Unidos fallaron. Se confundió alineamiento ideológico con intereses imperialistas, pues Estados Unidos se mantuvo aliado a Gran Bretaña, colaborando militarmente con información de inteligencia y logística y promoviendo sanciones económicas.  Desde el estallido del conflicto el 2 de abril de 1982, la administración Reagan optó por apoyar a su aliado histórico y socio de la OTAN, Gran Bretaña, dejando al descubierto lo inútiles y obsoletos que resultaron ser organismos multilaterales como la Organización de Estados Americanos y el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR) firmado en 1947 en Rio de Janeiro posterior a la Segunda Guerra Mundial, el cual debía garantizar la seguridad de los Estados firmantes mediante un automático mecanismo de defensa.

Por otra parte, la relación de la Argentina con la URSS se limitaba estrictamente a lo económico-comercial. La URSS era el principal comprador de granos argentinos, absorbiendo el 75% de la exportación global del país, además tenía una gran participación en la compra de carnes y de lana. A su vez, la URSS consolidaba su presencia en sectores estratégicos de la economía argentina como la industria nuclear, hidroeléctrica y en el sector del transporte. Pese a una excelente relación económica y comercial, para Galtieri era fundamental poner término a “las posiciones equívocas o grises y a los devaneos o coqueteos ideológicos” y marchar unida a los Estados Unidos en la guerra político-ideológica que se estaba llevando adelante contra el comunismo liderado por la Unión Soviética. Pese al alineamiento de nuestro país con los Estados Unidos y por consiguiente, una clara posición ideológica contraria a la Unión Soviética, el 2 de abril de 1982, una vez estallado el conflicto por las islas, el canciller argentino Nicanor Costa Méndez solicitó al embajador soviético el veto de la URSS a la Resolución contraria a la Argentina en el Consejo de Seguridad, teniendo como respuesta del representante soviético que se iba a transmitir inmediatamente el pedido pero que no se le prometía nada. El gobierno argentino también solicitaría el veto a la República Popular China. La importancia que el conflicto bélico tenía para los soviéticos radicaba en dos cuestiones. Por un lado, el contexto de guerra fría obligaba de alguna manera a vigilar las actividades enemigas y permitía tener un mayor conocimiento en caso de un conflicto futuro. Por otro lado, el conflicto generaba la oportunidad para entender como peleaban las fuerzas británicas, y, por consiguiente, todas las fuerzas de la OTAN. Es por esto que la Unión Soviética movilizó diversos medios de espionaje aéreo, naval y espacial, los cuales, además de los beneficios esperados, le permitieron tener un seguimiento casi en tiempo real de los acontecimientos que ocurrían en las islas. Cabe destacar que parte de la información recogida por los soviéticos durante el conflicto fue brindada a las fuerzas argentinas. El aporte de información fotográfica recogida por un satélite de la Unión Soviética permitió, por ejemplo, el hundimiento del destructor HMS Coventry el 25 de mayo de 1982, o el hundimiento del Atlantic Conveyor, mercante británico empleado como carguero y portaaviones.

Finalmente, el Consejo de Seguridad adoptaría la Resolución 502. Ésta pedía el cese inmediato de las hostilidades y el retiro de las tropas argentinas, y exhortaba a los países en conflicto a solucionar sus diferencias por las vías diplomáticas. El representante soviético en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, pese a haber hecho un discurso fundado y con duras calificaciones hacia Gran Bretaña, se abstuvo de votar, es decir que no vetó la resolución. El voto favorable a la resolución fue acompañado por diez países de los quince del Consejo, uno por encima del mínimo necesario. El único que votó a favor de la Argentina fue Panamá, que en ese momento se encontraba en el Consejo como miembro no permanente. Mientras que la URSS, España, Polonia y China, se abstuvieron. En este sentido, ante la falta de apoyo de los Estados Unidos y el rechazo al pedido de veto de la Unión Soviética ante el Consejo de Seguridad de la ONU, resulta pertinente mencionar como el gobierno militar intenta volver al multilateralismo que venían llevando adelante los anteriores gobiernos previo al golpe del 24 de marzo de 1976, para plantear la defensa de la soberanía argentina sobre Malvinas en los diferentes organismos internacionales. Tal es así que la Argentina comenzaría a participar activamente y ser beneficiaria de los No Alineados, poniendo la cuestión Malvinas como eje central de su agenda, reforzando su actividad y presencia en la organización y demostrando que su interés iba más allá del tema Malvinas para conseguir mayor apoyo. Así es como, el canciller Nicanor Costa Méndez en junio de 1982 plantearía que la lucha de la Argentina estaba dirigida contra una forma de colonialismo similar a la sufrida por muchos estados africanos y asiáticos.

Ante el resultado adverso en el teatro de operaciones, el gobierno argentino culminó con la diplomacia militar y la política exterior tomó otro rumbo. De ser acérrimo aliado de EEUU en su lucha contra el comunismo nuestro país pasó a intentar revertir, en el plano diplomático, la situación de derrota militar que se estaba dando en las islas. El gobierno militar cambiaría su discurso pro-occidental sostenido desde comienzos del autodenominado Proceso de Reorganización Nacional, por un discurso abiertamente anticolonialista y antiimperialista. Así fue como salió a buscar apoyos institucionales que le permitieran remontar diplomáticamente la frágil situación, no solo militar, sino también jurídica que estaba atravesando, el mayor apoyo lo encontraría en el Movimiento No Alineado. Distintas autoridades militares y civiles de nuestro país (inclusive el canciller y el propio presidente), y algunos periódicos argentinos, habían tenido declaraciones y actitudes reiteradas contrarias a la presencia argentina en el Movimiento No Alineados, rechazando también su pertenencia al Tercer Mundo y señalando elementos étnicos y culturales distintivos. Estas actitudes no contribuyeron a convocar simpatías de África y Asia en los órganos de Naciones Unidas. Los países asiáticos le prestaron relativamente poca atención a la cuestión Malvinas, aunque se encuadraba en una reivindicación anticolonialista, el único apoyo fue en el marco del G77. En cuanto a los países africanos, algunos tenían un alto grado de vinculación con Inglaterra a través del Commonwealth, sumado esto a los problemas que les generaría el consentir la modificación de fronteras u ocupación de territorios mediante el uso de la fuerza, y a la resistencia que generaba la política africana del régimen militar argentino.

La Argentina comenzó a participar activamente y ser beneficiaria de los No Alineados, poniendo la cuestión Malvinas como eje central de su agenda, reforzando su actividad y presencia en la organización y demostrando que su interés iba más allá del tema Malvinas, denotando su disposición a solucionar otros problemas de la agenda del movimiento para así conseguir mayor apoyo. Así fue como para fines de abril de 1982, el Buró de Coordinación de Países No Alineados presidido por Cuba reconoció la soberanía argentina sobre las islas Malvinas, aunque solicitaba la resolución pacífica y negociada del conflicto. En este sentido, en el marco de la OEA, en una reunión de consulta de ministros de Relaciones Exteriores a fines de abril, se aprobaría una resolución que reconocía la soberanía argentina en Malvinas y llamaba a las partes beligerantes a concertar una tregua y retirar las fuerzas de las islas. La resolución contaría con el apoyo de todos los países latinoamericanos, que votaron a favor, con excepción de Chile y Colombia que se abstuvieron. Un mes más tarde, en el marco de una nueva reunión en la OEA, los países latinoamericanos volverían a apoyar a la Argentina condenando los ataques británicos a las islas y exigiendo a EEUU a interrumpir su ayuda a Gran Bretaña.

Cabe destacar la participación de algunos países latinoamericanos en el conflicto, tanto en favor de un país como del otro. Por un lado, se puede hablar de algún tipo de ayuda a las fuerzas británicas por parte de Uruguay y de Brasil. El gobierno de Uruguay abrió su espacio aéreo y marítimo a la flota británica, mientras que Brasil le dio acceso a un submarino nuclear británico a una de sus bases. Pero, sin dudas, el mayor apoyo que encontraron los británicos en Latinoamérica fue por parte de Chile. Este país apoyó de manera secreta a Gran Bretaña, ya sea prestando sus bases para estacionamiento, carga de combustible y aprovisionamiento de las naves inglesas, como también brindando apoyo logístico, informando a los británicos sobre los movimientos argentinos hacia las islas. Por otra parte, Perú fue el único país que apoyó abiertamente a la Argentina durante el conflicto, prestando aviones al ejército argentino, y movilizando su ejército y naves al sur de su frontera, que comparte con Chile. El propósito era neutralizar un posible movimiento militar de Chile hacia la Patagonia, actuando automáticamente en caso de que Chile entre a favor de los británicos en el conflicto. A su vez, Perú también intentó mediar en el conflicto mediante un intento del presidente Belaúnde Terry a principios de mayo de 1982. El presidente proponía un inmediato cese del fuego, el posterior retiro de las tropas, la administración de las islas por un grupo de contacto, el reconocimiento de los reclamos que dieron origen al conflicto, el reconocimiento de los intereses y aspiraciones de los isleños, y un compromiso del grupo de contacto de que ambas partes llegarían a un acuerdo definitivo para el 30 de abril de 1983. La propuesta de Perú terminaría fracasando por el momento difícil de la guerra, con el hundimiento del General Belgrano por parte de los británicos y la destrucción del HMS Sheffield por parte de los argentinos.


Sobre el autor

Agustín Dell'Ali es estudiante avanzado en la Licenciatura en Relaciones Internacionales.


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