La guerra que no fue (I)

En 1981 un grupo de periodistas con un gran bagaje informativo encima pero sin poder publicarlo en sus respectivos medios, decidió armar el suyo propio para volcar en él las noticias que la censura de la dictadura y de sus intimidados patrones no les permitía dar a conocer.

En 1981 un grupo de periodistas con un gran bagaje informativo encima pero sin poder publicarlo en sus respectivos medios, decidió armar el suyo propio para volcar en él las noticias que la censura de la dictadura y de sus intimidados patrones no les permitía dar a conocer.

Nadie del grupo tenía ahorros acumulados en alguna parte del mundo como para financiar la modestísima iniciativa. Los cabecillas de la insurrección decidieron recurrir a ciertos pelafustanes encumbrados en estructuras oficiales merced a la absoluta ignorancia y bestialidad de los dictadores, cuyo desmedido deseo de figurar los hacían carne de cañón para los avezados profesionales de la pluma y la palabra.

Hubo suerte. Uno de ellos, también con aspiraciones a presidente de Boca (no, no era, nunca fue, nunca pudo serlo, el mamerto) y ciertos rebotes en el mundo de la farándula, donde sería luego convenientemente desplumado por algunas bataclanas, accedió a financiar el cuasi clandestino emprendimiento e incluso, además de la moneda, nos entregó bulín en Vidt y Güemes, rápidamente convertido en redacción, composición y distribución…

El trato con una imprentita en pleno centro (uno siempre ha tenido esos enganches) permitió que a mediados del 81, apareciera el primer número del semanario “Punto Crítico”. Un newsletter de dieciséis paginitas dobladas con una simple diagramación a dos columnas, creo que de 8x24 (no recuerdo cómo doblaba el pliego).

Entre los preclaros escribas de aquella aventura de dignidad figuraban algunos connotados: el “Negro” Jorge Sánchez, “Tino” Sicilia, “Polito” Polosecki, Oscar Serrat, Aníbal Vinelli, el “Gordo” Cardozo, quien suscribe… Fueron los precursores… Luego se fueron sumando otros, en la medida en que aquel inicial grito de dignidad se convirtió en un semanario solicitado por insólitos e increíbles lectores.

No había internet. No había portal. No había red social ni féisbuk, ni uatsap… Un Dodge coronado de mi propiedad fue el “transporte” encargado de buscar los ejemplares en la imprenta y luego distribuirlo por los suscriptores. Familiares de uno hacían el ensobrado de cada uno y colocaban primitivas etiquetas en los sobres…

Las noticias que publicaba “Punto Crítico” eran prácticamente inéditas y comenzaron a ser esperadas con gran expectativa en ámbitos políticos, económicos y… castrenses. Nunca olvidará quien suscribe el jabón que se agarró cuando una nochecita, en pleno proceso de ensobrado del correspondiente número, sonó el teléfono y de la otra punta una voz metálica informó que hablaban de la Casa Militar de la Presidencia………… Fue para pedir suscribirse a 50 ejemplares.

Publicamos severos análisis económicos y financieros, a los que contribuyó, entre otros, el “Bebo” Granados, duros comentarios políticos y gremiales. Nuestras contratapas con el personaje de la semana fueron épicas. Recuerdo la que escribió “Polito”, sobre Saúl Edolver Ubaldini, el flamante líder sindical que se enfrentó abiertamente a los milicos.

En diciembre del 81 Oscar Serrat trajo y publicó una nota que nos provocó serios problemas, pero que no fue nunca desmentida: acaba de volver de su “triunfal” gira por los Estados Unidos el “general majestuoso”, como irónicamente lo habían bautizado en Washington. En el Pentágono, al borracho irrefrenable de Galtieri le metieron en la cabeza que ya era hora de pasar a la historia como el líder militar que había recuperado las Malvinas. Y le aseguraron (¡pobre ignorante!) que los Estados Unidos apoyarían la gesta. Serrat aportó además, una fecha dada por sus contactos directos con el Departamento de Estado: abril de 1982.

Hubo impersonales desmentidas, sonrisas sarcásticas, indignados rumores y demás acostumbradas picardías de ese mundillo perio-político-busca. Pero ninguna declaración oficial. Sólo un poco de presión sobre el farabute financista, que un día convocó los fundadores a su gran despacho con ventanales directo a la Casa Rosada y nos anunció que no ponía un mango más en “Punto Crítico”. De nada valió que el “Negro” Sánchez, con esa pesada parla que tenía, tratara de convencerlo que, cuando ya la tirada se acercaba a los 5.000 ejemplares (¡5.000 y “a mano”!), el retorno de la plata puesta estaba a la vista. De un día para otro “Punto Crítico” dejó de existir y el bulín de Vidt volvió a sus tareas habituales de albergue transitorio.

Pero la fecha quedó en la memoria operativa. En las redacciones en las que formalmente trabajaban los fundadores, la información seguía confirmando preparativos, formación de comandos especiales y secretísimas reuniones en el edificio del Estado Mayor Conjunto. Hacia finales de marzo, los fundadores ya tenían todos los datos de la aventura que, en su momento, habían adelantado en “Punto Crítico”.

La fecha se había adelantado obligada la dictadura a hacerlo para tapar las protestas populares por su descabellada política económica y la gran manifestación del 31 de marzo, sangrientamente reprimida.

Por cierto, los patrones de los medios no querían ni hablar de esa historia, ocupados como estaban por los romances de Moria o Susana, o las riñas trágicas de Monzón.

En la noche del 1 para el 2 de abril, algunos de los fundadores se recluyeron en la coqueta sede de la Agencia EFE, en Guido y Callao. Allí comenzaron a llegar noticias de la flota en operaciones, de comandos de infantes de marina desembarcando en Malvinas desde el “ARA Cabo San Antonio” y del “ARA Santísima Trinidad” dando apoyo de fuego.

En la mañana del 2 de abril, ya confirmada la noticia, en las redacciones “tradicionales” comenzó una ardua lucha para convencer a sus respectivos jefes que se había desencadenado una guerra y que el viejo litigio de soberanía la junta pensaba resolverlo por las armas. ¡Imbéciles asesinos! En ese momento el presidente norteamericano Ronald Reagan ya había transmitido a la primer ministro británica Margaret Thatcher su total apoyo de leal aliado, la OTAN también lo había hecho  y la “Dama de hierro” ya había ordenado preparar la flota que días después zarparía desde Portsmouth.

Los jefes de las redacciones “tradicionales” no alcanzaban a visualizar, en esas primeras horas, el profundo contenido estratégico que tenían esos acontecimientos. El triunfo de Londres-OTAN en Malvinas no consistía en derrotar a los comandos argentinos liderados por oficiales emporcados en la sangrienta represión de la dictadura y mandados expresamente a morir en la aventura para comenzar a borrar huellas. El objetivo era apoderarse de los ingentes recursos de hidrocarburos que en el fondo del Mar Austral, había certificado en 1974 la expedición de Lord Shackleton y, por cierto, transformar Malvinas en la base más apropiada para mantener el control sobre el Atlántico Sur y la Antártida. Un triángulo estratégico conformado por la isla Ascensión, en el medio del océano, las islas del Pacífico Sur y Malvinas.

El primer éxito de los fundadores fue lograr que algunos periodistas fueran enviados a Punta Alta y a Comodoro, para reportar desde esos lugares, supuestamente la base de todo el operativo militar, las noticias de la fácil reconquista que llegaban desde las islas. En Comodoro nada había para reportar. En Punta Alta, el vacío en torno de los periodistas fue demoledor. Culminó con una forzosa “visita” a base naval, y con nocturnos interrogatorios intimidantes sobre cuáles eran las finalidades que perseguían los reporteros.

Mientras se esperaba el retorno de los marineros que habían participado en el desembarco y se conocía la muerte de Giachino, introduciendo así la verdadera noción de guerra, en el CON de la base (Comando de Operaciones Navales) se vendían al mejor postor las fotos del desembarco y se elucubraban hipótesis sobre la marcha de flota británica que, según los estrategas navales “nunca llegaría” a las Malvinas.

La flota, enorme y costosa, acababa de amarrar en Ascensión, la isla del Atlántico propiedad de los Estados Unidos. Allí repostaría y seguiría su derrotero al sur. En la redacción de “Perfil” su director, un joven Jorge Fontevecchia, intentaba enviar allí al asturiano Carlos Cabezas y al italiano Gino Lovecchio, ambos “comunitarios”, para tratar de sacar fotos. Como es obvio, el viaje no prosperó. Pero “La Semana” sacó en tapa fotos de “la flota en Ascensión”. Mágicos trucos periodísticos.

Los jefes del SIN (Servicio de Inteligencia Naval) le pidieron a quien era el enviado de “La Semana” en la base, que consiguiera esas fotos para ser analizadas por sus especialistas……..

El juego de “buenas relaciones” terminó cuando aparecieron en la base los auténticos “corresponsales de guerra”, delincuentes periodísticos autores de las listas negras de los desaparecidos del gremio, que prácticamente echaron a los enviados “sin título”.

Pero la guerra ya estaba presente en las redacciones. Hubo misiones a Montevideo para descubrir puntos logísticos de los ingleses, a Punta Arenas donde los esbirros de Pinochet detuvieron a nuestros periodistas por “espionaje” mientras fotografiaban navíos y aviones británicos repostando allí y, después del hundimiento del “Belgrano”, el envío al sur de lo que algunos llamaron “Armada Brancaleone”, una caravana automovilística forzada por el cierre de las comunicaciones aéreas con Comodoro y Gallegos.

Esas fueron las primeras escaramuzas profesionales después del 2 de abril. Luego vinieron otras amargas experiencias, escenas y situaciones que permanecerán siempre presentes pero que son difíciles, muy difíciles de narrar. La promesa es hacerlo en algunas entregas, antes del 14 de junio. No será fácil, pero se hace necesario.

Dos meses después del 2 de abril, esos mismos enviados recibieron en Punta Quilla a centenares de soldaditos ateridos y demudados, que volvían a bordo del “Almirante Irízar”. Esas caras enmarcadas en las livianas mantas marrones que les habían dado para protegerse del frío austral, quizá sea el recuerdo más vívido de la saga que había comenzado, hoy, hace 39 años.

Como dice la tumba del soldado desconocido ante las murallas del Kremlin, “nadie está olvidado, nada está olvidado”.


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