La imaginación y el poder

Por: Carlos Leyba

El título remite a la consigna que estalló en las calles de París en mayo de 1968: “la imaginación al poder”.

Más allá de lo que fue y de lo que significó en su momento, lo que aquella consigna nos recuerda es que hay un tiempo en el que se agota la capacidad de entender el presente si es que no se vislumbra un horizonte vital.

No entender el presente y perder la razón, bien pueden ser los términos que transitan entre la depresión y la falta de proyecto. Siempre.

Sin proyecto, las personas y los países se deprimen y pierden la razón. Ortega lo expresó como una condición de existencia: la vida en común, sin proyecto, carece de razón y torna en fuga de energías. La falta de proyectos es crisis de futuro, dijo Octavio Paz.

Tal vez siempre el presente es inaceptable o invivible sin tener una imagen del futuro con capacidad de atracción.

El futuro es el lugar donde vamos a vivir. El presente es inaceptable cuando escala en sus dificultades y ningún proyecto asoma: un proyecto, en esas condiciones históricas es el aire de salida.

Estamos en un presente que más que nunca reclama futuro. Salir de la incertidumbre, que nos consume, requiere alumbrar una salida. Anote Fernández.

No es sólo por el agobiador presente planetario que genera incertidumbre. Un planeta gobernado por respuestas incapaces frente al coronavirus y condicionado por las herencias de la crisis financiera no resueltas, por la explosión de la conciencia de las crecientes desigualdades y atribulado por la velocidad y las condiciones que, la actual estructura económica, le impone al cambio climático.

Aquí no sólo por lo que nos rodea y nos invade y condiciona, sino por nuestras propias cuitas, que arrastramos hace añares, necesitamos una cuota de optimismo.

Venimos de un largo estancamiento económico, de un enorme deterioro social y una declinación colosal del Estado que es quien está a cargo de las crisis colectivas: no sólo el responsable del presente sino el responsable de alumbrar el futuro.

Seamos conscientes que estos desafíos gigantescos, los que debemos afrontar, nos encuentran empobrecidos y con un aparato público desvencijado desde hace décadas. Es ridículo imaginar que todo se derrumbó hace cuatro años, como recita la flor y nata del kirchnerismo. Es ridículo y afecta al diagnóstico, no asumir la responsabilidad de los 12 años de gobierno K.

Recuerden todas las formaciones políticas que, si el número de pobres es un indicador de la decadencia colectiva, este ha crecido a la tasa anual acumulativa de 7% a lo largo de los últimos 45 años.

Todos aportaron y aportamos, para que pobreza sea el hecho social más destacado de las últimas cuatro décadas: no lo fueron ni la cultura, ni la ciencia, ni el desarrollo, tampoco la seguridad, ni hablar de la lamentable calidad de la justicia.

Lo que creció por excelencia en estos cuarenta y tantos años es la pobreza como resultado de una estructura económica y social que, de no transformarse, seguirá generándola más allá de la sensibilidad que demostremos por esos sufrimientos y de los cuidados que sanamente les prodiguemos. Se trata de eso pero, definitivamente, no es eso lo que lo resuelve.

La única manera de resolverlo es la transformación de la estructura que lo produce. Repetir lo que hicimos, diagnósticos y terapéuticas, garantiza que la pobreza, después de la pandemia, crezca.

Es que con previsiones generosas sobre el resultado económico previstos para este annus horribilis de 2020, en el mejor de los casos, el PBI por habitante rondará el de hace 46 años atrás. Pero la pobreza pos cuarentena condenará a la mitad de la niños y estará amenazando a la mitad de los argentinos como hace 18 años.

Los cuatro años del experimento macrista son responsables de parte de esta regresión en la que son causa sus hombres y las ideas que los animaron.

Cambiemos, con su idea de un país sin industrias, basado en turismo, vaca muerta, el litio y los jóvenes de las esdrújulas griegas, la alegría de los mercados, los acuerdos de libre comercio sin leer sus clausulas, demostró – si cabía alguna duda – que ese camino llevó a la locura populista extrema del incremento de la deuda externa, a tasas y plazos absolutamente irresponsables, administrada por inexpertos que dieron buenos exámenes universitarios, capaces de rebobinar una materia e incapaces de comprender la realidad.

Pero la mayor parte del retroceso no es obra del macrismo sino de todos los experimentos anteriores. Son los inmediato anteriores, el kirchnerismo original y la versión dura que le sucedió, los que dieron lugar al surgimiento de Mauricio Macri conduciendo al radicalismo y a una fuerza que hizo de la moral pública su razón de ser. Sorprendente delegación.

Pero antes de todo eso, sin su presencia nada se explica, ocurrió el menemismo. Una obra de destrucción cuyo líder, condenado por la Justicia, fue “perdonado” de sus delitos por la misma Justicia en razón del paso del tiempo!¡.  

La demolición histórica que significaron los dos gobiernos de Carlos Menem, el gran protagonista del regalo de las joyas de la abuela, la destrucción del tren, de la industria y del sistema social, nos legó la crisis con la que comenzó - para los argentinos - el SXXI.

En los años 2002 aparecieron en Buenos Aires unas pintadas que decían “Basta de realidades, queremos promesas”.

No era una expresión original porteña, pero con ella la sociedad manifestaba una conciencia agotada del presente.

Manifestaba una voluntad clara, que transpiraban las gentes del común, de darle sentido a ese tiempo reclamando escuchar “promesas”. Háblame del futuro

Pasivamente, es cierto, pero se manifestaba una voluntad de cambio. No hubo entonces promesas. Ni una palabra acerca del futuro imaginado. No hubo esfuerzo alguno para pensar el futuro.

Los que ocuparon el poder se limitaron a abrir las compuertas para dejar correr lo que tenía que correr sin voluntad de canalizar esas energías.  

Sin embargo el cambio ocurrió. ¿Todo cambio construye una dirección de futuro? Un cul de sac también es un cambio de dirección. Por es sólo un retorno.

No hay cambio de dirección sin un mapa imaginado del futuro.

Nuestros grandes momentos históricos como Nación fueron aquellos en que los grandes hombres habían diseñado un mapa del futuro. Un mapa en el que se trazaba la dirección.

El cambio de 2002 fue un cambio sin mapa, sin idea de futuro, sin mínimo sentido que el cambio de dirección no puede ser un giro al pasado.

Sin embargo, lo que vivíamos antes de 2002 nada tuvo que ver con lo que ocurrió después. Fue una ruptura – tal vez transitoria - con la cultura del “deme dos, de Villa Luro a Miami”.

Fue una ruptura de la cultura que ofrecía un escenario de objetos de primer mundo montado sobre los pies de barro de una miseria creciente que se hizo aluvión cuando la devaluación derrotó, en un minuto, esa cultura y al mismo tiempo aceleró la consolidación de la pobreza manteniendo los pies de barro del escenario.

No fue un “milagro argentino” la causa del “cambio” sino el salto monumental de la economía china que, entre otras cosas, llevó los precios de soja a niveles inimaginables e irrepetibles. Eso nos regaló el crecimiento por arrastre derivado de los términos del intercambio. Cuánta confusión en el relato.

La ausencia de promesas, si por ellas entendemos algo así como un proyecto acerca de la Nación, dejó a la sociedad acumulando males una vez que la ráfaga de la fortuna de los términos del intercambio tornó en brisa y todo lo que sostenía “los falsos escenarios” se anegó dejando a flor de piel las miserias que, el pequeño mundo de los afortunados, no puede ocultar porque las miserias tienen la costumbre de golpear a la puerta.

La de la crisis de 2002 fue una gran oportunidad, la única y gigantesca en varias generaciones, cuando las paredes dijeron “Basta de realidades, queremos promesas”.

Una oportunidad incomprensiblemente perdida.

El “éxito” de una recuperación, que fue efímera como la ráfaga, finalmente mezquina, hizo que quienes tenían a cargo la cosa pública privilegiaran la preservación del “poder”, el sustantivo que se tiene, en lugar del “poder hacer” las cosas que es la dinámica de poner las promesas, los proyectos, las aspiraciones en marcha.

Hay una cuestión moral en la concepción del poder. La opción es disponer de él para poder hacer las cosas o bien disponer de él para pertrecharse y mantenerlo y hasta lograr, al estilo monárquico, garantizar la continuidad de la sucesión. El Abbé Pierre decía “uno sólo posee aquellas cosas de las que se puede desprender y si no puede desprenderse está poseído por ellas”.

La política desciende muchos escalones cuando la idea “del poder” se apropia de los dirigentes y el hacer se posterga para dar lugar a la custodia “del poder” como razón última de la gestión.

Mas allá de su presencia en varios gobiernos de todos esos años, con menor o mayor protagonismo, Alberto Fernández es hoy un heredero. Pero sobre sus espaldas pesa hoy un enorme parte de la responsabilidad del presente y por sobre todas las cosas, la responsabilidad del futuro.

El gobierno ha anunciado una prorroga o profundización de la cuarentena hasta el día 17 de julio. Obviamente es un final en suspenso.

En el entretanto la economía se desploma y seguirá ese curso. Hay estimaciones que señalan una caída del PBI del 10% para todo el año.

Desde algunos sectores del gobierno han tratado de morigerar la percepción mediática de ese derrumbe, señalando que algunas actividades productoras de bienes esenciales (alimentos, bebidas, remedios, insumos, etc. ) continúan su actividad y que, en algunas regiones, se vive cierta normalidad y que por lo tanto las cosas no están tan mal.

Ese es un mensaje, que más allá de la verdad de algunas cifras, distorsiona la realidad que preocupa y por lo tanto es un mensaje políticamente equivocado y que en nada contribuye a la comprensión de lo que nos está pasando y lo que nos pasará.

Siguiendo el título de esta nota, este sería el uso de la imaginación para el pasado y el presente. Que es justamente el caso en el que la imaginación no es más que la pérdida de la razón. Negar el presente e imaginar el pasado que no fue, es una característica común en todos aquellos que se resisten al ejercicio de formular, imaginar, los escenarios del futuro deseable, posible o probable, para la guía del gobierno.

Naturalmente que imaginar lo que no es y lo que no fue, para crear un ámbito propicio donde pararse es claramente impropio sobretodo si el gobierno debe anunciar – con razón – la radical debilidad con la que enfrentamos esta pandemia que nos obliga a volver a fojas cero. Felizmente parece que el video provocador de marras, el de esas imágenes de bonanza, ha quedado archivado lo que constituye un acto de sensatez.

Nuevamente en cuarentena estricta.

Pero ¿no vamos a intentar nada nuevo y sólo tratar de mejorar lo que ya hemos hecho?

Se han acumulado muchas experiencias exitosas en tratamientos tempranos de la enfermedad en distintos lugares del mundo. Inclusive en nuestro país el CEPROCOR, la Universidad Católica de Córdoba, con investigadores del CONICET, están probando la eficacia de una molécula modificada de ibuprofeno para poder realizar nebulizaciones. Hasta los primeros días de junio las experiencias fueron exitosas. ¿Cómo puede ser que no apliquemos recursos para fortalecer esos estudios que representan la posibilidad de tratamiento, inclusive ambulatorio?

Avanza el tratamiento con plasma. ¿Pero esta el Estado comprometido con ese avance, generando normas y recursos para acelerar su potencial?

¿Hay un programa estatal para procurar el tratamiento de la enfermedad? Y por lo tanto, luego de los análisis correspondientes, las firmas científicamente responsables que digan que no es posible tratar?

Es sorprendente la morosidad del Ministerio de Salud en no convocar a que un grupo de científicos argentinos calificados para que se expida sobre las experiencias de distintos países (desde Méjico, El Salvador, Ecuador o Francia, etc.,) que han dado muestras de posibilidades de tratamiento, repitiendo que la cuarentena no puede ser complementada con algo más que la garantía de respiradores suficientes.

No es lo mismo, no es igual, pero la ayuda, el gasto, destinados a paliar las consecuencias de la cuarentena, está gobernada por la misma morosidad. Tres por ciento del PBI para esta emergencia es una cifra tan minúscula que nos vamos a arrepentir. Tratar todas las condiciones de la vida económica como si nada estuviera pasando es algo de lo que nos vamos a arrepentir.

Es cierto, no es justo cargar tamañas responsabilidades sobre una administración que, en democracia, siempre es transitoria. Necesitamos un acuerdo magno político, económico y social para paliar las consecuencias de esta cuarentena. Los objetivos son claros: ninguna empresa debe desaparecer, mantenerlas en hibernación es un costo para las empresas, los trabajadores y la sociedad a través del Estado. No podemos dejar que las reglas naturales de la economía y el mercado traten una enfermedad económica provocada por la cuarentena.

Hemos dejado de producir y de trabajar, por decisiones de “control” y no de mercado. Sostener la hibernación para que todos estemos vivos a la salida de la cuarentena obliga a una “economía de control” en el mientras tanto. Las medidas necesarias son muchísimas en todos los órdenes: precios, salarios, condiciones laborales, crédito, subsidio, importaciones, mercados. Nada es igual.

Y no puede serlo en una economía ya en caída libre como la que se heredó de Macri y de Cristina Kirchner. Es cierto, somos además una economía sin crédito. Pero le recuerdo que cuando se trata de gasto público deficitario, el crédito externo, obliga a la emisión. Y no hay diferencia con la sola emisión sin crédito, salvo en la ridícula creencia que “los dólares prestados” son “respaldo”. Esos pesos, en una economía de no control, irán a los dólares tal cual le paso a Mauricio. Es una pésima comprensión de la economía. La alteración a que nos obliga la pandemia no es una dirección: es sistémica. No entenderlo va a hacer que todo nos cueste más caro.  

Pero si hablamos de cuánto nos dicen del futuro además de ponerle una fecha inmediata como el 17 de julio a la finalización del presente, señaló con alegría que el Ministro de la Producción ha manifestado una vocación federalista que, tal vez, intente replicar el Acta de Reparación Histórica de 1973 para inducir la migración de a industria al interior ¿Y los incentivos?

El Ministro Guzmán anuncia su vocación de salir del default aunque las oraciones de Kristalina Georgieva sean más preocupantes que alentadoras. Pero Alberto Fernández, después del anuncio de la cuarentena plus, afirmó - en el  seminario “Pensar América Latina después de la Pandemia Covid 19” – “A duras penas somos dos los que queremos cambiar el mundo, uno esta en México y se llama Manuel López Obrador, y el otro soy yo. Y nos cuesta mucho"  (sic)

Todas y cada uno de esos anuncios, que nadie puede criticar por su ánimo, si no forman parte de una imaginación integrada del futuro no conforman un programa. No anuncian que la imaginación está presente en el Poder.

Fernández afirma que quiere cambiar el mundo junto con el miembro del Nafta Manuel López Obrador. En ese sentido, entonces, cuesta entender que es lo que quiere cambiar.

En realidad la situación es demasiado grave como para obscurecer el futuro sin alumbrar las ideas, aclarar. El ejercicio del poder obliga a la imaginación. Un proyecto de desarrollo de las fuerzas productivas y creativas de la Nación es el primer paso.

La pandemia, el default, la depresión económica son problemas. Pero no hay demasiado tiempo para seguir postergando el anuncio de un programa de este gobierno, cualquier cambio empieza por un rumbo y lo que une dos puntos en el tiempo puede ser una curva o una recta, no importa tanto la forma como la dirección.  

En este estado social colectivo, un programa, la imaginación del futuro, es lo único que puede generar optimismo.

Sin optimismo, las oportunidades se pueden convertir en peligro.

Diarios Argentinos