La indisgestión y la política internacional

El miércoles 16 de junio en Ginebra se verán las caras Joe Biden y Vladímir Putin .

El miércoles 16 de junio en Ginebra se verán las caras Joe Biden (78) y Vladímir Putin (68), 76 años menos un mes de la histórica cumbre de Postdam, 60 años menos dos meses de la cumbre vienesa John Fitzgerald Kennedy-Nikita Jruschov, 35 años y un poquito de la cumbre ginebrina entre Ronald Reagan y Mijaíl Gorbachov y 35 años y algo menos de la cumbre entre estos mismos protagonistas en Reikiavik.



Cada una de ellas significó un cambio que conmocionó la estructura política internacional. En Postdam Iósif Stalin, Harry Truman y Winston Churchill (destronado inesperadamente durante la conferencia por Clement Atlee) acordaron la nueva división del mundo, confirmaron la vigencia de la ONU y abrieron las puertas para un poderoso movimiento anticolonialista primero en Asia y luego en África. Pero también Churchill y su entusiasta ladero Truman desencadenaron la guerra fría causante de grandes conflictos regionales.

En Viena, el flamante John Kennedy y el astuto Nikita Jruschov comprendieron que no había lugar en el mundo para un conflicto atómico. Pocos meses después, lo rubricaron con el desarme pacífico de la crisis del Caribe.

Las dos cumbres sucedidas con poco intervalo entre sí, entre Reagan y Gorbachov, significaron el fin de la guerra fría, la caída del muro y la consiguiente derrota del campo socialista pero también la consolidación de nuevos espacios de poder, que se expresaron en potentes desafíos de los países árabes petroleros, y el surgimiento casi impensado de una República Popular China pragmática, disciplinada y enfocada hacia su destino de primera potencia mundial.

La desaforada gestión de Donald Trump, expresión acabada de un fascismo nativo bastante diferenciado del tradicional establishment washingtoniano, también tuvo su cumbre. Vladímir Putin supo “aguantar” los pretendidos exabruptos de Trump en aras de acordar un modus vivendi que, sanciones de por medio, propulsó el retorno de Rusia a la categoría de gran potencia mundial y, lo más importante, fue el promotor más decidido e inconsciente de la alianza estratégica integral entre Moscú y Beijing.

El principal resultado del fin de la guerra fría fue el surgimiento de un orden multipolar, basado en la asociación de países con economías emergentes y dinámicas que necesitan relacionarse entre sí, viciando de nulidad la regencia de los países centrales y propugnando un nuevo esquema financiero mundial, no basado en la especulación, sino en el fomento de su desarrollo independiente.

La conjunción de las milenarias diplomacias rusa y china permitieron consolidar ese nuevo orden multipolar en asociaciones como los BRICS y la OCSh, con fuerte influencia en las decisiones de organismos multinacionales como la ONU y el G-20. En la primera batallan por reformar la estructura orgánica dando mayor lugar y poder de resolución a las nuevas fuerzas de la escena internacional. En la segunda, se alían para impedir que los grupos financieros especulativos internacionales continúen fijando condiciones de saqueo para sus economías.

La debilitación del dólar como divisa mundial es fruto de esta nueva conjunción de incipientes polos de poder internacional.

Esta misma realidad ha provocado una gran escisión, casi terminal, entre los socios de la Alianza Atlántica, aquella que proclamaron Churchill y Truman para servir a sus objetivos de asfixiar el desarrollo del campo socialista. La Unión Europea es, hoy, objetivamente, mucho más aliada de China y de Rusia que de los Estados Unidos. El reciente reconocimiento, por parte de la flamante administración Biden, del fracaso de su intento por liquidar el proyecto “Nord Stream 2”, es un claro ejemplo de ello. Los países europeos no se doblegaron ante las amenazas de Washington (inclusive bélicas) y priorizaron sus intereses económicos por encima de algunos vanos compromisos políticos. El gas natural provisto por tubos desde Rusia es “mucho más barato, más puro y directo”, según lo definió Putin, que el GNL de esquisto ofrecido por los Estados Unidos.

Pero además de esta rotunda victoria rusa, en el continente europeo termina lentamente de imponerse la vacuna rusa contra el COVID-19. Pese a las tremendas trabas y a la brutal campaña en su contra, el fármaco ruso ya ha sido aprobado por algunos países europeos independientemente de la demorada decisión de la EMA, aunque el regulador sanitario europeo también está al borde de la decisión. Porque la necesidad tiene cara de hereje, como decía mi abuela andaluza, y las otras vacunas no ofrecen el nivel de efectividad y seguridad que evidencian la Sputnik V y sus seguidoras, la EpiVacCorona y la CoviVac. Una confirmación científica que se convirtió en un golpe político de primera magnitud en todo el mundo pero, en efecto, con mayor repercusión en los países de la UE.

Rusia ha sido el único productor de vacunas en el mundo que ha promovido la asociación con otros países para radicar en ellos la producción de su vacuna. Argentina es el segundo país en el mundo en hacerlo, contando hasta que monte su propia planta, con el principio activo de la vacuna entregado por Rusia. Esta política acaba de tener un respaldo institucional único, como es la ley promulgada hoy por Vladímir Putin, que permite exportar, en casos de emergencia, la vacuna sin necesidad de contar con el acuerdo con sus fabricantes.

La consolidación de las economías rusa y china que emergen de la pandemia les ha permitido desembarazarse de la ominosa presencia del dólar en toda su actividad económica internacional. Hoy, esta posición permite que una gran parte del comercio mundial se desarrolle con monedas nacionales, evitando el pase por el dólar. Pero además, tanto China como Rusia están desprendiéndose de sus activos en la moneda norteamericana ante los evidentes indicios de una crisis sistémica que agravará sin duda el pesado déficit presupuestario de Washington. Tanto Moscú como Beijing reemplazaron la divisa estadounidense en sus fondos nacionales, con una canasta de monedas alternativas y, principalmente, con un gran refuerzo de sus reservas en oro.

En este mismo plano de consolidación de su posición mundial, tanto Rusia como China están respondiendo a la política agresiva de Washington con un desarrollo inteligente de su potencial militar. Se basan en un impresionante despliegue tecnológico y en un muy ajustado presupuesto de defensa. Mientras los EE.UU. están llegando a casi 800.000 millones en los gastos bélicos, China fijó su presupuesto militar en 209.000 millones y Rusia lo hizo en 70.000 millones de dólares. En tanto Washington tiene que destinar ingentes recursos para mantener sus casi 800 bases en el mundo, Moscú y Beijing destinan la mayor parte de sus presupuestos militares al desarrollo de nuevos sistemas de armamento.

Como resultado de ello, China “pone” un aparato espacial en la Luna y en Marte y Rusia, además de generar nuevos portadores espaciales, entrega a sus fuerzas armadas nuevos componentes hipersónicos, láseres, aviones y navíos stelt, vehículos anfibios, renovando en casi un 90% el arsenal de armamentos, en especial de la triada nuclear: aviones, misiles y submarinos.

La política internacional de Rusia y China les ha permitido incorporar a países como Japón, Corea del Sur, la India, Suecia, Alemania, Francia al desarrollo de la gran ruta marítima ártica, a lo largo de la costa ártica rusa. Los nuevos rompehielos atómicos permiten mantener abierto todo el año ese trayecto, con lo cual Europa ha visto acortada la ruta comercial con Asia. En el Lejano Oriente ruso, en Kamchatka y en la isla de Sajalín, franceses, japoneses y rusos acaban de inaugurar la primera de las seis líneas de GNL cuya producción está íntegramente destinada a abastecer el sudeste asiático.

Por su parte China se afirma en el continente africano, con grandes proyectos económicos en países. En los últimos años, Beijing se convirtió en la fuente más importante de inversiones directas para 54 países africanos con una inversión total calculada superior a los 40.000 millones de dólares básicamente en proyectos de infraestructura.

En nuestro continente, la presencia de ambos países es cada vez más significativa y en la Argentina esto se experimenta en especial. A las inversiones chinas en el sector energético y del transporte se suman primeras inversiones rusas en la extracción de hidrocarburos, proyectos ferroviarios, integraciones biotecnológicas y la cooperación integral en la producción de vacunas.

Esta es la carga que lleva Putin a la cumbre del miércoles 16 en Ginebra. No parece tener una respuesta similar de parte de su colega norteamericano, a quien Donald Trump le acaba de recomendar que “no se duerma en la reunión” y le pidió que le envíe un saludo especial de su parte a Putin.

El objetivo inicial de Joe Biden en esta cumbre parece ser arrimar algún acuerdo con Putin con la intención de atraerlo a su enfrentamiento con China, a la que considera su principal contrincante. Si esto es así, este es su primer error. La relación ruso-china es estratégica y ya inconmovible. Si se la pudiera justipreciar en dinero, entre proyectos y giro comercial, la cifra supera ampliamente los 500.000 millones de dólares. Pero sería demasiado lineal admitir y asumir esta cifra como conclusión. Los planes de integración energética y de transporte, la interacción espacial, el desarrollo científico conjunto, entre otros ítems, tornaron esta relación en un entramado íntimo y definitivo, centrípeto en la atracción de nuevos socios, como lo demuestran tanto la OCSh (Organización de Cooperación de Shanghai) como los BRICS y la UEEA (Unión Económica Euroasiática).

Resulta difícil suponer que Biden convencerá a Putin en Ginebra de siquiera ralentizar el movimiento ascendente de esta realidad. Sobre todo si sigue asumiendo el papel de “nuevo sheriff” y con una prepotencia infantil pretende imponer su orden y sus normas a Moscú. El habitante de la Casa Blanca acaba de afirmar ante los efectivos de una base norteamericana en Gran Bretaña que está dispuesto a darle entender a Putin que “Norteamérica regresó”.

Según el “Time”, a Biden lo entrenan para que afronte la cumbre con un estilo duro. El objetivo de los EE.UU. en la cumbre es que Putin se vaya del encuentro pensando que “los norteamericanos están pensando algo contra nosotros”. En realidad, los rusos piden que no desilusionen a Biden en este sentido …

En la entrevista que acaba de conceder Putin a la NCS y que se verá en todo el mundo a partir del lunes 14, el presidente ruso advirtió que “las relaciones entre Rusia y los EE.UU. se encuentran en el nivel más bajo de los últimos años”.

Con la delicadeza que lo caracteriza, Putin aclaró: “no quiero parecer grosero pero esto (la política norteamericana con Rusia) es parecido a una indigestión estomacal, a excepción de que se trata de una indigestión de palabras”. Por último, definió la conducta de Biden en la sonada entrevista de marzo, cuando lo definió como “asesino” y aclaró que en Viena “iba a ajustarle cuentas”, como la de un “macho de Hollywood”. Siempre directo y sin pelos en la lengua el líder ruso quien, como respuesta a esos exabruptos de Biden, le deseó “buena salud”…

Putin calificó a Biden como un político y con una dilatada trayectoria en las distintas administraciones demócratas. La propia directora de comunicaciones de la Casa Blanca, Jen Psaki, afirmó que Biden se preparó “durante 50 años” para el encuentro con Putin.

El presidente ruso advirtió que su colega norteamericano se diferencia radicalmente de su predecesor, confiando en que “el actual presidente no tendrá ninguna acción impulsiva”. En cuanto a Trump, Putin fue mucho más agudo: “incluso ahora considero que el ex presidente de los EE. UU., Donald Trump, es una extraordinaria personalidad, un hombre talentoso ya que de otra manera no habría sido presidente de los EE.UU… Es una colorida personalidad”.

Las diferencias de estilo entre Trump y Biden para afrontar la reunión quedó en evidencia con la anunciada conferencia de prensa conjunta posterior a la cumbre. Algo que ha sido tradicional en estas ocasiones. Los colaboradores de Biden reemplazaron la rueda conjunta de prensa por una reunión por separado a pesar de que la contraparte rusa era partidaria de una presentación común ante los periodistas. Las fuentes norteamericanas señalaron que se debe al temor de que Biden quede en inferioridad de condiciones con su colega.

Como señala el “New York Times”, la decisión obedeció al deseo de “privar al líder ruso de una plataforma internacional semejante a la que tuvo en la cumbre de 2018 en Helsinki”.

La propia gira europea de Biden demuestra que no se trata sólo de negarle a Putin la posibilidad de lucirse, sino con mayor exactitud de las grandes diferencias abiertas en la propia y ya depreciada Alianza Atlántica que ahora, a instancias de Washington y Londres, tiene a convertirse en una alianza anglosajona. Aunque no todo son rosas en las relaciones entre Biden y Boris Johnson. El norteamericano, de ascendencia irlandesa, criticó duramente la política de Londres, que tensa la situación en Irlanda con peligro de volver a la vieja confrontación armada.

Sin embargo, Londres y Washington firmaron la nueva “Carta Atlántica”, un remedo de la firmada en 1941 entre Churchill y Roosevelt. Remedo porque aquella primigenia convocaba a todo el mundo a luchar contra la agresión nazifascista. Ahora, en cambio, esta carta “anglosajona” convoca a luchar para imponer el modelo “democrático occidental”. Habría que preguntarse qué significa eso a la luz de las permanentes intervenciones occidentales el Libia, Afganistán, Siria o Irak, por citar algunas, o de las cárceles clandestinas que la CIA dispone en terceros países.

La contradicción estalla en la reunión del casi muerto G7, donde la “fracción anglosajona” pugna por incorporar a países que estima son leales, como Australia, o son susceptibles de ser convencidos, como la India. Dejan de lado la estrecha alianza económica y militar de esta última con Rusia y China, con las que ha conformado el Grupo RIC, y la necesidad australiana del mercado chino.

Por otra parte, en la OTAN se diluyen las aspiraciones de ingresar que presentaron Ucrania y Georgia, ambos virtuales arietes en la confrontación con Rusia, igual que los países bálticos. En todos ellos se realizan maniobras militares de la Alianza, con el claro propósito de sondear la reacción rusa. Esta ha sido contundente en mostrar, dentro de su territorio, sus capacidades militares y su poderío armamenticio.

La demostración contribuyo a fortalecer la tendencia a mantener la carrera armamentista la que, según politólogos norteamericanos, “está siendo perdida por los EE.UU., si es que ya no lo han hecho definitivamente, y no permitir el ulterior empeoramiento del balance estratégico desfavorable para Washington”.

Esto brindaría a la administración Biden un elemento nada desdeñable como la anulación o la disminución del presupuesto militar, que sólo para la modernización de la triada atómica debería asignar un billón de dólares. “Esto -dicen los politólogos- liberaría recursos para aquellas masivas inversiones estructurales que Biden ahora intenta aprobar en el Congreso”.

El ardor se enfría también por las advertencias de Moscú. El duro ministro de defensa ruso, Serguei Shoigú continúa desplegando maniobras tácticas en todas las fronteras rusas. Pero Putin ha sido más directo: primero advirtió que no se debe cruzar “la línea roja” y luego, refiriéndose a los planes de la OTAN de dislocar misiles de mediano alcance en los países bálticos y en Ucrania, señaló primero que “la distancia con Moscú es de diez minutos” y se preguntó si eso “no era cruzar la línea roja”.

Si la administración Biden, como siempre ha ocurrido, no reacciona a la propuesta de Putin sobre la moratoria al despliegue de misiles de medio alcance, esto significará que en uno o dos años comenzará el despliegue de misiles norteamericanos en Europa, cerca de las fronteras con Rusia a lo que, como dicen en el Ministerio de Defensa ruso, “corresponderá el despliegue de nuestros misiles. No se puede excluir la repetición de la crisis del Caribe en 1962 e incluso en una variante más peligrosa”.

En vísperas de esa crisis misilística, al finalizar la cumbre de Viena, Jruschov se fue convencido de que se había impuesto sobre un Kennedy débil. La historia dice que, finalmente, Jruschov debió dar marcha atrás y retirar los misiles de Cuba a cambio de un compromiso formal de JFK de no invadir la isla.

No es posible que Putin saque la misma conclusión sobre Biden. Porque, claro, no es solamente el “Joe somnoliento”, como lo bautizó Trump, quien saldrá a escena. Detrás de él estará todo el complejo militar norteamericano y los grandes centros especulativos financieros de Wall Street, a los que realmente poco les importa el cambio climático y en cambio de ninguna manera quieren perder su dominio sobre las reservas mundiales de petróleo, litio, gas y demás commodities todavía en poder de sus grupos monopólicos.

Así pues, llega Biden a la cumbre con un panorama interno complicado, con socios europeos vacilantes cuando no dudosos, con serias indefiniciones estratégicas y con una incertidumbre personal que lo convierte para Putin en un contrincante o, perdón, interlocutor menor, al que la oposición republicana, manejada a distancia por Trump, lo acusa de entregar el país a Moscú. “Sabemos que la administración Biden-Harris es una catástrofe interna -dice el senador Ted Trump, uno de los líderes republicanos-. Una catástrofe económica. Una catástrofe financiera… Pero no hubo un sector donde hayan metido más la pata que en política exterior”.

La oposición republicana acusa a Biden de haberle hecho “un regalo multimillonario a Vladímir Putin” al levantar las sanciones contra el operador del “Nord Stream 2” el oleoducto prácticamente finalizado entre Rusia y Alemania, por cuyas cañerías ya pasa el gas de prueba.

De todas formas, Moscú no espera de esta cumbre ningún anuncio espectacular. Confía moderadamente en que el simple hecho de reunirse abra un camino para normalizar las relaciones ya que, según los voceros de la Cancillería rusa, “entre Moscú y Washington es extremo el déficit de estabilidad y previsibilidad en las relaciones”.

Washington redujo todavía más las posibilidades de la misión diplomática rusa en los EE.UU. y Moscú prohibió a sus ciudadanos ser contratados para trabajar en la embajada norteamericana en la capital rusa. Los documentos oficiales estadounidenses califican a Rusia y a China como “enemigos”. El Kremlin sancionó una lista de países no amigos, cuya primera posición la ocupan los Estados Unidos.

Serguei Riabkov, vicecanciller ruso y un duro de la diplomacia moscovita, informó que “la parte norteamericana recibió en particular nuestras propuestas para una estabilidad estratégica. Cualquier avance en esta dirección o, por ejemplo, en materia de ciberseguridad sería un logro serio incluso si no se firma ningún documento de resumen, sobre el que hay pocas esperanzas”.

Sin embargo, en Plaza Smolensk, donde se erige el monumental edificio de la cancillería rusa, advierten que “no hay que subestimar los interlocutores en las negociaciones, incluso si para esto existen fundamentos reales”. Apelan a la búsqueda de consenso en temas de interés común, como el cambio climático, el coronavirus, el regreso norteamericano al acuerdo nuclear con Irán, entre otros) y a establecer un stand by en materia de armamentos que permita, a la larga, reanudar negociaciones para acordar el control del desarme.

Algo que alcanzaron a comprender en 1985 en esa misma Ginebra Reagan y Gorbachov. Aunque entonces las relaciones eran tan hostiles como en la actualidad, y pese a la enorme resistencia en los círculos del poder, ambos líderes asumieron la pertinaz necesidad de traspasar las relaciones a un camino más constructivo y menos peligroso”.

“Si la reunión transcurre normalmente, como hace 36 años -dicen en Plaza Smolensk- es posible imaginar que las partes acordarán restablecer unas relaciones diplomáticas más o menos normales, que permitan a los embajadores respectivos volver a sus sedes y que sean más frecuentes los contactos y el diálogo”.

 La Argentina, a la luz de esta realidad, cuando el mundo vuelve a pender de resultados de negociaciones en donde no hay invitación a participar, debe atender a sus principales objetivos de restauración económica y seguridad social (incluyendo naturalmente la política sanitaria) y diseñar y sustentar una política exterior que apunte a alianzas con quienes nos convenga y a cerrar acuerdos que favorezcan nuestro desarrollo independiente. Sólo un profundo análisis de los componentes de la realidad internacional y una clara definición de nuestros objetivos como país permitirán consolidar esa línea internacional solidaria con quienes son solidarios con nosotros, participativa con quienes nos convocan a participar, eficiente con quienes nos proponen una cooperación económica de provecho mutuo.

Diarios Argentinos