La ortodoxia económica y la educación como excusa

En este breve texto intentamos explicar de dónde surge la sobreactuación de la derecha, y en particular de la derecha económica, por la educación.

En las últimas semanas, el conflicto por las clases presenciales en la Ciudad de Buenos Aires inundó los debates televisivos, en redes sociales, políticos y judiciales. Frente a un avance descontrolado del virus y la decisión del gobierno nacional de suspender la presencialidad de las clases en el Área Metropolitana de Buenos Aires, el desafío abierto por parte del gobierno de la Ciudad, con sus alfiles judiciales y mediáticos, generó una situación de desconcierto paupérrimo y sin sentido. Nadie duda de que la motivación del jefe de gobierno estuvo y sigue estando en una disputa política interna con vistas a las próximas elecciones. La respuesta madura vino por el lado de los sindicatos docentes, que con una medida de fuerza consiguieron reducir al mínimo la movilidad escolar y prevenir mayores contagios. En este breve texto intentamos explicar de dónde surge la sobreactuación de la derecha, y en particular de la derecha económica, por la educación.

Uno de los fundamentos centrales de la teoría neoclásica es la tendencia, en condiciones normales y de libre mercado, del pleno empleo de equilibrio. Es decir, que en ausencia de restricciones todos los países producirán al máximo posible, encontrando todos los recursos un uso adecuado. Así, las diferencias entre países solo pueden explicarse por la productividad relativa: la tecnología, la eficiencia organizativa, las capacidades humanas. Inicialmente entendidas como variables exógenas, incontrolables, inmodificables en el corto plazo, las diferencias tecnológicas funcionaban como excusa para dejar de discutir los fundamentos económicos y políticos de la desigualdad entre naciones. En particular, se trata de variables inconmensurables “del lado de la oferta”, que evitan que se discuta lo que pasa del lado de la demanda. Esta perspectiva fue complementada hacia los años ochenta con la teoría del crecimiento endógeno, sin modificar sustancialmente sus fundamentos económicos.

Sin embargo, hacia los años setenta, el discurso neoliberal encontró un nuevo argumento poderoso en términos políticos: la teoría del capital humano. La tecnología y la productividad de los factores -en particular, del trabajo- ya no dependen de características globales o sistémicas, sino que tienen un fundamento individual. Los individuos poseen un capital propio, fundado en sus conocimientos y habilidades, sobre el cual deben invertir para incrementar la productividad. Pero no solo eso: deben hacerlo leyendo correctamente los mensajes del mercado, dado que solo en un entorno competitivo se generan los incentivos correctos para que cada individuo responsable promueva su propia capitalización.

A partir de la obra del Premio Nobel Gary Becker, la teoría del capital humano se difundió desde los años ochenta en los documentos oficiales de los principales organismos internacionales, al tiempo que la desigualdad en el mundo empezaba a crecer aceleradamente. Así, los sistemas educativos pasaron a estar signados por la responsabilidad del atraso y de la pobreza, principalmente en la medida en que sus vetustas estructuras no respondían correctamente a los nuevos incentivos de la modernidad y la globalización. De este modo, la excusa educativa funcionó muy bien para legitimar transformaciones estructurales cuyo resultado fue la destrucción de los entramados sociales e industriales y la capacidad productiva de los países más pobres. Con la teoría del capital humano, el neoliberalismo hizo de la educación su excusa perfecta.

Este fenómeno se potenció hacia la segunda mitad de la década del noventa, cuando los lastimosos resultados económicos y sociales de las reformas neoliberales empezaban a volverse evidentes. Frente al crecimiento del desempleo, los organismos internacionales y los gobiernos locales argüían que el sistema educativo estaba desactualizado y no enseñaba lo que el mercado moderno estaba solicitando. Para el caso argentino, se planteaba que la educación seguía atada al viejo modelo industrial, mientras que el mercado hoy pide inglés y computación. Así, el desempleo creciente se explica por una falta de adecuación entre la oferta y la demanda de trabajo, o mejor dicho por una falta de adecuación entre el capital humano ofrecido y el capital humano demandado en un mundo en transformación permanente. Es decir, la educación como problema y la educación como solución.

Curiosamente, la disciplina fiscal promovida por la ortodoxia necesariamente atenta contra la calidad educativa, incluso cuando se trata de uno de los pocos ítems en los que la mayoría de los economistas coincide, al menos teóricamente, en la necesidad de financiar. Sin embargo, a la hora de los números finos, la reducción del presupuesto educativo se convierte en regla cada vez que la derecha accede al gobierno. Esto se verificó durante la presidencia de Mauricio Macri, cuando el presupuesto educativo, que había alcanzado 6,5% del PBI hacia finales de la presidencia de Cristina Fernández, se redujo en un punto porcentual, lo que equivale a una merma de casi el 10 por ciento, hacia 2019, según informes de CIPPEC. La discontinuidad del programa Conectar Igualdad es solo un ejemplo de esta contradicción. La destrucción del salario docente de todos los niveles, otro.

Llamativamente, así como la ortodoxia le echa la culpa a la educación cuando fracasan sus programas, no le asigna los méritos cuando son exitosos los de los demás. Las economías latinoamericanas crecieron mucho en la primera década del siglo XXI, y entre ellas la argentina, e incluso lo hicieron con un importante crecimiento del gasto en educación, ciencia y tecnología. Sin embargo, los economistas ortodoxos prefirieron hablar de un rebote, del viento de cola o de cualquier otra cosa. La educación es el camino del crecimiento, pero cuando hay crecimiento la educación no tiene nada que ver. Evidentemente algo no cierra en el argumento.

Sin embargo, cuando la economía se volvió a estancar, reaparecieron los cuestionamientos a la política educativa. “¿Qué es eso de universidades por todos lados?”, se preguntaba Mauricio Macri antes de las elecciones que lo consagrarían como presidente. “Los pobres no llegan a la universidad”, decía María Eugenia Vidal, anticipándose a las políticas de ajuste que implementaría como gobernadora de la Provincia de Buenos Aires, lo que incluyó el cierre de escuelas por supuesta falta de matrícula.

En síntesis, más allá de las posibles genuinas preocupaciones que algunos economistas ortodoxos tengan respecto del sistema educativo, en los hechos la proclama por la educación ha funcionado como una excusa para no profundizar en las falencias de sus programas económicos. Más aun: la apuesta por el ajuste del gasto promueve un círculo vicioso insostenible, dado que como no hay educación, no hay crecimiento, y como no hay crecimiento, no hay recursos para gastar en educación. Y en esa posición los economistas ortodoxos están cómodos, porque hasta pueden indignarse sin responsabilizarse. Mientras tanto, esa indignación da réditos políticos, ¿pues quién podría estar en contra de la educación?

El debate por las clases presenciales es simplemente un nuevo episodio, tétrico y patético, de esta sobreactuación de la derecha respecto a su excusa predilecta. Si verdaderamente les preocupara la educación, por lo menos deberían haber mantenido el presupuesto cuando fueron gobierno. En materia económica, recurrir a la educación como problema y solución no es otra cosa que una fuga de los enormes problemas teóricos de la ortodoxia, que cuando se ponen en práctica se convierten en problemas económicos y sociales para las mayorías.

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