¿La pandemia nos “sumergió en la virtualidad”?

Antes de la pandemia, ¿no estábamos ya sumergidos en la virtualidad?

“Sumergido de golpe en la virtualidad”. Con esta frase situacional, un docente me definió hace unos días el contexto que vivimos actualmente. Me resultó un poco shockeante. Sumergido se me figuró en un principio como una sensación de agobio, de asfixia, que no necesariamente debería ser interpretada de ese modo. No obstante, me pareció interesante como disparador para reflexionar acerca de ciertos fenómenos asociados a este contexto de pandemia que nos acompaña hace ya más de un año.

Lo primero que podríamos preguntarnos es: antes de la pandemia, ¿no estábamos ya sumergidos en la virtualidad? ¿Teníamos el agua hasta la cintura? ¿Éramos una especie de anfibios que nos movíamos entre lo físico y lo virtual? En primer término, podríamos retomar las palabras del sociólogo Manuel Castells, quien señaló:


Internet es el tejido de nuestras vidas en este momento. No es futuro. Es presente. Internet es un medio para todo, que interactúa con el conjunto de la sociedad (…). Es mucho más que una tecnología. Es un medio de comunicación, de interacción y de organización social”[1].


En ese sentido podríamos sostener que hace ya varios años habitamos en una Sociedad Red, surgida de una revolución tecnológica basada en la información y el conocimiento, y la expansión de las TIC. Para tener una dimensión del extraordinario dinamismo de estos procesos, podemos citar un dato que mencionan Guadalupe López y Clara Ciuffoli en el libro Facebook es el mensaje: “a la radio le llevó 38 años llegar a los 50 millones de usuarios, a la televisión le llevó 23, a internet le llevó 4. ¿Y a Facebook? ¡Solo 9 meses superar los 100 millones de usuarios!”[2].


En el curso de aproximadamente 30 años más del 50% de la población mundial se conectó a la red, y si en un principio las y los ciudadanos podíamos tener más claramente delimitada la línea que separaba nuestras actividades en entornos “virtuales” de las que realizábamos en el ámbito físico o presencial, en los últimos años esa línea se ha tornado cada vez más difusa.

El espacio online ya no es más, como en los comienzos, un lugar superficial y separado de nuestra cotidianeidad, donde los límites con lo offline eran claros y rígidos. Por el contrario, lo digital impregnó en nuestras vidas filtrándose en nuestros modos de comunicarnos, trabajar, informarnos, conocer gente, divertirnos, aprender y enseñar, etc.

Es decir que si bien la pandemia impactó enormemente sobre nuestras vidas, y ante el aislamiento y el distanciamiento social nos generó la necesidad de transformar radicalmente muchas de nuestras rutinas y prácticas, podríamos afirmar  que no nos sumergió en la red sino que vino a profundizar tendencias y acelerar transformaciones que llevaban décadas en curso. Ello, dejando en evidencia además asimetrías en términos digitales que son consecuencia, en definitiva, de las inequidad en la distribución de recursos materiales y simbólicos en nuestras sociedades.

Por supuesto, la pandemia nos colocó además ante un contexto de enorme incertidumbre. Ese carácter permanentemente cambiante de las circunstancias nos permite hacernos algunas preguntas cuya respuesta sería apresurado definir en este momento. Pero quizás justamente lo interesante de esta situación radique en que, con más razón que en otros contextos, podemos permitirnos la posibilidad de aventurarnos en el terreno de la duda y poner en tensión algunas de nuestras certezas construidas hasta hoy.

En ese sentido, estos son solo algunos de los ejes que se nos plantean en relación a nuestra interacción con los entornos digitales:

  • Muchos vínculos habitualmente físicos se trasladaron a la esfera de lo virtual; nos vemos compelidos a sostener y generar relaciones sociales solo a través de la red.
  • La creciente participación en conversaciones online, nos interpela a recuperar el debate acerca de la necesidad de promover una convivencia digital responsable, en la que seamos conscientes de que los valores con que contamos valen tanto para espacios digitales como físicos.
  • La pandemia no solo arrasó con nuestras economías sino que llevó a muchas empresas, emprendedores, comerciantes a tener que repensar sus modelos de negocios, reconvertir sus canales de comercialización, de marketing y ventas hacia lo digital. Del mismo modo, el trabajo remoto se masificó obligadamente, generando interesantes y necesarias discusiones en torno al teletrabajo.  

En el ámbito educativo, escenario de grandes batallas en torno a la presencialidad de las clases, la pandemia implica enormes desafíos que tienen como un eje central pero no se limitan solamente a la cuestión de cómo desarrollar prácticas pedagógicas en el entorno en línea que generen experiencias significativas de aprendizaje.

Como señalábamos, estas son solo algunas de las múltiples cuestiones que se nos plantean en torno a nuestra vinculación con lo digital, que fueron agudizadas por la pandemia.

Y Ante el planteo de ese docente preocupado por descifrar de qué modo enfrentarse a un cúmulo de pantallas apagadas en un Zoom, ante la desterritorialización (¿o re-territorialización?) de su espacio áulico, si bien la pandemia no nos sumergió en la red, pareciera que hoy cobra mucha más vigencia la frase de Castells que planteábamos al inicio de la nota: “internet es el tejido de nuestras vidas”. Y en ese sentido, la pandemia nos llevó a tomar conciencia de manera cruda que efectivamente habitamos la red y esta se encuentra integrada a nuestras vidas hace bastante tiempo.

Y eso nos lleva a la cuestión que muchas personas se plantean: ¿cuándo volverá la “normalidad”? La realidad es que, nos guste o no, esta es la normalidad. Profundizando nuestra relación con la red, enfrentándonos a desafíos pero también descubriendo oportunidades de relacionarnos con otros desde otro espacio. Habitar la red es abrir posibilidades de empoderamiento, de construcción colaborativa de conocimiento, de democratización de la información y la comunicación.


Sobre el autor: Jerónimo Galán es licenciado en Comunicación Social | Director de Comunicación de la consultora Inteligencia Natural


REFERENCIAS  

[1] http://fcaenlinea.unam.mx/anexos/1141/1141_u5_act1.pdf

[2] López, G.  y Ciuffoli C. (2012). Facebook es el mensaje: Oralidad, escritura y después. La Crujía Ediciones.

 

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