La reacción conservadora y la economía

OPINIÓN. El pasado fin de semana hubo mucho revuelo en redes sociales, medios de comunicación y agenda política en general por la publicación de un sitio web titulado “Reacción conservadora en Argentina”.

El pasado fin de semana hubo mucho revuelo en redes sociales, medios de comunicación y agenda política en general por la publicación de un sitio web titulado “Reacción conservadora en Argentina”, a cargo de un grupo de periodistas, en el que se intentó trazar las redes, conexiones y asociación entre personalidades políticas y mediáticas y algunas instituciones que configuran el crecimiento de un fuerte discurso reaccionario o conservador. La publicación de este informe -que fue dado de baja por un ataque cibernético, y solo quedaron en pie algunas notas introductorias- despertó críticas furibundas por parte de periodistas, dirigentes políticos e incluso partidos, como Juntos por el Cambio. Se llegó a hablar de persecución política, hostigamiento ideológico, espionaje o prácticas similares a las del nazismo y el fascismo. En este texto, a partir de la polémica suscitada por esta publicación, esbozamos algunas líneas acerca de las características de este fenómeno político -ratificado por su propia reacción contra el informe-, enfatizando en los aspectos económicos del renovado discurso de la extrema derecha.

Hacia la década del noventa casi todos nos decían que se habían acabado las ideologías. El mito del fin de la historia, catalizado por la caída del Muro de Berlín y la disolución de la URSS, nos exponía a un mundo sin debates políticos profundos, sin identidades enfrentadas, sin contradicciones estructurales. El triunfo del capitalismo y con él el de la neutralidad era tal, que no se discutía al propio capitalismo ni se lo problematizaba. Las verdades del neoliberalismo se vuelven indiscutibles y los debates teóricos se anulan. Así, los espectros de izquierda y derecha desaparecen en el vacío de la antipolítica y la objetividad. La técnica, la eficiencia y la competitividad se imponen ante cualquier explicación de la realidad que parta de algún tipo de conflicto social. En todo caso, si hay conflicto es por algún desajuste transitorio, alguna falla resoluble o por la insistencia ideologizada de quienes, en busca de su propio beneficio, no llegan a comprender la modernidad, se anclan al pasado y promueven el atraso. O, en todo caso, por la corrupción. Así, si el gran enemigo de la transformación y la globalización es la corrupción de los políticos, se refuerza el sentido antipolítico del discurso dominante. La política es mala palabra.

Sin embargo, una de las consecuencias del neoliberalismo fue una apertura hacia la pluralidad basada en el fervor individualista. Si lo único que ha de regir nuestros destinos es nuestro mérito y no un orden impuesto ex ante, una parte del discurso neoliberal se permite esa tolerancia a la disidencia en el fuero privado, incluso recuperando elementos del viejo liberalismo que enaltecía los derechos civiles y no solo los económicos. Hay un feminismo, una agenda LGBT y una proclama por derechos que encuentran en el neoliberalismo quizás no una promoción pero sí una habilitación. En el caso de la igualdad de género, una de las consecuencias de la transformación estructural neoliberal fue la incorporación de muchísimas mujeres al mercado de trabajo (principalmente por la caída de los salarios reales y la imposibilidad de que el sueldo del varón proveedor sea suficiente para toda la familia). Esta incorporación fue subordinada, perimida, en condiciones desiguales y desfavorables, pero fue una incorporación al fin, que colaboró con las luchas feministas.

Las contradicciones y promesas incumplidas del neoliberalismo se expresaron de maneras diferentes en distintos lugares. Las desigualdades estructurales no solo persistieron, no cumpliéndose la promesa de un reparto de premios y castigos basado exclusivamente en el mérito, sino que se potenciaron. De género, de etnia, de nacionalidad, de clase: la consecuencia del neoliberalismo fue la reificación del éxito y la culpabilización individual del fracaso. En América Latina, el estallido fue desde fines de los años noventa y la consecuencia fue la visibilización de la creciente desigualdad y del aumento de la marginalidad social. En algunos países, como Argentina, esto se dinamizó en una crisis profunda. En otros países fue mucho más paulatino. En los países centrales, la visibilización de la desigualdad estructural vino por el lado de las migraciones masivas, muchas veces ilegales, y las enormes diferencias de recursos, ingresos y condiciones de vida en función del estatus residencial o el origen étnico o religioso.

Así, la agenda postneoliberal, más o menos definida, más o menos disruptiva, más o menos inscripta en los programas de gobierno, se expandió en el siglo XXI enfatizando en la exclusión social y la desigualdad estructural como problemas centrales. En América del Sur este proceso empezó antes y se cristalizó en la ola progresista, pink tide o ciclo de impugnaciones al neoliberalismo encabezado por el kirchnerismo, el MAS, el PT o el chavismo, pero en el resto del mundo los disparadores fueron la crisis financiera de 2008 y el auge de los movimientos Occupy, del 99% o de reivindicaciones ambientales y sociales. En general, estos proyectos y discursos han enfatizado en la inclusión social como agenda, pero no desde pretensiones homogeneizadoras sino, al contrario, en defensa de la heterogeneidad social. Así, los movimientos de reivindicación de minorías sexuales, étnicas o lingüísticas, o el propio feminismo, han sido centrales en su configuración. Por ejemplo, en las primeras dos décadas del siglo XXI se expandió en todo el mundo el derecho al matrimonio para parejas del mismo sexo y el reconocimiento de derechos de identidad a personas trans. Lo que el neoliberalismo dejó pasar y defendió tibiamente, el postneoliberalismo lo abrazó como bandera.

En tanto, los medios de comunicación, atados a la ya anticuada discursividad neoliberal, profundizaron el enfoque de la pretensión de objetividad y el embate contra los discursos supuestamente ideologizados. En la Argentina, el punto cúlmine de esta lógica fue el debate por la Ley de Medios en 2009, que intentó dar cuenta de la falacia de la neutralidad, la objetividad y la desideologización.

Desde hace aproximadamente diez años vislumbramos un cambio profundo en las formas de comunicarnos. La televisión ha perdido centralidad en desmedro de las redes sociales, que nos permiten producir, compartir, viralizar, interactuar. Incluso hoy en día gran parte del contenido televisivo consiste en reproducir tuits y posteos de Facebook o Instagram. Si bien esto se presentó al mundo como una promesa de democratización de la comunicación, porque disminuía el poder de los grandes consorcios de medios (dejando al debate de la Ley de Medios absolutamente desactualizado), terminó siendo un canal que habilitó el surgimiento o la potenciación de discursos de odio y el crecimiento de la extrema derecha. Incluso han crecido los movimientos terraplanistas, antivacunas o anticientíficos. Estos discursos crecen desde estos nuevos medios de comunicación y poco a poco van ganando lugar en los medios tradicionales.

¿Cuál es la agenda? En principio, es un embate a los principios de la heterogeneidad inclusiva en busca de una restauración de determinado tipo de orden social natural, aparentemente pervertido por acciones ideológicas concretas. En Europa, el puntapié es el de los partidos de extrema derecha que empezaron enfrentándose al neoliberalismo tradicional, en este caso partidario de la Unión Europea, pero se potenciaron en la crisis de 2008 encontrando a los inmigrantes como los culpables del malestar económico. Así, si bien el contenido central no era económico sino étnico o incluso religioso (la estigmatización del islam como terrorista cumplió un rol fundamental), hubo un anclaje central en las penurias económicas. Incluso en muchos casos estos partidos asumieron un discurso explícitamente liberal.

En América Latina la agenda racial tiene una historia significativa, pero no la de las migraciones recientes. En este caso, los embates contra la heterogeneidad inclusiva hicieron eje en cuestiones de género y sexualidad, con ataques a la educación sexual integral, el feminismo, los colectivos LGBT, el lenguaje inclusivo o el derecho al aborto, pero se conjugaron con un discurso económico radicalizado, que pretendió reescribir la historia acusando a gran parte del pasado y del presente latinoamericano de socialista o comunista. Este discurso económico asumió explícitamente las banderas del liberalismo o del libertarianismo, enfatizando en el gasto público, la emisión monetaria, la intervención gubernamental en general o la vocación comunista de los gobernantes como las causas de los males económicos.

Lo llamativo es que estos dos campos de intervención suenan a priori contradictorios: el discurso homogeneizador en términos de género apela a un orden predeterminado y, en el extremo, a un integrismo. No es casualidad que las organizaciones religiosas -principalmente evangélicas- sean nucleares en él; el discurso económico ultra-liberal, en cambio, podría apelar al individualismo más exacerbado y a la total ausencia de normas que restrinjan el ejercicio de esa voluntad libre. ¿Cómo es que ambas se presentan juntas?

La respuesta está, precisamente, en que ambas, al igual que el discurso anti-inmigrante, funcionan como explicaciones sencillas, simplistas y externas a uno mismo para explicar lo que nos pasa, generan rápidamente la imagen de la conspiración, identifican al adversario como enemigo a destruir y apelan a una lógica de reivindicación propia como rebelde o anti-sistema. De hecho, el término “comunista” es usado como insulto o agravio indistintamente en lo económico, en lo moral y en lo social. Así, lo que algunos dan en llamar reacción conservadora es un conjunto heterogéneo de reivindicaciones que apelan al restablecimiento de ciertas lógicas organizativas supuestamente prostituidas por conspiraciones, proyectos corruptos y embates artificiales contra la moral y las buenas costumbres.

El término reacción es especialmente significativo, dado que estos proyectos se definen a sí mismos esencialmente desde la oposición a ciertas consignas y convocan a sus feligreses, militantes y seguidores en esta clave. El término conservador es un poco más complejo, dado que las reivindicaciones no siempre lo son, en tanto se configura una rebeldía constitutiva y una pretensión transformadora. En todo caso, lo conservador puede referir al retorno a cierto orden natural, pero claramente se distingue de la lógica conservadora tradicional, que desde ya no tenía reivindicaciones rebeldes o anti-sistema.

En Argentina la agenda económica de la extrema derecha se ha exacerbado en los últimos años, principalmente a partir de un mayor espacio en medios de comunicación, pero también en virtud de un corrimiento del campo de discusión, forzando a contorsiones a los exponentes del discurso económico neoliberal tradicional. Frente a un saber económico tradicional que apelaba a los saberes neutrales y a la negación del pensamiento alternativo, la nueva extrema derecha económica toma partido expresamente por ciertas ideas y confronta con las otras. Así, por ejemplo, el saber tradicional incorporaba algunas nociones de Keynes bajo el lente nuevo keynesiano, que de keynesiano tiene bastante poco y no es otra cosa que la teoría neoclásica convencional con algunas fallas de mercado, en tanto la nueva extrema derecha acusa al keynesianismo de ser algo parecido al comunismo. El saber tradicional ignora la existencia de corrientes alternativas y cuando se cruza con alguna la desdeña con alguna pretensión positivista; la nueva extrema derecha basa su legitimación en que la heterodoxia es en realidad el discurso oficial y en que, entonces, el desafío de la teoría verdadera es derribarla. Pero en la medida en que la forma de hacerlo es con un discurso simplificador, que ni siquiera promueve criticar al otro leyendo sus obras originales, el derribo opera solo en la imaginación de los adherentes.

Lo importante no es tanto el crecimiento de estos sectores políticos y económicos en particular, que siguen siendo electoralmente muy minoritarios, sino el cambio de escenario que su presencia genera sobre el debate político en general, y en particular con los partidos de derecha tradicionales. El crecimiento organizado y coordinado de las redes de extrema derecha, que canalizaron el rechazo al aborto, participaron activamente de las protestas en contra de las medidas de aislamiento en pandemia y hoy inciden directamente en la feroz interna de Juntos por el Cambio, inimaginable sin los cambios en la lógica de la comunicación, es un dato central para pensar la política argentina de hoy en día. Comprender cómo funcionan los esquemas, eslabonamientos y conexiones entre ellos es  parte necesaria de una agenda que sostenga las banderas de la heterogeneidad exclusiva, defienda las conquistas postneoliberales y pretenda avanzar hacia cambios más profundos. Hoy en día la reacción se viste de rebelde. La acción política transformadora no puede ser indiferente a este nuevo escenario.

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