La verdad, los derechos y las reglas

Por Serguei Lavrov, ministro de Relaciones Extranjeras de Rusia (“International Affairs”)

(Traducción Hernando Kleimans)


La conversación franca y en general constructiva mantenida por los presidentes Vladímir Putin y Joe Biden en la cumbre de Ginebra el 16 de junio de 2021 culminó con un acuerdo para iniciar un diálogo sustantivo sobre la estabilidad estratégica, con la declaración más importante de la inadmisibilidad de la guerra nuclear, así como con el logro de la comprensión de la conveniencia de consultas sobre temas de ciberseguridad, las actividades de las misiones diplomáticas, el destino de los ciudadanos de Rusia y Estados Unidos que cumplen sus condenas, y sobre una serie de conflictos regionales.

Al mismo tiempo, el líder ruso indicó claramente, incluso públicamente, que sólo es posible un resultado en todas las áreas si se encuentra un equilibrio de intereses mutuamente aceptable y sobre una estricta base de paridad. No hubo objeciones en las conversaciones. Sin embargo, casi inmediatamente después de su finalización, los funcionarios estadounidenses, incluidos los participantes en la reunión de Ginebra, comenzaron a resaltar asertivamente las directivas anteriores: al estilo de "indicamos a Moscú, advertimos claramente, delineamos los requerimientos". Además, todas estas "advertencias" comenzaron a ir acompañadas de amenazas: si Moscú "dentro de unos meses" no acepta las "reglas del juego" establecidas en Ginebra, estará sujeta a nuevas presiones.

Por supuesto, tendremos que ver cómo se desarrollarán en la práctica las consultas antes mencionadas para concretar enfoques de los entendimientos alcanzados en Ginebra. Como señaló Vladimir Putin en la conferencia de prensa de clausura: “hay algo en lo que trabajar”. Sin embargo, la antigua posición endurecida de Washington, expresada instantáneamente al final de las conversaciones, es muy indicativa, especialmente porque las capitales europeas, habiendo captado el estado de ánimo del "hermano mayor", inmediatamente comenzaron a cantar activa y alegremente junto con él. La esencia de las declaraciones: estamos dispuestos a normalizar las relaciones con Moscú, pero primero debe cambiar su comportamiento.

La sensación es que el coro de apoyo al solista se había preparado de antemano, y fue a esta preparación a la que se dedicó una serie de eventos occidentales al más alto nivel que tuvieron lugar inmediatamente antes de las conversaciones ruso-estadounidenses: las cumbres del G7 en Gran Bretaña. Cornualles y la Alianza del Atlántico Norte en Bruselas, así como la reunión de J. Biden con el presidente del Consejo de Europa, S. Michel, y el presidente de la Comisión Europea, W. von der Leyen.

Estas reuniones se prepararon cuidadosamente de tal manera que no quedaran dudas: Occidente quería que fuera claro para todos: está más unido que nunca y solo hará lo que considere correcto en los asuntos internacionales y forzará a los demás, sobre todo Rusia y China a seguir el rumbo que él mismo ha marcado. Los documentos de Cornualles y Bruselas consagran el avance del concepto de un "orden mundial basado en reglas" frente a los principios universales del derecho internacional, consagrados, sobre todo, en la Carta de la ONU.

Occidente evita cuidadosamente descifrar sus "reglas", así como las respuestas sobre por qué son necesarias, si existen miles de instrumentos de derecho internacional que todos han firmado y que contienen obligaciones claras de los estados y mecanismos transparentes para verificar su implementación. El "encanto" de las "reglas" occidentales está precisamente en la ausencia de detalles: tan pronto como alguien actúa en contra de la voluntad de Occidente, al instante se le acusa infundadamente de "romper las reglas" (no se presentarán hechos) y se anuncia el "derecho para ‘castigar’ al infractor". Es decir, cuanto menos datos específicos, más se desatarán las manos por la arbitrariedad, en aras de disuadir a los competidores por métodos sin escrúpulos. En la Rusia, de los “desenfrenados” 90, se le llamó "actuar de acuerdo con conceptos".

La serie de cumbres del G7, la OTAN y EE.UU.-UE marcaron, según sus participantes, el regreso de Estados Unidos a Europa y la restauración de la consolidación del Viejo Mundo bajo el ala de la nueva administración en Washington. La mayoría de los miembros de la OTAN y la UE no sólo recibió con alivio ese giro, sino que lo acompañó con comentarios entusiastas. La base ideológica para la reunificación de la "familia occidental" fue la declaración de los valores liberales como "estrella guía" para el desarrollo de la humanidad. Washington y Bruselas, sin falsa modestia, se autodenominaron "ancla de la democracia, la paz y la seguridad" en contraposición al "autoritarismo en todas sus formas", declarando, en particular, su intención de incrementar el uso de sanciones en aras de "apoyar la democracia alrededor del mundo." El objetivo es implementar a tal efecto la idea estadounidense de convocar una "cumbre por la democracia". No se oculta que Occidente seleccionará por sí mismo los participantes de dicha cumbre y será quien determine las tareas a las que se enfrentan, con las que pocos de los invitados especialmente seleccionados querrían discutir. Se menciona que los países donantes de democracia asumirán "mayores compromisos" sobre el establecimiento generalizado de "estándares democráticos" y desarrollarán sus propios mecanismos para controlar estos procesos.

También es necesario prestar atención a lo aprobado "al margen" de la cumbre del G7 el 10 de junio de este año. Joe Biden y Boris Johnson proclamaron una nueva Carta del Atlántico angloamericana, que fue presentada como una versión actualizada del documento firmado por Franklin Roosevelt y Winston Churchill en 1941 con el mismo nombre, que luego jugó un papel importante en la búsqueda de los contornos del orden mundial de la posguerra.

Sin embargo, ni Washington ni Londres dijeron una palabra sobre el hecho histórico clave: la URSS y varios gobiernos europeos en el exilio se unieron a la carta "inicial" hace 80 años, gracias a la cual posteriormente se convirtió en uno de los cimientos programáticos de la coalición antihitleriana y fue considerado uno de los "prototipos" legales del Estatuto de la ONU.

La nueva Carta del Atlántico también se concibe como una especie de "punto de partida" para la construcción de un orden mundial, pero exclusivamente de acuerdo con las "reglas" occidentales. Su edición tiene la carga ideológica de profundizar la división entre las "democracias liberales" y todos los demás estados, diseñada para legitimar el "orden basado en reglas". La nueva carta no contiene referencias a la ONU o la OSCE, fijando rígidamente el compromiso colectivo de Occidente con los compromisos de la OTAN como esencialmente "el único centro legítimo de toma de decisiones" (así es como el ex secretario general de la OTAN A. Fogh Rasmussen describió el importancia de la Alianza del Atlántico Norte en 2014). Es evidente que esta filosofía también constituye la base para la preparación de la mencionada “cumbre por la democracia”.

Rusia y China fueron identificadas como portadoras del autoritarismo y como el principal obstáculo para la implementación del rumbo anunciado en las cumbres de junio. Por lo general se presentan dos grupos de reclamos: condicionalmente externos e internos. Desde el exterior, China es acusada de promover sus intereses económicos de forma demasiado agresiva (el proyecto "Una franja, un camino"), fortalecer su poder militar y en general tecnológico para aumentar su influencia. Rusia está acusada de "política agresiva" en varias regiones, de hecho, así se presenta la línea de Moscú de oponerse a las tendencias ultrarradicales y neonazis en las políticas de los países vecinos, que reprimen los derechos tanto de los rusos como de otras minorías nacionales, erradicando la lengua, la educación y la cultura rusas. Tampoco gusta el hecho de que Moscú defienda a países que se han convertido en víctimas de las aventuras occidentales y han sido atacados por el terrorismo internacional con la amenaza de perder su condición de Estado, como sucedió en Siria.

Y, sin embargo, el patetismo principal de los enfoques anunciados de Occidente se concentra en la estructura interna de los países "no democráticos" y en la determinación de convertirlos según sus propios patrones, logrando cambios en la organización de la vida social que corresponden a esa visión de la democracia que impulsan Washington y Bruselas. De ahí las exigencias a Moscú y Beijing (y todos los demás) de seguir las prescripciones occidentales sobre derechos humanos, sociedad civil, oposición, medios de comunicación, el funcionamiento de las estructuras estatales y la interacción entre las ramas del gobierno. Al proclamar su "derecho" a interferir en los asuntos internos de otros países en aras de implantar la democracia según su entendimiento, Occidente inmediatamente pierde interés en la conversación tan pronto como proponemos discutir las tareas de democratizar las relaciones internacionales, incluyendo el abandono de la arrogancia y la voluntad de trabajar sobre la base de principios de derecho internacional universalmente reconocidos, no de "reglas". Al aumentar las sanciones y otras medidas de presión ilegal sobre los gobiernos soberanos, Occidente inculca el totalitarismo en los asuntos mundiales, adopta una posición imperial y neocolonial en relación con otros países: implemente en casa el modelo de democracia que necesito y no se preocupe de la democracia en los asuntos exteriores, nosotros decidimos todo, compórtese usted bien, de lo contrario lo castigaremos.

Los políticos cuerdos de Europa y América entienden el impasse de un curso tan intransigente. Ellos, aunque no públicamente, están comenzando a razonar de manera pragmática, reconociendo que hay más de una civilización en el mundo, que Rusia, China y otras potencias importantes tienen su propia historia milenaria, sus tradiciones, sus valores, su propia forma de vida. Es inútil poner en primer plano la cuestión de qué valores son mejores o peores, sólo se necesita reconocer la presencia de otros modelos, en comparación con las formas occidentales de organización de la sociedad, darlos por sentado, respetarlos. Los problemas con los mismos derechos humanos están en todas partes, pero es hora de abandonar la posición de una propia superioridad: dicen, en Occidente los resolveremos nosotros mismos porque somos democracias y ustedes aún no son lo suficientemente maduros, necesitan ayuda, eso es lo que haremos.

En el contexto de profundos cambios en el escenario internacional, que afectan a todos sin excepción y cuyas consecuencias nadie se comprometerá a anticipar, surge la pregunta: qué forma de gobierno es más eficaz no para el mesianismo, sino para frenar y eliminar esas amenazas que no conocen fronteras y afectan a todas las personas dondequiera que vivan. El tema de comparar las herramientas disponibles con “democracias liberales” y “regímenes autocráticos” se está introduciendo gradualmente en la ciencia política (es característico que el término “democracias autocráticas” recién se esté lanzando con timidez).

Son reflexiones útiles que, por supuesto, deben ser tomadas en cuenta por los políticos serios en el poder. Pensar, analizar lo que está sucediendo nunca es perjudicial. La formación de un mundo multipolar es una realidad. Los intentos de ignorarlo, afirmándose como “el único centro legítimo de toma de decisiones”, no acercarán la solución de problemas no inventados, sino reales, para cuya superación se requiere un diálogo de respeto mutuo con la participación de los países líderes y teniendo en cuenta los intereses de todos los demás miembros de la comunidad mundial. Esto presupone una confianza incondicional en las normas y principios del derecho internacional generalmente reconocidos: respeto por la igualdad soberana de los Estados, no injerencia en sus asuntos internos, solución pacífica de controversias, reconocimiento del derecho de los pueblos a determinar su propio destino.

El Occidente histórico colectivo, que ha dominado a todos durante quinientos años, no puede dejar de darse cuenta de que esa era se va irrevocablemente, aunque le gustaría mantener las posiciones esquivas, frenar artificialmente el proceso objetivo de formación de un mundo policéntrico. De ahí el intento de fundamentar ideológicamente una nueva lectura del multilateralismo, como se manifiesta en la iniciativa francoalemana para promover el "multilateralismo efectivo", que, como se enfatiza, no está encarnado en el multilateralismo universal de la ONU, sino en los ideales y acciones de la Unión Europea y debería servir de modelo para todos los demás.

Al introducir su concepto de un "orden mundial basado en reglas", Occidente tiene como objetivo desviar las discusiones sobre temas clave a formatos convenientes para él, donde no se invita al disenso. Se ensamblan "plataformas" y "llamamientos" de grupos estrechos que acuerdan recetas en su círculo para su posterior imposición a todos los demás. Los ejemplos incluyen "un llamado a la seguridad en el ciberespacio", un "llamado al respeto del derecho internacional humanitario" y una "asociación para la libertad de información". En cada uno de estos formatos hay algunas decenas de países, una minoría de la comunidad internacional. Además, sobre todos los temas señalados existen plataformas de negociación universales en el sistema de la ONU pero allí, naturalmente, se expresan puntos de vista alternativos que deben ser tomados en cuenta, se debe buscar un consenso, en tanto que para Occidente es importante hacer valer sus propias "reglas".

Al mismo tiempo, para cada uno de esos "formatos de personas de ideas afines", la Unión Europea crea su propio mecanismo de sanciones horizontales, por supuesto sin tener tampoco en cuenta la Carta de las Naciones Unidas. El esquema es el siguiente: los participantes en "apelaciones" y "asociaciones" deciden en su círculo cercano quién viola sus requisitos en un área en particular y la Unión Europea de inmediato impone sanciones a los culpables. Es conveniente: acusas, castigas y no tienes que ir al Consejo de Seguridad de la ONU. Se ha inventado una explicación: tenemos una "alianza de los multilateralistas más efectivos", por lo que enseñamos a otros a dominar las mejores prácticas. En cuanto al hecho de que esto no es democrático y contradice los principios del verdadero multilateralismo, el presidente francés Emmanuel Macron lo explicó todo en su discurso del 11 de mayo de este año: el multilateralismo no significa unanimidad y la posición de los "rezagados" no debe convertirse en un obstáculo para la "vanguardia ambiciosa" de la comunidad mundial.

Cabe destacar: no hay nada de malo en las reglas como tales. Al contrario: la Carta de la ONU es precisamente un conjunto de reglas, pero reglas aprobadas por todos los países del mundo y no en el marco de "tertulias".

Por cierto, un detalle interesante: en ruso, "ley" y "regla" tienen las mismas raíces. Para nosotros, una regla real y justa es inseparable de la ley. Es diferente en los idiomas occidentales. En inglés, por ejemplo, la ley es "law" y la regla es "rule". ¿Se siente la diferencia? "Gobernar" ya no tiene que ver con la ley (en el sentido de leyes universalmente reconocidas), sino con las decisiones que toma el que conduce y gobierna. También hay que tener en cuenta que la palabra afín con "rule" es "ruler", gobernante, uno de cuyos significados es una regla de medir, lineal. Resulta que con su concepto de "reglas" a Occidente le gustaría alinear a todos de acuerdo con su propia línea, en su propia línea.

Reflexionando sobre las tradiciones y sentimientos lingüísticos e ideológicos de diferentes pueblos, es apropiado recordar cómo Occidente justifica la imprudente expansión de la OTAN hacia el Este hasta las fronteras rusas. Cuando recordamos las garantías dadas a la Unión Soviética de que esto no sucedería, se nos responde: bueno, estas fueron sólo promesas verbales, nadie firmó documentos. En Occidente no se arraigó la antigua costumbre rusa: cuando se den la mano, sin ningún documento, se cumplirá sacrosantamente la palabra.

En una serie de esfuerzos para reemplazar el derecho internacional con "reglas" occidentales, la línea más peligrosa se traza en la revisión de la historia y los resultados de la Segunda Guerra Mundial, de las decisiones del Tribunal de Nuremberg, la base del orden mundial moderno. Occidente se niega a apoyar en la ONU la resolución rusa sobre la inadmisibilidad de la glorificación del nazismo, rechaza nuestras propuestas de condenar la demolición de monumentos a los libertadores de Europa. También quieren traicionar los liminares acontecimientos de la posguerra, como la Declaración de la ONU de 1960 sobre la concesión de la independencia a los países y pueblos coloniales, cuyo iniciador fue nuestro país. Las antiguas potencias coloniales quieren borrar la memoria de esto, reemplazándolo con ceremonias inventadas apresuradamente, como arrodillarse ante los deportes, en un esfuerzo por desviar la atención de su responsabilidad histórica por los crímenes del colonialismo.

El “orden basado en reglas” es la encarnación de los dobles raseros. Cuando es rentable, el derecho de los pueblos a la libre determinación se reconoce como la "regla" absoluta. Entre ellas se encuentran las Malvinas, a 12 mil kilómetros de Gran Bretaña, que, a pesar de muchas decisiones de la ONU y la Corte Internacional de Justicia, permanecen en lejanas y antiguas posesiones coloniales que nadie se apresta a devolver, así como el Kosovo "independiente", en violación de la resolución del Consejo de Seguridad de la ONU. Cuando el principio de autodeterminación contradice los intereses geopolíticos de Occidente, como en el caso de la libre expresión de la voluntad de los habitantes de Crimea a favor de un destino común con Rusia, se olvidan de él y condenan airadamente la libre elección de personas a las que castigan con sanciones.

El concepto de "reglas" también se manifiesta en un ataque al derecho internacional y también a la propia naturaleza humana. En las escuelas de una serie de países occidentales, los niños están convencidos como parte de su plan de estudios de que Jesucristo era bisexual. Los intentos de políticos cuerdos de proteger a los niños de la agresiva propaganda LGBT chocan contra las protestas militantes en la "Europa ilustrada". Hay un ataque a los cimientos de todas las religiones del mundo, al código genético de las civilizaciones clave del planeta. Estados Unidos tomó la iniciativa en la intervención del gobierno abierto en los asuntos de la iglesia, buscando abiertamente dividir la ortodoxia mundial, cuyos valores son vistos como un poderoso obstáculo espiritual para el concepto liberal de permisividad ilimitada.

La persistencia, incluso la terquedad con la que Occidente está introduciendo sus "reglas" es sorprendente. Está claro que hay consideraciones políticas internas, es necesario mostrar a los votantes la "dureza" en política exterior con respecto a los "opositores autoritarios" en vísperas de los próximos ciclos electorales (en EE.UU. son cada dos años, así que llega a tiempo).

Pero aun así, "libertad, igualdad, hermandad" también provienen de la fraseología occidental. No sé, por cierto, cuán políticamente correcto (en un "contexto de género") es usar el término "hermandad" en Europa ahora, pero nadie ha intentado la "igualdad" todavía. Y predicando la igualdad y la democracia dentro de los estados, exigiendo a los demás que sigan su ejemplo, Occidente, como se mencionó con anterioridad, categóricamente no quiere discutir las tareas de asegurar la igualdad y la democracia en los asuntos internacionales.

Este enfoque es francamente ajeno a los ideales de libertad. Detrás del sentimiento de su propia superioridad, la debilidad es visible en él, el miedo a entablar una conversación abierta no con quienes solo asienten y mantienen la línea, sino también con oponentes, portadores de otras creencias y valores, no ultraliberales, no neocon, sino absorbido con la leche materna heredada de muchas generaciones de antepasados, por la transmisión de tradiciones y fe.

Es mucho más difícil aceptar la competitividad de las ideas sobre el desarrollo del mundo que componer recetas para toda la humanidad en un círculo estrecho (donde no hay disputas fundamentales y, por lo tanto, es poco probable que la verdad nazca allí). Pero llegar a un acuerdo sobre plataformas universales hace que los acuerdos sean inconmensurablemente más confiables, estables y objetivamente verificables.

La conciencia de este hecho inmutable apenas se abre paso en las élites occidentales, abrumadas por un complejo de exclusividad. Como ya se señaló, inmediatamente después de las conversaciones entre Vladimir Putin y Joe Biden en Ginebra, los líderes de la UE y la OTAN se apresuraron a hacer declaraciones de que nada había cambiado en sus enfoques sobre Rusia. Además, dicen estar preparados para un mayor deterioro de las relaciones con Moscú.

Al mismo tiempo, la política de la Unión Europea está cada vez más determinada por una minoría rusofóbica agresiva, lo que fue plenamente confirmado en la cumbre de la UE en Bruselas del 24 al 25 de junio de este año, donde se discutieron las perspectivas de las relaciones con Rusia. La iniciativa de Merkel y Macron de mantener una reunión con Putin quedó sepultada antes de nacer. Los observadores señalaron que Estados Unidos, por el mismo hecho de la cumbre ruso-estadounidense en Ginebra, dio luz verde a esta iniciativa, pero los bálticos y los polacos detuvieron el "amateurismo" de Berlín y París (y los embajadores de Alemania y de Francia en Kiev llamaron al Ministerio de Relaciones Exteriores de Ucrania para explicar esta "actuación amateur"). El resultado de las discusiones en Bruselas fue la instrucción de la Comisión Europea y el Servicio de Política Exterior Europea de desarrollar nuevas sanciones contra Moscú, hasta ahora sin indicar ningún "pecado", sólo para estar en reserva. Si lo desea, se le ocurrirá algo.

Ni la OTAN ni la UE tienen la intención de cambiar sus políticas para subyugar a otras regiones del mundo y declaman una misión mesiánica global autoasignada. La Alianza del Atlántico Norte participa activamente en la implementación de la estrategia estadounidense "Indo-Pacífico" (con el objetivo abierto de contener a China), que socava el papel central de la ASEAN en la arquitectura abierta de la cooperación Asia-Pacífico que se ha construido por décadas. La Unión Europea, a su vez, está estructurando programas para el "desarrollo" de espacios geopolíticos vecinos (y no tanto), sin consultar particularmente a los países invitados sobre su contenido. Ésta es precisamente la naturaleza de la “Asociación Oriental” y del programa para Asia Central recientemente aprobado por Bruselas. Tales enfoques están fundamentalmente en desacuerdo con la forma en que las asociaciones de integración con la participación de Rusia - la CEI, la OTSC, la Comunidad Económica Euroasiática, la OCS - están haciendo negocios y desarrollando relaciones con socios externos sobre una exclusiva base de paridad mutuamente acordada.

Una actitud arrogante hacia otros miembros de la comunidad mundial deja a Occidente en el "lado equivocado de la historia".

Los países serios y que se respeten a sí mismos nunca permitirán hablar con ellos mismos sobre la base de ultimátums y solo buscarán un diálogo igualitario para considerar cualquier tema.

En cuanto a Rusia, ya es hora de entender: con la esperanza de jugar con nosotros en un arco, finalmente se ha trazado la línea. Los conjuros de las capitales occidentales sobre su disposición a normalizar las relaciones con Moscú si se arrepiente y cambia su comportamiento han perdido todo sentido, y el hecho de que muchas continúen planteándonos demandas unilaterales por inercia no honra su capacidad para evaluar adecuadamente lo que está sucediendo.

El rumbo hacia el desarrollo independiente y autónomo, la protección de los intereses nacionales pero con la disposición para negociar con socios externos en pie de igualdad, ha sido durante mucho tiempo la base de todos los documentos doctrinales de Rusia en las esferas de la política exterior, la seguridad nacional y defensa. Sin embargo, a juzgar por las acciones prácticas de Occidente en los últimos años (incluida la reacción histérica ante la defensa de Moscú de los derechos de los rusos después del sangriento golpe de estado en Ucrania en 2014, apoyado por los EE. UU., la OTAN y la UE), al parecer se pensó que todo esto no era muy grave: dicen, Rusia ha proclamado sus principios y está bien. Todavía es necesario presionar, presionar los intereses de las élites, aumentar las sanciones personales, financieras y otras sanciones sectoriales y Moscú entrará en razón, entenderá que sin "cambiar el comportamiento" (es decir, sin obedecer a Occidente) experimentará dificultades cada vez más profundas en su desarrollo. E incluso cuando dijimos claramente que percibimos esta línea de Estados Unidos y Europa como una nueva realidad y por lo tanto construiremos nuestro trabajo en la economía y otros ámbitos partiendo de la inadmisibilidad de la dependencia de socios poco confiables, continuaron creyendo que Moscú eventualmente "cambiará de opinión" y, en aras de algunas ganancias materiales, hará las concesiones que se le exigen. Permítanme enfatizar una vez más lo que el presidente Vladimir Putin ha dicho en repetidas ocasiones: no ha habido ni habrá concesiones unilaterales como a finales de los noventa. Si desean cooperar, devolver sus perdidos beneficios y su reputación comercial, siéntense para acordar los pasos al encuentro uno de otro en busca de soluciones y compromisos justos.

Es fundamental que Occidente comprenda que esa cosmovisión está firmemente arraigada en la mente del pueblo ruso y refleja las opiniones de la abrumadora mayoría de los ciudadanos rusos. Los opositores "irreconciliables" del gobierno ruso, en los que Occidente confía y que ven todos los problemas de Rusia en el "anti-occidentalismo", exigiendo concesiones unilaterales para levantar las sanciones y obtener algunos hipotéticos beneficios materiales, representan un segmento absolutamente marginal de nuestra sociedad. En la conferencia de prensa en Ginebra el 16 de junio de este año, Vladimir Putin explicó con lucidez qué objetivos persigue el apoyo de Occidente a estos círculos marginales.

Van en contra de la continuidad histórica de un pueblo que siempre, especialmente en tiempos difíciles, ha sido famoso por su madurez, su sentido de autorrespeto, dignidad y orgullo nacional, la capacidad de pensar de forma independiente sin dejar de estar abiertos al resto del mundo sobre una base igualitaria y mutuamente beneficiosa. Son estas cualidades de los rusos las que, después de la confusión y vacilación de la década del 90, se convirtieron en la base del concepto de política exterior de Rusia en el siglo XXI. Saben evaluar las acciones de sus líderes por sí mismos, sin recibir sugerencias del exterior.

En cuanto a las perspectivas del ulterior manejo de asuntos en la arena internacional, por supuesto, los líderes siempre han estado y estarán, pero deben confirmar su autoridad, ofrecer ideas, liderar, por la fuerza de la persuasión y no por ultimátums. Una plataforma natural para el desarrollo de acuerdos generalmente aceptables es, en particular, el G20, que une a las antiguas y nuevas economías líderes, incluidos tanto el G7 como los BRICS y personas de ideas afines. Un poderoso potencial de consolidación reside en la iniciativa rusa de formar una Gran Asociación Euroasiática a través de la combinación de esfuerzos de todos los países y organizaciones del continente. Para una conversación honesta sobre los problemas clave de la estabilidad global el presidente Vladimir Putin propuso convocar una cumbre de los líderes de los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU, quienes tienen la responsabilidad especial de mantener la paz y la estabilidad internacionales en el planeta.

Entre las tareas de democratizar las relaciones internacionales y establecer las realidades de un orden mundial policéntrico está la reforma del Consejo de Seguridad de la ONU, que debe fortalecerse a expensas de los países de Asia, África y América Latina, poniendo fin a la sobrerrepresentación anómala del Occidente colectivo en este órgano principal de las Naciones Unidas.

Sin depender de las ambiciones y amenazas de quien sea, nuestro país continuará con una política exterior soberana e independiente y, al mismo tiempo, siempre propondrá una agenda unificadora en los asuntos internacionales basada en las realidades de la diversidad cultural y civilizacional del mundo moderno. La confrontación, sea cual sea la motivación, no es nuestra elección. Vladimir Putin, en su artículo "Ser abierto a pesar del pasado" con fecha del 22 de junio de 2021, enfatizó: "Simplemente no podemos permitirnos llevar la carga de malentendidos, quejas, conflictos y errores del pasado" y pidió seguridad sin líneas divisorias, un solo un espacio de cooperación equitativa y desarrollo universal. Este enfoque está predeterminado por la historia milenaria de Rusia y responde plenamente a los desafíos del momento actual en su desarrollo. Continuaremos promoviendo la creación de dicha cultura de comunicación interestatal, que se basa en los más altos valores de la justicia y permite que tanto los países grandes como los pequeños se desarrollen de manera pacífica y libre. Siempre permanecemos abiertos a un diálogo honesto con todos los que demuestren una disposición recíproca para encontrar un equilibrio de intereses, sobre la base sólida e inquebrantable del derecho internacional. Éstas son nuestras reglas.

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