Lecturas del 25 de Mayo

OPINIÓN. El fantasma de las dos Argentinas recorre toda nuestra vida histórica desde Mayo hasta hoy. Discordia, espíritu de partido, grieta, no dicen más que lo siempre supimos, que una historia sin conflicto y sin pasiones, es también una historia sin alternativas, sostiene María Beatriz Gentile.


Mayo de 1810 es en el Río de la Plata la presentación pública de la emancipación, tanto como lo es abril en Caracas, julio en Bogotá, agosto en Quito o septiembre en Chile.

La lucha por la independencia de América lo fue también por un nuevo marco de acción que les permitiera a las élites criollas apropiarse de la toma de decisiones.

En sus comienzos el conflicto se desarrolló en un escenario muy limitado, fueron las capitales virreinales donde la conmoción por la caída del rey español en manos francesas en 1808, tuvo mayor impacto. Sin embargo y en poco tiempo, el enfrentamiento entre quienes deben su riqueza y posición al poder colonial y por eso están dispuestos a defenderlo y quienes consideran que ese vínculo está agotado, transformará esas rebeliones municipales en guerras civiles, donde los leales a la corona comenzarán venciendo a los insurgentes en casi todo el territorio.

Las primeras lecturas sobre los sucesos del 25 de Mayo fueron muy tempranas. En 1812 el Deán Gregorio Funes publicaba un ‘Bosquejo de Nuestra Revolución’. El  escrito le había sido encargado por el secretario del primer Triunvirato, Bernardino Rivadavia. ¿Qué balance podía hacerse a tan solo dos años?

Para al Deán, la revolución se había hecho con un grupo de hombres sin demasiada experiencia ni dinero que habían probado sus fuerzas “... en la reconquista de Buenos Aires y en el rechazo de los ingleses” y, convencidos de que “era tiempo de escaparnos de una madre decrépita y tirana”, los criollos debían recuperar la influencia en los negocios públicos que les había sido arrebatada por los peninsulares.

Esta tesis sobre la resistencia porteña al invasor británico como antecedente que explique el protagonismo de Cabildo de 1810, sería retomada más adelante por la historiografía nacional para fundar el mito de origen patrio.

En el mismo año del escrito de Funes, Bernardo de Monteagudo publicaba su ‘Ensayo sobre la Revolución del Río de la Plata’. Bastante distante de ese aire de triunfo de una identidad criolla épicamente narrada, el redactor del periódico Mártir o libre señalaba la precariedad del pronunciamiento logrado y la creciente amenaza del avance realista: "¿Qué diferencia hay entre el asesino de la Patria y el mártir de la libertad, si ambos respiran el mismo aire y habitan un solo domicilio?... ¿cuántos de los que nos miran con semblante risueño desearían rasgar nuestras entrañas?".

Lo que Monteagudo percibe y con fatal pluma describe, es la dimensión conflictiva y ambigua que despierta la idea de una revolución contra España, en el propio bando criollo. Las élites americanas jugaron una partida peligrosa: primero convocaron a la movilización para terminar con el vínculo colonial; pero una vez consolidadas sus posiciones hegemónicas, debieron recurrir a la desmovilización y evitar que la agitación convulsionara el orden que pensaban heredar. La revolución entonces debía clausurarse.

En las antípodas de esta lectura, en 1858 aparecía la ‘Historia de Belgrano’ de Bartolomé Mitre. Eran tiempos en que Buenos Aires se separaba de la Confederación y era precisamente este quien, como gobernador y jefe del ejército, lideraba ese proceso.

En ese contexto, al Mitre historiador le preocupó armar un relato histórico homogéneo capaz de crear una identidad forjada en los términos de su presente.

Así el 25 de mayo fue reinterpretado a la luz de la rivalidad Buenos Aires-Interior y recuperada la gesta porteña como punto de partida de toda la historia argentina: “... nadie durmió aquella noche en Buenos Aires esperando con impaciencia las luces del nuevo día que debió ser el más admirable de la historia Argentina”.

Autoproclamado y autocelebrado, ese pueblo que quería ‘saber de qué se trata’ era el pueblo de Buenos Aires y no otro.

De aquí en adelante, la historiografía dominante elaboró un relato unificador que diera al Estado Nación bases menos conflictivas. De esta forma, la política desplegada por la Junta contra el interior fue silenciada y las provincias del Litoral desaparecidas de la lucha por la emancipación colonial junto a sus referentes. José Gervasio Artigas será llamado ”el gran desorganizador” y desterrado a la tradición cívica de una Nación aún inexistente.

En 1910, Centenario de la Revolución de Mayo, Joaquín V. González publicaba un ensayo titulado El juicio del siglo; su mirada era la de un miembro de la élite político-intelectual pronto a dejar su función en el Estado.

González hace suyo el relato dominante sobre el 25 de mayo como punto de partida, pero se diferencia al encontrar en el pasado, como elemento constitutivo de nuestra historia política, lo que llamará ‘el espíritu de discordia’.

Esa temprana ‘pasión de partido que observa en mayo de 1810, es para él un elemento morboso fundado en “rivalidades personales o en antagonismos latentes”. Si el proceso histórico igualmente se fue desenvolviendo, se debió a un “núcleo de hombres selectos poseedores de la cultura, la disciplina mental y la secular herencia doméstica ligada a los más puros orígenes de la raza”.

Era este activismo de arriba, como lo llama Oscar Terán, lo que había permitido salvar la Nación. Era celebratorio para la élite gobernante, que la Argentina de 1910 hubiese encontrado el rumbo; sin embargo, González advierte: “Los rumores medrosos del viento subterráneo, anuncio cierto de la tempestad en la superficie. Un temor nervioso de la próxima mudanza destruye toda esperanza de arraigo y de seguridad y toda fe en el porvenir”.

El futuro parece amenazar con el surgimiento de una Argentina profunda - donde reside la barbarie y resiste- y la tempestad de un viento subterráneo que sin duda es el yrigoyenismo, presagio del final de la política desde arriba.

El fantasma de las dos Argentinas recorre toda nuestra vida histórica desde Mayo hasta hoy. Discordia, espíritu de partido, grieta, no dicen más que lo siempre supimos, que una historia sin conflicto y sin pasiones, es también una historia sin alternativas.

Sobre la autora

María Beatriz Gentile es Historiadora, decana de la facultad de Humanidades de la Universidad Nacional del Comahue. 

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