Los perros del cosmos

OPINIÓN. En la nueva conquista por el espacio, Vladimir Putin anuncia una vacuna contra el coronavirus que se llama Sputnik 5, en honor a la cápsula espacial que trasladó a todos sus primeros próceres del Cosmos. Veremos con qué se las trae Trump.

Mi abuelo paterno era fanático de Julio Verne y me transmitió su pasión. Todavía recuerdo que desplegaba mapas sobre la mesa del living de su casa y viajaba con el dedo, de un punto a otro del mundo, conocía lugares de lo más recónditos sin moverse nunca de su casa. De hecho, pudiendo hacerlo, nunca salió del país y a mi abuela le costaba moverlo para irse de vacaciones por la provincia de Buenos Aires. Como Julio Verne, mi abuelo fue un aventurero de la imaginación, un apasionado geógrafo escondido en un traje de abogado.

Hace poco pude ver el documental del cineasta chileno Patricio Guzmán, “Mon Jules Verne” (“mi Julio Verne”), coproducción Francia-Canadá, homenaje al autor padre de la ciencia (para los que no la vieron, pueden hacerlo por acá). Entonces se me apareció de nuevo la imagen de mi abuelo y su dedo estirado moviéndose sobre la planicie de los mapas, ¡porque la película encima muestra esa misma secuencia del dedo! También intenta retratar la vida del escritor hallando exploradores de hoy día, que hacen los mismos viajes que él imaginó hace un siglo. Es decir, los insomnes y fanáticos émulos de Verne.

Así, para “Cinco semanas en globo”, se cuenta la historia de un piloto de globos que atravesó el África observando a distintas tribus. Para los viajes polares, una mujer que cruzó a pie la Antártica haciendo 3500 kilómetros caminando en un frío descomunal. Para “Viaje al fondo de la tierra”, Guzmán halló a un espeleólogo que exploró precipicios y cuevas de volcanes y estuvo casi medio año sin salir a la superficie. Para “Veinte mil leguas de viaje submarino”, da con la historia de un submarinista que experimenta el fondo del abismo como si se tratase del Capitán Nemo. Para la imaginación de las máquinas futuristas, muestra el paseo del gran elefante-marioneta, artefacto gigantesco que se mueve como paquidermo de reales dimensiones, construido en el puerto de la ciudad de Nantes, lugar de nacimiento del propio Julio Verne.

Por último (que en realidad es al principio del film) en homenaje a “La tierra a la Luna”, retrata un episodio en la vida de un astronauta francés, que viajó al espacio y vivió durante 189 días en la estación espacial MIR como miembro de una expedición junto a otros cosmonautas rusos. 


Esta es la historia que aquí me interesa, sobre lo que cuenta Guzmán de lo que cuenta Jean-Pierre Haigneré en su experiencia en los cielos.


Haigneré, actualmente dueño del asteroide 135268 Haigneré (a los astronautas les regalan la nominación de un asteroide cuando se jubilan o mueren), cuenta que en 1993 cuando partió a la expedición tenía derecho a llevar 1,5 kg de equipaje personal, entonces decidió llevar consigo dos libros: “Las mil y una noches” y “De la tierra a la Luna”. Este último porque desde que tenía 10 años y leyó ese libro, fue cuando nació su vocación de ser un viajero del espacio. Para Haigneré, los personajes de Verne conciben un sueño dentro de sus cabezas con cierta base científica real y luego tienen una convicción muy fuerte de que el sueño que han concebido es realizable. El resto consiste en la audacia sobre cómo se lleva a cabo y en toda la energía que usan para cumplirlo. La aventura es la búsqueda del saber y la conquista de los espacios, que en el fondo se trata de una exploración dentro de de nosotros mismos (todo astronauta a la larga termina siendo un místico).

Todavía me impresiona el arquetipo moderno y romántico de soñador que encarnan sujetos inspirados en Verne; como los que pinta Patricio Guzmán, especialmente el caso de Haigneré. Pero también podría pensar en tantos otros como él. Pienso en los perros y monos que sacrificaron en experimentos para ir al espacio. En los cosmonautas rusos que, como Yuri Gagarin, llegaron primero y dieron la vuelta al mundo en órbita. En la épica espacial de Neil Armstrong y Buzz Aldrin pisando la Luna ante la mirada de millones. O en la lucha de las mujeres pioneras que, como Valentina Tereshkova y tantas otras, se impusieron y evitaron que los viajeros fueran siempre hombres.


Valentina Tereschkova, Roscosmos, 1968.


Por estos días, el síndrome astronauta me persigue. Escribo todo lo que puedo sobre el tema. Será porque la cuarentena me hace sentir dentro de la estación espacial, conectado a zooms y meetings o a mapas como los de mi abuelo. Así me la paso leyendo material sobre historias de viajeros espaciales en la escalada Guerra Fría, que entonces era por llegar a la Luna y ahora es por alcanzar Marte junto al estrafalario Elon Musk, o dar con la vacuna para curarse del coronavirus.

En la nueva conquista por el espacio, Vladimir Putin anuncia una vacuna contra el coronavirus que se llama Sputnik 5, en honor a la cápsula espacial que trasladó a todos sus primeros próceres del Cosmos. Veremos con qué se las trae Trump, porque si seguimos los paralelismos de la historia, debería reflotar la vacuna Apolo XXI, y no seguir haciendo payasadas con cloroquina o los brebajes de dióxido de cloro, de la que son adeptos sus fanáticos terraplanistas.

Así es como en estas lecturas descubrí, por estos días, a un poeta del Cosmos, de nombre Leonel Rugama (1949-1970). Fue gracias al enorme Ernesto Cardenal, recientemente fallecido, que en su obra deja algunas pistas sobre la existencia de este poeta menor, también nicaragüense como él, militante del FSLN, asesinado a los 21 años en una redada por las bandas de Somoza.

Se dice que cuando en el combate estaban ya casi sin parque y un guardia les gritó que se rindiesen, Leonel Rugama contestó: ¡Que se rinda tu madre! Y que, ya herido en el suelo, seguía disparando. 


A sus amigos les había dicho que quería formar un grupo de guerrilleros poetas. 


¿Se oyó? Repito: ¡Un grupo de guerrilleros poetas! Seguramente serían un desastre, pero eso sí que suena muy hermoso... Rugama, además de hacer la Revolución, también soñaba con ser algún día sacerdote o astronauta. Como a Julio Verne, le obsesionaba la Luna. Un poeta del Cosmos. Los versos más conocidos, y que Cardenal selecciona en 1974 para una conocida antología, dicen así:

 

La tierra es un satélite de la luna 

El Apolo 2 costó más que el Apolo 1

el Apolo 1 costó bastante.

El Apolo 3 costó más que el Apolo 2

el Apolo 2 costó más que el Apolo 1

el Apolo 1 costó bastante.

El Apolo 4 costó más que el Apolo 3

el Apolo 3 costó más que el Apolo 2

el Apolo 2 costó más que el Apolo 1

el Apolo 1 costó bastante.

El Apolo 8 costó un montón, pero no se sintió

porque los astronautas eran protestantes

y desde la luna leyeron la Biblia,

maravillando y alegrando a todos los cristianos

y a la venida el papa Paulo VI les dio la bendición.

El Apolo 9 costó más que todos juntos

junto con el Apolo 1 que costó bastante.

 

Los bisabuelos de la gente de Acahualinca tenían menos hambre que los 

abuelos.

Los bisabuelos se murieron de hambre.

Los abuelos de la gente de Acahualinca tenían menos hambre que los padres.

Los abuelos murieron de hambre.

Los padres de la gente de Acahualinca tenían menos hambre que los hijos

de la gente de allí.

Los padres se murieron de hambre.

La gente de Acahualinca tiene menos hambre que los hijos de la gente

de allí.

Los hijos de la gente de Acahualinca no nacen por hambre,

y tienen hambre de nacer, para morirse de hambre.

Bienaventurados los pobres porque de ellos será la luna.

 

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