Los precios de los alimentos y la estructura productiva

OPINION. A nivel mundial la comida ha subido de precio en dólares y esto tiene consecuencias dispares para los distintos países. Por supuesto, los más afectados son los países que son importadores netos de comida: aquellos cuya producción de alimentos no alcanza para abastecer las necesidades de su población y necesitan del comercio exterior para alimentarse.


En los últimos meses se ha registrado una suba importante de los precios de las commodities primarias, con énfasis en los alimentos. Desde septiembre hasta hoy el trigo se ha encarecido en un 30 por ciento, la soja en un 40 por ciento y el maíz en un 50 por ciento Es decir, a nivel mundial la comida ha subido de precio en dólares y esto tiene consecuencias dispares para los distintos países. Por supuesto, los más afectados son los países que son importadores netos de comida: aquellos cuya producción de alimentos no alcanza para abastecer las necesidades de su población y necesitan del comercio exterior para alimentarse. En América del Sur, el caso más contundente -y desde siempre- es Venezuela, pero de hecho los únicos países que exportan más comida que la que importan son Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay.

Sin ir más lejos, el ciclo de aumento de precios de los alimentos de la primera década del siglo XXI fue un detonante central en las revueltas populares del norte de África que culminaron con la caída de las dictaduras en Egipto y Túnez. Se trata de la región que menos alimentos produce en el planeta y, por lo tanto, la sostenibilidad de la vida es sumamente sensible al encarecimiento de la comida. ¿Qué sucede en estos países cuando sube el precio de la comida a nivel mundial? Por un lado, se encarecen los alimentos localmente. Esto redundará, seguramente, en una caída del salario real y en un aumento de la pobreza. Por otro, empeoran las cuentas externas al necesitarse más divisas que antes para comprar la misma cantidad de comida, asumiendo que el precio de otros productos no ha variado. Por supuesto, todo dependerá de cuánto suban los precios de la comida y, sobre todo, de cómo se distribuyan. ¿Sube toda la comida por igual o algunos productos suben más que otros? Todas son variables relevantes y, dado que la canasta de cada país es diferente, porque comemos cosas distintas, el impacto en cada país también será distinto. Por ejemplo, si se trata de países centrales que importan alimentos y materias primas y exportan manufacturas posiblemente podrán trasladar los aumentos de costos a los precios de exportación, fenómeno que describió Raúl Prebisch hace ochenta años. Distinto es el caso de los países periféricos que no tienen esa posibilidad.

¿Esto quiere decir que en el caso de importadores de comida que no pueden trasladar esos aumentos se disparará la inflación? No necesariamente. La inflación refiere a una dinámica de aumento sostenido de los precios y no a saltos discretos. Si aumenta el precio de la comida de un día para el otro, puede que se dispare una dinámica inflacionaria o puede que no. Eso depende de cómo reaccionen los distintos sectores de la economía a este cambio de precios relativos. Por ejemplo, si ante el encarecimiento de la canasta básica los sindicatos reclaman con éxito un aumento de salarios, se habrá dado un primer paso, pero esto solo redundará en inflación si la respuesta empresaria a este planteo es, efectivamente, un aumento de precios, dando inicio a una espiral que ahora sí puede llamarse inflación. Pero puede que los sindicatos no tengan la capacidad de hacer subir los sueldos, con lo que el resultado final será una caída del salario real, o puede que los empresarios no hagan subir los precios, ya sea porque no pueden o porque no lo necesitan. Por ejemplo, en países donde el empleo formal es muy pequeño y los sindicatos casi inexistentes es muy difícil que una suba del precio de los alimentos pueda ser canalizada políticamente hacia un aumento de sueldos. O puede que este sea ínfimo y entonces no se afecte especialmente la tasa de ganancia de ningún sector. Es decir, incluso reconociendo que ante una suba en el precio de los alimentos quienes peor estarán serán los países importadores de comida debemos entender que la dinámica interna posterior dependerá necesariamente de las estructuras económicas y políticas de cada país.

¿Qué sucede en un país que no compra ni vende comida? En principio no debería suceder nada. ¿Y en un país que exporta alimentos? A diferencia de un país importador, en este caso las cuentas externas deberían mejorar. Con la misma cantidad producida ingresarán más divisas que antes. Sin embargo, el impacto sobre precios domésticos del aumento de precios internacionales dependerá de la composición de la canasta de exportación en relación a la canasta de consumo doméstico. Si un país exporta los mismos productos que consume -lo que le sucedió a Argentina durante mucho tiempo, hasta el advenimiento de la soja como principal producto de exportación-, la relación es directa: sube el trigo a nivel mundial y sube el pan en las panaderías. Si la canasta de exportación está completamente desconectada de la de consumo, tampoco debería suceder nada. Si hay una relación indirecta -como en Argentina, donde la expansión de la soja compite por un recurso limitado como la tierra con otras producciones de clima similar, como el maíz o la ganadería-, el impacto es menos directo pero existe.

Pero, aun así, el mero hecho de ser exportador de alimentos de la canasta de consumo no implica que necesariamente haya un ciclo inflacionario. Para que eso suceda tiene que haber un impacto posterior, el cual, al igual que en el caso de los países importadores de alimentos, refiere a la estructura productiva.

Si se trata de un país cuya única producción transable (es decir, de bienes que pueden estar sujetos al comercio internacional) es la agropecuaria, como por ejemplo Paraguay, el aumento del precio de la comida generará, al igual que en un país importador, una caída del salario real y un previsible aumento de la pobreza. Sin embargo, a diferencia de un país importador, el favorable saldo externo le podría permitir al gobierno apreciar el tipo de cambio para compensar el efecto sobre los precios internos. De hecho, en los últimos tres meses, desde que los precios internacionales de la comida empezaron a subir, el guaraní se ha apreciado un 3 por ciento en relación al dólar. En Uruguay, el peso se ha apreciado un 2 por ciento en el mismo período. Si eso sucede, la comida se encarece en dólares pero no en pesos o guaraníes, con lo que el efecto de la suba del precio de los alimentos sobre el salario real es ínfimo o nulo.

En Argentina, en cambio, si bien el sector agropecuario es el que explica la mayor parte de las exportaciones, el principal sector transable en materia de empleo y producción es el industrial. Al igual que en casi todo el mundo, la mayor parte de la población trabaja en sectores no transables, como servicios o comercio, pero entre los transables es la industria la que explica la mayor parte del empleo. ¿Qué sucedería en Argentina si se hiciera lo mismo que hace Paraguay ante un aumento del precio internacional de los alimentos que exportamos? Pues bien, en caso de pretender compensar esa suba con una apreciación cambiaria -una baja del dólar- nos enfrentaríamos a problemas de competitividad para la industria, puesto que la competencia internacional presionaría, haciendo vulnerables a las empresas y a los puestos de trabajo. En este sentido, desde una perspectiva estrictamente estructural, aun sin incorporar dimensiones políticas, históricas o contextuales, un aumento del precio de los alimentos no tiene el mismo efecto en un país que exporta alimentos pero produce manufacturas que en uno que exporta alimentos y no produce manufacturas.

Pero, además, la industria local también tiene a las materias primas que producimos y exportamos como insumos. Un país que solo exporta productos primarios no tiene que preocuparse por la cadena local. En cambio, si los productos que se exportan también se usan como insumos para la producción local de otros bienes, que se pueden exportar o no, los aumentos de precios internacionales pueden ocasionar problemas de competitividad aun si no se mueven el tipo de cambio o los salarios. Si a eso le agregamos que en general las industrias tienden a estructurar sindicatos más fuertes, con mayor capacidad de negociación con el empresariado y con el Estado, entenderemos que en un país con industria es mucho más probable que un aumento en el costo de vida repercuta en reclamos por aumentos salariales que disparen un ciclo inflacionario inercial. En este caso, además, si la industria es poco competitiva internacionalmente la espiral de precios y salarios llevará a apreciar el tipo de cambio real y a que las manufacturas pierdan competitividad, lo  que, en caso de convalidarse una devaluación correctiva, volverá a echar nafta sobre la espiral original.

En síntesis, el aumento del precio de los alimentos impacta de manera diferencial en cada país y en cada grupo social al interior de cada país. Reconociendo que el efecto es especialmente nocivo en países que importan comida, trazar una simple comparación entre ellos y los que, como Argentina, exportan comida es un argumento débil, puesto que el impacto de la suba de precios de los alimentos depende de la estructura productiva interna, algo que las plumas de la ortodoxia suelen ignorar en sus análisis. ¿Por qué si Uruguay y Paraguay exportan lo mismo que nosotros aquí la inflación se dispara y allá no? Pues, más allá de factores históricos y contextuales, porque las estructuras productivas son distintas. Argentina exporta comida, es cierto, pero si tuviéramos que definir al país en pocas palabras no diríamos que es un país agropecuario, sino que es un país con una estructura diversificada y desequilibrada, que exporta comida pero donde la producción de comida explica una parte ínfima del empleo y de la producción total. El granero del mundo dejó de ser tal hace más de cien años. El impacto de las perturbaciones externas -globales- sobre cada país es diferente, y por ende las respuestas de políticas públicas que hemos de recomendar serán diferentes. Si una perturbación externa impacta de manera diferente en cada país, ¿no es sensato pensar que las políticas públicas también tengan efectos diferenciales y que, por ende, no necesariamente lo que sirve en un lugar también sirva en otro?

 No se trata ni de la maldición de los recursos naturales ni tampoco de su bendición, como suele sostener la derecha, en particular aquella asociada a los intereses de los agroexportadores. Se trata de entender los desequilibrios estructurales y de pensar respuestas orientadas hacia esos desequilibrios y esas especificidades, y no a lo que los manuales genéricos suelen proponer. En definitiva, como siempre, se trata de problematizar más allá de las fórmulas simples que suelen proponer los economistas mediáticos.

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