Los subsidios al turismo como medida de reactivación económica

OPINION. En este artículo proponemos analizar estas ramificaciones en el caso concreto de los subsidios al turismo anunciados por el gobierno de la Provincia de Buenos Aires, pero estas pueden extenderse y plantearse para otras políticas sectoriales.


La semana pasada el gobernador de la Provincia de Buenos Aires, Axel Kicillof, anunció un conjunto de medidas para aumentar la actividad del sector turístico, muy castigado por la pandemia pero a su vez muy determinante en muchas ciudades de la provincia y de otros lugares del país.

Una de las medidas más resonantes es el subsidio a estudiantes de último año de las escuelas de la provincia para que tengan sus viajes de egresados dentro de la provincia durante la temporada baja. Si bien este anuncio fue rápidamente denostado por periodistas y dirigentes opositores como electoralista y demagógico bajo el título “viajes de egresados gratis” y su erogación fue comparada con otros posibles gastos, poniendo en discusión la relevancia relativa en función de los preocupantes indicadores de pobreza e indigencia, un análisis económico más amplio puede dar cuenta de múltiples ramificaciones e impactos sobre distintos sectores económicos.

En este artículo proponemos analizar estas ramificaciones en el caso concreto de los subsidios al turismo anunciados por el gobierno de la Provincia de Buenos Aires, pero estas pueden extenderse y plantearse para otras políticas sectoriales.

El turismo es una actividad fundamental. Las estadísticas de las cámaras (presumiblemente exageradas) indican que explica el 10 por ciento del PBI del país y un porcentaje similar del empleo (lo cual es difícil de discernir, porque el rubro “restaurantes” puede ser asociado o no a la actividad turística). Pero estos son datos agregados. En algunas localidades del país, el turismo es fundamental. En cualquier caso, el turismo es un rubro muy intensivo en trabajo.

Pero decir que el turismo es fundamental no se refiere solo a la actividad turística. Si hay demanda de servicios turísticos, tanto en sentido estricto (transporte, hotelería, excursiones) como más amplio (venta de ropa, gastronomía, entretenimiento), se pagan salarios a quienes trabajan en ella y a partir de eso hay demanda de todo aquello en lo que se gastan esos salarios. La demanda de un servicio lleva a la demanda de otras cosas. Y esa demanda de otras cosas lleva a más empleo y por ende a más demanda. Es el famoso efecto multiplicador del gasto, muchas veces ignorado en los discursos económicos convencionales.

El turismo siempre tiene un componente de estacionalidad. Salvo unos pocos lugares del mundo, hay momentos del año con mayor o menor demanda. Esto suele estar asociado a los factores climáticos (principalmente, calor o frío, pero también temporadas de lluvias o huracanes), pero también a los ciclos del calendario oficial, sobre todo del escolar.

Pero la estacionalidad no es homogénea. Así como hay lugares donde cambian el caudal de gente y el tipo de actividad a realizar, como algunas grandes ciudades, hay otros en los que la diferencia entre temporada alta y baja es absoluta, al punto de que en la segunda está todo cerrado. Este es el caso de la enorme mayoría de las localidades turísticas de la Provincia de Buenos Aires, en particular de las de la Costa Atlántica, que suelen ocupar toda su disponibilidad en enero y febrero y hacerlo parcialmente en diciembre, marzo y algunos fines de semana largos entre octubre y abril. Solo en algunos casos, sobre todo los más grandes, hay una demanda razonable en las vacaciones de invierno de julio.

Es decir, durante el resto del año los hoteles, restaurantes y comercios están cerrados. Si bien es cierto que parte de la mano de obra de la temporada alta también es estacional, lo cierto es que en la temporada baja el desempleo tiende a aumentar. Pero hay ciertos gastos fijos que no se pueden eludir, ni siquiera con los hoteles cerrados, con lo que estos costos suelen trasladarse a los precios en temporada alta.

Decimos que en temporada baja las localidades turísticas tienen abundancia de trabajo y de capital (trabajadores desocupados e instalaciones vacías o con alta capacidad ociosa). En estos casos, los aumentos de la demanda pueden generar crecimiento de la actividad muy rápidamente, puesto que no hay que hacer inversiones. Así, elevar la demanda en temporada baja permite que abran los hoteles, restaurantes, comercios, salas de juegos, que trabajen las empresas de transporte y que, por consiguiente, se reactive la economía en estos destinos a partir del circuito del multiplicador. El problema es que la demanda no siempre se genera sola.

En el caso del turismo, en temporada baja es difícil generar incentivos para un aumento de la demanda. Abrir un hotel para un pasajero es muy caro y entonces es razonable que en muchos lugares sea contablemente más sensato dejarlo cerrado. A lo que se suele apuntar, entonces, es a la actividad turística en grupos grandes: congresos, convenciones, torneos juveniles de distinto tipo, encuentros, viajes de jubilados, de estudios o de egresados.

Con la pandemia, desde inicios de 2020 todas estas actividades se cancelaron. Muchas de ellas, como los congresos o reuniones, seguramente mantengan en el futuro un formato híbrido entre presencial y virtual. Recién ahora están volviendo algunas, pero muy lentamente. Recuperarlas es esencial para la actividad turística fuera de temporada y de los recesos de la escuela.

La propuesta del gobernador Kicillof se inscribe en estos objetivos, e incluso se complementa con una reducción y hasta eliminación de impuestos provinciales para el sector turístico. Ahora bien, el plato fuerte no es la baja de impuestos, que en todo caso puede mejorar un poco los márgenes de ganancia, sino el subsidio: no por el subsidio en sí, no por el dinero que se puede recibir, sino por lo que esto genera. En temporada baja, el problema no son los márgenes, sino la demanda.

Si se organizan viajes subsidiados a otras ciudades de la provincia, esos 30.000 pesos por estudiante se destinan íntegramente al pago de servicios turísticos. Si los viajes insumen más dinero, tanto por los servicios directos como por gastos complementarios (ropa, regalos, etc.), son montos aun mayores. Con ese dinero se pagan salarios, se compran insumos, se vuelven a pagar salarios y así sucesivamente. De hecho, una parte del gasto realizado vuelve a las arcas de la provincia como recaudación adicional. Por tratarse de un rubro que en baja temporada tiene escasa demanda y que es muy significativo en algunas localidades, el impacto sobre la economía de estas ciudades y pueblos puede ser muy importante.

La pregunta que resta responder es la más significativa: ¿por qué no es este razonamiento algo obvio? La razón es que el sentido común económico tiende a omitir no solo al multiplicador sino a cualquier referencia a la variación de las cantidades producidas. En el mundo de fantasía de la ortodoxia, sobre todo en el nivel del sentido común, implícitamente se asume que las cantidades están fijas y entonces cualquier subsidio o impuesto repercute solo sobre los precios. Así, un viaje gratis es solo un regalo a la persona que recibe el subsidio y no tiene ningún efecto sobre quien vende ese viaje. De hecho, en los titulares de “viajes gratis” no solemos ver referencias al empleo, como si fueran a hacer el viaje igual, pero ahora en vez de pagarlo del propio bolsillo lo subsidia el Estado.

Del mismo modo, el sentido convencional ve a los impuestos como una disminución del margen y, al identificar la recaudación con el gasto futuro, se entiende que ese gasto que le regala algo a alguien surge directamente de los impuestos, como una donación involuntaria. En todo ese argumento, más allá de otras falacias, es clave asumir que las cantidades producidas no se modifican.

La resultante de esta argumentación es asumir que el gasto público solo reparte lo existente y que no genera actividad, más allá de la propia producción pública. Cuando asumimos una teoría de la demanda efectiva y entendemos que la oferta responde a la demanda, pero que esta no va a ser siempre la máxima (ni siquiera si los precios bajan lo suficiente), entendemos que los estímulos a la demanda pueden generar un aumento de la producción y no solo un reparto diferente de sus frutos.

En el fondo, el sentido común económico nunca deja de apelar a la Ley de Say, incluso a veces sin que sus interlocutores lo sepan. Su principal conclusión es que las cantidades están fijas en un nivel de plena utilización. Levantando ese supuesto, las políticas económicas pasan a tener ante nuestros ojos otro color.

En el caso del turismo en temporada baja los costos son relativamente pequeños y los potenciales beneficios muy elevados. Por supuesto, la efectividad dependerá de la implementación y de muchas otras variables. Por lo pronto, vale este ejemplo para dar cuenta de la necesidad de problematizar las distintas políticas económicas desde perspectivas diferentes a la ortodoxia reinante, pues solo saliendo de ella podremos encontrar efectos mucho más amplios y diversificados.

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