Mariana Skiadaressis: “Las relaciones, como la realidad misma, son imperfectas e impredecibles”

Ana Paolini dialogó con la escritora y Licenciada en Letras, autora de La felicidad es un lugar común (Entropía, 2018) y Siempre las sombras (Nudista, 2022).

Mariana Skiadaressis (Buenos Aires,1978) es escritora y Licenciada en Letras por la UBA, participó con textos breves en antologías de cuentos y publicó las novelas La felicidad es un lugar común (Entropía, 2018) y Siempre las sombras (Nudista, 2022). Coordina talleres de narrativa y escribe crítica literaria en medios digitales.

A Mariana Skiadaressis le interesa analizar y pensar la naturaleza del amor y el deseo femenino, por fuera de las imposiciones, los discursos y los estereotipos. Las protagonistas de sus novelas son mujeres que -por momentos- simulan disfrutar en demasía de la libertad que poseen y son admiradas por ello, pero en el fondo perciben una falta, un vacío que no quieren llenar con ningún combo prefabricado. Así es como esa exaltación de libertad se convierte –también- en una impostura difícil de sobrellevar como cualquier mandato que se siente ajeno, y se enamoran y arriesgan mucho más de lo que sus familias y amistades están dispuestas a dar.



En tu primera novela la protagonista se enamora de un escritor muy comprometido con sus ideas. Seducida por ese bagaje intelectual, inicia una relación con él, pero se decepciona cuando se da cuenta que él -paradójicamente- es incapaz de sostener una relación estable, le parece un hombre infantil. A partir de ahí, irrumpen los clones, que vienen a suplir esa falta para completarlo y hacerlo perfecto. Más allá de que se identifique ese artificio fantástico con la literatura de César Aira ¿por qué elegiste ese recurso? ¿para representar algo fallido? ¿cómo metáfora de que lo perfecto aburre, de que el amor conlleva cierto sufrimiento, de que el deseo no se puede amoldar a parámetros preestablecidos?

Con respecto a los clones del escritor, no tuve una intención deliberada, pero creo que la protagonista quería “jugar a la casita” a cualquier precio, es decir, que podía ser ese escritor con el que se obsesiona el que cumpliera esa función o cualquier otro que accediera a llevar adelante su deseo de formar una pareja estable para toda la vida. El que accede es ese clon medio bobo que se parece al escritor, pero que no es. Tiene que ver más con mostrar que el deber ser del deseo romántico se arma como una función que puede cumplir cualquier persona. El amor a un solo individuo es circunstancial y reglada por lo que nos enseña el sistema social. La protagonista quiere llenar los casilleros de lo que le enseñaron que tenía que completar: tener un esposo, una casita y una familia. Viene de un divorcio, sin embargo insiste estúpidamente en lo mismo, no importa el precio que tenga que pagar. Como bien lo formulás en la pregunta: el deseo no se puede amoldar a parámetros preestablecidos. Es una utopía y un aburrimiento lo del “y fueron felices para siempre”, las relaciones –como la realidad misma- son imperfectas e impredecibles.



En tu segunda novela también se repite el tema del deseo, pero esta vez en clara disputa con ideas del feminismo dominante. Según estas ideas, cuando irrumpe la violencia en una relación con un hombre, la mujer siempre es una víctima y en todo caso, si la mujer deseara una relación de tipo masoquista, parecería que todo tiene que estar debidamente expresado, pautado y acordado previamente. Volvemos, entonces, a una disputa con los parámetros, con la idea de lo que está bien desear/amar y lo que no, a una especie de control sin riesgos. Pero ¿se puede saber realmente lo que se desea de antemano? ¿por qué elegiste contar una historia donde la protagonista desea y elige, a pesar de las dudas y el sufrimiento, continuar una relación con un hombre violento?

Quería contar una historia que tuviera en el centro el deseo femenino, un deseo que no estuviera regido por un deber ser, o por esa idea de que hay amores sanos y otros que son “tóxicos”. El deseo no tiene forma, el deseo puede ser que te fajen, y eso no está ni bien ni mal. Lara elige seguir el camino de estar en esa relación con un señor un poco violento un poco infantil, porque quiere eso. Yo creo, en ese sentido, que Lara no es una víctima: es una mujer libre, educada, que se mantiene sola, que cancherea con distintos tipos. Queda prendada de Dante, el menos pensado para los lectores quizás, pero ella lo hace de manera consciente. Le gusta estar ahí en ese momento, sufriendo lo que haya que sufrir. Claro que tiene dudas por momentos, pero en toda relación amorosa existen dudas, no es exclusividad de las relaciones violentas.

Al contar esta historia quise poner en discusión la idea de que hay cosas que están bien y cosas que están mal y que se miden a través de un sensor social, llámese feminismo, progresismo -ponele el nombre que quieras-, que termina callando situaciones que me parece mucho mejor problematizar que silenciarlas en nombre de un bien decir. ¿Qué mejor campo para la discusión de ideas que la ficción? Imaginate si hubiera un manual de las cosas de las que sí tiene que hablar la literatura y de las que no. Estaríamos en una dictadura del bien decir. Como no quiero eso, escribí esta novela. Las cosas que no se nombran o que se nombran con eufemismos no dejan de existir porque se suavice o elimine su expresión.  




En una entrevista reciente en Télam dijiste “dejar de nombrar las cosas no hace que dejen de existir” ¿por qué creés que se sostiene esta creencia? Y en esa línea, si dejar de decir algo no hace que no exista, ¿qué opinás del lenguaje inclusivo? ¿se puede cambiar una realidad solo por nombrar las cosas de otra forma o también es algo absurdo?

Me parece que no es una creencia sino más bien un imperativo de la época, decir, por ejemplo, “recuperador urbano” en lugar de cartonero, no le hace mejor la vida al pobre tipo que tiene que meter la mano en la basura para sobrevivir, si no que hace más cómoda esa realidad a la persona que enuncia el eufemismo. Suavizar el lenguaje niega las contradicciones y las oscuridades de la realidad. Para poder poner sobre la mesa determinadas cuestiones no hay que edulcorarlas, porque eso deja tranquilo al emisor del mensaje pero mete el problema debajo de la alfombra sin resolverlo, así se evita ponerlo en discusión.

Sí creo que el lenguaje es performático de la realidad porque es a través de él que comprendemos las cosas que nos rodean, pero se va modificando con el uso y en el tiempo. Cada forma que el español fue adoptando lo hizo en interacción con el entorno y con las necesidades comunicativas de la sociedad de cada momento. Romper con el binarismo de género de manera compulsiva no va a hacer que los que no se identifican con ninguna de las dos declinaciones existentes vayan a tener más derechos. El que quiere hablar con la _e que lo haga, pero creo que es una trampa del bien decir que menciono en la pregunta anterior. Los problemas de fondo son otros, la homofobia y la transfobia no van a dejar de existir porque usemos la _e. El lenguaje es fascista, dijo Barthes, y lo seguirá siendo aunque quieran torcerle el brazo inventándole una declinación en género nueva.    

Si elegimos la violencia como tema central, muchas veces en la historia la violencia fue un elemento crucial para generar cambios sociales necesarios e importantes, que uno podría incluso asociar a ideas progresistas. Entonces ¿no te parece sintomático que, en momentos tan críticos para la mayoría, la violencia sostenga solamente una connotación negativa? ¿a qué se lo adjudicarías?

Es una pregunta muy compleja y que excede lo literario ampliamente pero intentaré contestar. El sistema socioeconómico y político en el que estamos inmersos, digamos, “el sistema”, es cada vez más intangible. Es por ello que ya no se sabe a quién dirigir esa violencia como factor de cambio que mencionás, porque no hay un amo reconocible. Vivimos en la ilusión de que somos nuestros propios jefes, las empresas supranacionales no tienen cara y los estados son cada vez más débiles. ¿A quién podríamos dirigir una violencia revolucionaria? Me imagino que es por eso que nos quejamos en redes sociales y jugamos a la cancelación, porque solo hay chivos expiatorios, o métodos expiatorios como manifestarse a favor o en contra de cuestiones en redes sociales. Cada vez más la atomización individualista nos mantiene mansos y babeantes. Hay toda una maquinaria orientada a desarmar toda posibilidad de organización colectiva. Y claro, en relación a los discursos del bien decir que mencioné antes, son parte de esta maquinaria y nos someten a la dictadura de una positividad que no es otra cosa que disciplinamiento disfrazado de buenas intenciones.  

Por último, y para hacerte unas peguntas más generales para los que no te conocen y todavía no te leyeron: ¿Cómo fue que empezaste a escribir? Cuándo escribís ¿te planteás algún objetivo? ¿te gustaría que pase algo con tus novelas?

Mi mamá me introdujo el hábito de leer, ella es una lectora voraz. En mi infancia no había tantas pantallas disponibles como ahora y los libros eran una gran compañía. Cuando llegó la hora de elegir una carrera universitaria –soy hija de profesionales, era impensable que no estudiara- lo único que me gustaba era leer así que elegí Letras. Ahí comencé a tener amigos menos de barrio y más leídos y uno -Julián Urman, que sigue siendo mi amigo- me recomendó que fuera a un taller literario. A los diecinueve arranqué en el taller de Paszkowski, ahí escribía cuentos, cosas cortas. En algún momento me alejé de ese taller y en un momento complicado de la vida se me ocurrió la idea para mi primea novela. Me llevo muchos años armarla, pero en ese plan conocí a Carlos Busqued, que me ayudó a darle forma a mi idea y también nos hicimos amigos. Y luego vino lo demás, pero creo que encontrarse con las personas correctas es fundamental en el camino literario, es un camino que se transita con otros, sobre todo al principio.

Mientras escribo no sé muy bien lo que estoy haciendo, solo me propongo llegar al final de una historia que se me ocurrió previamente y en el recorrido de escritura la historia va tomando forma de una manera autónoma. A veces los personajes o determinada escenas piden algo que no yo sabía desde el principio, el sentido del texto comienza a exigir determinados giros. Es una señal de que el texto se va armando.

Quisiera seguir teniendo la oportunidad de publicar para que mis novelas del futuro también sean leídas.


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