Natalia Ginzburg o el amor por la literatura

En esta oportunidad, Julián Axat escribe sobre la reciente publicación de la biografía de la reconocida narradora, traductora y editora italiana Natalia Ginzburg (1916-1991); de quien se vienen reeditando todos sus ensayos y novelas. Una voz inevitable para pensar estos tiempos.

La editorial siglo XXI acaba de editar en la Argentina, la biografía de Natalia Ginzburg, una de las escritoras más importantes de la Italia de posguerra, cuya voz se fue haciendo notar con el paso del tiempo, hasta convertirse en factor fundamental de la escena editorial y hasta de la disidencia política (fue diputada por la izquierda muchos años hasta su muerte en 1991) desde la especial mirada de una mujer comprometida con los más vulnerables y muy crítica del status quo de la política italiana de los 70/80.

Nacida en 1916 en Palermo, en el seno de una familia acomodada de origen triestino, hija de Giuseppe Levi, librepensador de familia judía, y Lidia Tanzi, mujer de educación católica. Buena parte de su vida la pasó en Turín, donde su padre, profesor universitario de anatomía, fue trasladado en 1919, cuando ella tenía tres años. Tanto su padre como sus tíos fueron apresados y procesados por sus ideas antifascistas. Tuvo una formación laica, pues sus progenitores no eran practicantes. En 1938 se casa con Leone Ginzburg, un intelectual antifascista de origen ruso y profesor de literatura rusa que en 1934 y 1936 había estado en la cárcel por sus ideas. Tiempo después, en 1944, Leone vuelve a ser encarcelado por los fascistas y muere como consecuencia de las torturas. Desde entonces Natalia llevará el apellido de su esposo y así firmará todas sus obras. Con posterioridad, se volverá a casar en 1959 con Gabriele Baldini, profesor de literatura inglesa a quien admiraba, y con quien tendrá dos hijos.

Amiga de Cesar Pavese, Ítalo Calvino, Umberto Saba, Eugenio Montale, Elsa Morente, Pier Paolo Pasolini, Fellini, Sciascia, Bassari, etc. El rol de Natalia en la editorial Einaudi (Giulio Einaudi, dueño de la editorial e íntimo amigo le abrirá un espacio central)  el que será determinante en la recepción de la literatura europea, así como en la publicación de sus contemporáneos y el descubrimiento de nuevas voces de la década del 60. La traducción de obras de Proust, Flaubert, Margarite Duras y Maupassant, son las más conocidas e introducen una nueva forma de atención en la lengua italiana respecto del francés. Natalia es puntillosa y severa como su difunto marido con las traducciones del ruso de las obras de Tolstoi y Chejov. Detrás de cada frase sencilla hay un trabajo de pulido finísimo.

Las  palabras-testamento  del epílogo a las obras de Proust, escritas apenas un año antes de su muerte (Cómo he traducido a Proust, 1990), testimonian bien su sensibilidad de traductora, y ese sentimiento de amor que siempre, más que cualquier criterio teórico y metodológico, ha guiado no solo  su  práctica  de  traducir,  sino  también  su  obra  de  narradora,  de autora  teatral,  de  ensayista  y  de  militante  política.

Hay una obsesión y enamoramiento de Natalia con la literatura, pues su vida entera pasaba por las letras y por las formas del legado que su generación dejaría hacia las nuevas generaciones desde la escritura.

Se ha dicho que deslumbra en Natalia la inmediatez y la claridad de su pensamiento, la capacidad para desarmarlo todo sin depender de un gran aparato conceptual. La suya es una voz desprejuiciada, que entiende las cosas desde más de un lugar a la vez y que argumenta minuciosamente a partir de esa confluencia. Leyéndola da la impresión de que nos enfrentamos al despliegue de una inteligencia pura, de una mirada que se deshace de lo superfluo para hurgar únicamente en lo esencial.

Dimensionando lo anterior, emerge además una conciencia moral que no teme ponerse a prueba discutiendo los temas más delicados o polémicos: el aborto y la adopción, la existencia de Dios. Acompañando esas disquisiciones hay muchas otras más incrustadas en el reino de lo cotidiano. Con delicadeza y humor, en ellas Natalia Ginzburg indaga en temas tan variados como su propia pereza o la búsqueda de una nueva casa, su ambigua relación con la ópera, su frustrada experiencia psicoanalítica o una visita al pueblo de su tan admirada poeta Emily Dickinson.

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Sus obras van desde en 1934 su primera narración, a la que siguieron obras teatrales—Me casé por alegría (1964)—, ensayos—Las pequeñas virtudes (1962), Nunca me preguntes (1970) y Serena cruz o la verdadera justicia (1990)—y novelas y colecciones de relatos—El camino que va a la ciudad y otros relatos (1942), Y eso fue lo que pasó (1947), Nuestros ayeres (1952), Valentino (1957), Las palabras de la noche (1961), Léxico familiar (1963), Querido Miguel (1973), Vita imaginaria (1974).

Maja Pflug además de una de las biógrafas, es la traductora al alemán de Natalia, y encara casi toda su obra revelándonos detalles íntimos y contundentes de quién era como madre, esposa, diputada, editora, amiga y mujer. Como bien apunta Flavia Pittella en el la introducción,  en un relato lleno de color, se muestra la ironía y belleza de una vida que se presenta como sencilla porque esa forma despojada se ha trabajado dura y dolorosamente. Natalia sufrió todo (el exilio interno, la persecución, la muerte de un hijo, la muerte de su mejor amigo y la muerte de un siglo) sin dejar de escribir.

Pero además, no debe dejarse de señalar que Natalia vivió como pocas de una manera feminista. Desafiando muchos de los mandatos sociales de la época que esperaban que acatase: desde la educación y los modales de una “joven formal”, que nunca hicieron carne en ella, hasta las maneras que decidió de hacer una familia y las intensas relaciones de amistad que mantuvo.

Desde el punto de vista de la voz literaria, como dice Pflug, cuando era joven Natalia había querido escribir “como un hombre” y tenía miedo de ser empalagosa y sentimental. Pero después del nacimiento de sus hijos se dio cuenta de que las mujeres les ganan a los hombres en experiencias que las hace fundamentalmente distintas. “En su mayoría las escritoras no logran separarse de los sentimientos cuando escriben, no saben mirarse a sí mismas y a los demás con ironía….”.

Si bien hay una negación íntima a adaptarse a las reglas del pensamiento masculino o a recurrir al lenguaje específico (pues no interesaba medirse tampoco en el terreno de ellos); tampoco hay en ella estridencia, sino asunción de una posición feminista más racional y moderada. “Sé muy bien que soy una escritora pequeña. Si me pregunto ¿escritora pequeña como quién?, me entristece pensar en otros nombres, así que prefiero creer que nadie ha sido nunca como yo, por pequeña que sea, aunque como escritora sea una pulga o un mosquito”.

Quizás uno de los puntos débiles de la biografía de Pflug, sea que omite mencionar la cuestión Primo Levi, uno de los capítulos quizás más polémicos; desde que en 1946, Natalia rechazó el manuscrito de “Si esto es un hombre”, la primera parte de la trilogía de Auswitch; que finalmente vio edición en 1947 gracias a una tirada de 2000 ejemplares pagada del propio bolsillo de Levi. Hasta que finalmente en 1958, Einaudi si se decide a publicarla y el libro se hace famoso.

Tampoco la obra recoge demasiado las voces de sus hijos (salvo la anécdota sobre "Léxico familiar" escrito bajo la lectura atenta de su hijo Carlo Ginzburg uno de los historiadores más importantes de Italia, autor del famoso “El queso y los gusanos”). No hay demasiadas pistas de las voces de sus otros hijos: Alessandra Ginzburg (destacada psicoanalista italiana) y de Andrea un hombre clave de la ciencia económica), o de sus nietos… Siendo que Natalia es una escritora de las que ha retratado la vida, la erosión y los cambios que produce el tiempo, la decepción o las falsas expectativas familiares. Por lo que el mundo familiar y su legado es también importante para reconocer su faceta más íntima (de ahí esas voces). Parafraseando a Juan Forn, quién no hubiera querido ser parte de la familia de Natalia, acaso uno –más- de sus hijos o nietos…

Pues la palabra “familia” es el motor o la pequeña obra de ingeniería (familiar). En la ficción, cuando recurre a la familia, tiene algo de excusa: en Léxico familiar (1963) utiliza a sus hermanos para hablar de la resistencia contra el fascismo. Y cuando habla de su madre se está refiriendo al papel de la mujer en la Italia de los años veinte y treinta: una mujer cultísima que está a la sombra de su marido. Podría decirse que escribe sobre lo que tiene más cerca para hablar de lo que tiene más dentro.

Existe una reciente biografía de Natalia: “La corsara. Rittrato di Natalia Ginzburg”, de Sandra Petrignani (Editorial Neri Pozza Editore, 1918) y que aun no tiene traducción al castellano y que aborda aspectos testimoniales, recoge voces y narra aspectos de la vida de la escritora que no son tan conocidos.

Pero más allá de puntuales omisiones y/o detalles, la biografía que lleva a cabo Maja Pflug es sintética, armoniosa, entretenida y llevadera; con fotos y cronología de los hechos. Un retrato íntimo y público que nos despierta las ganas de leer a una mujer inevitable de la literatura del siglo XX, de quien se está reeditando actualmente toda su obra (especialmente editoriales Lumen y Acantilado). 

Por último no quiero dejar de resaltar el gran trabajo de traducción del alemán de la argentina Gabriela Adamo, de quien tomamos al final su versión del poema “Memoria” incluido en la biografía.


El conocido historiador Carlo Ginzburg, uno de los hijos de Natalia

*

Así escribe

Natalia Ginzburg compuso sólo dos poemas a lo largo de su vida: el primero en 1943, a la memoria de su primer marido Leone Ginzburg, intelectual y militante antifascista, capturado por los fascistas y fallecido en la cárcel de Regina Coeli como consecuencia de una infección, secuela de la tortura. El segundo poema, que acaba de aparecer incluido en la biografía, en el que especula sobre la existencia de Dios, uno de los temas que la obsesionaban al final de sus días y al que le dedicó ensayos, en versión de Leopoldo Brizuela (Pagina/12 del 29/8/2004).

Aquí, ambos poemas:

 

Memoria

Los hombres van y vienen por las calles de la ciudad.

Compran comida y diarios, caminan rumbo a sus asuntos.

Tienen buen semblante, también labios vivaces.

Levantaste la sábana para mirar su rostro,

te inclinaste a besarlo con un gesto habitual.

Pero era la última vez. Era el rostro habitual,

solo que un poco más cansado. Y el traje era de siempre.

Y los zapatos eran los de siempre. Y las manos eran aquellas

que partían del pan y vertían el vino.

Todavía hoy, con el paso del tiempo, levantas la sábana

para mirar su rostro por última vez.

Si caminas por la calle, nadie va a tu lado,

si tienes miedo, nadie te toma la mano.

Y no es tuya la calle, no es tuya la ciudad.

No es tuya la ciudad iluminada: la ciudad iluminada es de los otros,

de los hombres que van y vienen, comprando comida y diarios.

Puedes asomarte un rato a la ventana apacible,

y mirar en silencio el jardín a oscuras.

Antes cuando llorabas estaba su voz serena;

antes cuando reías estaba su risa tenue.

Pero la reja que se abría de noche quedará cerrada para siempre;

Y está desierta tu juventud, apagado el fuego, vacía la casa.

 

(Trad. Gabriela Adamo)


Natalia y su primer esposo Leoni Ginzburg

*

No podemos saberlo. Nadie lo ha dicho.
 Quizás allá no quede más que una red desfondada,
 cuatro sillas de paja desflecadas y una galleta vieja
 mordida de ratones. Es posible que Dios sea un ratón
 y que corra a esconderse tan pronto nos vea entrar.
 Y es posible que en cambio sea esa galleta vieja
 mordisqueada y mohosa. No podemos saber.

Quizá Dios tiene miedo de nosotros y escape, y largamente
 deberemos llamarlo y llamarlo con los nombres más dulces
 para inducirlo a volver. Desde un punto lejano del cuarto
 él nos mirará fijo, inmóvil.

Quizá Dios es pequeño como un grano de polvo,
 y podremos verlo solamente al microscopio,
 minúscula sombra azul detrás del cristalito, minúscula
 ala negra perdida en la noche del microscopio,
 y nosotros allí en pie, mudos, contemplándolo, en vilo.
 Quizá Dios es grande como el mar, y lanza espuma y truena.

Quizá Dios es frío como el viento de invierno,
 tal vez brama y retumba en un rumor que ensordece,
 y deberemos llevar las manos a los oídos,
 y agachados, temblando, replegarnos al suelo.
 No podemos saber cómo es Dios. Y de todas las cosas
 que quisiéramos saber, esta es la única verdaderamente esencial.

Quizá Dios es tedioso, tedioso como la lluvia
 y aquel paraíso suyo es un tedio mortal.

Quizá Dios tiene anteojos negros, un echarpe de seda,
 dos mastines a los flancos. Quizás use polainas
 y está sentado en un rincón y no dice palabra.
 Quizá tiene el pelo teñido, una radio a transistores
 y se broncea las piernas en la terraza de un rascacielos.
 No podemos saber. Ninguno sabe nada.
 Quizá no bien lleguemos nos mandará al espacio
 a comprarle pan, salame y una damajuana de vino.

Quizá Dios es tedioso, tedioso como la lluvia
 y aquel paraíso suyo es la consabida música
 un revolar de velos, de plumas, y de nubes
 y un aroma de lirios y un tedio de muerte,
 y cada tanto una media palabra para pasar el tiempo.
 Quizá Dios es dos, una réplica de esposos
 librados al sopor de una mesa de hotel.

Quizá Dios no tiene tiempo. Dirá que nos vayamos
 y volvamos más tarde. Nosotros nos iremos de paseo,
 nos sentaremos sobre un banco a contar trenes que pasan,
 las hormigas, los pájaros, las naves. De aquella alta ventana
 Dios se asomará a mirar las calles y la noche.

No podemos saber. Nadie lo sabe.
 Es posible incluso que Dios tenga hambre y nos toque saciarlo,
 quizás muere de hambre, y tiene frío, y tiembla de fiebre,
 bajo una manta sucia, infestada de pulgas
 y deberemos correr en busca de leche y de leña,
 y telefonear a un médico, y quién sabe si a tiempo
 encontraremos un teléfono, y la guía, y el número
 en la noche demente, quién sabe si tenderemos suficiente dinero.

 

(trad. de Leopoldo Brizuela)



Natalia Ginzburg, audazmente tímida.

Autor: Maja Pflug, traducción Gabriela Adamo.

Editor: Siglo XXI, 2021.


Sobre el autor: Julián Axat es abogado y escritor.

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