Oferta, demanda, equilibrio y desequilibrio

En esta nota metodológica proponemos discutir algunos aspectos formales necesarios del análisis económico, que muchas veces se dan por supuestos o no se explicitan en las discusiones mediáticas. Entre ellas se encuentran la definición de los conceptos de oferta y demanda y la determinación del punto donde se encuentran, al que solemos dar el nombre de equilibrio.

En esta nota metodológica proponemos discutir algunos aspectos formales necesarios del análisis económico, que muchas veces se dan por supuestos o no se explicitan en las discusiones mediáticas. Entre ellas se encuentran la definición de los conceptos de oferta y demanda y la determinación del punto donde se encuentran, al que solemos dar el nombre de equilibrio.

Cualquier persona que haya asistido a un curso básico de economía habrá visto el famoso gráfico de las tijeras, con una recta de pendiente positiva a la que llamamos oferta, una de pendiente negativa a la que llamamos demanda, las cantidades en el eje de las abscisas y los precios en el de las ordenas (o al revés). Es probable que a esta persona este esquema se le haya presentado como algo natural, obvio, ajeno a las particularidades de ciertas teorías. “Lázaro, levántate y anda; engánchate a la oferta y la demanda”, cantaba Joaquín Sabina. Sin embargo, ¿de qué se tratan? ¿Qué tienen de natural y qué de eminentemente teórico?

El gráfico de las tijeras apareció por primera vez en notas al margen de los Principios de Economía de Alfred Marshall, publicado por primera vez en 1890. Marshall es el exponente de la segunda revolución marginalista, aquella que recuperó los aportes de los padres fundadores (Jevons, Menger y Walras) pero los incorporó al esquema de la teoría de los costos de producción de la economía política clásica (John Stuart Mill), proponiendo una continuidad, y no una ruptura, entre las dos principales tradiciones del pensamiento económico, remontándose hacia Adam Smith.

La curva de demanda tiene pendiente negativa porque, nos dicen, estaremos dispuestos a pagar menos por cada unidad adicional de un bien. Es el principio, elaborado desde el primer marginalismo, de la utilidad marginal decreciente: si los consumidores buscan maximizar su satisfacción eligiendo aquellos bienes de consumo más deseados pero la segunda unidad de un producto genera menos satisfacción relativa que la primera, esta curva tendrá pendiente negativa. Ahora bien, esta es la curva de demanda de los bienes de consumo. En el caso de los factores productivos, lo que nos importa no es el disfrute de su uso sino la capacidad que tengan para producir otros bienes. ¿Por qué tendría pendiente negativa la demanda de insumos de producción o la de trabajo? La respuesta a ello está en un supuesto muy fuerte, muchas veces arbitrario y frecuentemente escondido: la productividad marginal decreciente. Para que las curvas de demanda de factores productivos tengan pendiente negativa es necesario que cada unidad adicional del factor aporte productivamente menos que la anterior. Este supuesto, que se emparenta con el de rendimientos decrecientes a escala, surge de la teoría de la renta de David Ricardo, aplicada en tal caso solo a la producción agropecuaria. Es muy difícil sostener eso en producciones industriales y mucho más en servicios. Sin embargo, es condición necesaria para que la demanda de factores tenga pendiente negativa.

Por su parte, la curva de oferta tiene mayores discusiones. ¿Por qué tiene pendiente positiva? La respuesta simple que vemos en la televisión nos dice que es porque si el precio sube estaremos dispuestos a vender más. ¿A vender más qué? Cuando hablamos de bienes reproducibles, los fabricantes prefieren vender todo lo que sea posible siempre y cuando el precio de venta les reporte un margen de ganancia. ¿Por qué habrían de preferir vender más cuando el precio sube? ¿No deberían preferir siempre vender lo máximo posible?

Aquí, en realidad, se opera en diferentes fases. La versión más simplificada de la teoría neoclásica, la cual muchas veces se reproduce discursivamente, es la de los bienes escasos, no producidos. La oferta es la que hay. En este caso, que el propio Marshall entiende como el cortísimo plazo y retoma de los primeros marginalistas, la oferta no tiene pendiente positiva sino que es una recta vertical. No importa cuál sea el precio, la cantidad disponible para la venta será siempre la misma. Así, en este cortísimo plazo es la oferta la que define las cantidades y es la demanda la que determina los precios.

Precisamente, una de las particularidades de los primeros marginalistas en relación a la teoría clásica es que pretenden llegar a una explicación del precio de mercado en sus más inmediatas determinaciones, lo que se correspondería con este cortísimo plazo. La teoría clásica, en todas sus formas (Smith, Ricardo, los costos de producción de Mill, la crítica de Marx, más adelante Sraffa, etc.) entiende que la explicación económica puede llegar solo a un punto anterior (el valor de cambio o los precios normales), una magnitud tendencial alrededor de la cual los precios de mercado van a orbitar. Así, en un cortísimo plazo, con bienes escasos, los precios también van a estar influenciados por la demanda, o por cualquier cosa.

¿Cómo es la curva de oferta fuera de este cortísimo plazo? Pues bien, Marshall entiende que en un plazo largo rige la teoría de los costos de producción, según la cual los precios son la suma de sus costos. Si estos son independientes de las cantidades producidas, la oferta de largo plazo es una recta horizontal. En este caso, al contrario del corto, es la demanda la que fija las cantidades y la oferta la que determina los precios. Esta explicación es, a su vez, un poco más compatible con el resto de la escuela clásica.

Entonces, ¿de dónde sale una curva de oferta con pendiente positiva, que es la que estamos acostumbrados a ver en los manuales? En el caso de los bienes que se producen, se trata de una curva de costos en la que estos no son independientes de las cantidades producidas. Es decir, producir más o menos puede implicar que el costo unitario sea mayor o menor. Para que la curva tenga pendiente positiva, el costo unitario tiene que ser mayor ante un incremento de la escala. Nos encontramos nuevamente con el supuesto de los rendimientos decrecientes que ya habíamos presentado en la demanda de factores. A su vez, en la teoría neoclásica la estructura del mercado impactará en la forma de dibujar esa curva, mas en condiciones normales la pendiente positiva se asocia directamente a los costos marginales crecientes. Así, solo tiene sentido asumir una curva con pendiente positiva si asumimos rendimientos decrecientes, algo que, como ya mostramos, no tiene sustento empírico a nivel general en la economía.

¿Y qué ocurre con los factores de producción que no son producidos? En particular, ¿qué sucede con el trabajo? La curva de oferta de trabajo con pendiente positiva surge de una teorización de las preferencias del trabajador, quien decide ofrecer más horas de trabajo cuando el salario es mayor. Las serias inconsistencias teóricas de esta explicación fueron expuestas con claridad en el capítulo 2 de la Teoría General de Keynes. Dejamos para otra columna la discusión sobre la oferta y demanda de capitales en un contexto de tasa de ganancia uniforme, ya que esto trae otros problemas.

La teoría neoclásica nos dice que en condiciones competitivas todos decidimos cantidades y tomamos precios. Cuando vamos al supermercado, elegimos cuántos kilos de fideos comprar, pero no a qué precio hacerlo. Pero el productor tampoco puede decidir el precio de lo que vende, dado que en competencia perfecta solo podrá vender al mismo precio que sus competidores. Entonces, sumando todas las demandas y todas las ofertas llegamos a lo que se conoce como el punto de equilibrio y a la determinación de las cantidades y los precios. En esta ficción competitiva surge la idea de que este precio resultante es natural o verdadero.

La forma de las curvas (demanda con pendiente negativa, oferta con pendiente positiva) es importante para asegurar que este precio de equilibrio no solo sea natural y verdadero sino también eficiente: que no quede demanda insatisfecha (consumidores dispuestos a pagar el precio de equilibrio o más y que no hayan conseguido comprar) ni oferta insuficiente (productores dispuestos a vender al precio de equilibrio o más barato y que no hayan podido hacerlo). Así, si el resultado natural es eficiente, queda legitimado el rol del mercado como el mejor asignador de recursos. La frase usual en este caso es “los mercados se vacían”, en base a la alegoría de León Walras, uno de los primeros marginalistas, que imaginaba una feria diaria en la que no podía quedar stock para el día siguiente.

Imaginemos qué sucedería con esta afirmación si la oferta tuviera pendiente negativa, precisamente porque los costos marginales son decrecientes. En particular si la oferta es más empinada que la demanda, es evidente que a la derecha del punto de equilibrio nos encontraríamos con productores dispuestos a vender a un precio inferior al de equilibrio e incluso inferior al que los demandantes estarían dispuestos a comprar. Oferentes que quieren vender más, demandantes que quieren comprar más, precios que pueden bajar, y un equilibrio en otra parte. No tiene mucho sentido. Y si lo tuviera, claramente no sería una respuesta eficiente.

¿Cómo explica, entonces, la teoría neoclásica las situaciones en las que los mercados no se vacían? Debe haber alguna intervención externa, alguna regulación, prohibición o ejercicio de poder extraeconómico. Si los precios de mercado son los más eficientes, una regulación (por ejemplo, un precio máximo) solo puede agregar ineficiencia. Si el precio regulado es menor al que habría en equilibrio (si no lo fuera, no estaría operativo), quedarán demandantes insatisfechos dispuestos a pagar el precio regulado o más. Ahora bien, de nuevo, la única razón para que no haya una oferta que responda a esa demanda insatisfecha al precio regulado es que la curva de oferta tenga pendiente positiva, lo cual, como ya vimos, requiere de supuestos restrictivos y que no necesariamente se cumplen.

¿Qué significa cuando la demanda o la oferta suben o bajan? En principio, que se mueve toda la curva, pues cambió alguno de sus parámetros exógenos, quedando la otra quieta. Si partimos de un punto de equilibrio y una de las dos curvas se mueve, lo que nos dice la teoría es que debemos arribar al nuevo punto de equilibrio. Es decir, la perturbación ocasiona un desequilibrio transitorio, un exceso de oferta o de demanda, que ha de resolverse por los mecanismos de mercado. En este sentido, los excesos siempre son fugaces. Nunca podría haber, por un tiempo largo, un exceso de oferta o de demanda, a menos, de nuevo, que haya alguna restricción extraeconómica operando. Precisamente, la evidencia del desempleo (exceso de oferta de trabajo) en el largo plazo fue el punto de partida de Keynes para desarmar los fundamentos de esta teoría.

En síntesis, muchas veces escuchamos oferta y demanda (en general en ese orden) como si fueran elementos naturales y evidentes. “¿Qué vas a hacer? El precio sube, es oferta y demanda”, suena casi como una resignación del mismo tenor que “¿Qué vas a hacer? Llueve”. Sin embargo, en economía nada es autoevidente y las simplificaciones mediáticas suelen esconder supuestos, particularidades y fundamentos teóricos que no se quieren explicitar. Las curvas de oferta y demanda son uno de los ejemplos más recurrentes.

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