Pigmalión, Afrodita y Galatea

“Enamorados de nuestra propia creación solo creeremos en nuestras propias mentiras”.
El mito de Pigmalión nos enseña que no debemos creernos nuestras propias mentiras ni mucho menos las mentiras de los demás.


Habíamos pensado, estimado lector, en otro título para esta poco inspirada queja. Nos parece, atento esta breve introducción, poco gentil el privarlos de esa primera nominación.

Tal era “La paradiplomacia isleña y la papanatez continental”. Nos pareció un poco agresivo y desistimos, no sin una ardua meditación.

Se nos antoja un poco más pretencioso, es cierto, pero más adecuado, este título que ahora utilizamos, quizá para guardar las formas o quizá para satisfacer nuestra frustrada vocación literaria.

Sea como fuere, el caso es que abusaremos de nuestra condición de ilustres desconocidos para gozar de cierta impunidad, al tiempo que admitiremos nuestra proverbial falta de idoneidad en este y en casi todos los temas.

Pero vivimos en un tiempo en el que el maltrato a la palabra es solo comparable con la falta de formación en su uso y abuso. Nos alegramos por esta posibilidad.

Pero ¿era Narciso tan impresionantemente bello como él se percibía a sí mismo, o era esa la misma percepción que tenían de él los demás? En cualquiera de los dos casos, lo importante es la realidad, la que existe, la que puede ser interpretada, pero nunca creada.

Una inadecuada interpretación de esto último puede condenarnos, tal como sucedió con la Ninfa Eco, a consumirnos, o como al propio Narciso, a morir ahogados en nuestra propia vanidad.

¿A dónde vamos con tanto rodeo? Rogamos paciencia y calma, ya estamos a punto de ingresar al asunto.

Sería muy fácil para nosotros, como pareció serlo a legiones de cronistas, atacar las declaraciones de la Sra. Presidenta del PRO cuando, en un tono socarrón y casi despectivo, afirmó que para garantizar las pretensiones de Pfizer en torno a la venta de su vacuna contra el COVID-19 a la Argentina “podríamos darles las Malvinas”, sin ruborizarse y sin que nadie le repregunte.

No podremos, por extensión y por falta de capacidad, dar mensura a lo que la “causa Malvinas” representa al pueblo argentino, y lo que la reivindicación de su soberanía conlleva para el Estado nacional.

Abundar en ello sería no solo desmerecerlo, sino incluso bajar a un terreno en el que al parecer cierta parte del arco político se siente en su elemento, el de las simplificaciones ridículas.

Tampoco vamos a meternos con el manejo de la pandemia que lleva adelante el gobierno, ya que eso merecería un profundo análisis de especialistas. No; intentaremos hacer ver a nuestro lector que la ligereza y banalización de todo, quien sabe con qué propósitos (confesables o no), llevan a una constante degradación intelectual y retórica que termina mezclando irremisiblemente todo en una sola jerarquía de baja laya: la de la imperiosa necesidad de obtener un rédito a toda costa.

Y parece que esa táctica da resultado en sus seguidores.


Sin la historia no somos nada

No se asuste, no hablaremos del largo derrotero histórico que nos trajo hasta aquí en la cuestión Malvinas. No hablaremos de las bulas pontificias, ni del Tratado de Tordesillas, ni siquiera de Port Egmont, ni del Tratado de San Lorenzo. Mencionaremos al pasar al Coronel de Marina Jewett, por ser inevitable, o el tratado de 1825. Mencionaremos por respeto a Luis Vernet, al Gaucho Rivero y por obligación a los Acuerdos de 1971, interesante y más que válido punto de partida que hubiera podido desembocar en una solución y evitado muertes tan gloriosas como aún dolientes.

No, dejaremos eso para su espíritu curioso e inquieto. Incluso se lo dejamos, con modestia, a la Señora Presidenta del PRO.

Seremos menos ambiciosos y más directos y avanzaremos hasta el siglo XX, más precisamente al año 1960, cuando en pleno proceso de descolonización, la ONU dicta una resolución importante, la 1514 (14-12-1960), en la que se pretendía poner fin al colonialismo en todas sus formas de manera rápida e incondicional”. Consagra para ello dos principios fundamentales, el de la autodeterminación y el de integridad territorial.

Resumiremos (parte de nuestro cuadro político opositor no es proclive a lecturas extensas). “Todo intento encaminado a quebrar total o parcialmente la unidad nacional y la integridad territorial de un país es incompatible con los propósitos y principios de la Carta de la ONU”.

Tampoco nos vamos a poner geográficos, es muy fácil encontrar hoy en día los fundamentos que ponen a las Islas Malvinas y archipiélagos circundantes como una formación geológica emergente común, sin perjuicio de lo cual, atento la 1514 ser una resolución jurídica de derecho internacional, entendemos que la integridad territorial está referida a la misma desde ese enfoque, el jurídico, y para ello deberá, estimado lector, echar mano a los elementos históricos que caprichosa e insuficientemente ya mencionamos.

Pero, viendo lo que diremos más abajo, atentos a este dato…

La consecuencia directa de la Resolución 1514, merced a la magistral actuación de una diplomacia extrañamente seria y eficiente, fue el dictado de la Resolución 2065, que estableció algunos parámetros interesantes, que, al parecer, conviene refrescar, aunque sea torpe nuestro actual arco opositor.

En ella la ONU insta a las partes a resolver en el marco del Comité de Descolonización la cuestión Malvinas, teniendo en cuenta los “intereses” de los isleños (el resaltado de “intereses” es malicioso y por lo tanto intencional).

Vaya un breve pasaje de reconocimiento a Lucio García del Solar, Bonifacio del Carril y por supuesto al presidente Arturo Illia.


Cómo no creernos nuestra propia mentira

Este subtítulo se nos antoja como la premisa a tener en cuenta por cualquier diplomático británico al que le toque en suerte tratar este tema.

En efecto, sus esfuerzos en relación a la justificación de su presencia en las islas han pasado desde desvirtuar el utis possidetis juris, a hablar de prescripción adquisitiva, para luego incursionar en la autodeterminación de los pueblos, sin dejar de rozar el tema de la no violación por su parte de la integridad territorial argentina.

Aun entrando a analizar liminarmente el argumento de la prescripción, de más que dudosa aplicación al derecho internacional, pero de todos modos frágil atento la incesante reclamación nacional, que tendría un claro efecto interruptivo, no cabe más que estarnos a la una resolución negativa si por ese camino se circulare.

Quedaría pues el camino de la “autodeterminación”, instituto que involucra conceptos tales como “pueblo”, “voluntad”, “integridad territorial”, entre otros. La cuestión de los “deseos” por sobre los “intereses” de los isleños aparece entonces como un buen argumento, ante la fragilidad de la posición británica, para intentar hacer ver a los pobladores isleños no como una población implantada, sino como una población originaria.

Mala suerte para un buen intento: la Resolución 2065 habla de “intereses”, cuestión que la diplomacia inglesa durante la guerra intento correr del foco, al hablar de los “deseos” de un conjunto de personas que responden a la corona, viven en las islas merced al desalojo de la población argentina y que gracias a promesas y mejoras posteriores a la guerra sin dudas responden a los mandatos del Reino Unido.

Aduna esta postura el hecho que la autodeterminación queda excluida frente a la cuestión de la integridad territorial, violentada por Inglaterra desde 1833.

Argumento eficazmente contrastado, dicho sea de paso, en 1964, por el delegado argentino ante ONU –José María Ruda- quien por desgracia para los británicos (y estamos tentados a decir, para algunos argentinos) expresó: “… consideramos que el principio de libre determinación seria mal aplicado en situaciones en que parte del territorio de un Estado independiente ha sido separado, contra la voluntad de sus habitantes, en virtud de un acto de fuerza por un tercer estado… Estas consideraciones se ven agravadas muy en especial, cuando la población originaria ha sido desalojada por este acto de fuerza y grupos fluctuantes de nacionales de la potencia ocupante la han reemplazado…”.

Reemplazar intereses por deseos es darle a esta laboriosa y exitosa gestión un valor nulo, ya que si lo importante son los deseos de los habitantes es dable pensar que en la situación actual prevalecerían los del Reino Unido.

Estos últimos conceptos sería conveniente arrimárselos a cierto sector de la intelectualidad de la derecha, que hace muy poco enfiló sus argumentos hacia la idea de “respetar a los pobladores en sus derechos e ideas”, fatídico pensamiento quintacolumna.

Hasta el momento, los reveses diplomáticos más fuertes desde el punto de vista argentino fueron consecuencias directas de las acciones bélicas de 1982, encarnados en las resoluciones 502 y 505.

La primera en sus considerandos dice: “… Profundamente preocupado por los informes acerca de una invasión por parte de las fuerzas armadas de la Argentina el 2 de abril de 1982…”, la claridad del calificativo de “invasor” exime a mi parte de mayores comentarios.

Esta resolución y sus prolegómenos son blanco de ácidas críticas en el informe Rattenbach realizado con posterioridad al conflicto armado.

La resolución 505, quizá más inocua en terminología, pero pletórica de posibilidades, instaba a un cese el fuego y propugnaba la intervención de veedores de la ONU para un eventual proceso de paz… Margaret Tatcher tenía otros planes.

En efecto, teniendo en mente esto de no creernos nuestra propia mentira, no caer en la desgracia de Narciso, Inglaterra forzó una situación para continuar con el curso de la guerra, en la que se sabía victoriosa, sobre todo por datos que fueron descubiertos por nuestra propia diplomacia ya el 1 de abril de 1982, esto es el apoyo incondicional diplomático y fáctico de los EEUU a la “causa”… intereses, que le dicen.


La paradiplomacia isleña

Desde ya hace cierto tiempo, el gobierno ilegitimo de las islas se ha embarcado en una carrera, digitada por el Reino Unido (recordemos que existe una distribución de cargos en el órgano de gobierno ilegal isleño con fluctuante mayoría de residentes ocasionales), enmarcada en lo que se ha dado en llamar “paradiplomacia falklander”, lo que a la postre será la Galatea del Reino Unido.

Esta incluye una suerte de política exterior, dirigida a aislar a la Argentina en su reclamo, iniciando con sus vecinos regionales, ámbito donde se han tenido apoyos célebres, que parecen empezar a mermar.

Desde la creación de organismos conservacionistas hasta la explotación de permisos de pesca y exploración submarina de recursos; la denominación de los ocupantes como “falklanders” y no como “kelpers”; la creación de órganos y concursos para que habitantes de la región sudamericana visiten las islas, y hacerlos presa de un adoctrinamiento plagado de datos erróneos (como que los archipiélagos en disputa son emergentes de África y no de América).

El claro objetivo es diferenciar a las islas del Reino Unido, hacer ver ante los ojos de algún desprevenido que se trata de una población con identidad, con tradición y costumbres propias, y con ideas de figurar en un concierto político internacional subregional como una suerte de unidad política con “determinación” y entidad.


Pafos en ciernes

Es indudable, al menos lo es para nosotros, que se trata de una política sobre la que hay que poner el foco, porque pareciera estar comenzando a tener éxito.

Incluso diremos, adelantando una conclusión, que ante la actitud argentina resulta hasta excesiva la actividad británico-isleña. Nos explicamos: sin dudas nos sobreestiman o están acostumbrados a enemigo más pertinaces), por cuanto la candidez –de algún modo hay que llamarla- de este tipo de declaraciones -como las de la Sra. Presidenta del PRO- no hace más que el caldo gordo a una ofensiva no tan difícil de eludir. Y se trata de la principal coalición política opositora que ya fuera gobierno en años previos.

También desconoce supinamente la declarante los términos de la Cláusula transitoria 1era de nuestra Constitución Nacional, que junto con la provincialización de Tierra del Fuego representa una política de Estado clara enfocada hacia un derecho irrenunciable.

Pigmalión se enamora de una estatua que él mismo hizo, a la que Afrodita da vida convirtiéndola en Galatea.

Nunca me hubiera imaginado que Afrodita forma parte del arco opositor argentino, quien en su afán sectorial echa mano de recursos que van más allá de lo imaginable.


Sobre el autor: Hernán Longoni es abogado, especialista en defensa nacional (UNDEF).


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