Poemas & Autos (Parte 1 “Benditos coches”)

En esta oportunidad, Julián Axat arranca la saga dedicada a vincular poesías y automóviles. En esta primera tirada escribe sobre la antología “Los autos” (poemas a cuatro ruedas), editada por En Danza en 2017, que reúne la voz de autores argentinos y extranjeros, dedicados a autos de todas las gamas, formas y estilos.

“Un automóvil de carreras es más bello que la Victoria de Samotracia”

Marinetti

El 12 de noviembre de 1928, el poeta Vladimir Maiakovsky escribe una carta a su amada Lili Brik desde París. Allí le cuenta que quiere usar sus ahorros para comprarse un Renault último modelo y llevar a cabo su idea de hacer París-Moscú a bordo del rodado. 

Dice Vladimir: “El coche es simpático. Tú misma, probablemente, sabes cuál es (…) Pedí que me lo entreguen de color gris, pero me contestaron que no saben si llegará a tiempo; en este caso será azul oscuro. Me quedo yo mismo en coche en consignación en el taller, embalarlo y despacharlo…” (Cartas de amor a Lili Brik, Edic. de la Flor, 1970).

El amor por los autos será para los futuristas una obsesión; pues las máquinas rodantes imbuyen poesía y, como dice la cita con la que iniciamos este texto, en términos de estética, el automóvil de carreras es más bello que la Victoria de Samotracia.

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El auto como obra de arte

Es la poesía de la máquina. El run run de los motores. La poesía en movimiento traccionada a vapor, a electricidad, a gasolina. Lo “nuevo” de las vanguardias es que los artefactos cumplen la misión de “cambiar la vida”.  A inicios del siglo XX la aparición del automotor generó todo tipo de mitos; entre ellos, el de la máquina perfecta. Una máquina como obra de arte.

A diferencia del barco, los aviones o el ferrocarril, el automóvil será el rey de los objetos futuristas. La proyección de los tiempos venideros.  En palabras –otra vez– de Filippo Tommaso Marinetti: “el vehemente dios de una raza de acero”.  

Para Henry Ford, no hay automóvil sin poesía. Por eso la publicidad de  las máquinas que lleven su apellido, aun seriadas por el proceso bautizado como fordismo, será el signo de los tiempos.

La paradoja del automóvil es –desde entonces–  la de la lucha permanente por no perder el aura de su matriz: esa manifestación irrepetible de una lejanía que vio la luz del primer Ford A de 1903 que era de colección y fue ensamblado artesanalmente pieza a pieza. A diferencia del primer seriado de línea de montaje, el Ford T de 1908, como réplica de una réplica.

Autos de colección versus autos seriados. Autos autenticas obras de arte versus autos mercancía –tarde o temprano- descartables.

Volvamos a Maiakovski, esta vez a su visita a la fábrica Ford, en sus crónicas del viaje por América: “Ford se afianzó en Detroit y cada día salen por los portones de sus fabricas siete mil nuevos cochecitos de sus talleres que trabajan infatigables días y noches…” Y el asombro del poeta ante sistema fordista que describe poéticamente: “… el trabajo se mueve delante de los obreros. Ubican los chasis desnudos, como si el automóvil estuviera todavía sin pantalones. Le ponen las alas sobre las ruedas, el automóvil se mueve junto con usted hasta llegar a los motores, y con grúas especiales le meten cada una de las ruedas; luego bajan del techo las roscas y llantas y desde abajo los obreros en cadena golpean con sus martillos...Después de pasar por miles de manos, el chofer se sienta al volante y el coche sale de la cadena rodando hacia los patios de la fábrica” (de Obras escogidas T.IV. Edit. Platina, Bs. As. 1959, Págs. 98/100)

 “Rápidos como rayos, elegantes como panteras, resistentes como tanques”, la publicidad y el marketing echarán mano a la palabra poética para describirlos, apelando al mito del futurismo. Y así el automóvil siga siendo más bello que Victoria de Samotracia.

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La antología sobre ruedas

Siguiendo este espíritu: el motor, el asfalto, las ruedas, la música, los retrovisores, los paisajes, las chatarrerías, el humo, los faros, el tuneo, los boxes, el aceite, el ruido que emana de los motores; todos elementos poéticos que se conjugan para la edición de Los autos (poemas a cuatro ruedas). Una maravillosa antología del ramo, editada por En Danza en 2017.

Tras rastreo de años, el editor Javier Cófreces  y el antólogo Maximiliano Legnani se unen con el fin de recopilar y amalgamar el mundo de los autos con la expresión poética.  Una obra por la que desfilan versos de conocidos poetas norteamericanos, europeos y argentinos que se refieren a vehículos propios o ajenos, a distintas circunstancias de vida donde el auto estuvo presente y al evocarlo produce un destello, acaso el recuerdo de un instante de amor o peligro.

Citroën, Ford, Renault, Chevrolet, Mercedes, Torino, Dodge, Pontiac, marcas conocidas que aparecen en el libro y que la memoria poética transforma en imágenes del “Toro”, el Káiser Carabela, el “Chevy”, el Falcon, el escarabajo “Fusca”... Es esa apropiación del objeto la que permite “vehiculizar” anécdotas o usos del pasado que se cristalizan en retratos donde el automóvil aparece como integrante más de la familia. Tener (o no tener) el carnet del ACA. El recuerdo de la “picada” callejera o las carreras de TC en la TV los domingos al mediodía. Auto y nostalgia se dan la mano.

Ya la revista La Danza del ratón, dirigida por Cófreces había publicado en el año 2000 un adelanto con trece poemas alusivos, pero el material quedó dando vueltas o fue proyecto inconcluso, quizás le faltaba alguna tuerca o buscaba el momento para retornar… Hay cosas que deben madurar y requieren un tiempo; pues el mundo del automóvil y la expresión poética si bien se conjugan con cierta facilidad, la cuestión es el tipo de ensamble posible. El criterio de superposición de planos implica el riesgo de caer en pastiches o generar un corpus forzado. Tema para entendidos.

Por eso es un gran acierto que “el taller” de esta antología madurara diecisiete años y haya llegado a manos de un joven como Maximiliano, que además de ser poeta, se crió en el mundo de los “fierros”. Los “Legnani” son familia relacionada con ese folklore. Padre y abuelo se han dedicado -desde hace décadas-  a la transmisión del automovilismo deportivo (Campeones).

Las historias de Carlos Alberto Legnani siguiendo al “Lole” Reuteman por todo el mundo, no tienen desperdicio; a modo de perlita Maximiliano cuenta en el prólogo cómo su abuelo se las ingenió para transmitir a la argentina el gran premio de Estocolmo, colgado de una torre de luz. Todo un hecho poético.

Es evidente que en el encuentro de ese legado, Cófreces (que es también fana del automovilismo) se quedó más tranquilo. Sabía que estaba en buenas manos. Entonces, pudo hacer de copiloto y dejar a los Legnani para que hagan lo que saben hacer.

En fin, un libro altamente recomendable, incluso para un profano como quien escribe, que jamás le dio bola al mundo automovilístico y que aprendió a manejar recién a los 30 años.

El libro cuenta además con un bonus track: las ilustraciones de los dos artistas argentinos más importantes especializados en la materia, Jorge Ferreyra Basso y José María Villafuerte, cuyas obras lucen en los museos de automovilismo más destacados del mundo.

Benditos los coches mientras nos permitan recobrar la memoria y conserven su aura; y no se transformen en objetos malditos y hasta del apocalipsis (de eso hablaremos en nuestra próxima entrega: Poemas & Autos- Parte 2 “malditos los coches”)

Javier Cófreces y Maximiliano Legnani, editor y antologador, en la presentación del libro en 2017

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Algunos poemas de la antología "Los autos (poemas a cuatro ruedas)

Se transcriben aquí algunos de los poemas de la antología (el libro puede descargarse en forma gratuita en la página web de la editorial En Danza)

 

La balada de los autos

"Puede ser el precio por tomar de más",

dijo el doctor arrodillado,

y pidió que removieran al hombre

cuando comprobó que estaba muerto.

Levantaron y trasladaron

el triste cuerpo inmóvil,

para llevarlo al pueblo más cercano

a la espera del forense.

Le cubrieron el rostro,

y los conductores de los autos detenidos

en la puerta del mercado

hablaban del accidente sin cesar.

"Tal vez haya bebido demasiado,

nada nos podría ayudar

a traerlo nuevamente a este mundo,

a despedirse de su amada."

"No hay calle alguna en Inglaterra

que un hombre ebrio pueda cruzar,

sin mirar hacia los costados

y también hacia adelante y hacia atrás."

Le descubrieron el rostro

y el forense lo examinó;

los autos detenidos en la puerta del mercado

ya habían retomado sus caminos.

(Rudyard Kipling)


El automóvil de carrera (fragmento)

Vehemente dios de una raza de acero,

Automóvil ebbrrrio de espacio,

que piafas y te estrrremeces de angustia

tascando el freno con estridentes dientes…

Formidable monstruo japonés

de ojos de fragua,

nutrido de llama

y de aceites minerales,

ávido de horizontes y presas siderales…

¡yo desencadeno tu corazón que golpea diabólicamente,

desencadeno tus gigantescos neumáticos,

para la danza que sabes danzar

en los blancos caminos de todo el mundo!

¡Aflojo finalmente

tus metálicas riendas

y con voluptuosidad te lanzas

al Infinito liberador!

Ante el ladrido de tu gran voz

he aquí al sol que se pone a perseguirte veloz,

acelerando su sanguinolento latido en el horizonte…

¡Mira cómo galopa, al fondo de los bosques, allá abajo!...

¿Qué importa, mi bello demonio?

¡Estoy a tu merced!... ¡Prrréndeme!... ¡Prrréndeme!

(Marinetti, Filippo Tommaso)


Renault 12 gris modelo 90

No iré lejos en este cascajo

Todo en él se cae a pedazos

No hay modo posible de recuperar

Esta masa de fierros

Vencida por el tiempo

Y tantos dueños

Que la sometieron al rigor

De las rutas argentinas

Hasta el fin

Y ahora que no arranca…

(Nuñez, Carlos – Santa Fé, 1988)


Hombre al volante

En manos

de sus anchas manos firmes

un hombre

no piensa en otra cosa

su potente perfil

hacia destino

como un ave de piedra

el que sabe conducir no deja

que nada lo devore

de sus pies salen

chispas

rojas alas de su nave

leva el hombre

preciso es que no piense

en otra cosa

un ateo cabal

sólo cree en sus manos

(Colombo, María del Carmen (Buenos Aires, 1959)


Citroën

Regresábamos en un Citroën

rojo, desde una laguna de sal,

un pueblo ahora de fantasmas,

a nuestra casa, en la luz. Y él

cantaba, de viva voz, como

nunca cantaba, voglio vivere

Coisi, con il sole y fronte, y

mi madre y nosotras también

cantábamos.

(Andruetto, María Teresa (Córdoba, 1954)

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Los autos (Poemas a cuatro ruedas), 144 págs.

Selección y prólogo de Maximiliano Legnani

Ediciones en Danza

Buenos Aires, 2017

Para bajar el libro gratis en pdf.


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