Poemas & autos (Parte 2 “Malditos coches”)

En esta oportunidad, Julián Axat continúa la saga dedicada a vincular poesías y automóviles. En esta primera tirada escribe sobre “Autogedón” (1991), de Heathcote Williams, editado y traducido al castellano en 2016 por la El pasquín, un año antes del fallecimiento del autor. Poesía y ciencia ficción: cuando los automóviles se transforman en pesadilla apocalíptica.

Lo que Ford y Hitler comenzaron, 

/la industria automotriz/ 

parece estar completando…

Heathcote Williams


La semana pasada hablamos de los automóviles, esas máquinas soñadas por el futurismo de principios del siglo XX como parte de un salto en el progreso de la humanidad. Y también hablamos de poetas, los de aquí y allá, aquellos que les dedicaron sus versos maravillados con la irrupción en la vida cotidiana y el aura de las cuatro ruedas. En esta oportunidad volvemos a la carga con el mismo tema, pero desde otra arista. 

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Al final del  camino

Hay un momento de quiebre en Sal Paradise (Jack Kerouac) y ese momento es el de agotamiento de su propio periplo. Necesita parar. La Ruta 66 que conecta al dinamo vital  de su amigo Dean Moriarty (Neal Cassady) ya no es el descubrimiento del mundo. No es ya (este-oeste) Nueva York, ni San Francisco, ni Chicago, ni Nueva Orleans, ni la misma Ciudad de México.

Como en toda odisea, al final de la novela “On the road” hay un decaimiento del espíritu aventurero beatnik, que es –en cierta forma–  también el ocaso del medio empleado. Su saturación. O mejor dicho: los vehículos que estos poetas tomaron prestados y con los que viajaron a toda velocidad para liberar su sueño americano, ahora pasan a ser problema. Su propia decadencia.

Lo dirá Kerouac:

 “El problema del tráfico es/ meramente que los coches por/ millones nos someten a/nuevos sistemas urbanos que requieren/ horas de trayectos de ida & de vuelta hasta/ nuestras necesidades, por arterias/ “congestionadas”,/ naturalmente, donde antaño/ hubieras caminado. Éstas/ son todas las condiciones que señalan/ hacia la inminente muerte/ cancerosa de América, la/ Pieza Definitiva en la Máquina/ Civ. Occidental. El/ supremo resultado final de/ las primeras formas Fálicas Góticas (…) & el compresor/ motorizado & los pistones de/ los grandes motores. La Máquina/ copula, a los hombres/ ya no se les permite…” (De Libro de los esbozos, Bruguera, Madrid, 2008).

Tanto J.G.Ballard (en Crash), como Stephen King (en Carrie), fueron continuadores de aquella profética de Kerouac en la que el automóvil se convierte en fuerza amenazadora, casi sobrenatural; al estilo de una maldición que pone en riesgo la dimensión de lo humano y su entorno de vida. Pero quien llevará esta idea a su paroxística, será el escritor inglés Heathcote Williams, en su largo poema Autogedón escrito en 1991, obra de la que aquí vamos a hablar.

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Autogedon en la Argentina

Virtualmente desconocido en el ámbito hispanoparlante, Heathcote Williams nació en Helsby, Inglaterra en 1941. Fue poeta, actor y dramaturgo. Pero también fue un activista que se movía en varios registros a la vez, y que ejercía la polémica como su arma preferida (se lo recuerda a Williams como uno de los más apasionados oradores del Speaker´s Corner de Hyde Park de Londres.

Su obra está muy atravesada por el dispositivo oral y escénico (se aprecia la clara influencia de Harold Pinter y Samuel Beckett). Se destaca su trilogía sobre el medioambiente: Whale Nation (1988), Sacred Elephant (1989) y Autogedon (1991). Pero también su diatriba antimonárquica: Royal Babylon (2012) y The Army of the Dog (2016).

Heathcote falleció luego de una larga enfermedad en 2017, a los 75 años de edad; apenas un año después que el joven traductor y escritor Matías Carnevale (Tandil, 1980), consiguiera contactarlo personalmente, y lograra hacerse de los derechos de la obra Autogedón, para su traducción y publicación aquí en la Argentina.

Cada vez que es leído, el largo poema recobra absoluta vigencia. Por su efectismo, se presta especialmente para el monólogo dramático o para hacer covers. Circula en internet la conocida versión filmada por la BBC e interpretado por el actor inglés Jeremy Irons. También encontraremos el homenaje del músico Julian Cope en su álbum Autogeddon (1994), un verdadero blues apocalíptico: 

 



Ambas no tienen desperdicio.

Williams parió el libro como diatriba en medio de un contexto internacional complejo de principios de los 90´; en el que el ritmo acelerado de la industria automotriz comienza a superar toda capacidad de su demanda.  Para finales de los 80´ el stock excedente de automóviles atiborra el mercado con miles de marcas; a esto se le agrega que las ciudades comienzan a mostrar signos alarmantes de polución y smog, y el impacto medioambiental es cada vez más un fenómeno preocupante que expone –tarde o temprano- a una catástrofe (ya en 1992 Al Gore publicará el clásico Earth in the Balance: Ecology and Human Spirit, en el cual plantea una revolución ecológica necesaria para el siglo XXI. La polución de los automóviles ocupa un lugar central).



Pero el inicio de una década de los 90, también lo marca la Guerra del golfo y la invasión de Irak a Kuwait, lo que escalará el conflicto de medio oriente y las consecutivas intervenciones de los EEUU, en función del preciado “oro negro”. Pero son también las protestas mundiales contra las grandes empresas petroleras y otras tantas marcas que ofrece el capitalismo más salvaje, envueltas en numerosos escándalos internacionales de corrupción, derrames y hasta como facilitadora de masacres en el tercer mundo.

“Armagedón” es el término bíblico que aparece en el libro del Apocalipsis, capítulo 16, versículo 16. Aunque el término es de origen cristiano, varias religiones y culturas lo emplean para referirse generalmente al fin del mundo o al fin del tiempo mediante catástrofes. “Autogedon” es una clara derivación semántica, en el que el destino profético de la humanidad tiene un culpable en la conformación compuesta del sustantivo. 

El automóvil se convierte, así, en signo oscuro de los tiempos, y Williams lo siente, lo percibe, y escribe en este extenso poema que, como bien dice Matías Carnevale en su presentación, está a mitad de camino del Howl de Ginberg y las protestas contra Shell, tan bien documentadas por Naomí Klein, en No Logo (2000). “…El poema es un cachetazo al conformismo, y permanece igual de contemporáneo que en el momento de su publicación” (se refiere a 2016). “A nivel técnico –lírico– el poema tiene la fuerza del humor negro, la sátira y el uso de neologismos producto del ingenio del autor. Abundan las referencias históricas, las alusiones a disciplinas tan diversas como la química, la mecánica, la publicidad, la física, la biología y el psicoanálisis…”.

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Ludismo y ciencia ficción

Como cuenta Pablo Capanna (Maquinaciones, Paidós, 2001), hasta 1895 los autos a vapor (steamers) dominaban el mercado. Cuando en Ransom Olds obtuvo la primera patente norteamericana de un motor de explosión, casi nadie confiaba en él. Pero en 1914 una epizootia arrasó con la población equina y con ella desaparecieron los bebedores donde los caballos y los steamers se surtían de agua. Si bien los hermanos Stanley habían desarrollado para ese entonces  un condensador que les daba mayor autonomía a los coches de vapor, ya era tarde, porque había gasolineras por todas partes y el público se estaba pasando al motor de explosión. 

Y todo esto lo sabía muy bien Heathcote Williams, me refiero al camino que conduce a toda velocidad desde Ransom Olds a Henry Ford, y de allí hasta el estrafalario y actual Elon Musk. Es la reminiscencia de “ludismo” que subyace en la profética de Autogedon (un ludismo también como juego), que –más allá del pacifismo militante del autor– exige la destrucción del problema antes de que nos acabe “auto-destruyendo”. Recordemos el viejo “ludismo”, aquel movimiento encabezado por artesanos ingleses en el siglo XIX, que protestaban contra las nuevas máquinas que destruían el empleo, por lo que ellos se convirtieron en los destructores de máquinas. En el futuro: sabotear culturalmente el automóvil y no inmolarnos por él.  

En el cruce entre poesía y ciencia ficción el alienígena visitante de Heathcote, nos recuerda demasiado a William S. Burroughs. Esa suerte de antropólogo intergaláctico que abre y cierra el poemario como en una confesión alucinada, flotando cual panóptico a cientos de metros sobre el planeta, mientras observa a los autos como forma de vida dominante, y los seres humanos (ya también máquinas) son esa especie de batería ambulante bípeda, que se inserta cuando el auto desea moverse y se extrae cuando se gasta. 



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Un fragmento del Autogedón 

Dejamos aquí un fragmento del extenso poema; aquella parte en el que aparecen los slogans del marketing que apelan a versos como forma de describir sensaciones para un público consumidor de automóviles. La utilización y apropiación del elemento poético es un fenómeno carnavalizado por Heathcote Williams, que “juega” entre cada slogan, produciendo intersticios y breves diálogos de ruptura. Como si en ese ejercicio de superposiciones, solo la poesía podría llegar a salvar a la poesía corrompida y fetichizada por la publicidad del automóvil.


(…) Gratificando desenfrenadas manías desde la A a la Z,

Disimuladas en llegar  desde el punto A al punto B.

Nada funciona como un Saab.

El auto como semental.

Cuerpo hermoso. Un gozo para manejar.

Se rumorea que es algo rápido. –MG

El auto como proxeneta.

Apriete el excitacelerador –Datsun.

El auto como ayuda marital.

Manéjalo como si lo odiaras –Volvo

El auto como enemigo. El enemigo que sólo

vos podés controlar.

Cree en la libertad. Cree en Honda.

El auto como la Declaración Universal de los

Derechos Humanos,

diseñada para vos.

Nada refleja tan a la perfección tus logros

en la vida. –Daimler

 Un auto que te de refuerzos positivo permanentemente

y te protege de cualquier crítica

Para aquellos que viven una buena vida.

Un auto que te lleva a una vida simple. –Honda 

Cómo irradiar un brillo vegano idealista

mientras se devora un tartar de ternera.

Crujiente por fuera y duro en el medio. –VW Polo.

El auto como golosina.

Despido a las viejas ideas con un beso. –BMW

El auto como coiffeur mental.

El éxtasis sin la Agonía. –Porsche.

Una droga de diseño sin ese mundano síndrome

de abstinencia.

El TR ahora está disponible con brisas, atardeceres, luna

estrellas y aroma de rocío matinal opcionales.

El auto como premio Nobel de la literatura.

Un auto con estándares

Para aquellos que pueden no tenerlo.

Solara. El poder de iluminar su vida.

El Santo Grial sobre ruedas.

Rover le ofrece ubicarlo en el asiento de poder

y a sus pasajeros en posición de privilegio.

El auto como golpe de estado unipersonal.

Experimente mayor espacio para respirar. –Mercedes.

El auto como Lebensraum.

Con el 80% de la contaminación aérea proviniendo

de los autos

el espacio adicional para respirar puede ser no

más amplio que las paredes de un ataúd (…)

                                       

  (de la traducción Matías Carnevale)

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Autogedón, 55 págs.

Traducción de Matías Carnevale

Ilustraciones de Patricio Delpeche

El pasquín editorial- ´Colección Mambo´.

Buenos Aires, 2016

Diarios Argentinos