Polarizado e incierto, Perú define su futuro en un ballotage trascendental

OPINIÓN. Una vez más, el país andino recurre a una segunda vuelta electoral para elegir a sus autoridades ejecutivas.

Una vez más, el país andino recurre a una segunda vuelta electoral para elegir a sus autoridades ejecutivas. Nuevamente, como ya ocurrió en 2011 y 2016, se enfrentan los dos bloques políticos dominantes de la política nacional desde la recuperación democrática: el fujimorismo, representado por la hija del dictador Alberto Fujimori, Keiko Fujimori, y el antifujimorismo, encabezado por el maestro rural izquierdista y outsider, Pedro Castillo. Con una serie de particularidades distintivas y un contexto de crisis, la jornada del domingo representa una trascendencia histórica similar al mano a mano de 1990 entre Fujimori padre y el escritor Mario Vargas Llosa, contienda que aún hoy marca al país y que amenaza con seguir haciéndolo por varios años más.

Una de ellas será el contexto. Casi 25 millones de personas votarán en un país que sufre una yuxtaposición de crisis política, económica y sanitaria. La primera quedó de manifiesto en la fragmentación de los votos en la primera vuelta que ganó Castillo apenas con el 18,9%, seguido por el 13,4% de Fujimori. En 2016 la tercera fuerza, Verónika Mendoza, alcanzó el 18,74%, casi lo mismo que el ganador cinco años más tarde. Lejos de ser nuevo, es el resultado de la lucha llevada a cabo por partidos políticas que han actuado durante el último tiempo de forma sectorial y corporativa en búsqueda del interés propio; entrelazados, a la vez, por profundas causas de corrupción que han mermado al sistema desde sus cimientos. Fueron estos embates, principalmente encabezados por el fujimorismo o sus fuerzas afines, los que han llevado al país a tener cuatro presidentes y dos congresos en los últimos cuatro años. El alejamiento del electorado y las nuevas representaciones surgidas al calor del fuego, como el ya derrotado ultraderechista Rafael López Aliaga o el propio Castillo con su sombrero de paja palma como nuevo símbolo de pueblo, son consecuencia de ello.

La crisis política preexistente a la llegada del Covid-19 al país andino ha hecho que su impacto sea más profundo y letal. Recientemente las autoridades sanitarias actualizaron la cifra de personas fallecidas a raíz del virus de casi 68.000 a 180.000, alcanzando, de esta manera, una de las tasas y proporciones de mortalidad más altas del mundo. En un país donde, según números oficiales, únicamente una de cada cinco casas cuenta con heladera, la pobreza alcanza a un tercio de la población y la informalidad a casi el 70% de la masa laboral el virus hizo estragos. La superposición de crisis actuales rememora, nuevamente, al ballotage de 1990 entre Fujimori y Vargas Llosa, cuando se votó bajo una hiperinflación y el miedo ante la aún activa guerrilla marxista de Sendero Luminoso. Hace 30 años la segunda vuelta marcó un antes y un después en la historia nacional y este domingo podrá hacer lo mismo.

La segunda característica será la fuerte polarización. No será la primera vez que Keiko Fujimori busque la presidencia, pero, a diferencia de 2011 y 2016, enfrentará a un programa de gobierno de izquierda y claramente opuesto. En sus derrotas con Ollanta Humala y Pedro Pablo Kuczynski enfrentó programas de centroizquierda y de derecha, pero no a un hombre como Castillo, que se presenta bajo las banderas de un partido, Perú Libre, que se declara marxista-leninista. La polarización de las últimas décadas peruanas enfrentó al fujimorismo con derechas neoliberales o posiciones más centradas, no a una candidatura que, con matices, se dice claramente de izquierda. Es por esto que la adversidad se presenta como una disputa entre “libertad” o “comunismo” o, en términos más banales, “Perú” o “Venezuela”. No es casual que el propio Vargas Llosa haya anunciado su respaldo a Fujimori: “Vamos a optar por un sistema”, dijo. El domingo no están en juego figuras transitorias del Palacio de Pizarro, se dirime el sistema político y económico heredado de la dictadura fujimorista entre una heredera de sangre de la misma o un sindicalista que enarbola la propuesta de una nueva constitución. Será entre “libertad” versus “comunismo”, como dice el fujimorismo; o entre “fujimorismo” versus “antifujimorismo”, como dice Castillo. Ante posiciones tan encontradas y disímiles, la polarización es extrema. 

Con este panorama los matices quedan por fuera y con ello las significaciones que permiten caracterizar a Castillo como una figura más compleja que la simple reencarnación peruana de Hugo Chávez. El maestro rural oriundo de Cajamarca llega con un claro conservadurismo en materia de género y como un outsider tanto en la política nacional como en las filas de su partido al ocupar la candidatura luego de que el primer candidato, Vladimir Cerrón, haya sido condenado por corrupción. Más que la construcción de una Unión Soviética andina, representa el hastío y hartazgo de las clases bajas alejadas de Lima que han sido postergadas por las élites gobernantes durante los últimos años que se han centrado en sus intereses corporativos a medida que corrompían el sistema, como la propia Fujimori que ya estuvo presa por la causa Odebrecht y enfrenta un pedido de 30 años de cárcel y que ha sido una de las principales responsables de la caída anticipada de Kuczynski en 2018. Por eso, Castillo intenta desligarse de las relaciones que le adjudican con el “comunismo” y presenta la contienda como un mano a mano entre la élite gobernante de las últimas décadas que ha condenado al país a la actual yuxtaposición de crisis o una salida política nueva y popular para hacer, justamente, lo que la élite no ha hecho.  

A este escenario se le suma la incertidumbre de las encuestas que, según los dos últimos estudios más importantes, muestran un empate técnico. Por un lado, IPSOS da como ganador a Castillo con el 51,1% contra el 48,9% de Fujimori; y, por el otro, IEP muestra el mismo resultado, pero con el 40,3% por sobre el 38,3%. La diferencia menor a los tres puntos y el antecedente de 1990, cuando Fujimori se impuso de forma sorpresiva sobre Vargas Llosa, no permiten dilucidar un escenario claro. Además, a fines de mayo un ataque armado en la región del Vraem, adjudicado a los remanentes de Sendero Luminoso, dejó un saldo de 16 personas asesinadas con un impacto aún indeterminado en las preferencias electorales. Sus repercusiones pueden ser significativas porque la derecha intentó ligar las posiciones “comunistas” de Castillo con los perpetradores y la izquierda no desechó la existencia de una mano fujimorista detrás del hecho para crear un falso ataque. En este ballotage las vidas humanas también cayeron en los espacios de la polarización.

Bajo estas tres características principales el electorado peruano está convocado a participar de un ballotage que podrá marcar un momento decisivo en la historia peruana. Lo que ya está en juego en Chile con su proceso constituyente y lo que aún está en disputa en las calles colombianas se someterá al ballotage del domingo cuando las bases del sistema económico, político y social nacional, encargado de enmarcar los límites de la vida cotidiana, se somete al voto popular.

Diarios Argentinos