¿Qué esconden las ambiciones Chinas?

Podemos considerar a China como potencia revisionista, con intenciones de moldear el sistema internacional. Es imprescindible entonces entender como se piensa a sí misma y su rol en el mundo.

“El Partido Comunista Chino es la principal amenaza de nuestro tiempo”. Así se expresó Mark Pompeo, ex secretario de Estado de Donald Trump, al evaluar la política exterior China. Viendo la fuerte discusión entre diplomáticos chinos y estadounidenses de estos días, Biden parece pensar en términos similares.

Este revival de la Guerra Fría no sirve como parámetro para entender el escenario mundial ni nos ayuda a comprender el pensamiento del gigante asiático. El mundo actual está atravesado por el pasaje de un mundo unipolar dirigido por Estados Unidos hacia uno multipolar, con otros actores posicionándose como jugadores fuertes; y eventualmente hacia una bipolaridad compleja, donde es China la potencia que podría arrebatar la hegemonía norteamericana. Ciertamente podemos considerar a China como potencia revisionista, con intenciones de moldear el sistema internacional. Es imprescindible entonces entender como se piensa China a sí misma y su rol en el mundo.

Desde las reformas de Deng Xiaoping, el PCCh pretendió encontrar un equilibrio propulsor entre el desarrollo comunista y capitalista. En este camino, reformuló su guía marxista: China pretendía entrar al sistema internacional y no combatirlo. Fue justamente luego de la entrada a la O.M.C cuando su crecimiento se hizo imparable. Este crecimiento económico, industrial y tecnológico condujo al actor revisionista a repensar su rol histórico en la formación de ese orden y a encontrar ideas propias. 

La historiografía China afirma un rol preponderante en la victoria de la Segunda Guerra mundial y en el orden internacional que le continuó. Así, recuerdan la victoria sobre el aliado del Eje en Asia, Japón, y ser el primer país en firmar la carta fundacional de la O.N.U. (olvidando estratégicamente la participación del Kuomintang). Esto refleja cómo China quiere ser entendida en el orden internacional liberal. Hoy, es el segundo mayor aportante a la O.N.U, el primero a la O.M.S y se ha dedicado a repartir insumos médicos para paliar los efectos de la pandemia. A esto, se le suma el proyecto de la Nueva Ruta de La Seda, el mayor proyecto geopolítico del siglo. Con el objetivo de mejorarla inserción en las cadenas globales de valor, la “Beltand Road Initiative” destina gran parte de sus fondos a financiar proyectos de infraestructura en países subdesarrollados, de poco interés a los fondos de inversión privados. Esto ayuda a China a posicionarse como líder del Sur Global.

Pero los observadores occidentales suelen ver los fines de estos proyectos en sus posibilidades instrumentales. Interpretan su comportamiento en relaciones internacionales en términos puramente realistas. Si, existen importantes asesores del régimen que evalúan las políticas a seguir en términos realistas. Aunque ávidos lectores de todo lo que producen las universidades occidentales, buscan explicar su rol global desde una perspectiva propia. En las últimas décadas movimientos políticos e intelectuales chinos han buscado formas de pensar la política inspirados en su filosofía antigua. Los académicos en Relaciones Internacionales no han quedado exentos de este movimiento. Autores como Yan Xuetong dicen que las acciones chinas tienen que estar basadas en la moral, en valores confucianos.  Los grandes países que buscan respeto sobre sus contrapartes, o ejercer hegemonía, no podrán lograrlo si no guían su acción en la “autoridad humana” (badao),en valores como la benevolencia, la justicia, el ejemplo, etc. Esto nos indica que China ya busca legitimar su liderazgo y, además, en sus propios términos. 

Y mientras que en Occidente algunos analizan la posibilidad (¿o inevitabilidad?) de una guerra, autores como Qin Yaqing realizan una relectura de la dialéctica hegeliana. Para Qin, sería justamente el centrarse en el conflicto lo que hace olvidar la tesis superadora en la que desemboca el conflicto dialéctico. Así, introduce el concepto de Armonía, muy presente en la cultura asiática, dentro del posible desenlace de las disputas internacionales. Aunque puede parecer simplista y de manual, esta interpretación de las obras canónicas occidentales le permite a Qin hablar de un “constructivismo relacional” que entiende el cambio como una constante.

Pero lejos estamos de creer que un mundo liderado por China, o cualquier potencia, puede ser pura armonía. Algunos temores que pregonan los estadounidenses son fundados. La posibilidad de caer en una trampa de deuda al aceptar masivos préstamos de bancos con apoyo estatal chinos o el embarcarse en tratos con sistemas autoritarios de los que muchas veces se desconocen sus formas de negociación y culturas administrativas. Aún más, debemos discutir si esas grandes inversiones se realizarán teniendo en cuenta los intereses a largo plazo de nuestros países, no reprimarizando la economía solo exportando recursos naturales de escaso valor agregado y con alto impacto medioambiental. Incluso se debería asegurar que se privilegie el empleo nacional y no esperar que se traigan solamente trabajadores chinos.

El relato de Guerra Fría 2.0 se disuelve cuando se entiende que Beijing no guía su política exterior por sesgos ideológicos ni pretende exportar su modelo político. Después de todo, los institutos Confucio no son células de adoctrinamiento maoísta, sino tradicionales herramientas de softpower.

Queda claro que una política agresiva hacia el tercer mundo no atraerá aliados a la causa de Washington. Ante un futuro oscuro e incierto producto de la crisis por la pandemia de Coronavirus, Estados Unidos solo asumirá su liderazgo a través de una fuerte política de financiamiento y desarrollo de empleo, que levante de la pobreza a los olvidados estructurales que la globalización dejó y no pidiendo mayor accountability para dar ayuda financiera a países profundamente endeudados. La administración de Biden puede llegar a ser más comprensiva al respecto. Utilizando instituciones multilaterales existentes que Trump abandonó, Washington puede recuperar la confianza. Más que entender que China quiere destruir el orden liberal, debe poner aprueba su voluntad de ser partícipe de él. 

En todo caso, la prudencia argentina es acertada. Intentando aprovecharlas oportunidades de inversión mientras se mantienen relaciones cordiales con todos parece ser la mejor idea, al menos hasta que el conflicto avance. El mundo que resulte en las próximas décadas depende de como toda la comunidad internacional entienda el ascenso chino.

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