¡Que el Estado nos libre, amén!

El reciente estreno del documental “Imperdonable”, dirigido por la cineasta Marlén Viñayo, es una excelente oportunidad para discutir nuevamente la relación entre las iglesias pentecostales y las maras centroamericanas en las cárceles de El Salvador.

Entre el 5 y el 8 de febrero fue posible ver por streaming el documental “Imperdonable”. A través de un doloroso relato de amor entre dos hombres, Geovanny y Steven, la película permite observar de cerca las distintas fuerzas sociales y políticas que pugnan en las cárceles salvadoreñas. Estos penales se han convertido, especialmente desde el año 2003 con el inicio de las políticas gubernamentales de Mano Dura, en los hogares de las maras.

Las maras son un fenómeno presente en el Triángulo Norte Centroamericano desde el año 1996, cuando a raíz de una modificación en las políticas de inmigraciones de los Estados Unidos, miles de centroamericanos fueron deportados. Como resultado de ese proceso de expulsión masiva, las pandillas callejeras nacidas en Los Ángeles emigraron hacia el Sur para asentarse en sociedades que estaban transitando un gran nivel de fragmentación social luego de la alta conflictividad en los años 80 que arrastró a El Salvador a una guerra civil solo finalizada por los –actualmente cuestionados por el Presidente Nayib Bukele– Acuerdos de Paz.

Con el devenir del tiempo, estos grupos fueron paulatinamente mutando de simples pandillas a agrupaciones sociológica y delictivamente mucho más complejas, denominadas hoy en día “maras”. En aras de mejorar la comprensión, las maras son mucho más extensas en dimensiones y en escala de las operaciones; pero mantienen algunos rasgos de las pandillas que le dieron nacimiento, como puede ser la extrema lealtad al grupo del cual se es parte y penetrante rivalidad con la pandilla opuesta.

Si bien no es sencillo esbozar una explicación sobre la mutación de las pandillas, es posible identificar algunas características. En primer lugar, los años 90 fueron años de retracción del Estado en sintonía de la aplicación de políticas neoliberales a lo largo y a lo ancho de América Latina. Ahora bien, a pesar de que el Estado se retrajo en aspectos asociados a la seguridad social y a la garantía de derechos básicos, eso no significó que desde el año 2003 en El Salvador, el Estado no tenga un rol cada vez más activo y decisivo en la securitización del fenómeno mediante la aplicación de medidas denominadas de Mano Dura.



Como efecto de la aplicación de estas políticas, las redadas y encarcelaciones masivas de pandilleros contribuyeron a una superpoblación abismal de los centros penitenciarios. La llegada de las pandillas a los penales en condiciones de extremo hacinamiento, aumentó exponencialmente la violencia al interior de los presidios. Frente a esta situación, los distintos gobiernos fueron profundizando una política de segregación de las pandillas que favoreció la estructuración y organización de las dos grandes maras: la Mara Salvatrucha (MS13) y la Pandilla del Barrio 18 (la 18).

Las maras no fueron el único fenómeno que incrementó su presencia en las tierras salvadoreñas. Las iglesias pentescostales, a pesar de estar presentes en Centroamérica desde mediados del siglo XIX, deberán esperar hasta los temblores sociales de la década del 70’ para hacer su entrada triunfal. Según afirman algunos investigadores, este auge se explica como una estrategia contrainsurgente por parte de los Estados Unidos fomentando una alternativa apolítica dentro del campo de lo religioso, con el objeto de restarle vigor a la movilización popular de protesta, dado que se entendía que la Teología de la Liberación surgido del Concilio Vaticano II de la Iglesia Católica acompañaba el descontento social. Es así, que según el periodista Carlos Martínez, luego de los conflictos bélicos, la Iglesia Católica fue perdiendo fuerza y mermando su presencia en las comunidades eclesiales de base ubicadas en distintas comunidades empobrecidas. Según este periodista, ese vacío dejado por “La” iglesia fue supeditado por las tan híbridas y eclécticas iglesias pentecostales.

Un hito en el vínculo entre maras e iglesias tuvo su escenario justamente en la cárcel donde esta filmado el documental: el penal de San Francisco la Gotera. Actualmente, este penal es considerado como un templo entre rejas, dado que todos sus miembros se han identificado a sí mismos como cristianos. Si bien hay dos iglesias dentro del penal, la más conocida por la espectacularidad de su historia es La Final Trompeta. Esta iglesia nacida en el penal de Izalco, fue trasladado en el año 2015 junto con sus 300 miembros por decisión del Estado, al penal donde actualmente radica. Un año después, sus miembros decidieron atravesar los muros internos de la prisión, para afirmar a viva voz que se retiraban de la pandilla para seguir el camino de Dios. Carlos Martínez, en su crónica nominada al premio Gabo “La revolución de las ovejas”, relata la tensión que se vivió ese día en el penal y cómo de estar al borde de la muerte –ya que la salida de la mara no es una opción, uno deja de pertenecer cuando muere o cuando es asesinado– cientos de pandilleros decidieron acompañar a los devotos en esta nueva vida.

Sin embargo, esta salida de la mara para transformarse en un hombre religioso no es para nada sencilla. La mara actúa como un censor permanente de la conducta de los “retirados” y la más mínima falta –como puede ser fumarse un cigarrillo o maldecir– puede ser considerada como un signo de engaño a la mara y que la dedicación a Dios no es más que una excusa para incumplir con los deberes del marero. Como si esto fuera poco, las presiones ejercidas por la iglesia sobre las conciencias y los deseos de los reos son lacerantes. A modo de relatar un ejemplo, en el 2015 el entonces presidente Sanchéz Ceren dictamina las Medidas Extraordinarias, una serie de disposiciones duramente criticadas por la comunidad internacional que tenían el fin de profundizar el aislamiento de los reos para evitar su contacto –y la dirección de las operaciones, principalmente, de extorsión– con el exterior. Es en este momento, cuando el pastor Carlos Montano de la Final Trompeta decreta la prohibición de las relaciones carnales de los fieles con sus esposas, por considerarse que no estaban dadas las condiciones de “pulcritud” necesarias para tal acto sagrado. Esta prohibición se sumaba a aquella que determinantemente condenaba la masturbación.

Frente a este panorama, la homofobia y la represión sexual que se visualizan en el documental no deben –lamentablemente– sorprender a nadie. El control acérrimo de la conducta, de los deseos, del placer es más fácil de ejercer en el interior de una prisión donde muchos de los condenados enfrentan penas sumamente extensas. Pero esa rigidez es ardua de sostener en la vida extramuros. Es así como son muchos los casos donde, tras la salida del penal, las personas reinciden en la mara o en conductas autodestructivas como puede ser el consumo problemático de alcohol.  Así lo demuestra la historia del fundador de la iglesia la Final Trompeta, el Kilo, o su continuador, Carlos Montana, el mismo que había decretado las más estrictas reglas de comportamiento. Porque como afirma Carlos Ivan Orellana, la posibilidad de efectivamente retirarse de la pandilla es remota a menos que esto se convierta en una medida expresa y reconocida de la mara y no una posibilidad provisional o que conlleva el riesgo vital por solicitarla. Además, el autor sostiene que el tránsito de la vida marera a una vida religiosa tampoco favorece la desistencia dado que se basa en flagrantes violaciones a libertades y derechos individuales, como se ve claramente en el documental en la historia de Steven y en sus perspectivas de futuro.

            Los discursos sostenidos por el gobierno de Bukele, tanto desde la seguridad como en los aspectos religiosos, no permiten abonar un panorama alentador. Las iglesias pentecostales son una “curita” para la gran herida social que exponen las maras centroamericanas en El Salvador. Pueden actuar como medio pero no pueden entenderse como un punto de llegada. Como afirma Orellana, es hora que el Estado desarrolle procesos técnicos de intervención social de carácter sistemático, sostenible y científicamente fundados. Que Dios no nos libre. Que nos libre el Estado. Amén.

           

           

           

           

           

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