¿Quién le teme a las drag queens?

Por: Emmanuel Theumer

En medio del clima electoral, el hijo de un presidenciable parece traccionar diversos sentidos sobre lo que cuenta como un género y una sexualidad aceptable o tolerable.

Presentándose a sí mismo como cosplayer y dragqueen, Estanislao Fernández  —su cobertura mediática— imanta un conjunto de interrogantes sobre las normas sociosexuales que dominan el espacio público, la ciudadanía e incluso la política.

¿travesti-dragqueen-homosexual son términos intercambiables?, ¿cualquiera de estas categorías necesariamente involucran las otras?, ¿cómo es que en una sociedad como la de Argentina, que cuenta con el reconocimiento legal de la identidad de género y la unión conyugal entre personas del mismo sexo, se permite barajar tales preguntas en términos de “sospechas”?, ¿será todo esto parte de un efecto desestabilizador propio de la irrupción de las dragqueens?.

La cultura drag y la sociabilidad gay.

La drag queen es un personaje artístico que no está sujeto a una identidad de género en particular (puede ser montada por mujeres, varones...) aunque eso no implica que en su escenificación actualice y ponga en juego ciertas convenciones del género y la sexualidad.

La construcción de un personaje dragqueen tampoco está sujeta a una orientación sexual o, mejor dicho, un personaje drag puede —en su propio role playing— actuar cierta sexualidad pero ésta no se corresponde ni depende de la orientación sexual percibida por quien monta tal personaje. En breve, ser drag queen no es un atributo inherente a ser gay ni lesbiana ni trans.

Como expresión artística la drag queen recoge elementos de la cultura popular y los “draguea”, los hiperboliza, lleva tales elementos al exceso. Por ejemplo, las drag queen pueden manifestar una feminidad hiperbólica y este suele ser un recurso expresivo para conducir a su público a teatralizaciones dramáticas o humorísticas. En su “desborde” actoral la drag queen por regla general tambalea todo tipo de sentidos sedimentados, incluidos los propios de “la política”.

Diría que no guarda relación directa con la diversidad sexual pero aquí es importante reconocer un segundo aspecto, el del fuerte vínculo de las drag queens con la sociabilidad homosexual.

Históricamente las prácticas dragqueens han estado ligadas al circuito de sociabilidad LGBT+, especialmente en bares y discos. En un trabajo señero de principios de los 70, la antropóloga Esther Newton analizó el papel que las drag queens tenían en la sociabilidad homosexual norteamericana al operar como una figura de identificación dramática en contextos signados por la clandestinidad y el estigma. No es casual que varias drag queens fueron protagonistas de la Revuelta de Stonewall, una acción de resistencia desarrollada hace 50 años contra la represión policial y que todos los 28 de junio es rememorada en términos del Día del Orgullo.

En la actualidad las prácticas dragqueens se han diversificado, si bien es cierto que han logrado mantenerse como grupos sociales entre afines su espectacularización ya no es restringida a un público homosexual. También se ha vuelto un producto de mercado comercializable a través de series como RuPaul's Drag Race en Netflix.

La identidad travesti: comunidad y organizaciones políticas.

Durante la mediatización del caso de Dhyzy, el personaje creado por Estanislao Fernández, el uso indistinto entre travesti y drag queen se corresponde a un error garrafal reproducido alevosamente en redes sociales y medios. La distinción importa y mucho. Es preciso comprender que una persona travesti puede performar un personaje drag queen, pero no necesariamente. Y, mejor aún, que un personaje drag queen puede ser montado por cualquier persona técnicamente adiestrada en sus arreglos artísticos.

Aún persiste un uso coloquial del término “travesti” para referirse al placer de algunas personas por vestir indumentarias del “sexo opuesto” (cabría decir, indumentarias culturalmente codificadas como propias de un género masculino o femenino). Esta acepción extendida, con seguridad, es la primera que se encuentra en los buscadores de internet. Ahora bien, tal comprensión del “travestismo” se corresponde con un psicodiagnóstico heredado de la psiquiatría y sexología, se trata de un discurso patologizante que fue formalmente clasificado hacia 1968 por la Asociación Americana de Psiquiatría, actualmente revisado en su manual DSM-V, y removido en el Manual de Clasificación Internacional de Enfermedades (el CIE-11) de la Organización Mundial de la Salud. Más aún, la APA recientemente se ha disculpado  —en sintonía con este escenario corregible y variable del conocimiento científico— por sus diagnósticos equívocos y con profundos efectos estigmatizantes sobre la vida de las personas LGBT+.

Sin embargo, durante ese trecho la categoría travesti fue apropiada y desplazada hacia otros significados, su carga estigmatizante y patológica se ha ido opacando por quienes se identifican como tales desde una expresión afirmativa de sí. Se trata de personas que se reivindican y exigen ser reconocidas como travestis subrayando su no reductibilidad a las convenciones de masculino y femenino, ni a la categoría varón y mujer. Las travestis históricamente han generado sus lazos de solidaridad formándose comunitariamente en diversas regiones, de modo destacado, en Argentina y Brasil. En nuestro país, desde los años noventa se fueron constituyendo organizaciones travestis (es es el caso de Travestis Unidas pero también de la Asociación Travestis Argentinas, actualmente Asociación Travestis Transexuales Transgéneros de Argentina), haciendo de esta identidad también una afirmación política capaz de irrumpir en el espacio público democrático haciendo suyo el “derecho a tener derechos”: descriminalización, despatologización y reconocimiento legal de sus identidades pero también restitución de derechos vulnerados como el de la salud, la educación y el trabajo.

Algunas pensadoras travestis, como Marlene Wayar, han denunciado un genocidio silenciado sobre dicha comunidad teniendo en cuenta la alta vulnerabilidad social que cargan sobre ellas por el solo hecho de existir, por el solo hecho de de afirmar públicamente su expresión de género.  ¿Sabías que el promedio de vida de una travesti se estima en unos 35 años? Detrás de los discursos morbosos y reduccionistas que hacen de la identidad travesti un “mero intercambio de ropas con fines sexuales”, tópico que parece ser efectivo al momento de escandalizar los correctos términos de la participación política y el compromiso cívico, contamos con más de veinte años de organizaciones políticas que denuncian crímenes impunes, la desigualdad de oportunidades, la vulneración de derechos, el genocidio pero también nos enseñan de micro-resistencias, formas mancomunadas de cuidado y solidaridad, parentescos extendidos entre quienes se reconocen como tales.

En medio de confusiones intencionadas, moralismos apocalípticos y desafectación heterosexista la máxima política de Lohana Berkins parece ser necesaria más que nunca: “en un mundo de gusanos capitalistas hay que tener coraje para ser mariposas”.

*Historiador. Docente de la Universidad del Litoral -  Doctorando en estudios sociales Universidad del Litoral- CONICET


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