(«[SIC]») Guillermo Martínez: “Estoy contento si en un día escribí una página entera”

Los libros según sus autores. Literatura, industria editorial y actualidad en un mano a mano con escritores y escritoras argentinos.

Guillermo Martínez es Doctor en Matemática y acaba de publicar Los crímenes de Alicia, su última novela, ganadora del Premio Nadal 2019 y secuela de Crímenes imperceptibles, llevada al cine en 2008 por Álex de la Iglesia con el título “Los crímenes de Oxford”. En el momento que hicimos la entrevista, se estrenaba “El hijo”, la adaptación de su cuento "Una madre protectora" dirigida por Sebastián Schindel. Su nombre estaba por todas partes.  

Muy lector desde que tiene memoria. Empezó a escribir mientras estaba en la escuela primaria y su primer libro de cuentos lo terminó a los 19 años. Pensó en estudiar Letras pero el mandato paterno —o típico de la clase media—, pudo más y se decidió por una carrera más “segura”. Empezó Ingeniería pero después se pasó a la carrera de Matemática. Su crecimiento como autor fue de la mano de sus logros académicos. Hizo la licenciatura, luego un doctorado y un posdoctorado en Oxford, todo mientras editaba sus primeros textos. Se decidió a abandonar la investigación porque, según nos contó, escribe muy lento y los libros por escribir se iban acumulando.

Nos encontramos en un bar de Belgrano, una linda tarde soleada. La charla fue muy amena y entretenida. Hablamos de la novela, de las sospechas sobre Carroll, de sus planes de escritura a futuro, su desconfianza hacia las series, sus gustos a la hora de elegir qué leer y, también, de cómo se “encontró” con las redes sociales.




¿Cuál es tu primer recuerdo con libros?

En mi casa familiar, muy temprano.

Mi papá era un escritor que no llegó a publicar en vida pero muy dedicado tanto a leer como a escribir. Mis amigos me decían que no le conocían la cara a mi papá porque estaba siempre o detrás de un diario o detrás de un libro.  Mi mamá, profesora de Letras. De hecho, mi primer nombre, Néstor tiene que ver con que a ella le gustaba mucho el personaje de Néstor de La Ilíada.

 

¿Qué leías?

Desde muy chicos teníamos colecciones de libros de cuentos de hadas de todos los países y libros infantiles. Parte de mi vida en mi infancia era ir caminando hasta la biblioteca Rivadavia de Bahía Blanca para sacar algún libro, más que nada de la Colección Robin Hood o de la Colección Iridium.

En casa había una gran biblioteca muy ecléctica. A mi papá le gustaba la ciencia ficción, el género policial. Estaban los clásicos y en algún momento empezaron a aparecer todos los libros del  Boom; estaba la Colección Capítulo de la literatura argentina.

Uno de los primeros libros que leí —que fue para mí como una huella importante— cuando yo estaba empezando a escribir mis primeros cuentos, tendría entre 9 o 10 años, fue la Antología de la Literatura Fantástica de Roger Caillois, que es una antología de cuentos fantásticos de todo el mundo. Esas fueron mis primeras lecturas.






Sos muy lector y ya escribías antes de empezar la facultad. ¿Por qué elegiste la Matemática como carrera? ¿Era tu materia preferida?

No era la materia en la que mejor me iba, era la materia en la que peor me iba, parejo con dibujo, y nunca me hubiera imaginado que iba a dedicarle 20 años de mi vida a la matemática. Todavía ahora sigo leyendo cuestiones de matemática.

En mi casa estaba esa idea bastante típica de clase media de esa época de que había que estudiar una carrera para ganarse la vida. Ingenuamente, mis padres creyeron que una ingeniería sería una carrera con la que uno se podría ganar la vida —lo que se puso en duda en las crisis económicas que tuvimos—.

Pero yo empecé una carrera de ingeniero electricista y ahí descubrí las materias de matemática. Descubrí la parte de la Matemática, creo yo, que fue la misma que intrigó a Borges o a cualquiera que tiene cierta inquietud filosófica: la diversidad de infinito o las paradojas lógicas; la noción de incompletitud tal como se ve en la lógica matemática; los lenguajes artificiales. Hay una cantidad de cuestiones que directamente entroncan con la Filosofía, es como una especie de ventana indirecta de acceso a la Filosofía.

Yo siempre digo que la Matemática es como la Filosofía continuada por otros medios.




¿Cómo es eso?

El juego de la Filosofía es dirimir conceptos muy próximos entre sí — sutilezas en las categorías— todavía a través del lenguaje natural, el lenguaje que usamos para hablar, y la Matemática va a distinciones todavía más precisas, y para eso necesita un lenguaje que sea también más preciso y por eso se crea el lenguaje de las fórmulas matemáticas.

El gran salto que se da en la Matemática como conocimiento es cuando se pasa del lenguaje natural al lenguaje de los símbolos donde cada frase matemática está definida de una manera unívoca. Entonces, esa precisión para escribir lleva a que luego también los teoremas matemáticos puedan ser leídos de una manera única.

Para mí, la Matemática es una continuación o una mirada un poco oblicua de la Filosofía y una prueba de eso es que si uno mira la lista de filósofos a lo largo de los siglos, gran parte de ellos han sido matemáticos. Todos han pensado la matemática: Platón, Kant, Hegel, Husserl, Spinoza incluso. Todos han pensado sobre la cuestión del conocimiento matemático.


¿Cómo te convertiste en escritor?

Yo empecé a escribir muy temprano, en la niñez. La escritura es lo que me acompañó más tiempo junto con  la lectura a lo largo de la vida. Durante la adolescencia escribí mi primer libro de cuentos, La jungla sin bestias, que lo terminé a los 19 años, cuando todavía no me había pasado a la carrera de Matemática.

Después, mientras hacía la Licenciatura publiqué mi primer libro de cuentos, que fue Infierno Grande. Después, mientras hacía el doctorado, mi primera novela Acerca de Roderer. Mientras hacía el posdoctorado, escribí mi segunda novela, y así,  siempre en paralelo.



¿Cuándo decidiste abandonar tu carrera de investigador?

Llegó un momento en que la lista en espera de los libros que tenía por delante ya se alargaba demasiado.

Soy muy lento para escribir, así que decidí dejar toda la parte de investigación para poder dedicarme únicamente a escribir.


Alguna vez contaste que no siempre la pasás bien cuando escribís…

No, y de hecho te diría que en la única novela en la que la pasé muy bien fue en Crímenes Imperceptibles y algo de ese juego, de estar pensando  en clave criminal y en pistas, se repitió en esta novela.






¿Cómo fue el proceso de escritura de Los crímenes de Alicia

Algo que me dio mucho alivio cuando empecé a escribir esta novela es que los personajes estaban vivos naturalmente, los que yo había creado 15 años atrás, no tuve que esforzarme con eso. Pero sí mucho más en crear el casting de la Hermandad Lewis Carroll, ahí estuve detenido 6 meses pensando en las pequeñas excentricidades, características, secretos, doble vida de cada uno de los personajes de la Hermandad.

Esa fue para mí la parte más dura. Había escrito los primeros 6 capítulos y estaba frenado y no podía continuar con el resto porque tenía que hacer el capítulo donde se presentan en sociedad estos personajes.


¿Existe algo parecido? 

Hay una sociedad Lewis Carroll  a la que preferí justamente no conocer. Tuve correspondencia con ellos. Me enviaron los diarios, volumen tras volumen, que yo los necesitaba para escribir la novela.

Pero cuando decidí escribir el libro más bien lo que hice fue leer distintas biografías y pensar de cada biografía cual sería una figura que podría emerger, y que yo podría imaginar sin, por supuesto, tener ninguna referencia de quién es el escritor detrás de cada biografía.


¿Cómo surgieron esos personajes?

El único personaje que más o menos tenía pensado es el de Raymond Martin, que lo pensé como una especie de fusión entre Martin Gardner, que es un matemático que escribió Alicia anotada, que estaba convencido de que Carroll era inocente en toda la línea —digo para citar a un escritor contemporáneo que piensa eso— porque su sobrino, el que escribió su primera biografía, también, no tiene ningún problema en contar a lo largo de dos capítulos toda su relación con los niños, la correspondencia que tenía, las costumbres, la manera en que se acercaba. Cita detalles que ahora nos parecerían escalofriantes, como los trucos que tenía Carroll para acercarse a las niñas, sobre todo, pero no únicamente a las niñas.

Tenía algo así como un modo que congeniaba con el mundo infantil porque le interesaba todo ese aspecto desquiciado de la lógica infantil, un poco incompleto, un poco humorístico, la posibilidad de hacer chistes, acertijos, etcétera.





En una entrevista contaste que llegaste a Carroll a partir de un pedido para escribir un prólogo y fue ahí que descubriste el hallazgo de la hoja perdida del diario (parte fundamental de la intriga) y que, además, te diste cuenta de que no sabías nada del escritor. 

En principio, leí unas notas biográficas para hacer ese prólogo y solamente lo que encontré —que ya me pareció sumamente intrigante— fue este hecho de que las sobrinas nietas, que habían quedado en custodia de los diarios íntimos, arrancaron algunas páginas. Eso, que fue hace como 10 años, lo llegué a escribir en ese prólogo.   

Cuando me decidí a escribir esta novela, me enteré no solamente de que habían arrancado las páginas sino que como eran muy religiosas tuvieron algún remordimiento y por cada página arrancada hicieron una anotación del contenido, una sola frase. Ese pedazo de papel donde anotaban el contenido se encontró en el año 94.

Mi novela anterior, Crímenes imperceptibles, termina en ese año así que me pareció muy razonable extenderle la beca a mi protagonista y hacer otra aventura con los mismos personajes.


¿Te costó decidirte a tratar ese lado polémico de  la figura de Carroll, sobre todo en este momento histórico? 

No es que a mí me incomodó, a la época le incomoda. Yo no tengo ningún problema.

Tengo esta frase de Liliana Heker  que es crucial para un escritor: “Un escritor no puede tenerle miedo a la imaginación”. Es como si a uno le incomodara tener una fantasía sexual, no puede incomodarle a uno, a la época le incomoda.

La novela, prácticamente, tiene en paralelo con la intriga criminal, un juicio donde se exhiben todas las evidencias a favor y en contra de esta idea de la pederastia que sobrevuela la imagen de Carroll.


Sí, algo que plantea la novela es qué hacer con los artistas que bajo la óptica actual resultan "problemáticos". ¿Cómo lo armaste? ¿Creés que tiene sentido ese debate? 

Estoy hablando de un personaje que vivía en un mundo absolutamente diferente y que tiene —y eso es lo que traté de reflejar en la novela— sus muy buenas excusas o coartadas.

Era una época donde las niñas se casaban a los 12 años, era una época en la que él aconseja a un primo a apartarse de una chica que tenía menos que esa edad. Era una época en la que los niños correteaban desnudos y él hace una docena de fotos de niños desnudos, no es que aprovecha cada oportunidad.

Las fotos que hace de niños desnudos las hace delante de los familiares, a la vista de todos, regala esas fotos, las exhibe. No era nada de lo que nadie se escandalizara en esa época. O sea, el desnudo infantil en la época victoriana no era tabú, en nuestra época sí. 

En una cierta etapa de su vida, al final, en la que él ya es un escritor muy reconocido, muy prestigioso, tiene algunas actitudes que pueden verse como más sospechosas, por ejemplo como cuando gestiona todo un permiso complicado para tener un estudio muy reservado arriba del College y ahí empiezan a circular algunos rumores.

Hay uno en particular que es una tontería visto desde nuestros días: él besa en la mejilla a una chica que ya no está en edad de ser besada. A los niños se los podía besar, en la mejilla estamos hablando, hasta cierta edad, después, según la costumbre anglosajona —que es mucho más de dar la mano— ya no se los besaba.

Hay alguien que ve como él besa en la mejilla a una niña que tendría 14 años, en vez de los 12, que sería la edad permitida. Apenas corre ese rumor, él deja la fotografía por completo.

Entonces no está muy claro nada. Yo, por lo menos, no encontré ninguna evidencia definitiva. Ahora, cómo mira cada uno las fotografías es otro tema y ese es otro de los temas de la novela, qué hay en las fotografías y qué hay en la mirada de la época y de cada uno.


¿Cómo ves a Carroll ahora?

Yo veo en Carroll un personaje similar a Peter Pan. Alguien que se queda con la infancia como territorio privilegiado de su vida pero, a la vez, y eso también se ve en su vida, él era algo así como el pater familias. Él pagaba a todas las mujeres de la familia, las sostenía económicamente, tomaba las decisiones importantes, aconsejaba. Tenía esa doble faz.


El nombre del discípulo, que no se conoce, Oxford, el año en que se sitúa la trama, las carreras de los protagonistas, todo parece cercano a tu experiencia personal. ¿Es así? ¿G tiene cosas tuyas?

Tiene algo de autobiográfico en el sentido en que yo estuve en Oxford y vi una cantidad de cuestiones que son las que ve este personaje pero a la vez yo estuve en una edad muy diferente, ya casado con la que era mi primera mujer, con mi primera hija. Hice una vida muy diferente de la que hace este estudiante. No era un estudiante cuando fui pero varias de las cosas que él mira o que piensa son las que pude haber pensado yo en ese momento o las que pienso ahora, por supuesto.

De todas maneras, que no tenga nombre tiene que ver con un pequeño truco que yo llevo desde mi primera novela, Acerca de Roderer, que es que no me gusta la idea de poner mi nombre y que entonces sea como un guiño para leer lo que escribo en clave autobiográfica, me gusta la idea del distanciamiento de la ficción.

No me hago cargo de lo que piensa el personaje, ni de la manera en que actúa. Es un personaje que construí de acuerdo a ciertos requerimientos también de la trama, de la relación con Seldom, la relación con las chicas, etcétera.

Pero tampoco quería la otra posibilidad, que es dale un nombre que no fuera el mío porque me parece que me distancio demasiado para escribirlo. Se convierte en un personaje extraño a mí y tampoco quería eso. Entonces, me parece que en esa incertidumbre en la que ni yo mismo sé, a veces, quién está pensando me resulta más grato para escribir.


¿Cómo es un día de trabajo tuyo? 

Me despierto a eso de las 8. A las 9 trato de estar sentado como para escribir y hasta las 12.30, más o menos, escribo, y trato de tener una cierta idea de cómo puedo seguir al día siguiente.


¿Escribís mucho por día? 

Escribo muy poco por día. Estoy contento si en un día escribí una página entera. Es una especie de lucha entre lograr escribir, atender cantidad de cuestiones que aparecen siempre por los mails, en fin.

Hay un tema de que hay que aislarse un poco, ¿no? Cuando uno está realmente metido en una novela tiene que lograr esa especie de encapsulamiento, aunque sea de unas pocas horas a la mañana.

 

¿Cómo te llevás con las redes sociales?

Yo me llevaba muy mal y para esta novela algo hice.

De hecho, no tenía ninguna de las redes sociales. Solamente tenía un blog donde subía mis artículos y la referencia esencial de mis novelas. Doy clase, a veces, cada tanto, fuera de Argentina, entonces tener una especie de lugar al que hacer referencia si uno me pregunta por tal o cual artículo me parece importante.

Así que hice una cuenta en Twitter, en la que por un lado voy leyendo y subrayando libros que estoy leyendo y, por otro lado, digo si voy a hacer una charla en tal lado. Me parece una manera de apoyar un poco los libros, lo que hago.


¿Leés mucho? ¿Qué lees?

Sí, soy de leer mucho, todo el tiempo. Ahora estoy leyendo la última novela de la serie Smiley de John Le Carré.

El libro anterior fue Un cuarto propio, de Virginia Woolf; La familia, de Gustavo Ferreira;  La hija del criptógrafo, de Pablo De Santis —en mi cuenta de Twitter están todos los que voy leyendo—. También me toca cada tanto presentar libros, ser jurado de concursos, etcétera.


¿Solo literatura? 

Leo y trato de leer en distintos andariveles: un libro de ficción argentina, un clásico, un libro de la Filosofía de la Matemática.

Estoy leyendo una colección de biografías de matemáticos, más bien la biografía de las ideas matemáticas pero a través del aporte que hizo cada uno de los matemáticos importantes. Son 60 biografías y llevo leídas 50.

Tengo un proyecto cuando termine de leerlas todas. Hacer algo así como mi recorrido personal. Es como si hubiera vista alguna de las ideas principales que se fueron revisitando, generalizando, y me gustaría escribir algo que fuera un solo libro, que cualquiera que quiera darle una segunda oportunidad a la Matemática pudiera, de algún modo, entender cuáles son las líneas principales. Para tratar de entender en qué están pensando los matemáticos y cómo se desarrolla la disciplina.


¿Como una especie de “matemática para principiantes”?

Un libro que a mí me gustó muchísimo y que leí antes de dedicarme a la Matemática se llamaba Las grandes corrientes del pensamiento matemático, una compilación de artículos de matemáticos famosos de la época, donde ellos trataban de explicar, cada uno desde su área, cuáles eran las grandes ideas en las que se estaba trabajando. No el detalle de los teoremas —por supuesto hay que dar una o dos nociones de matemática para que se entienda, los enunciados de los temas, al menos— pero yo me acuerdo que sin estar en la carrera de Matemática yo pude entender una cantidad de cuestiones de ese libro.


La novela policial de intriga está teniendo mucho éxito y hay mucha presencia de series policiales en plataformas como Netflix o HBO. ¿Pensás en otro formato para Los crímenes de Alicia?

Por supuesto, incluso hay un par de escenas que son muy visuales. Pero hay un gran problema en nuestra época que tiene que ver con que las series tomaron el comando, ¿no? De hecho, la productora que hizo “Los crímenes de Oxford” están con todos los recursos puestos en hacer series para televisión.


¿No te gustaría hacer una serie?

No sé, nadie se acercó.


¿No lo pensaste como una posibilidad?

Podría ser. No me entusiasman mucho las series. Yo prefiero la idea de una película. Pero bueno, no voy a decir que no a algo que no me han ofrecido. Eso sería un exceso de abstracción (risas). 

 

¿Te gustaría escribir una tercera parte?

Sí, eso sí, una última novela me gustaría escribir. Una trilogía que sea como un cierre.

Me gusta la idea de poder deslizar ciertos dilemas o cuestiones de la Lógica. Me gusta la idea de poder hablar de problemas que ponen en jaque el sentido común dentro de estas novelas.

Entonces, me gustaría hacer una última que tuviera que ver con el desarrollo de la Lógica — no sé, todavía no tengo muy clara la línea teórica— y que cerrara, a la vez, con estos dos personajes pero tomados unos años más adelante en sus vidas.  Además, ya en la primera novela anuncié que Seldom se moría de manera prematura así que tanto más no lo puedo hacer durar. Ahí ya sería un poco bochornoso (risas). 


Los crímenes de Alicia tiene diferentes niveles de lectura y eso hace que nadie quede afuera. El que no entiende nada de Matemática puede concentrarse más en el policial, en el conflicto con la figura de Carroll o engancharse buscando las referencias. ¿Cómo lo manejás?

Yo creo que estas novelas tienen esa particularidad que a mí me interesa también, y es que uno puede hablar en distintos niveles y los lectores también pueden leer en distintos niveles.

Hay lectores a los que únicamente les interesa la trama policial pero, por ejemplo, un lector me escribió y me dijo que había leído mi novela con Google Earth porque cada lugar que yo mencionaba iba mirando como si estuviera ahí.  Otros me comentaron, por decir algo, sobre la parte de los ecos que tienen que ver con trabajos de físicos. Yo conversé bastante con un físico sobre cómo plantear el problema y la parte de la traducción de “Gavagai”, tiene que ver con una conversación que tuve con filósofos en un Congreso sobre Wittgenstein.

Cuando yo comento las charlas que él  tiene con Seldom, todo lo que yo digo ahí tiene mucho sentido. O sea, no son  citas deslizadas. Y un poco del sentido de esos temas que conversan y de los que solo se conoce el nombre están descritos en un artículo que se llama “Series lógicas y crímenes en serie”, en donde, de algún modo, se ve el trasfondo filosófico que tienen tanto Crímenes imperceptibles como esta novela.

Es decir, que el que quiere leer en un segundo nivel también lo puede hacer. Y el relato policial da algo así como una buena coartada o excusa, porque naturalmente aparece el tema de las conjeturas, lo demostrable, lo verdadero. Todas esas categorías están en discusión en una novela policial. Incluso las consecuencias morales, la justicia, la revancha.

Me gusta esa idea, tomar el policial que es un género amable — para el lector, ¿no?— y poder dar una discusión que, de otra manera, se transformaría en un ensayo filosófico. Prefiero darlo en dosis a través de esta forma de la novela.

 

Rouvier