(«[SIC]») Santiago Craig: “Escribo para buscarle la vuelta a eso que no termino de entender”

Los libros según sus autores. Literatura, industria editorial y actualidad en un mano a mano con escritores y escritoras argentinos.

Santiago Craig tiene 40 años y escribe desde los 14. Desde siempre, aun antes de aprender a leer, supo que su vida iba a estar ligada a la literatura y, aunque estudió Psicología, sabía que su vocación era la escritura. Tiene dos libros publicados, uno de ellos de poesía, y varios relatos incluidos en antologías de jóvenes escritores, pero considera que Las tormentas es su primer libro. “El de poesía me gusta, pero, bueno, los otros libros son como ensayos, como pasos que derivaron en este”, dijo el autor durante la charla con («[SIC]»).

Nos reunimos una tarde soleada y la charla se extendió bastante. Es que después de leer Las tormentas, editado por Entropía, queríamos entrevistarlo. Queríamos conocerlo y que nos contara sobre sus inquietudes a la hora de escribir, sus referentes e intereses.

Días después de la charla, nos llegó la noticia de que había sido seleccionado finalista para el Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez, que organiza la Biblioteca Nacional y el Ministerio de Cultura de Colombia, por esta serie de cuentos inquietantes y poéticos que forman Las tormentas.  

Acaba de publicar otro libro de relatos, que se llama 27 formas de enamorarse (Factotum) y quienes lo leyeron lo comparan, nada más ni nada menos, con el Cortázar de Historias de cronopios y de famas. Y, como si esto fuera poco, nos contó que está en plena edición de una novela que puede llegar a salir el año que viene, que ya tiene una cerrada y que está escribiendo otra ahora, en el bar en el que esperaba que se haga la hora para la entrevista. Es que Craig se acostumbró a escribir así, “robándole tiempo a otras cosas” y, evidentemente, le funciona.



¿Cuál fue tu primer acercamiento a la escritura? 

Mi primer vínculo con la literatura en sí fue como lector. En mi casa no había biblioteca, no vengo de una familia lectora. En realidad, había una biblioteca muy chiquita, en la que había una enciclopedia que mi familia iba comprando por tomos, y dos libros que eran una biografía de Perón.

Yo empecé a leer más que nada a través de amigos y en el colegio o yendo  a casas de  otros chicos y leyendo ahí. Me llamaban mucho la atención los libros, eran un objeto que no era habitual para mí. Leía historietas, comics, Paturuzú, superhéroes, Asterix.

Me acuerdo de que cerca de casa había una librería y me gustaba mucho ir, de muy chiquito —incluso no sé si sabía leer—. Creo que fue ahí empezó mi vínculo con la literatura, digamos, o con la palabra escrita.


¿Cuándo empezaste a escribir?

Empecé a escribir en el colegio. En los últimos grados de la primaria nos hacían hacer composiciones y cosas así y me di cuenta de que me gustaba escribir. En mi casa no había libros pero había mucha música, mi papá de joven tenía una banda, era disc jockey, y había un montón de discos. Entonces entré por ahí. Escuchaba desde Los Beatles hasta Los Doors y después arranqué con Jim Morrison. De ahí pasé a Rimbaud y a William Blake. No entendía nada cuando los leía, era muy chico, pero me pegaban de alguna manera y fui leyéndolos. Me fui armando como una biblioteca propia, me compraba libros y los leía. Alrededor de los 14 años empecé a escribir más como una vocación.


¿Escribías solo o ibas a un taller?

En un momento de mi adolescencia, alrededor de los 16, fui a un taller literario, La Escuela del Sol, que no estaba en mi colegio. Yo iba a un colegio que no tenía mucho estímulo desde la literatura, era un colegio bien convencional.

No me acuerdo quién, un amigo de mis viejos, creo, me recomendó ir a ese taller y fui. Ahí empecé a escribir más en serio.

Las tormentas está dedicado a dos personas, a Caron y a Bettina, que eran los coordinadores de ese taller, que me enseñaron un montón y con los cuales después desarrollé un vínculo muy profundo de amistad.

En mi escuela era un bicho raro por escribir. O sea, escribir poesía en una colegio de varones en los noventa no era lo mejor que te podía pasar. En el taller encontré un lugar con pares que escribían.

Te incentivaban mucho, eran gente que era muy buena en eso, muy buena para ayudarte a crecer, a ampliar tus lecturas, a ampliar el rango de lo que escribías. Y desde ese momento no paré de escribir.


¿Cómo fue el proceso de escritura de Las tormentas?

Las tormentas es un libro que escribí durante muchos años. No lo pensaba como un libro al principio, lo que hacía era escribir como lo hago siempre. Yo nunca dejo de escribir, trato de escribir todos los días un rato. En general, robándoles tiempo a otras cosas.

En un momento me di cuenta de que podía funcionar como libro y empecé a descartar algún material, asumir que algunas cosas entran y algunas cosas no.


¿Cómo llegaste a esta edición?  

Yo gané el concurso Cambaceres, con un cuento que no está en Las tormentas, y a partir de ahí me animé a llevar el libro a una editorial. Antes pensaba que nadie le iba a dar bola.

Lo que hice fue meter este libro en un sobre y tirarlo por el buzón de la editorial Entropía, que la elegí básicamente porque me gustaba su catálogo y porque pensé que a lo mejor les podía interesar el tipo de escritura que hacía yo. Y bueno, lo leyeron y les gustó y se dio todo el proceso de edición y salió el libro.

Creo que, si bien antes había publicado en algunas antologías por haber ganado concursos, y tengo publicado un libro de cuentos y uno de poesía, yo lo tomo como un primer libro a este. Por lo menos, creo que es un libro que puedo seguir leyendo, los otros no sé si los puedo seguir leyendo. El de poesía me gusta, pero, bueno, los otros libros son como ensayos, como pasos que derivaron en este.


En una entrevista dijiste que te gusta escribir en momentos de cambio, en “momentos paréntesis”, ¿qué querés decir con esto?

Hay algo que tiene que ver con el esperar, con el estar esperando que algo pase. Yo pienso mucho en eso, lo vivo más que pensarlo. Vivo en una permanente expectativa de algo y, en general, ese algo es malo.

Esto de escribir en estos paréntesis tiene que ver con tratar de transmitir en la literatura esa espera, esa especie de estado de excepción permanente. Uno está o siento yo que está siempre entre cosas. Entre lo que va a pasar y lo que pasó, como que nunca puede estar del todo en el lugar en el que tiene que estar.

De muy chiquito yo leí una frase de Rimbaud —yo no sé si define la escritura de esa manera— que habla de fijar un vértigo, de clavar a las personas al borde de un abismo y me pareció muy gráfico. Me pareció que eso en un punto es una de las funciones que a mí me gusta que la literatura me dé como lector y trato de transmitirlo cuando escribo.


Hay algo de lo cotidiano transfigurado o deformado, una especie de realismo desgastado que se cuela en los cuentos y que genera una atmósfera muy particular para el lector. ¿Es algo que buscás?

Yo siento que en lo cotidiano siempre hay algo que se te escapa y vos vivís más en lo que se te escapa que en lo que estás viviendo. Y a mí me sale escribir sobre eso.

Me sale escribir sobre cierta expectativa que no termina nunca de cumplirse, sobre cierta promesa que no termina de realizarse nunca y la voluntad, a pesar de todo, de los personajes o de la gente de tratar de ir hacia un lugar que es incierto siempre. Y sí, termina por ser un poco oscuro, pero en realidad a mí escribir sobre eso es algo que me ayuda a sobrevivir a eso mismo.

Entonces, tiene como ese doble juego. Me doy cuenta de que me repito, pero lo advierto después de haberlo escrito. No es que tengo un plan y digo “voy a escribir sobre esto”, me pasa. Lo veo y me sucedió, volví a escribir sobre lo mismo.

Y creo que es algo que la literatura comparte con la vida en general. Uno tiende a repetirse, a tratar de buscar eso que no termina de entender, a tratar de buscarle la vuelta. Y yo escribo un poco para eso, para tratar de buscarle la vuelta a eso que no termino de entender.

Entonces sí, lo que yo vi como unidad en este libro es ese extrañamiento, eso de que las cosas pueden ser y son lo que son, pero además son algo más y en ese hilo fui pensando que era un libro, que no eran cuentos sueltos.

Desde ahí, con los chicos de la editorial le dimos un orden. Fue una lectura, me convertí en un lector de ese libro porque había cuentos que había escrito cuando lo fui a publicar, hacía 3 o 4 años. Pero, sí, me daba cuenta de que  había reiteraciones y en esas reiteraciones fui armando un libro.



¿Quiénes son tus referentes a la hora de escribir?

Leí muchas cosas y muy distintas. Yo creo que uno va leyendo por etapas. Por ejemplo, yo agarraba y leía Henry Miller, todo lo que encontraba sobre Henry Miller y terminaba leyendo las “Notas de Henry Miller en el baño”, y decía: “Tengo otros libros ¿por qué leí esto?”, pero amándolo a Henry Miller. En otro momento, cuando era más chico, me pasó con los poetas franceses, Rimbaud y Baudelaire y leía mucho por ese lado. Después fui leyendo a otros autores. Por supuesto que leí a Cortázar, Borges, Bioy Casares y después Samuel Beckett, Antonio Lobo Antunes, Vila-Matas, Bolaño, Pizarnik, Sylvia Plath, Flannery O´Connor, que me parece una de las mejores escritoras que leí en mi vida, no por su condición femenina, sino por su condición de escritora, Hemingway, no sé, te puedo nombrar la biblioteca entera.


¿Sos un lector-escritor?

Creo que para escribir hay que leer un montón. Escribir sin leer a mí no me cierra, puede funcionar, pero a mí no me funciona. Tengo que leer un montón y me gusta leer. Porque me gusta leer me gusta escribir, es esa la ecuación.     


¿Consideras que formas parte de una generación  de escritores?

No sé lo que implica eso. Sí hay autores contemporáneos o personas que escriben y tienen mi edad o una edad cercana a la mía que me gustan, que leo. A Federico Falco, a Luciano Lamberti, a Samanta Schweblin y muchos más. Hay otros que son un poco más grandes que yo, pero me siento cercano a su literatura, como Jorge Consiglio o Marcelo Kohen.

Igual, yo no lo veo tanto desde lo generacional o  yo no me siento parte de algo generacional. Siento que lo generacional me atraviesa. Es necesario, pasa, sucede; obviamente, voy a escribir desde ese lugar, pero en general estoy comprometido con la historia que quiero contar o con lo que quiero decir.

Trato de no bajar una línea de pensamiento porque siento que no la tengo. Seguramente la tengo y seguramente la transmito, pero el punto de partida mío cuando me pongo a escribir es siempre la duda, la incertidumbre, más allá de que pueda tener una estructura o no desde el punto de partida.  

Desde ahí, probablemente en algún punto sí toco los temas que toca mi generación o hablo desde el mismo punto de vista o tengo el mismo compromiso político, social, porque estoy atravesado por un montón de cosas que ellos también están atravesados, aunque cada cual a su manera.

Y sí, soy parte de una generación porque nací en un año específico, pero no tengo esa cuestión muy presente en mi cabeza, no lo analizo, y, si lo soy, lo seré por decantación, pero mi escritura la hago de una manera muy individual.  Leo contemporáneos y quizás nos influimos mutuamente, yo no lo sé.


Leí que solo escribís en tus ratos libres, en el auto, en un bar ¿Es así? 

Sí, es así. Me adapté a esa forma de escribir porque éramos tres hermanos en un departamento muy chico y yo lo que tenía que hacer era irme; entonces, vivía en los bares o en lugares donde tuviera un poco de intimidad para escribir. Así que me acostumbré a escribir así, en los ratos libres y demás.


¿Cuál fue tu formación?

Yo no tengo una formación académica en Letras o en Filosofía. Estudié Psicología, soy licenciado en Psicología, pero nunca le di mucha bola a eso. Fue una decisión que tomé a los 18 años, la terminé muy rápido, me sirvió, leí a tipos que escriben muy bien, como Freud. Tal vez en algún punto sí influenció en mi escritura, pero mi vocación siempre fue la literatura.

Cuando terminé, me di cuenta de que no era lo que quería y seguí escribiendo y trabajando de otras cosas.


¿Cómo ves hoy la situación de la industria editorial?

La situación en general de todo es una gran porquería, ¿no? Y la industria editorial entra en esa gran porquería.

En líneas generales, más allá de una cuestión política, partidaria, etcétera, lo que me parece es que es muy difícil todo y todo cuesta el doble.

Sobre todo, estamos hablando de una cosa muy chiquita para los problemas grandes que pueden generar este tipo de políticas. Porque, aunque la Cultura no es una cosa chiquita, a mí no me lo parece, sí se puede minimizar.

A mí leer y tener gente que se dedica a publicar libros, ganando más o menos plata, me cambió la vida, me la mejoró. A mucha gente creo que le pasa eso y le pasó a lo largo de la historia. Entonces, impedir que esto pase, me parece que es un acto de brutalidad, que está mal.

Creo  que va a tener un impacto, ojalá que sea el menor posible y que podamos seguir leyendo libros y que podamos seguir publicando libros y también escribiendo libros. Porque nosotros asumimos muchas cosas, lo mismo que los editores asumen muchas cosas, como que..., bueno, ya sabemos que no vamos a ganar plata o que un año vamos a ganar y otro año no. Y en ese lío, en esa incertidumbre, uno tiene que vivir y, bueno, ojalá podamos vivir bien, ¿no?

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