Sin ahorro no hay paraíso


La financiarización de la economía no es un fenómeno (tan) reciente, sino más bien un viejo conocido que ha crecido más recientemente de forma exponencial, al ritmo del quantitative easing, se ha diversificado gracias a la innovación tecnológica en materia de información y comunicación, con los avances en el campo de los criptoactivos y la inteligencia artificial, y nunca no nos escandaliza por su falta de límites éticos: basta ver lo que sabemos gracias a los Panama Papers, Paradise Papers y los más recientes Fincen Files para imaginar lo que no sabemos. Por otro lado, la alta concentración del ingreso y el patrimonio no es, por resultarnos igualmente conocida, menos escandalosa: veinte hombres controlan más riqueza que cuatro mil millones de personas. A modo de ilustración: mientras que los primeros podrían ser acomodados en el SUM de un edificio porteño con distancia social mediante, los segundos podrían llenar la cancha de Vélez cada dos semanas por 3076 años, es decir, desde la invención del alfabeto fenicio hasta hoy.

A menudo, los fenómenos anteriormente mencionados han sido asociados a la idea de desterritorialización y transnacionalización del capital, por la complejidad de los flujos de capital que efectivamente atraviesan, por lo menos formalmente, varios territorios. Lo cierto es que en última instancia su disposición está en manos de personas de existencia física, con una residencia no meramente fiscal en algún lugar del planeta y círculos íntimos, sociales y culturales que ejercen una influencia sobre su estructura de valores, preferencias, inclinaciones, racionalidad e identidad. Con matices y variaciones, estas personas se esfuerzan por vivir en lugares cómodos, interesantes, seguros y legalmente convenientes: Nueva York, San Francisco, Londres, París, Frankfurt, Moscú, Dubai, Singapur, Beijing, Shanghai, Shenzhen, Hong Kong, Taipei y Tokio, pero también en pequeños Estados como Suiza, Irlanda, Holanda, Mónaco y Luxemburgo. Allí se encuentran tanto potentados nativos como aquellos que, habiendo hecho su fortuna en otras latitudes, encuentran en esas geografías condiciones de vida ideales, en parte gracias a que invierten su capital en la generación de las mismas.

La concentración geográfica de estos individuos en pocas ciudades y el predominio del factor financiero permiten una suerte de mando a distancia sobre el resto de la economía, lo que ha resultado en general un mal negocio para el resto del territorio de sus propios países y países vecinos. Las tensiones sociales y políticas derivadas de este proceso resultan cada vez más evidentes: la exclusión y la ausencia de expectativas de un mayor bienestar razonablemente alcanzable para gran parte de la población generan frustración. Un arma política poderosa cuyos efectos se miden en términos de paz social. Y hay todavía más: las relaciones de estos centros entre sí no están pasando precisamente por su mejor momento. Veamos:

En Occidente, a grandes rasgos, podría decirse que en Estados Unidos existen grandes centros de poder económico que compiten entre sí, con predominancia de Nueva York, altos niveles de exclusión social y geográfica y decrecientes expectativas de un aumento general del bienestar. El caso británico nos muestra un gran centro de poder económico en Londres, niveles de exclusión altos, pero menores que en Estados Unidos, y reducidas expectativas de aumentar el bienestar de forma razonable. Por otra parte, el panorama europeo es particular, dado que existen múltiples centros de poder económico “medianos” que interactúan entre sí, con una dinámica de cooperación y competencia, en dónde la competencia externa actúa como un factor aglutinante. Si bien es crecientemente visible, la exclusión social es menor que en el resto del mundo, aunque las expectativas de aumentar su bienestar con respecto al pasado son escasas para una gran parte de la población. Moscú, por su parte, es el centro de poder económico indiscutible en Rusia y parte de la ex URSS, controlando relativamente la situación interna, pero con una gran dependencia de otros centros como Londres, Frankfurt y, a partir del conflicto de Crimea, Shanghai.

En Oriente sucede algo similar con Dubái, pero con un mayor peso de Estados Unidos. Singapur, por su parte, se encuentra casi en un punto intermedio: tradicionalmente bajo la órbita occidental, pero con un peso creciente de China. No sorprende que sea el tercer centro financiero más importante del mundo. La poca población, la afluencia de recursos, la concentración geográfica y el poder de los regímenes permiten que en ambos países la situación interna esté controlada. Otra suerte corre Hong Kong, que históricamente funcionó como puerta de entrada de capitales occidentales a China y más recientemente también como puerto de resguardo y salida de capitales privados chinos, pero que el desarrollo de Shenzhen, Shanghai y Beijing ponen en entredicho. Estas últimas tres ciudades son la cara visible de la desigualdad en el gigante asiático, pero al mismo tiempo la promesa de un mayor bienestar posible para más de 1300 millones de personas cuya fuerza hoy pone en cuestión las estructuras del mundo del siglo XX. Frente a ellas, Taipei, cada vez más cercada, y Tokio, que busca dinamizar la inmovilidad de los últimos treinta años y fortalecerse como bastión financiero ante la domesticación de los tigres vecinos, pero se enfrenta a mayores condicionantes internos.

En este contexto, la pandemia es un fenómeno de carácter global que profundiza ciertas tendencias en el corto plazo, en tanto la economía real desacelera su crecimiento a pesar de la enorme liquidez existente luego de años de medidas de estímulo monetario indirecto y tasas de interés bajas e incluso negativas en los países centrales. La contracara de esto se visualiza en el aumento del precio de los activos financieros, inmobiliarios y metales preciosos, lo que tiene impactos aún más regresivos en la distribución de la riqueza, aumentando la incertidumbre política interna. En el plano externo, a la guerra comercial y tecnológica, se suma el riesgo de entrada en una dinámica de devaluación competitiva de las monedas o guerra de divisas, afectando el comercio internacional y la recuperación de las economías. Estamos hablando de un juego de suma cero que en los años 30 de siglo pasado terminó mal.

¿Cómo afecta esto a la Argentina? En los últimos años, el exceso de liquidez y las bajas tasas de interés en los países centrales incentivaron inversiones financieras “de alto riesgo”, como las realizadas en Argentina en el período 2016-2018 y en otros países de América Latina, África y Medio Oriente, con consecuencias económicas devastadoras, mayor exclusión social e incertidumbre. En este contexto, la reciente devaluación del peso puede mejorar momentáneamente la competitividad de las exportaciones argentinas, mejorando el frente externo. Sin embargo, sin la existencia de un mercado financiero local y un marco institucional que logre incentivar el ahorro interno mediante tasas reales positivas y canalizarlo hacia niveles de inversión superiores a los necesarios para la reposición del capital destinado a la producción, sobre todo para la exportación con alto valor agregado, la continuidad en la dependencia del financiamiento externo para el sector público y privado en un contexto de tasas bajas o negativas nos deja gravemente expuestos a una disputa geopolítica cada vez más hostil.


Sobre el autor: Mauro Martínez es Licenciado en Ciencia Política (UBA), coordinador de la Comisión de Asuntos Estratégicos y Política Exterior de la Fundación Meridiano.

Diarios Argentinos