Sobre el dinero y la logística del Poder

Los primeros sistemas políticos centralizados, los Estados originarios, surgieron allí donde ciertas elites disponían de la capacidad para tributar excedentes en forma regular. Es con impuestos que hace unos 6000 años pudieron crearse las primeras monarquías y sus séquitos. Fue entonces cuando  despuntaron grupos aventajados especializaciones como ejércitos, castas sacerdotales, escribas, recaudadores de tributos, comerciantes, artesanos. Las organizaciones diferenciadas y complejas se tornaron viables en ecosistemas consolidados como agriculturas intensivas basadas en cereales. En Eurasia este proceso ocurrió en coincidencia con la domesticación de animales de tiro. El aumento de la productividad derivado de esta fuente de energía facilitó la concentración de tierras en elites propietarias y gobernantes y la subordinación de aquellos que acabaron excluidos de las mismas[1].

Una condición adicional fue aquello que Robert Carneiro[2] denomina ‘circunscripción’, es decir, oasis de fertilidad circunscriptos por desiertos o estepas donde la fertilidad cae de forma abrupta a pocos kilómetros del valle. Las fronteras yermas impedían la huida de campesinos hacia otros territorios para eludir la explotación. Las estratificaciones de clase y la concentración del poder en ciertos grupos son inviables allí donde los productores encuentran con facilidad espacios alternativos donde sobrevivir. No es casual que los primeros Estados hayan aparecido en los entornos de valles fluviales rodeados por zonas áridas, como las orillas del Tigris y el Eufrates en la Mesopotamia, el Nilo en Egipto, el Rio Amarillo en el norte de China, las alturas andinas en América del Sur. La formación de Estados no fue el simple resultado de la posibilidad potencial para generar excedentes. Esta es una condición necesaria aunque no suficiente. Es imprescindible que los productores estén forzados a generarlos para subsistir[3].   

Es por este motivo que los cereales fueron también un requisito de las primeras formaciones estatales. De los granos se obtienen rendimientos elevados y costos reducidos cuando comparados con la mayoría de los alimentos. Los excedentes medidos en unidades de cereal se extraen con regularidad estacional, se almacenan con facilidad y son comparativamente duraderos. Y a diferencia de las raices comestibles y los tubérculos, como la papa o la mandioca, al ser visibles a simple vista por crecer sobre la superficie, no hay cómo esconderlos cuando el cobrador de impuestos se hace presente. Exceptuando la forma particular como se procesa la papa en regiones andinas[4], la ocultabilidad de raíces y tubérculos siempre fue un impedimento para organizar Estados en base a su tributación. Aunque puedan ser tan productivos y nutritivos que los cereales, no proporcionan excedentes fácilmente apropiables para propietarios y recaudadores de impuestos[5]. 

La capacidad para tributar aumentaba en función de dos condiciones diferentes pero complementarias: el crecimiento de la productividad en la agricultura y la conquista de nuevos territorios y poblaciones. A mayor productividad, mayores las posibilidades de extraer excedentes y sustentar ejércitos para conquistar nuevos territorios. La expansión imperial, por su parte, también ampliaba la capacidad para cobrar tributos facilitando sucesivas expansiones. Esta lógica imperial sólo era limitada por otras organizaciones políticas centralizadas y las des-economías de escala que provocaba la resistencia a pagar tributos de poblaciones cada vez más lejanas y heterogéneas. Cuando la extensión de los territorios alcanzaba cierto punto crítico, la extracción de excedentes sobre las poblaciones conquistadas era más que compensada por los costos crecientes de enfrentarlas en guerras distantes cada vez más difíciles de controlar. En ausencia de otras formaciones estatales de fortaleza equivalente, las dificultades logísticas de la extensión definían los límites imperiales[6]. 

El dinero fue una invención decisiva para simplificar la logística del valor en el espacio y en el tiempo. Con relación al espacio, piénsese, por ejemplo, en el Imperio Romano. Si éste cobraba tributos en Egipto en unidades de trigo, imagine el lector las dificultades logísticas que habría debido enfrentar para trasladarlo al otro extremo del Mediterráneo, pongamos, hasta las Galias, donde sus ejércitos combatían para conquistar más poblaciones y territorios. Con relación al tiempo, pensemos en un tributo cobrado en productos perecederos para consumirlos en diferentes estaciones del año. Una función primordial del dinero es precisamente conservar valor. El dinero debe tener la propiedad logística de ‘trasladar’ valores de un período a otro y en diferentes puntos del espacio.  

A distintos ritmos todas las unidades políticas encontraron la misma solución para estas dificultades logísticas. Como apunta Erica Schoenberger[7], consistió en monetizar tributos, es decir, exigir el pago de impuestos en materiales adecuados para trasladar valores en el espacio y en el tiempo.  Simultáneamente, los Estados e Imperios debían inducir a la población local a aceptar esos materiales a cambio de productos para alimentar, vestir y pertrechar a sus tropas, cerrando así el ciclo del dinero. Para ello se las obligaba a pagar impuestos en dichos materiales. Quien tiene obligaciones nominadas en cierta unidad de cuenta no tiene más alternativa que vender mercancías para obtenerla. Cobrar impuestos en dinero equivale a forzar la mercantilización de las actividades productivas. Es una forma de crear mercados. 

Esta descripción del Estado como promotor de relaciones monetarias y mercantiles, no obstante, puede parecerse a la explicación histórica del dinero que suelen ofrecer los simpatizantes de la “Teoría Monetaria Moderna” (ó MMT por sus siglas en inglés), para quienes el dinero es una forma de deuda que funciona como “criatura del Estado”[8], toda vez que éste define la unidad de cuenta en que se pagan impuestos[9]. La verdad es que poco sabemos de los intercambios mercantiles originarios y las formas embrionarias del dinero. ¿Surgieron a partir decisiones políticas o de elecciones individuales? Tratándose de prácticas anteriores a la escritura, no contamos con documentos que hayan registrado manifestaciones incipientes. Los registros arqueológicos, por su parte, son fragmentarios y poco conclusivos. Incluso no puede descartarse que algunos documentos de la antigüedad utilizados en las narrativas sobre los orígenes del mercado y del dinero, no traten de verdaderas relaciones mercantiles, sino de intercambios directos basados en la reciprocidad personal o comunitaria, como las deudas donáticas analizadas por Marcel Mauss[10]. 

Nos inclinamos por la solución ofrecida por Keith Hart[11]. Para éste el dinero tiene dos caras: una pública y otra privada, una representa al Estado, la otra al Mercado. ¿Cuáles serían los criterios para pensar que el dinero también se constituye a partir de decisiones privadas? Piénsese primero en la logística del tiempo. Si la unidad de cuenta que era escogida para el pago de impuestos no cumplía adecuadamente con la función de conservar valor ¿para qué otra finalidad habrían deseado retenerla los particulares? Recuérdese que antes del capitalismo moderno los tributos representaban una fracción mínima del valor agregado total, casi siempre inferior al 10%. No es casualidad que la unidad de cuenta escogida casi siempre coincidiese con metales preciosos imperecederos, inoxidables y de altísimo valor con relación a su peso. Los valores de cambio del oro y la plata se explican en gran medida por las dificultades para obtenerlos[12]. Algunos números pueden ser ilustrativos: en promedio se encuentran unos 55 gramos de cobre y unos 56.000 gramos de hierro por cada tonelada de superficie terrestre. De oro, en cambio, encontraremos menos de 0,004 gramos por tonelada[13]. La opción por los metales, además de sus ventajas logísticas, tenía otro motivo práctico: eran universalmente aceptados por los particulares, especialmente las redes de mercaderes y financistas que conectaban a las distintas unidades políticas a través del comercio a larga distancia. La denominada “ley de Gresham” postula que en la circulación “la moneda mala sustituye a la buena”. Es lo que solía ocurrir en tiempos inflacionarios con las monedas ‘envilecidas’ con metales ordinarios. Los particulares atesoraban oro o plata, a veces bajo una forma metálica simple, y se desprendían de las monedas que se desvalorizaban con mayor facilidad. 

Desde que las primeras ciudades-estados, como Lydia a partir del siglo VII AC, comenzaron acuñar monedas, éstas tuvieron casi siempre dos caras: la del Rey, que representa la autoridad estatal, y su reverso cuantitativo, que indica la cantidad de metal contenido en ellas, aquello que los particulares reconocían como un valor ‘intrínseco’ confiable. Una vez que existen actores privados, los materiales que funcionan como dinero deben tener suficiente plasticidad funcional para desempeñar un papel semejante a las raices y tubérculos comestibles que describimos anteriormente. Es decir, deben tener la propiedad de ser ocultables a la autoridad. El oro y la plata, como la papa y la mandioca, pueden enterrarse bajo tierra o en cualquier escondrijo. Eran materiales ideales para escapar a la circunscripción estatal y largarse a cualquier otro sitio sin perder la posibilidad de cambiarlos. Como en toda Eurasia estos metales representaban valores, quien los poseía podía eludir las eventuales arbitrariedades de la autoridad. También para los particulares los metales desempeñaban una función logística en el espacio cuando decidían cruzar distintas jurisdicciones políticas.

Mucho se discute en la actualidad sobre las funciones, propiedades y alcances de las criptomonedas. No parece una coincidencia que estos instrumentos hayan proliferado después del ataque a EEUU del 11 de septiembre de 2001. Aunque la idea inherente a estos instrumentos precede este evento, su ocurrencia precipitó su adopción generalizada. Desde entonces, y en el marco del “combate al terrorismo”, las autoridades estadounidenses monitorean con extremo detalle cualquier operación bancaria internacional que supera los 5000 dólares. Este aparato de vigilancia no sólo compromete operaciones ilegales, como venta de armas, drogas o redes de pedofilia, sino que se utiliza también para imponer sanciones a países considerados enemigos, como Irán, penalizando las operaciones bancarias en las que interviene el país o difundiendo información sobre episodios de lavado de dinero donde participan miembros de gobiernos de signo opuesto, como ocurrió con la conocida operación lavajato en Brasil, buscando extender así la jurisdicción estadounidense sobre todas las operaciones financieras internacionales[14]. Las criptomonedas, en este caso, constituyen una innovación financiera[15] que le devuelve al dinero su antigua condición de ocultabilidad. Como ocurría con las raíces comestibles y los metales preciosos en el pasado, brinda a los particulares (así como a muchos gobiernos), la opción de saltearse la circunscripción imperial, poniendo en evidencia que el dinero quizás nunca dejará de poseer una naturaleza también privada.  

Este carácter dual o parcialmente privado del dinero, para la mayoría de los Estados equivale a una restricción financiera. Si sólo pueden fijar unidades de cuenta aceptadas por los particulares, su autonomía para realizar gastos estará seriamente limitada por su capacidad para cobrar tributos. Los poderes territoriales a lo largo de la historia, sin embargo, se valieron de las más variadas estrategias para desarrollar la capacidad financiera de ampliar sus gastos. Téngase en cuenta todo Estado de un modo u otro rivaliza con otros Estados. En otras palabras, con frecuencia los Estados están obligados a desarrollar capacidades por la presión competitiva del orden geopolítico. Siempre se trata de un Estado entre Estados y las guerras invariablemente fuerzan a estas organizaciones a ampliar gastos, incluso en las condiciones financieras más restrictivas. Además de las estrategias de patas cortas, como el envilecimiento metálico de monedas señalado anteriormente, deben mencionarse dos innovaciones financieras fundamentales impulsadas desde Estados: el papel moneda creado en China durante la dinastía Song y los sistemas modernos de crédito fundados en títulos de deuda pública desarrollados en Holanda e Inglaterra durante el siglo XVII. 

El papel moneda en China, así como ocurrió en muchos otros lugares, nació como una promesa de pago en metales preciosos. En la práctica se trataba de títulos sujetos a reglas de convertibilidad cambiantes. Y como sería normal en todas partes, fue un instrumento poderoso para ampliar gastos estatales hasta que los particulares se enfrentaban con inflación. En tiempos de guerra, revueltas campesinas o crisis agrícolas, los precios – especialmente alimentos – así como los gastos gubernamentales, debían crecer, desencadenando dinámicas inflacionarias que se prolongaban en el tiempo. Estos procesos provocaban la comprensible tendencia de los particulares a realizar grandes pagos y atesorar en metales preciosos, mientras utilizaban el papel para pagos pequeños, otra vez nuestra vieja y conocida Ley de Gresham. Con variadas intermitencias China abandonaba y luego volvía a retomar la convertibilidad de sus papeles en plata, metal que desde fines del siglo XVI comenzó a importar de América, a cambio de exportaciones de seda, porcelana y té. La capacidad del Estado chino para ampliar sus gastos dependía así del cobro de tributos internos e indirectamente de sus exportaciones a Europa[16]. Hasta la guerra del Opio (1839-42) con Inglaterra, estas restricciones no fueron particularmente graves, teniendo en cuenta que exceptuando la plata no precisaban de importaciones y la principal amenaza militar que siempre debió enfrentar el Imperio, oriunda de los pueblos nómades de las estepas de Eurasia, había perdido relevancia con la difusión de las armas de fuego a partir del siglo XVII[17]. 

La creación de un sistema de deuda pública primero en Holanda y más tarde en Inglaterra fue una innovación de trascendencia histórica. Quien dispone de la posibilidad de endeudarse puede realizar gastos en el presente con la promesa de devolver valores en el futuro[18]. Agréguese que rara vez las deudas públicas se pagan. Lo normal es re-financiar los títulos (‘rollearlos’) con periodicidad. Este procedimiento habilitaba a gobiernos ingleses y holandeses a virtualmente desconectar sus gastos de la tributación en tiempos de guerra. ¿Y el sector privado? Para éste los títulos de deuda equivalían a disponer de un stock de riqueza líquida “as good as gold” (tan bueno como el oro) que además pagaba intereses y funcionaba como reserva para el crédito privado. Para sustentar la extraordinaria capacidad inglesa para realizar gastos en tiempos de emergencia, el Estado debía garantizar la rentabilidad de los particulares otorgando al Parlamento -donde se expresaban los intereses de la oligarquía financiera británica[19]-, la potestad exclusiva de fijar impuestos futuros, al tiempo que ratificaba la sagrada promesa de que libra esterlina recobraría su convertibilidad con el oro tan pronto como los asuntos volvieran a la normalidad[20]. Esta última condición, por su parte, dependía de la posición financiera del Imperio (su balanza de pagos) y la supremacía de su Marina de Guerra, la gloriosa Royal Navy, para controlar redes comercio globales y garantizar tributos oriundos de colonias cada vez más numerosas y ricas, como la India, “la joya de la corona”[21].  

   


Deuda Pública Británica como porcentaje del PBI (1692-2012)


Fuente: http://www.ukpublicspending.co.uk/


Desde que en 1971 Richard Nixon declaró el abandono de la convertibilidad del dólar estadounidense en oro y en especial después del shock de tasas de interés implementado por la FED en 1979, comandada por entonces por Paul Volker, la historia monetaria mundial ingresó en una etapa inédita. Una moneda fiduciaria se consolidó como la principal reserva de valor internacional[22]. Este estatus del dólar en hipótesis le otorga al gobierno de EEUU un poder sin precedentes. Con el sólo acto de imprimir billetes, o de otorgar licencias sin restricciones a los bancos del país para conceder créditos nominados en esa moneda (con la promesa de respaldarlos en situaciones de iliquidez e incluso de insolvencia) el gobierno norteamericano cuenta con el poder, parafraseando a Adam Smith, de “comandar” trabajo en todos los rincones del planeta[23]. ¿Conoce el lector sitios donde se rechacen dólares? A simple vista podríamos concluir que por la posición del dólar en la jerarquía internacional de monedas, el gobierno de EEUU está exento de todas las limitaciones que en América Latina acostumbramos denominar “restricción externa” y que aquí genéricamente llamamos “restricción financiera”. En efecto, desde el abandono de la convertibilidad la economía norteamericana mantiene déficit crónicos en su cuenta corriente sin que ello comprometa la solidez de su sistema financiero ni su posición internacional[24]. Incluso se podría argumentar que la estabilidad y hasta el crecimiento económico del planeta dependen en buena medida de que este país continúe inyectando liquidez al sistema a través de su comercio y sus finanzas. 

Sin embargo, asistimos a un fenómeno en apariencia paradójico: los gobiernos estadounidenses nunca utilizaron estas prerrogativas como muchos podríamos imaginar. La “era de oro del capitalismo” (occidental) llegó a su fin en coincidencia con estos cambios. Aproximadamente un 50% de los hogares estadounidenses no experimenta mejoras salariales desde la década de 1970. Las administraciones aceptaron en forma pasiva la “gran moderación”. La política macroeconómica se limita a tomar medidas monetarias, mientras que la principal novedad fiscal fueron las dramáticas reducciones de impuestos para los más ricos. Las intervenciones masivas que periódicamente realiza la FED se limitan a socorrer bancos y sectores financieros en apuros. El gobierno norteamericano fue más keynesiano cuando debió lidiar con el chaleco de fuerza del patrón oro que durante las últimas décadas de hegemonía incontestable de su moneda fiduciaria.  Estas orientación de política, no obstante, parece haber alcanzado sus límites. El gobierno Biden  está apelando al antiguo manual de las amenazas externas, en este caso chinas[25], para impulsar una agresiva política macroeconómica de viejo cuño keynesiano, aprovechando las ventajas extraordinarias de emitir la moneda de reserva internacional. Incluso varios economistas de la MMT asesoran en estos días a miembros influyentes del partido demócrata. La única restricción a la vista, como sucede a menudo, es la inflación. Ya hay indicios de puja distributiva en el mercado de trabajo estadounidense, así como es notorio el recalentamiento en mercados de commodities. Recuérdese, además, que la orientación globalizadora de las últimas décadas se sustentó en parte en el sesgo deflacionario que la industrialización asiática provoca en los precios de las manufacturas. Hasta ahora hemos conocido la supremacía del dólar en coincidencia con políticas neoliberales. El “keynesianismo de izquierda” que propone Biden, ¿estará exento de  restricciones financieras? 

   

Indice de Precios y Costos Laborales Unitarios en el Sector Manufacturero estadounidense (agradezco por estos datos al economista Fabián Amico del BCRA)



Sobre el autor: Eduardo Crespo (UNM- UFRJ)


REFERENCIAS

[1] Amy Bogaard, Mattia Fochesato y Samuel Bowles. The farming-inequality nexus: new insights from ancient Western Eurasia. Antiquity, Volume 93, Issue 371, October 2019, pp. 1129 – 1143.

[2] Carneiro, Robert, A Theory of the Origin of the State. Science 169: 733–738, 1970.

[3] Marshall Sahlins. Stone Age Economics. Routledge, 2017.

[4] Sobre este punto ver McNeill, William H. How the Potato Changed the World’s History, Social Research, 66, 67-83.

[5] Joram Mayshar, Omer Moav y Luigi Pascali The Origin of the State: Land Productivity or Appropriability? https://warwick.ac.uk/fac/soc/economics/staff/omoav/mayshar_et_al_jpe_2nd_11_oct_2019.pdf

[6] La lógica contradictoria de la gestión imperial a distancia puede formalizarse con funciones no lineales bastante sencillas. Ver Turchin, Peter:  Historical Dynamics. Why States Rise and Fall. Princeton University Press, 2016. 

[7] Schoenberger, Erica. The Origins of the Market Economy: State Power, Territorial Control, and Modes of War Fighting. Comparative Studies in Society and History. Vol. 50, No. 3 (Jul., 2008), pp. 663-691

[8] Lerner. A. P. Money as a Creature of the State, American Economic Review, vol. 37, no. 2, May, pp. 312-317.

[9] Ver Ingham, Geoffrey. The Nature of Money, Polity Press, 2004.

[10] Mauss, Marcel. Ensayo sobre el don. Forma y función del intercambio en las sociedades arcaicas. Katz Editores, 2009.

[11] Hart, Keith. Heads or Tails? Two Sides of the Coin. Man, New Series, Vol. 21, No. 4 (Dec., 1986), pp. 637-656.

[12] Marx, Karl. Critique of Political Economy 1859. https://www.marxists.org/archive/marx/works/1859/critique-pol-economy/ch02_4.htm

[13] Schoenberger, Erica. Nature, choice and social power. Routledge, 2015.

[14] Ernani Teixeira Torres Filho. A bomba dólar: paz, moeda e coerção. Instituto de Economia, Universidade Federal do Rio de Janeiro, Texto para Discussão 026, 2019. https://www.ie.ufrj.br/images/IE/TDS/2019/TD_IE_026_2019_TORRES%20FILHO.pdf

[15] Sobre el concepto de Innovación Financiera, ver Fernando J. Cardim De Carvalho, Financial Innovation and the Post Keynesian Approach to the "Process of Capital Formation" Journal of Post Keynesian Economics. Vol. 19, No. 3 (Spring, 1997), pp. 461-487.

[16] Jin Xu. Empire of Silver: A New Monetary History of China. Yale University Press, 2017.

[17] Andrade, Tonio. The Gunpowder Age: China, Military Innovation, and the Rise of the West in World History. Princeton University Press, 2016.

[18] Goetzmann, William N. Money changes everything. How finance made civilization possible. Princeton University Press, 2016.

[19] Cain, P. J. y Hopkins, A. G. British Imperialism, 1688-2015. Routledge, 2016.

[20] Medeiros, Carlos y Serrano, Franklin. Padrões monetários internacionais e crescimento. En Estados e moedas no desenvolvimento das nações. Petrópolis: Vozes, 1999.

[21] De Cecco, Marcello. The International Gold Standard. Money and Empire.  Frances Pinter, 1984.

[22] Serrano, Franklin. From ‘static’ gold to the floating dollar. Contributions to Political Economy, Volume 22, Issue 1, November 2003, Pages 87–102.

[23] Smith decía una persona “será rica o pobre según la cantidad de trabajo que pueda comandar”. Smith, Adam. An Inquiry into the Nature and Causes of the Wealth of Nations, capítulo V, Libro I. https://www.gutenberg.org/files/3300/3300-h/3300-h.htm

[24] Privilegio que en lo esencial se extiende a todos los países de la órbita anglosajona.

[25] https://www.whitehouse.gov/briefing-room/speeches-remarks/2021/05/27/remarks-by-president-biden-on-the-economy-2/

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