Sonata Barroca “Guerra del Paraguay”

Los únicos documentos gráficos de esta masacre son los cuadros que pintó Cándido López, testigo presencial de los hechos.

Tercer Movimiento. Adagio nostálgico

Los únicos documentos gráficos de esta masacre son los cuadros que pintó Cándido López, testigo presencial de los hechos. El testimonio gráfico es muy particular y presenta un enigma hasta ahora no resuelto. Se puede encuadrar históricamente el hecho de la siguiente forma: El francés Louis Jacques Daguerre patentó en Paris en 1839 un procedimiento para fijar imágines en una placa de cristal o metal recubierta de sales minerales, luego de ser expuesta a los gases de algunos ácidos. Nació el “daguerrotipo”, precursor de la fotografía. El Gobierno de Francia en un gesto inusual en su historia, le compró al investigador los derechos de su patente, y la entregó libremente a los inventores en general de modo que decenas de europeos y aún norteamericanos accedieron al procedimiento y trataron de mejorarlo.

Daguerrotipistas franceses e italianos llegaron al Río de la Plata con el invento a sus espaldas para ganarse la vida  con los retratos familiares y  propiedades de sus clientes. Cándido López, pintor aficionado, recibió por igual lecciones del nuevo invento y de pintura de afamados profesores de época que vivían en Buenos Aires. López había nacido en Buenos Aires en 1840 y a pesar de su juventud, alrededor de los veintitrés años pinta un retrato del General Bartolomé Mitre quien quedó satisfecho con la obra. Esa fue la primera vez que se cruzaron sus caminos. De esa época ha quedado también un autorretrato del propio pintor, en el que se aprecia sus facciones francas, algo excedido de peso, pelo negro, lacio, románticamente peinado cayendo a los costados de su cara.

Como pintor no era considerado dentro de los primeros pinceles de la Argentina, pero integraba lo que después se denominó la Generación del 80 que estableció las bases de la Argentina moderna. Declarada la guerra al Paraguay López decidió unirse al ejército como Teniente Segundo y quedó enrolado a las órdenes de Juan Carlos Boerr, hijo de un general belga. Su cuerpo militar estaba de reserva de modo que tuvo tiempo libre suficiente para dedicarse a dibujar croquis de los despliegues militares que se producían ante su presencia. Un día entró en acción y en 1866 participa en las batallas de Yataí-ti, Tuyutí y Curupaití sin sobresalir por su valor, pero sin dejar de cumplir escrupulosamente su trabajo. López era  meticuloso en todo lo que hacía, y su paso por los daguerrotipos le había enseñado el valor de los encuadres, el arte de variar la perspectiva y el detallismo que proporciona la fotografía. Estos conocimientos los aplicaba a su técnica pictórica,  como a su vida en general.

En el asalto a una trinchera paraguaya una granada  le estalló en la mano derecha, y el médico militar decidió amputársela a la altura del antebrazo. López fue enviado a retaguardia para su convalecencia e ingresó al Cuerpo de Inválidos. La herida de la cirugía no cerraba bien y ante el peligro de una gangrena,  los médicos decidieron subir la amputación hasta arriba de codo. El pintor había perdido su principal herramienta de trabajo. Sin embargo no se amilanó por eso y comenzó a re-entrenar su brazo izquierdo para seguir pintando. Logró suficiente maestría como para enviarle dos cuadros a su médico, que hoy se hallan en el Museo Nacional.

Las finanzas personales de López que nunca habían sido muy abundantes estaban en cero, pero un afortunado, nunca mejor dicho, matrimonio con una estanciera viuda de  San Antonio de Areco le salvó la situación aunque debía trabajar duramente entre vacas y caballos que enriquecerían su experiencia para pintar animales. Fue en esa situación que se dirigió por carta directamente al Presidente de la República, su antiguo conocido, el General Bartolomé Mitre pidiéndole ayuda a cambio de ilustrar la guerra del Paraguay que tan bien conocía. Para justificar su pedido envió al Presidente dos cuadros de su autoría.

El General Mitre era una de las cabezas de la inteligencia argentina de la época, siempre subordinada a las potencias europeas. Fue un perfecto general colonial, en el sentido que no se imaginaba un destino propio para la Argentina, sino, en todo caso, ser una estrella más en la estela sideral de los países centrales, particularmente Inglaterra. No obstante era políticamente hábil, ordenado y progresista. Como numen de la vida intelectual argentina lo era todo. A Mitre le gustaron los cuadros de López y le hizo organizar una exposición que no tuvo particular éxito entre la cátedra, pero de todos modos cosechó elogiosos comentarios críticos.

Mal  podía López gustar en Buenos Aires cuando el modelo a considerar eran los paisajes en acuarela del inglés Joseph Willliam Turner, contemporáneo suyo con un arte maduro de reflexión sosegada; ante el dinamismo ingenuo de López y sus telas apaisadas de 300º de amplitud, anticipándose más de un siglo a que las cámaras japonesas de fotografía lograran ese gran angular. Se repite, en los comentarios críticos que se hacen de las pinturas de López que son expresión del arte naif, ingenuo. Es cierto; pero a diferencia de la mayoría de los artistas del género,  no llega a lo naif por marketing, para vender gnomos y hadas, sino que él es personalmente un ingenuo, y quizá su nombre sea una advertencia: Cándido López.

Su hermano de arte es el Aduanero Rousseau, de similar sensibilidad casi infantil. Pintan los mismos caballos a la carrera, iguales animales estáticos y curiosos, y la gente del pueblo. López se compromete ante el gobierno a entregar unas cien pinturas de la guerra, pero sólo llega a unas sesenta. De todos modos no hay mejor ilustración de esa guerra que las pinturas de López.

Ha habido numerosos pintores de guerra que han querido detener imágenes, reales o imaginadas de todas las batallas desde la época griega o romana, hasta nuestros días. La lista de sus autores es infinita, pero se pueden mencionar a modo de ejemplo dos de ellos,  Picasso con su Guernica hasta Goya con sus terribles escenas del dos y el tres de mayo con los fusilamientos en Príncipe Pío, ya ícono de la violencia. Tanto Picasso como Goya, toman partido ante la violencia. Profundamente antinazi Picasso, antifrancés Goya. López es diferente a todos ellos.

Frente a la matanza obscena en Paraguay, López parece pintar desde el paraíso, de la inocencia total. No hay la menor mácula de patriotismo en sus pinturas. Con igual detallismo pinta los botones de los uniformes paraguayos que los de los aliados. Las banderas de ambos flamean al viento y son del mismo tamaño. Todo es simétrico.

Algunos críticos minuciosos observan que muchos de los soldados de ambos bandos carecen de ojos y boca, sin embargo casi todos los muertos tienen ojos y boca. “Se trata de un mensaje cifrado del autor. Los soldados vivos sin ojos ni boca se transforman en casi zombies, autómatas sin capacidad de expresarse. Los muertos, en cambio tienen los órganos para ver el horror y boca para hacer oír sus acusaciones…”  Demasiada inteligencia sumada a la mente simple del pintor.

Sus cuadros absolutamente realistas en los detalles no tienen un matiz sórdido. Son luminosos, diáfanos. Parecen ejercicios gimnásticos de soldados que corren hacia un lado u otro. Sus desplazamientos de caballería son cuadros de una tarde de arte ecuestre. Bajo sus ojos se desarrolla la masacre más violenta de América del Sur, en la que Paraguay perdió a casi todos sus hombres entre los trece y los cincuenta años, y el hecho no estalla en una tela dramática, violenta, sucia. No es cobardía del pintor, no son complicidades, no es ceguera. Parecería que el duro impacto de la matanza ha superado la resistencia de López, y el aparato defensivo de su integridad psicológica, ensayó como única defensa el bloqueo de lo dramático. Un pintor de guerra etéreo, como si por una chanza del destino se hubiera obligado a Fra Angélico a pintar la guerra de Viet Nam.

Tal vez, como mejor se entienda el estilo de López es tomando en cuenta que durante la guerra le gustaba sentarse al atardecer en alguna lomada y observar el suave discurrir del río, bajo el cielo apacible azul celeste con pequeños novillos blancos que tanto se sumaban como desaparecían. Sobre la tierra palmeras, cocoteros, caballos sueltos pastando en los prados, vacas, balandras descansando en la playa con sus velas abatidas y la mirada serena de un ángel, de un hombre que no ha pecado.

Cándido López murió el 31 de diciembre de 1902. Día en que se conmemora al papa y santo Silvestre  a quien se le atribuye el don de la tranquilidad y la mesura. Cándido López rindió su pincel el mismo día en que se rendía el año. Lo vino a buscar Silvestre.


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