Teletrabajo: ¿la generación de una nueva masa marginal?

El reciente fallecimiento de José Nun nos permite retomar su concepto exitoso de “masa marginal” para reposicionarlo en el contexto del siglo XXI.

El reciente fallecimiento de José Nun nos permite retomar su concepto exitoso de “masa marginal” para reposicionarlo en el contexto del siglo XXI. Cuando Marx acuña el “Ejercito industrial de reserva” como forma de regular el ciclo en el mercado de trabajo, cambiando el paradigma aceptado hasta entonces (regulación demográfica), incorpora un desequilibrio funcional al capital que puede tener varias causas, siendo el cambio tecnológico una de ellas.

Casi 100 años más tarde, José Nun realiza un aporte al considerar que el desempleo y el empleo informal existente en América Latina no puede considerarse enteramente como producto de un proceso de incremento de productividad o de regulación macroeconómica sino más bien producto de los mecanismos de dependencia que impiden el desarrollo de las fuerzas productivas en América Latina. En sustancia, la falta de empleo en la periferia debe entenderse de forma distinta al desempleo en el centro. En nuestra región, gran parte del sobrante de trabajadores no tiene una clara función para el capital, sino que puede considerarse como una “masa marginal”.

Esto generó muchas discusiones, como por ejemplo cuál es el indicador para saber cuál desempleo es funcional y cual no lo es. Pero cuando en un país periférico existe una tasa de desempleo abierto de dos dígitos, no cabe dudas que gran parte de esa población excedente no es necesaria para regular el ciclo de salario, sino que habla más de inconsistencia macroeconómicas severas que también pueden afectar la acumulación capitalista. La masa marginal que surgió en los años noventa tuvo la particularidad de convertirse en actor político a través de los “piqueteros” y empezar a ser disfuncional a la acumulación de capital, impidiendo con sus cortes de ruta la circulación de mercancías y de trabajadores.

El nivel de desempleo que dejó el macrismo es otra muestra que el descalabro macroeconómico es una explicación importante del incremento del desempleo. La pandemia le agrega otro desafío importante, como es la generalización del teletrabajo producto de la restricción a la circulación de personas y que, a pesar de la conveniencia que pueda tener en algunos casos, puede tener impactos en el empleo duradero.

La ley votada en Argentina durante 2020 buscar darle un cauce a la realidad que vivieron numerosas empresas que dejaron de pagar alquiler de sus oficinas céntricas para buscar alternativas más flexibles y menos costosas, como el coworking, el alquiler temporal de oficina para reuniones específicas, las redes sociales como forma de comunicarse, entre otros. Los primeros estudios nos muestran que hasta 2020 el teletrabajo ocurría en empresas de servicios con pocos gremios (finanzas, servicios empresariales y profesionales) y con trabajadores de altos ingresos. Esta tendencia parece haberse reforzado en varias empresas de servicios y no será erróneo pensar que le sigan las partes administrativas de las empresas industriales, profundizando la tendencia de outsourcing a nivel global.

Si bien hasta ahora no parece registrarse resistencias de los trabajadores a esos nuevos métodos de trabajo, en otras ramas de actividad con mayor nivel de sindicalización (administración pública, enseñanza, salud, comercio) las resistencias pueden ser mayores. En el caso de la educación hay una crítica pedagógica a la implementación del teletrabajo a través de las plataformas virtuales en los niveles de la primaria y la secundaria, aunque ya parece haberse difundido con bastante profundidad a nivel universitario. En salud existe un cuidado de los profesionales por administrar diagnóstico a distancia, aunque también hay una tendencia de las farmacias a aceptar fotos de recetas y de esa forma flexibilizar las formalidades que requiere el sector.

Gran parte de las ventajas de la ley es que incorpora numerosas pautas para evitar que se transforme el teletrabajo en una nueva forma de flexibilización, como el derecho a la desconexión, derecho a la infraestructura laboral, la protección de datos de los trabajadores y la implementación de acuerdo a las especificidades de cada sector en el marco del convenio colectivo de trabajo, lo que generó rispideces con las cámaras empresarias que criticaron la ley.

No obstante, queda claro que les puede resultar muy conveniente a las empresas por el ahorro de alquileres y distintos costos fijos asociados, como los servicios de limpieza, de secretaría (cada vez más suplido por las redes sociales y los intercambios personales entre personal de jerarquía), además de poner incómodo a los gremios que requieren de un poder territorial para la organización de los trabajadores. Por lo tanto, el peligro latente es que las empresas aprovechen la ocasión para reducir costos en alquiler y en empleados que se consideren superfluos, en alianza con profesionales y oficinistas que puedan mejorar su condición de vida al evitar viajes diarios desgastantes y aprovechar mejor su vida hogareña. Otras posibles víctimas del teletrabajo podrían ser los cuadros medios que coordinan sus equipos de trabajo desde “el despacho”, dado que es posible un futuro de estructura de oficinistas teletrabajando más horizontales.

Por lo tanto, de generalizarse el formato de teletrabajo, es muy probable que esa nueva regulación del trabajo tenga enormes impactos sociales negativos, tanto en un incremento del desempleo urbano como en una polarización aún mayor de los ingresos. También es posible que cambie mucho la forma de vida de la población, al rebalancear la distribución de la población en el territorio, lo que puede hacer repuntar la vida económica (y social) de los barrios. Esas tendencias difíciles de contrarrestar deberán ser objeto de política orientada a mejorar las condiciones materiales del hábitat (en especial ambientes para teletrabajar), mejorar los sistemas de educación y de cuidado barriales, así como mejorar los servicios de conexión digital en las pequeñas ciudades para darle cauce a un reequilibrio poblacional, revertir la tendencia a la despoblación de las ciudades chicas, generar economías de aglomeración y polos económicos alternativos al AMBA en el marco de una planificación urbana.  

La reorganización de las organizaciones públicas y privadas y los trabajadores en relación de dependencia también puede tener enormes consecuencias en los sectores informales que les proveen servicios de forma directa o indirecta, haciendo evidente la brecha digital, informacional e institucional entre ambos sectores. Sería importante que esas brechas sean cerradas por políticas fuertes de inclusión digital e institucional que permitan evitar la generación de una nueva forma de exclusión y la creación de una nueva masa marginal que se había logrado reducir a su mínima expresión en 2015.


Sobre el autor: Martín Burgos es coordinador del departamento de economía política del Centro Cultural de la Cooperación.


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