Todos los días un poco

León Gieco cumplió 70 años.

Cuando no sabemos qué pensar, cuando empezamos a desconfiar de nuestras certezas, cuando nuestros principios quedan lejos, hay que volver a León.

Cuando las noticias nos enferman, cuando el sentido nos atormenta, cuando el mal se viste de estrella, hay que volver a León.

Como una brújula, como una guía, como una linterna.

Como un peregrino, como un sabio, como un reo, como un león.

Como muchos, como pocos, como ninguno, Gieco siempre nos cantó la palabra justa, nos gritó la frase caliente y nos enrostró la culpa cómplice.

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En 1982 se realizó el Festival de Solidaridad Americana, decenas de bandas de rock se juntaron para apoyar la gesta patriótica del gobierno militar: recuperar las Islas Malvinas. A esa operación concurrieron más de 70 mil personas.

Impulsados por el espíritu de época, la necesidad de expresarse y conectarse con su público -por primera vez el Estado les abría sus puertas-, participaron los principales referentes del rock argentino: Charly García, Luis Alberto Spinetta, Ricardo Soule, Edelmiro Molinari, Litto Nebbia, Pappo, Raúl Porchetto, entre otros. León también fue de la partida. Es recordada su versión de “Solo le pido a Dios”. 

Solo dos bandas declinaron la oferta: Virus y Los Violadores. El tiempo pasó y el evento quedó como un burdo acto de managers y militares intentando manipular a músicos y fans. Uno de los primeros en reconocer que fue un error y que los habían usado fue Gieco. Eso también es León, ya lo dijo, ya lo cantó: “Por favor, perdón y gracias, tres palabras mágicas para la vida, el amor y el corazón”.

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Rubén Antonio Alberto Gieco, el hombre de Cañada Rosquín, quien ganó su apodo de pequeño por quemar parlantes y ser bautizado como “el rey de las bestias”, cumplió 70 años. Como sucedió con García, semejante aniversario nos lleva a pensar su vida en la nuestra. ¿Cuántas veces lo cantamos? ¿Cuántas veces lo citamos? ¿Cuántas veces nos explicó? ¿Cuántas veces nos entendió? ¿Cuántas veces nos conmovió? ¿Cuántas veces oímos sus canciones sin escucharlas?

Artista popular como pocos, León conectó con causas populares, defendió principios y acompañó virtudes. Siempre sentando en la vereda correcta.

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Por destacar su compromiso político e intelectual, muchas veces queda relegada su obra. Pocos artistas tienen una discografía tan sólida. Sus trabajos son parejos, sin altibajos. No hay períodos chatos, desparejos y prescindibles.

Pensemos en sus últimos discos con canciones originales: Orozco (1997), Bandidos Rurales (2001), Por favor, perdón y gracias (2005) y El desembarco (2011). En todos hay hits, canciones conmovedoras, participaciones deslumbrantes e himnos para cantar de pie.

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Sergio Marchi en Spinetta: Ruido de Magia, la biografía sobre el autor de “Plegaría para un niño dormido”, cuenta cómo fue la relación entre El Flaco y León. Se conocían de toda la vida, pero no se conocían. Ambos se respetaban pero no lograban conectar.

Esa conexión llegó trabajando juntos, partiendo de una tragedia para llevar luz. Compusieron “8 de octubre”. León escribió la letra, Spinetta compuso la música y el tema forma parte de El desembarco. Una canción dedicada a los alumnos y profesores de la Escuela Ecos que fallecieron en esa fecha. Un hecho trágico y evitable: “Regresaban de practicar actividades solidarias en la escuelita de El Paraisal, que Ecos apadrina desde 1994, el micro en el que viajaba la delegación de alumnos, exalumnos, profesores y directivos de Ecos tuvo un brutal choque: fue embestido por un camión cuyo conductor estaba ebrio” (extraído del sitio web de la institución).

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Cuando vemos que lo absurdo arrasa, cuando vemos que el dolor ajeno se festeja, cuando vemos que los escenarios se usan solo para vender productos, nada mejor que una de sus canciones.

Cuando vemos que el rock no combate, que los artistas son cómplices y que el mundo se cae a la derecha, una solución: todos los días un poco de León.

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Como ya inmortalizó la Negra Sosa, no quedan más palabras que las siguientes: “Gracias, León”.

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