TRABAJOS RUINES III


Industria

LA MAQUINA DE MATAR

No existe otra máquina de matar que el cerebro humano. Allí están todas. Desde el garrote a la ideología. Desde una moneda a un ladrillo, de un portaaviones a una caña de bambú, todo ataca, todo defiende. Depende del cerebro.

Pero sin duda hay especialidades, entre ellas las fábricas de la muerte, costosísimas edificaciones para producir holocaustos masivos, sacrificios para aplacar a los  ídolos, y desde el fondo de la historia, llega la muerte en las mesas de piedra para el chivo blanco, los altares de los mexicas ,  los barcos negreros de los portugueses, holandeses, las plantaciones de algodón de Estados Unidos, las montañas de Armenia, las llanuras polacas, las secas tierras disputadas por palestinos e israelitas..

La primera institución organizada de muerte rentable del mundo industrializado fueron los mataderos de animales, que desde campamentos sucios y nauseabundos que describe Esteban Echeverría en “El Matadero”, se especializó hasta alcanzar al inicio del siglo XX un alto grado de sofisticación y aprovechamiento. En la cuenca del Rio de la Plata, en Uruguay y Argentina fueron los frigoríficos  Liebing´.  Hubo tres, uno  en Fray Bentos, dos casi enfrente, en la Argentina, diseñados y construidas por alemanes, integrantes de una sociedad industrial   de nombre británico: ”Liebig´s  Extract  of  Meat Company Limited”, aunque haciendo referencia al Barón Von Justus Liebig científico alemán creador del sistema industrial para la obtención del extracto de carne, principal producción de la empresa.  Ocupaba el Barón  Liebig un cargo técnico equivalente a Director de la Sociedad; que inició sus actividades en 1903, sobre el río Paraná..

La empresa solo procesaba carne vacuna u ovina produciendo alimentos cocidos enlatados, además de su conocido extracto de carne. Lo sorprendente eran la magnitud de sus construcciones y la capacidad para procesar, por ejemplo 250.000 vacunos en la campaña 1911/1912, es decir más de 1.000 animales diarios durante los ocho meses que duraba la zafra.

Los criterios de optimización de la producción eran calculados  con precisión matemática que cumplían a rajatabla  los 3.000 obreros, hombres, mujeres y niños que trabajaban en la fábrica.

El proceso de producción era continuo con minutos  exactos de elaboración en cada sector. De los animales se aprovechaba todo, sangre, cuero, tendones, órganos, cortes de carne, jugos, gelatinas, huesos, hasta los cálculos biliares que solían traer algunos animales eran procesados y vendidos  a laboratorios japoneses. Liebig´s  fue uno de los grandes abastecedores de carne de los ejércitos europeos, vendiendo su producto tanto a los ingleses como al ejército alemán. Su Corned  Befee  se transformó en Inglaterra en la comida más popular de la burguesía y clases altas durante la segunda Guerra Mundial.

Una formidable máquina de producir a partir del sacrificio de vacas y ovejas, lo que en verdad  lo calificaba como una máquina precisa de matar y elaborar; por grupos especialmente entrenados de obreros; muerto el animal,  procedían a dividirlo quitándole todo lo que fuera de valor,  entrañas, cuernos, pezuñas, tripas, etc.

Los animales eran llevados a inmensos corrales a las puertas de la fábrica, allí eran bañados y separados en grupos según pesos, edades, etc. y luego en fila de uno ingresaban por una puerta que se cerraba tras el paso de la víctima.

Casi en penumbra el animal  encontraba frente él, sobre una pequeña tarima a su victimario, Otasildo Martínez, extraño nombre con sonoridades merovingias: Clodoveo, Clotario, Dagoberto, porque no Otasildo;  quién armado con un martillo de cinco kilos de acero recubierto de una gruesa goma, le aplicaba un solo golpe entre los dos cuernos que desmayaba o mataba instantáneamente al animal.. En forma inmediata era elevado por medio de roldanas por las patas traseras y degollado recogiéndose la sangre para su proceso productivo. Inmediatamente pasaban por los otros sectores en donde eran paulatinamente troceados y despojados.

Todo comenzaba en los brazos de Otasildo Martínez, apodado “El Brasileño”, aunque no lo fuera. Dice Ignacio Ismael Barreto, el más directo conocedor de la fábrica Liebig´s en la que trabajó 40 años, autor de un excelente libro “Liebig´s Fábrica y Pueblo; “Millones de golpes debió de haber aplicado Otasildo”; quién  murió relativamente joven, atacado de un mal que tampoco perdona, cáncer al hígado.

 Cuando el médico le diagnosticó la enfermedad, en un destello de visión creyó ver que el veterano doctor no tenía un rostro humano, sino una gran cabeza de vaca que sonreía. Ahora sabía que miles de cangrejos microscópicos invadían su hígado y masticaban  continuamente partículas de su carne. Un millón de vacas  muertas por sus manos; no es pequeña cifra. ¿Cómo acomodaba esa carga en su conciencia?

En sus últimos días sufría dolores intensísimos y diariamente le aplicaban morfina subcutánea para hacer soportable el tránsito. Padecía  sueños terribles que luego contaba a sus circunstanciales enfermeros. ”Yo estaba descansando en el parque echado sobre el césped y de pronto, como a dos cuadras aparecían unos puntitos negros que saltaba, se corrían entre ellos, jugaban.  Eran como gatitos alegres, pero de pronto comenzaban a llegar más y más  y formaban una masa alarmante, que comenzaba a venir hacia mí y me asustaba. Así como había venido, desaparecían de golpe”.

El 17 de agosto de 1950 luego de la inyección de la mañana, súbitamente Otasildo se sentó en la cama y gritó fuertemente: “Carajo! Me muero!” y efectivamente cayó para atrás. Quedó lívido instantáneamente, ese  verde ceniciento, sobre la almohada blanca sudada. Los enfermeros le cerraron los ojos y le cubrieron la cara

Nadie interpretó sus sueños. Parece que la familia vivía en Entre Ríos pero como no tenían la dirección no les pudieron avisar. Un velorio triste, la presencia aislada de algunos compañeros de trabajo. Un carro de la empresa llevándolo hasta el cementerio y allí, sobre su tumba un cartón con su nombre y fecha de muerte, escrito con un lápiz grueso, “hasta que le hagan la lápida”, dijo un capataz. Nunca la hicieron.

Puede decirse que ser noqueador de Liebig´s en la década del 40 del siglo pasado quizá haya sido un trabajo ruin.


Ilustración: José Ignacio Astigueta 

Diarios Argentinos