Twitter o el posmoderno Prometeo

El efectismo, la inmediatez, la chicana, la fragmentación, todos recursos a los que nos vamos apegando a fuerza de funcionalidad, sin tiempo para reflexionar y considerar cómo eso condiciona o delimita el debate público y la disputa política.

Como ocurre desde hace casi una década, las comunidades politizadas de las redes sociales se enfrascaron en una de esas polémicas que resultan inentendibles o difícilmente asequibles para quienes no participan de las lógicas y principios de reconocimiento que distinguen a dichas comunidades.

Por supuesto, y como también es habitual, la polémica tuvo expresiones en algunos medios de comunicación que asoman por fuera de las mentadas redes y arrastró indignaciones, enojos y militancias más allá del terreno digital. Sin embargo, por los actores implicados, los tópicos involucrados y las semánticas apeladas, resulta improbable que podamos encontrar marcas notorias en el debate público por fuera de las plataformas virtuales.

La particularidad, en este caso, es que adquirió el carácter de algo así como un metadebate: discutiendo en redes sobre las redes. El objeto fue una indagación con relación al avance de la derecha política más radical, sus vínculos con expresiones semejantes a escala internacional y -aquí nuestro punto- los usos y procedimientos de los que estos grupos se valen para identificarse y articular su discurso en los espacios que Internet les brinda. Tal vez no fue planteado como un trabajo exclusiva ni primeramente sobre las redes, pero sus mismos efectos y repercusiones pusieron en evidencia que es allí donde cobra vida el monstruo.

A modo de síntesis, digamos un grupo de seis periodistas se dedicaron durante dos años a pensar una serie de contenidos relacionados con el avance de la llamada reacción conservadora en la Argentina y en el mundo. En tal sentido, se propusieron exponer los modos orgánicos e inorgánicos de vinculación entre los actores que protagonizan el referido avance, sus consignas, sus enemigos (defensores de derechos humanos, partidarios de la intervención del Estado, las feministas, la izquierda y distintas expresiones progresistas) y sus propósitos explícitos e implícitos.

En los últimos tres años, a partir del debate parlamentario por la legalización y la despenalización del aborto, emergieron fuertemente en Argentina -a través de movilizaciones masivas, participación en los medios de comunicación y gran incidencia en las redes sociales-, sectores de la sociedad agrupados en la llamada 'reacción conservadora’, un movimiento con actores en algunos casos identificables con claridad y, en otros, de más difícil clasificación. También llamada 'derecha desdemocratizadora' o 'nueva derecha', en la Argentina se vio con fuerza a partir de 2018, aunque se trata de un fenómeno transnacional previo. El objetivo de esta investigación es identificar a sus principales integrantes y su red de vínculos; contar cómo actúan en la Argentina y su relación con España, y aportar una mirada histórica sobre este 'nuevo' conservadurismo”. Tales los términos con los que fue presentado el trabajo de investigación periodística, que mereció por título La reacción conservadora en Argentina.

Así, el pasado domingo 12 de junio se dio a conocer el informe en un sitio web donde aparecía en primer término un gráfico dinámico con la “red de vínculos”. Esto es, los nodos de individuos y organizaciones y “sus relaciones identificables con la reacción conservadora”. La información estaba dispuesta de modo que permitía búsquedas filtradas por actividad (redes sociales, partidos políticos, iglesias, medios, poderes del Estado, think tanks, organizaciones de la sociedad civil, entre otros), territorio o por nombre. Al cliquear en cada foto, se presentaba la biografía correspondiente y su red de vínculos.

Esto era acompañado por una serie de investigaciones bajo los siguientes títulos: La reacción conservadora; La juventud antiprogresista; La conexión española y los imitadores de Vox; Chaco, virus y salmos; El Congreso como campo de batalla; Universos evangélicos; Litiga, litiga que algo quedará; San Miguel, municipio modelo en obstaculización; y, finalmente, Trolls contra feministas y zurdos. El sitio se completaba con una breve presentación de las autoras.

Lo que siguió fue una rápida repercusión y una seguidilla de impugnaciones por los supuestos de haber incorporado información personal de instagrammers y twitteros y configurado una eventual “lista negra” de opositores al actual gobierno. La magnitud de estas réplicas, que incluyeron pronunciamientos de los principales partidos políticos de oposición, fue tal que obligó al silencio de los responsables de la publicación, a poner bajo candado (lectura únicamente accesible a sus seguidores autorizados) sus cuentas en redes sociales y, al menos hasta la fecha, dar de baja el sitio en cuestión.

En este mismo portal pueden leer dos interesantes y oportunas notas sobre el tema. La primera de ellas es una columna de Nicolás Dvoskin1 dando cuenta de las relaciones entre estas nuevas expresiones de la derecha más radical y la economía, además del contexto y el devenir histórico que las fue alumbrando. La segunda nota corresponde a Florencia Lucione2 y allí el acento está puesto en las deficiencias del informe, los hostigamientos posteriores y los repudios cruzados, además de indagar en ciertas declinaciones del progresismo y en algunas prácticas consagradas durante los últimos años que habilitaron la emergencia de esta nueva ola reaccionaria.

El objeto del presente se acerca más al tenor de esta última nota, adicionando algunos aspectos sobre los que ya hemos puesto nuestra atención y que han merecido un abordaje más minucioso y riguroso en obras de reciente edición.

Previamente, no sería juicioso soslayar la índole de las acciones de repudio, hostigamiento y hasta amenazas dirigidas a los autores del informe. En primer término, caratular la investigación como una “lista negra” y asociar esto al fascismo o la Dictadura es un ejercicio típico de estas nuevas derechas que les permite victimizarse al tiempo que banalizar persecuciones reales sobre la disidencia política. Se podrá imputar imprudencia y un relajo ético a los seis periodistas por el agregado de detalles personales en el sociograma presentado, pero no hay modo de asociar tal cosa con una campaña de asedio a los involucrados ni hacer responsables de ello a las autoridades del Estado.

En segundo lugar, concordante con lo anterior, no puede admitirse sin más que responsables y cómplices de las tareas de inteligencia que la gestión anterior desplegó contra sus adversarios hoy pongan el grito en el cielo. Los mismos que, entre muchas otras tropelías, espiaron a 200 periodistas durante la cumbre del G20 o detuvieron a un adolescente por reproducir una canción de cancha en Twitter. La oportunidad se les sirvió en bandeja, claro está, pero es imperioso presentar una función de memoria que ubique a las cosas y a las personas en su lugar.

Finalmente, cualquiera sea el error o la defección de los responsables del informe, tampoco puede admitirse como legítima la escalada que implican las amenazas a su integridad, las campañas para lograr que pierdan sus trabajos y todo intento por aplicar censura y silenciarlos de manera permanente. Sin pasar por alto la paradoja que implica indignarse por una supuesta persecución política y responder mediante la humillación y el acoso coordinado por parte de cientos o miles de usuarios de redes (mayormente anónimos) a seis periodistas.

Ahora sí, retomando el objeto inicial de este escrito, es de interés señalar el primer gran error del trabajo: no advirtió o no pudo prever los obvios efectos de su presentación pública. Evidentemente, no hubo un debido reconocimiento del objeto de análisis o se subestimaron en el análisis sus fuerzas y voluntades. Asimismo, aunque la torpeza política no es una variable para juzgar el trabajo, sí convendría demandar una más ajustada ponderación sobre el impacto de estas intervenciones periodísticas en el ecosistema político. Justamente, por el peligro que conlleva el fenómeno que se intentó retratar y denunciar. Esto último, el carácter de denuncia o alerta, la toma de partido de los protagonistas es lo que habilita nuestra demanda.

Con relación al sociograma de la discordia con sus nodos de vínculos y fichas que identifican a organizaciones, grupos, dirigentes, pero también a usuarios de redes sin mayores responsabilidades que la administración de sus cuentas, es dable reconocer que es un recurso muy típico y hasta necesario para las investigaciones sociales y el periodismo de datos, pero no siempre es útil ni prudente su publicación. Vale como ejemplo el notable trabajo realizado por la periodista e investigadora Mariana Moyano en su libro Trolls S.A., La industria del odio en Internet. En su obra, Moyano ofrece una dedicada reconstrucción de muchos de estos fenómenos, específicamente en el despliegue por las redes sociales (Twitter, Facebook, etc.), tanto en el orden local como internacional. Sin resignar detalles e información relevante, privilegió la descripción del fenómeno por sobre la identificación de los individuos. Más allá de las consideraciones éticas, por una clara noción del carácter contingente que tiene esa individualización. Un camino menos espectacular, sí, pero mucho más eficiente y de largo alcance.

En un plano más general, del mismo modo procede el periodista e investigador Pablo Stefanoni en ¿La rebeldía se volvió de derecha? Cómo el antiprogresismo y la anticorrección política están construyendo un nuevo sentido común (y por qué la izquierda debería tomarlo en serio). Un buceo meticuloso por las galaxias derechistas y sus mensajes, que plantea escudriñar en las razones explicativas de este presente con derechas que le disputan a la izquierda la capacidad de indignarse frente a la realidad y proponer vías para transformarla. Y todo ese recorrido argumental y narrativo por el todo sin necesidad de empantanarse en las expresiones individuales que hacen a las partes.

Volviendo a La reacción conservadora en Argentina, es evidente el sesgo en la investigación al proponer los debates sobre género, aborto y feminismo como eje y parteaguas de la reacción conservadora. Tal el grado del sesgo que, en esa línea, figuras como Patricia Bullrich quedarían excluidas mientras que el Papa (aka Bergoglio) podría ser y, de hecho, es emparentado con el universo más reaccionario. Tan absurdo es este resultado del sesgo que Francisco rankea entre los principales enemigos identificados por buena parte de esta nueva Derecha, empezando por el gran mentor del trumpismo, Steve Bannon. Si hay un núcleo semántico en estos agentes es netamente antiprogresista, anticomunista y antipopulista, fórmulas que actúan casi con absoluta sinonimia. Por supuesto que el feminismo, el movimiento de mujeres y otras avanzadas emancipatorias están en la mira de los grupos reaccionarios, quién podría negarlo, pero hacer eje allí obtura una mirada más amplia y pierde la dinámica completa de intereses y discursos que participan en el juego.

En el cierre, es tiempo de acordar que toda labor de observación, estudio o acercamiento al mundo de las nuevas derechas requiere la contraparte de una faena semejante sobre los retrocesos discursivos de las izquierdas y los progresismos, así como poner la lupa sobre las prácticas consagradas por los movimientos emancipatorios emergentes en los últimos años. Sobre esto último, dice Lucione en la nota aludida: “Pareciera no existir espacio para la duda y, mucho menos, para admitir la diferencia de ideas. La tolerancia no es una opción posible, y no lo es en ninguno de los polos. También en nombre de la igualdad, se grita libertad a la vez que se esconde censura bajo la alfombra. La exigencia a la adecuación del manual de lo políticamente correcto es un requisito para ser parte. Casi como el dogma, o como la obligación de predicar la palabra de Dios, el progresismo no se queda atrás y escribe sus propios mandamientos”. “En ese camino, algo en los modos de acción y comunicación se volvió intimidante para quienes no se identificaban con algunas de estas consignas”, agrega.

Respecto a los retrocesos discursivos de la izquierda, vale una cita que el propio Stefanoni hace de otra gran obra de estos tiempos, ¿Por qué el capitalismo puede soñar y nosotros no? Breve manual de las ideas de izquierda para pensar el futuro, del historiador y docente Alejandro Galliano.

“El realismo político y la necesidad de resistir fueron arrinconando a la izquierda y a los movimientos populares en formas de movilización y organización esencialmente defensivas, locales e incapaces de ir más lejos que la mera reproducción de las condiciones de vida ya precarias de los grupos movilizados”, afirma Galliano y sólo nos queda reconocer que la dificultad del progresismo para romper ciertas ataduras y revisar su agenda y unos cuantos hábitos limita inexorablemente no tanto sus chances electorales como su perspectiva de agente de cambios.

Vale preguntar, llegados hasta acá, por qué poner el acento en las redes sociales al iniciar el presente artículo para, luego, darse a asuntos y discusiones más generales. Pues -será la respuesta- porque nuestro mayor problema no es la avanzada del espectro político reaccionario ni su ascendiente entre ciertos sectores juveniles, ni siquiera el riesgo de que configure a corto plazo una opción de gobierno competitiva. No, nuestro mayor problema, el de los sectores democráticos con pretensiones más o menos igualitaristas, es la constante emulación de aquellas lógicas y principios de reconocimiento propias de las redes en un plano social más general y en el campo político en particular. El efectismo, la inmediatez, la chicana, la fragmentación, todos recursos a los que nos vamos apegando a fuerza de funcionalidad, sin tiempo para reflexionar y considerar cómo eso condiciona o delimita el debate público y la disputa política. Huelga mencionar que ninguna de estas son tendencias recién nacidas; no obstante, es relativamente reciente el formateo y la generalización que la comunicación digital les ha dado. Y en ese anhelo de mayor funcionalidad, los actores políticos democráticos van legitimando y favoreciendo disposiciones y dispositivos, tanto como estéticas, que degradan los presupuestos de la democracia.

Difícilmente podamos revisar la agenda progresista, romper ataduras, desandar hábitos y poner en cuestión algunas prácticas con aspiraciones emancipatorias y efectos alienantes si no aprendemos rápida y efectivamente a lidiar con esta tuiterización de la arena política. Lejos del reniego nostálgico, un salto hacia adelante.


REFERENCIAS

1https://elpaisdigital.com.ar/contenido/la-reaccin-conservadora-y-la-economa/31697

2https://www.elpaisdigital.com.ar/contenido/la-herramienta-del-escrache-y-la-ausencia-de-narrativa/31705

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