¿Un futuro chino para Occidente?

ENTREVISTA. A pocos días de la celebración del centenario del Partido Comunista Chino, entrevistamos a Simone Pieranni, autor de “Espejo rojo. Nuestro futuro se escribe en China”, un retrato del extraordinario desarrollo tecnológico chino, que se presenta como el mañana también para el resto del mundo.

Las imágenes de las celebraciones del centenario del Partido Comunista Chino (Pcch) han sorprendido en todo el mundo. “Durante 100 años, el Pcch ha liderado en el pueblo chino cada lucha, cada sacrificio, cada innovación”, dijo el presidente Xi Jinping desde la Puerta de la Paz Celestial en la capital. “Hemos logrado una resolución histórica al problema de la pobreza extrema en China, y ahora avanzamos con paso decidido hacia el objetivo del segundo centenario: convertir a China en un gran país socialista y moderno a todos los niveles”. Desde el nacimiento de la República Popular China, proclamada desde ese mismo púlpito por Mao Tse-Tung en 1949, 770 millones de personas salieron de la pobreza. Nadie en la historia de la humanidad ha jamás logrado algo similar en tan poco tiempo. Este año Pekín anunció la eliminación de la pobreza extrema en el país. Una hazaña que hoy se completa con la extraordinaria proyección tecnológica esgrimida por China a nivel planetario. Entre 1999 y 2010 las inscripciones de jóvenes chinos a carreras de estudios superiores se multiplicaron por ocho, los egresados aumentaron un 300% y para 2017 casi triplicaban al número de recibidos en los EEUU. “El tiempo en que el pueblo chino podía ser pisoteado, en que sufría y era sometido, ha terminado para siempre. Quien sea que lo intente se encontrará un baño de sangre frente a la Gran Muralla de Acero construida por 1.400 millones de chinos”, arengó Xi en su discurso.

Hace unas pocas semanas fue publicado en Argentina por Edhasa “Espejo rojo. Nuestro futuro se escribe en China”, un interesantísimo ensayo del periodista italiano Simone Pieranni que retrata la realidad del desarrollo tecnológico chino. El panorama que trasciende deja boquiabierto: desde el extraordinario proyecto de Xiong'an, el modelo global de ciudad inteligente totalmente gestionada por algoritmos, sustentable e innovadora, hasta los rasgos de una pesadilla distópica de control total y vigilancia permanente sobre la población, posible gracias a la tecnología de punta desarrollada en China. Pieranni, que trabaja para el diario italiano Il Manifesto y fundó la agencia especializada china-files.com, asegura sin embargo que el modelo que ha tomado forma en estos años también tiene sus contradicciones. De hecho hace unas semanas el estado está disciplinando a los colosos de las tecnologías chinas con severas multas y restricciones. “Las plataformas aumentaron exponencialmente su poder en China”, nos explicó Pieranni. “Son colosos que gestionan millones de datos, que tienen muchas actividades por fuera de su core business, como Alibaba que además de plataforma de ventas online se convirtió en un banco. El Pcch está intentado limitar su acción. Mientras en occidente se habla de 'desmembrar' estos colosos, en China lo están haciendo en serio”.


-¿Cómo terminaste viviendo tanto tiempo en China?

-En China terminé de casualidad. Yo escribía ya para Il Manifesto, me dedicaba a cubrir los juicios por los hechos del G8 de Génova, de los que justo en estos días se cumplen 20 años. Al mismo tiempo, como no me alcanzaba para vivir, también hacía trabajos de programación en MySQL, PHP etc... Trabajaba para empresas que hacían minería de datos, que en ese momento era un campo desconocido para el público y ahora, con la explosión del análisis de datos, está en boca de todos. Recibí una oferta para viajar a China a dedicarme a eso y me quedé nueve años. Después de un año abandoné la empresa de programación y fundé China Files.


-Entonces conoces la industria del software chino desde adentro en la práctica...

-Si también tuve mucha suerte. Lo primero que hice al llegar a Shanghai fue salir a buscar un HackLab y comunidades de usuarios Linux, ya que de China no sabía absolutamente nada. Y de pronto la cuestión tecnología y la cuestión China, de las que por distintas razones me ocupaba, se unieron en un solo campo de trabajo con el crecimiento tecnológico chino. Así que junté todos mis intereses, y Espejo Rojo es el producto de ese encuentro.


-En uno de los pasajes del libro hablas de la "cultura 996", la que impone a los empleados de las empresas de alta tecnología chinas trabajar de 9 de la mañana a 9 de la noche 6 días a la semana. ¿Cómo viviste esta forma de entender el trabajo en China?

-El tema del mundo del trabajo muestra a pleno la hipocresía del mundo occidental hacia China. Nosotros, en lugar de exportar derechos laborales como se decía en los '90, nos aprovechamos de la ausencia de esos derechos en China durante años. Es un proceso que comenzó después de la Revolución Cultural de los años 70, cuando la gente pasaba realmente hambre. Eso es algo que aún hoy se palpa al hablar con los chinos que han vivido aquella época, pasaban mucha hambre, y todo lo que se hizo para revertir esa condición lo han aceptado por eso, a pesar de ser super explotados. Así se explica también porqué China es reconocida como un lugar adonde las personas trabajan a destajo, lo aceptaron con tal de no volver a la condición de donde venían. Pero eso no provocó sólo el crecimiento del PBI chino y el mejoramiento de las condiciones de su población, también crecieron las ganancias de las empresas occidentales que fueron a invertir hasta allá para explotar la fuerza de trabajo a costo muy bajo, sin regulación y sin derechos sindicales.

En China aún hoy no existe la posibilidad de formar sindicatos autónomos e independientes. Hay un único sindicato que responde casi siempre a los intereses del estado y casi nunca a los de los trabajadores. Entonces, no sólo no exportamos los derechos laborales en su momento, sino que ahora corremos el riesgo de importar en occidente las condiciones de trabajo del sector del software. En el libro de hecho se reproducen una serie de declaraciones de hombres de negocios norteamericanos que advierten a los trabajadores de su país que para ser competitivos hay que trabajar  tanto cuanto los chinos, en lugar de andar reclamando derechos. Por suerte los indicios de cambio de este tipo de lógicas de explotación llegan desde la misma China. En primer lugar por la gran protesta de los trabajadores en contra de la cultura 996, que se convirtió en uno de los temas de debate más importantes en China, con muchos intelectuales y universitarios que se manifestaron en contra. Este fenómeno se sumó a las protestas de los trabajadores de las apps de delivery, que tienen las mismas condiciones de vida que sus colegas occidentales, y hasta algunos funcionarios se expresaron en favor de un cambio en este tipo de dinámicas de trabajo. Algunas plataformas hasta redujeron ya el horario de trabajo de sus empleados, aunque sigue impactando poco si no se aumentan al mismo tiempo los salarios.

Obviamente estas protestas se dan dentro de lo que podríamos llamar el ecosistema chino, por lo tanto jamás se pone en discusión el poder político, sino que se intenta llevar adelante luchas específicas contra las empresas privadas que en este momento están en el ojo de la tormenta con las multas que el estado impuso contra los colosos del hi-tec. El Partido Comunista obviamente lanza esta guerra contra las plataformas por una cuestión de poder, pero al mismo tiempo ya que está se excusa detrás de la defensa de los trabajadores. La realidad china es así. El Pcch tiene una enorme capacidad de lectura del pulso de la sociedad y utiliza algunos sentimientos que surgen, en este caso en el mundo del trabajo, para explotarlos y sacar ventaja.


-Esta disputa entre colosos de la tecnología y estado sin embargo resulta contradictoria vista desde afuera. Hace años ya muchas instituciones y gobiernos occidentales advierten que detrás de las grandes tecnológicas chinas está el Pcch. El caso Huawei es quizás el más conocido. ¿Cómo se entiende este choque que vemos ahora?

Es una cuestión compleja. Huawei por ejemplo es una empresa privada, como hay muchas en China. La polémica que se creó en occidente acerca de la posibilidad de que Huawei pueda convertirse en espía y pasar datos sensibles al Pcch es en teoría falsa, porque jamás se comprobó que algo parecido suceda, sin embargo es una preocupación plausible. Porque estas grandes empresas privadas en realidad le deben todo al Pcch. Imaginemos por un momento si en el mercado chino no hubiesen sido excluidos los grandes jugadores tecnológicos globales, como Facebook, Amazon, Google, Apple. El Pcch, al censurar los contenidos que algunas de estas plataformas podrían hacer circular, favoreció el crecimiento de las grandes empresas privadas nacionales. Si el Pcch llegara a pedirles datos, no hay duda de que se los entregarían. Sin embargo eso no significa que se haga en automático. Y tampoco significa que el Pcch sea necesariamente benévolo con esas empresas. De hecho las está masacrando a pesar de saber que podrían serle útiles.

Además, este mecanismo de entrega de datos al gobierno chino lo hicieron en primer lugar las empresas occidentales. En el libro se cuenta el caso de Yahoo, que entregó la información y correos electrónicos de disidentes que luego fueron arrestados y torturados. Tesla también se plegó de inmediato a la legislación china que obliga a las empresas extranjeras a guardar todos sus datos dentro del territorio chino.

En China funciona así: si quieres operar ahí sabés que tenés que someterte a una serie de reglas explícitas e implícitas. Y eso vale tanto para las empresas chinas como para las occidentales. La posibilidad de que una empresa china use los datos que recopila en el exterior y los entregue directamente al Pcch es plausible, pero jamás se comprobó. Así, esa sospecha se convierte en un recurso para utilizar en la contienda geopolítica, en particular por parte de los EEUU. Que además tiene casos escandalosos en ese mismo sentido: NSA, Snowden, Cambridge Analytica etc... Los primeros pedidos para esclarecer la cuestión Huawei fueron presentados por el ex presidente Obama hace más de diez años y ningún tribunal presentó jamás una prueba de espionaje.


-Sin embargo eso alcanzó para reforzar la narrativa estadounidense, sobre la inseguridad implícita a todo lo que provenga de China. Y que Pekín no ha sido capaz de revertir con una buena política de Soft Power. Si durante la guerra fría, los soviéticos contaban con el poder de atracción de la ideología en todo el mundo, para China ese aspecto parece quedar en el debe...

-En primer lugar, me parece que la expresión "guerra fría" en este contexto no es correcta, justamente por lo que vos decís. La Urss y los EEUU estaban separados desde el punto de vista económico, y además desde lo ideológico se encontraban en dos frentes claramente contrapuestos. China y EEUU están hace tiempo totalmente atados desde el punto de vista económico. A tal punto que a pesar de los choques, sanciones, aranceles y querellas diplomáticas las relaciones comerciales son a grandes rasgos las mismas de siempre. Simplemente Whashington intentó dejar tierra arrasada alrededor de la expansión tecnológica china, en particular en el sector de los semiconductores, en el que los chinos son muy débiles. Ideológicamente, además, ni hablar. Deng Xiaoping decía que no le importaba en absoluto como llamarían al modelo chino, si socialista, capitalista, no importa, lo importante es hacer negocios. Efectivamente Pekín no se mueve a partir de lo ideológico. No se fija en si la contraparte es una democracia, una dictadura, una monarquía o un autoritarismo. La brújula para China son los mercados. Si hay un mercado adonde se puede operar, que se puede abrir, o que es útil, se hacen negocios. China no supedita los negocios a cambios en el sistema político de sus socios. Entonces el choque ideológico directamente no existe. Por eso no creo que se pueda usar el término "guerra fría".

En lo que respecta al Soft Power, en cambio, yo creo que es el gran problema de China. Porque no puede ejercer una política de poder blando como el que nosotros, en occidente, vivimos por parte de los EEUU. Yo siempre hago este ejemplo: si se pide a cualquier occidental que nombre a un escritor o una película norteamericana, en pocos segundos contesta; pero si se le pide una película o un libro de un autor chino, es muy raro que pueda contestar. Pekín no tiene esa potencia de fuego que tuvo la industria cultural estadounidense. Además entre nosotros y China hay una diferencia desde el punto de vista cultural que es abismal. En segundo lugar, el gobierno chino no es capaz de insertarse en el discurso político occidental. No puede. Se comporta como si los occidentales fuéramos chinos, comunica de la misma manera que lo hace con su población. O lo hace de manera excesivamente agresiva, como en el caso de los llamados Wolf Warriors, diplomáticos chinos que en las redes sociales (que en China están vedadas pero todos los funcionarios chinos en el mundo tienen una cuenta en ellas), lanzan criticas sin demasiada consideración y sin cuidar las formas. No es un caso que todos los sondeos en Europa sobre la percepción acerca del crecimiento chino indican un general escepticismo.

Es decir, si China decide comprar tal o cual empresa no tiene ningún obstáculo, pero si se trata de hablar con la sociedad civil aún no logra hacerlo. Ese creo que es el principal punto débil de China a nivel internacional. Hace unas pocas semana, el mismo Xi Jinping en un discurso para el sistema mediático chino, además de recordarles que cualquier nombre tengan “su apellido es Pcch”, les dijo que es necesario “contar mejor” lo que sucede en China. Puede ser una señal de cambio, pero el camino es aún larguísimo porque en general parten de un punto que definiría desastroso.


-En tu libro se detalla de manera muy clara el proyecto de las Smart Cities, ciudades cuasi distópicas, totalmente vigiladas y automatizadas que ya son una realidad en algunos lugares en China. ¿Como se explica el nivel de tolerancia a la vigilancia y la intromisión del Estado en los asuntos individuales que. parece haber desarrollado la población china?

-Es un tema un poco delicado, porque siempre se corre el riesgo de terminar en un discurso culturalista. Efectivamente en China el estado tiene un rol central en toda la historia. En época imperial los mercaderes eran considerados el último escalón de la jerarquía social. Primeros venían los letrados, luego los funcionarios, luego los campesinos y por último los comerciantes. Ya en aquella época la empresa privada prácticamente no existía. El Maoismo luego llevó al nacimiento de las comunas campesinas que significó erradicar las propiedades de la tierra y las empresas agrícolas privadas. Como consecuencia surgió este constante control estatal. Que luego en realidad se fue debilitando en la época de las reformas y la apertura económica. En los `90, en el periodo de Jiang Zemin, hubo grandísimas liberalizaciones, con una expulsión de fuerza de trabajo de las empresas de estado terrible. Fue un periodo en que el mismo Pcch pasó de ser un partido a mayoría campesina y obrera a una estructura a mayoría empresarial, con muchos funcionarios, millonarios, clase media. Pero la economía siempre quedó bajo el control estatal. Es algo a lo que los chinos están acostumbrados desde siempre, y que encontró un impulso muy fuerte desde el 1949 en adelante.


-Durante la celebración del centenario del Pcch, Xi Jinping declaró que para 2049 China deberá llegar a ser un “gran país socialista moderno” con una economía avanzada. ¿Cómo te imaginas que podrá llegar a ser? 

-Hay algunos datos objetivos que deben ser tomados en consideración en este aspecto. China es el único país del planeta que puede tener una ballesta temporal tan amplia. En las democracias occidentales se suele razonar en términos de mandato de gobierno, cuatro, seis años según el ordenamiento. Los chinos proyectan en temporalidades que son increíbles. El último plan quinquenal por ejemplo llega hasta 2026, pero plantea objetivos hacia 2035, y Xi Jinping hace ya rato que pone el 2049 como meta justamente por ser el centenario de la República Popular. Esta es una característica que es un clásico desde 1949 en adelante.

Pero además estas promesas constituyen algo que es muy interesante. El Pcch desde siempre se pone objetivos, pero en los últimos años los que se dieron los alcanzan indefectiblemente. En primer lugar fue la erradicación de la pobreza, y a pesar de que dependa de los parámetros de medición que se usen, ellos aseguran que lo lograron; se propusieron establecer una “sociedad moderadamente próspera”, y lo cumplieron; ahora la “sociedad socialista avanzada y armoniosa” llegará en 2049. Este continuo correr hacia adelante las metas, por un lado permite al Pcch justificar la aparición de problemas con el hecho de que aún está en marcha el cumplimiento de sus objetivos; pero por el otro, al completar siempre lo pautado, ¿qué les quedará por prometer para después de 2049? Ese es un gran interrogante. Una vez lograda la sociedad socialista y armoniosa, que significa juntar comunismo y confucianismo tras milenios de desarrollo, el Pcch deberá enfrentar el problema de ponerse nuevos desafíos. Porque llegará el punto en que con una clase media que ya roza las 500 millones de personas, se hará difícil sostener una calidad de vida en la que las expectativas son cada vez más altas, porque a eso se acostumbraron hace ya mucho tiempo. Habrá promesas por un lado, y presumiblemente una objetiva desaceleración económica, y hasta hoy el sistema chino en su entereza se basa en el cumplimiento de objetivos económicos. Este tirar la pelota siempre más adelante en realidad también responde a que se vislumbran una serie de problemas futuros. Pero eso se verá mucho más adelante. Quizás en 2049 podremos empezar a analizarlo.

Diarios Argentinos