Usted preguntará por qué cantamos

Por: Carolina Atencio


1887. William Hammond, un reconocido neurólogo norteamericano pretendió determinar, de manera científica, la inferioridad intelectual de las mujeres sobre la base del peso de su cerebro. El benemérito Doctor sostenía que nuestros cerebros no estaban preparados para ciertos desafíos, tales como las matemáticas, la ingeniería o la trigonometría, y declaraba sentirse preocupado por ver como las niñas que estudiaban estos asuntos cansaban innecesariamente su sistema nervioso provocando su colapso.

Hammond afirmaba, sin sonrojarse, que cuanto más grande fuese el cerebro, mayor era el poder mental de la persona y nosotras, al tener cerebros más pequeños que los varones, no debíamos forzarlos infructuosamente para adquirir conocimientos que resultaban innecesarios para nuestras predestinadas vidas domésticas y reproductivas.

Fue una mujer – cómo no – la encargada de dejarlo en ridículo al decir que si el tamaño cerebral indicara la inteligencia, los elefantes deberían dominar a los humanos. Con esta elemental afirmación, Hellen Gardener, desafió a Hammond a determinar el sexo de 20 cerebros que ella le proporcionaría y él, como era de esperarse, no aceptó el desafío.

1975. Cacho Castaña, cantante y compositor argentino, escribe una canción que rápidamente escala y se convierte en hit. “Si te agarro con otro te mato, te doy una paliza y después me escapo”. La frase, que pareciera extraída del relato de una mujer en situación de violencia, se pone cómoda en el imaginario colectivo y se normaliza, sin la más mínima interpelación ni condena social. Un “celoso” que le habla a SU mujer y le anticipa las consecuencias ante eventuales desviaciones de su comportamiento.

2019. Mauricio Macri, Presidente de la Nación, se manifiesta públicamente con una metáfora para graficar su concepción sobre el populismo (?): “Es como que le cedas la administración de tu casa a tu mujer, use la tarjeta y un día te vengan a hipotecar la casa”. Ceder la administración de la casa: patronazgo entre pares con pretensiones de normalidad. El marido le cede la administración pero ella, inútil e irresponsable como todas las mujeres, la detona toda y sobreviene la hipoteca. 

“Las mujeres no sabemos manejar dinero”. Hace años que escucho esta imbecilidad incluso de congéneres cuya autonomía y eficiencia económico-financiera dejaría estupefacto/a más de uno/a. Nos creemos el discurso aun cuando no nos reconocemos en él, porque el poder de la palabra trasvasa límites insospechados y nos convence de barbaridades a pesar de que las refutamos de manera constante en nuestras experiencias de todos los días.

Las desigualdades y sus funestas consecuencias no surgen por generación espontánea. No son producto de condiciones naturales y menos que menos, de determinismos biológicos. Se construyen culturalmente, se reproducen y se sostienen desde el discurso y las prácticas cotidianas. Se las ingenian para disfrazarse de normalidad y se adaptan y reformulan al ritmo de la historia: si la del peso del cerebro ya no te la cree nadie, entonces hablemos de incapacidad financiera, hipotecas y tarjetas de crédito. Y en caso de que te queden dudas de tu inferioridad, te amenazan de muerte en una canción de moda.

El discurso es una flagrante manifestación de poder. Es un recurso que el poder utiliza para generar condiciones de dominación y control, en todos los órdenes de la vida. No es casual ni ingenuo que a lo largo de la historia la palabra se haya usado en detrimento de los derechos y oportunidades de las mujeres y no al revés. No es un error ni obedece a posiciones unilaterales sino que es el resultado de un consenso social patriarcal y machista que encontró confortable legitimidad durante siglos.

Por eso las mujeres nos encontramos. Todos los años (y todos los días). En La Plata, en Trelew, en Chaco y en cada birra compartida. Nos encontramos porque queremos que  el miedo cambie de bando. Nos encontramos en cada historia y en cada vivencia ajena que interpela la propia y se vuelve una sola.Nos encontramos porque en cada encuentro somos un poco más libres y estamos un poco menos solas.

Usted preguntará por qué cantamos: Cantamos porque el grito no es bastante y no es bastante el llanto ni la bronca.

Cantamos porque venceremos la derrota.

El Lapiz Verde móvil info general