Venturini

Esta es la cuarta parte del cuento que fue escrito por Sebastián Pelayo, quien imagina una travesía “Melvilleana”, en la que se embarcan conocidos escritores platenses actuales.



     Arrastraba el bote, a través del lado Sur del Puerto, cuyo Riachuelo era la boca de un pozo. Por un momento (“segundos gráciles”), se quedó inmóvil, pero reflexiva; y adivinaba la altura de las grúas, tras una niebla pesada como un paredón.
     Luego oyó unos pasos débiles que se acercaban; luego, silencio; y luego, otra vez, los pasos, pero alejándose. Creyó que iba a aparecer un hombre; y que la escrutaría, “y ella tendría que darle explicaciones”. (“Y tal vez, oh”, se adujo, estremecida, “tuviera que matarlo”).
     Pero a medida que avanzaba, el temor fue disipándose. Y supuso, entonces, que el Puerto estaba despoblado y anduvo más relajada. (“Y con el cuchillo abro un alambrado”, se decía a sí misma; “y hago lo mismo con otro”).
     Y así fue, que llegó a una bajada que da a un pie del río, y arrastró el bote hasta botarlo.
     Y al empezar a remar, recordó aquello que, con los pelos de punta, había sido el principio de su fuga y navegancia: (“el viento cerró la puerta de un portazo, y la persiana cayó como un alud fantasmal. Y yo viéndolo todo, con los ojos desprendidos y atónitos”).
     Y echó un último vistazo a la ciudad. Y se adentró en la niebla. Y, al cabo, se esfumó en el Riachuelo, “como si éste, con su gran boca, la hubiera engullido”.

     Venturini no apareció hasta que llegó río adentro, y envuelta en una capa negra. Las luces de los barcos no la alumbraban; ni las olas, “tan pequeñas y sorprendentes; oh, golpecitos de arrebato”, llegaban hasta el bote. Antes se hundían, repentinamente, como bagres de Mekong.
     Y remaba y remaba, sin atisbo de cansancio, “como una golondrina que migra a lo desconocido”. Pues, cierta alegría, la había vuelto invulnerable. Y era lo mismo, si era de día o de noche; (“éadrom nó dorcha”, se dijo a sí misma).
     (Sólo se aseguraba de evitar la costa, “yendo en una cápsula, abstraída en un libro”).

     Pero cuando alcanzó el mar (“donde el río y el mar chocan como barcos”), sintió un escalofrío y un derrame. Ese mar, ciertamente, era lo que deseaba, pues tenía las marcas de impresionantes tormentas. (“Oh”, se decía a sí misma, “y la marca espantosa de Nuadibú”).
     (Y aun si fuera, aquello, un sueño; o un error fragante, “y fuera arrastrada por cadenas, como O”, todo sucedía con una realidad pasmosa. “Oh, tan vívido”, se decía, regocijada, Venturini.
     Y luego gritó, de pronto, levantando un remo al cielo: “¡Ahhhhhhhhhhhh!”, alertando a las gaviotas y a los chimangos; “hasta que le ardió la garganta y se quedó afónica”).

     (“Ha comenzado el invierno y yo estoy gris”, leía, despreocupada, “abandonada y sin lágrimas en esta casa de árboles y espejos; debe haber un sitio para llevar el alma, vació, en mi interior de nosferatus.
     Algunos difuntos ambulan y antes me he chocado con ellos por la calle. Hoy me chocan a mí porque voy desapareciendo”).

     La vida en el mar, sin embargo, fue dejándola sola. (“Oh, mar”, se decía a sí misma, “sin corazón y sin manos”), y una angustia empezó a crecerle en el pecho, como un cáncer maligno.
     (Y así pasó, Venturini, un lustro turbada, echada boca arriba; y otro lustro, escondida en un rincón, “temerosa, como una niña, de la Vida”).
     Aunque solía reírse de sí misma; aun en medio de la nostalgia y la pesadumbre; aun si lloraba (y mucho) sin consuelo; y aun (“Oh, qué macabro”) con el Barquero a su lado, afilando la guadaña con la lengua.
     (“Y esto”, se decía, “debe sonar a una mezcolanza turbante, en incrédulas sirenas y en tritones, ¡y hasta en el mismísimo Kraken!”).
     “Y las tormentas iban y venían, enfurecidas, como si se buscaran entre sí, como los monstruos descomunales de Toho”.
     Y ella subía y bajaba, de ola en ola, columpiándose. Y su pelo enrojecido, sus anteojos empañados, sus zapatos, resistían la fuerza centrífuga. (“Y como un cuerno, su frente grande y suave, tramaba pronto un cuento de dulces penurias”).
     (“Se extingue el día”, se decía a sí misma Venturini, “pero no el canto de la alondra”).
     Y como quien se duerme con la luz y el televisor encendidos (“y con un libro sobre el pecho”), se quedó profundamente dormida.


     Hasta que una vez, oyó la campana de un barco.

     Cortando el mar en dos, llegando hasta ella con el impulso, aquel barco se quedó estático, yuxtapuesto al bote. “Y asomándose de los balaustres, sus tripulantes enmudecían, trabándoseles la lengua con los dientes”.
     Tres de esos hombres bajaron por la escalerilla, uno más rápido que el otro, y el otro como un reptil. Y ayudaron a subir a la náufraga, todavía somnolienta. Todos saltaban de alborozo, y apretaban los arpones contra el piso, “grotescos y demiurgos”.
     (Aquellos hombres creían que Venturini se trataba de un regalo del “Poderoso”; y que, por eso mismo, no debían rechazarlo; que, si había pecado en sus intenciones, era más bien por una astucia del Diablo.
     “A parte”, decía uno, que levantaba sus hombros risueñamente, “la bienhechora ha salido del mar”. “Y el mar”, decía otro, “al fin y al cabo, es el verdadero Dios”.
     “Y qué somos nosotros”, decía otro, quien parecía ser el más ilustrado, “como para dejarnos amamantar por intelectuales y libros: “¿no somos, acaso, cazadores de ballenas? Y antes que eso, ¿no somos marineros? Y antes que nada, ¿no somos hombres?
     Por qué debemos, entonces”, continuaba el abultado arponero, “deshacernos de esa mujer, devolverla al mar, donde tuvo tan dulce nacimiento, si, no desmadrando el asunto, será posible evocar, por un instante, el amor de nuestras esposas”.
     “Y para qué otra cosa nos sería útil”, concluía otro, apoyado sobre un barril, y fumando de una pipa grande como un trombón, “si por más que aprenda a rebanar con el arpón, siempre va a haber problemas”.
     “Motivos razonables para disputársela”, se decía a sí mismo Gárgulo, “bastando con saber que, ése ser, no tiene rabo entre sus piernas”).

     Venturini metió la cabeza entre los hombros, hizo fuerza con la espalda y los puños, y cayó al suelo en medio del estupor.
     (“Y en la profunda llanura vi alzarse el hongo de viento y tierra como bomba atómica que levantó dos vaquillas del campo de pastoreo.
     Fila de arbolitos pasaron delante de mí andando, locos escapaban, arrancados y lanzados pero enhiestos. Arbolitos caminantes.
     Luego el trueno, era el tornado alzando chapas y lajas, tejas, puertas y ventanas, otros animales, llantos, gritos, mugidos, muerte”).

     Los que creyeron que Venturini había muerto se persignaron, se sentaron abatidos, soltaron sus arpones, y clavaron sus miradas en el mar, que en todo momento lucía en calma.
     Otros ni se preocuparon, porque en cierta forma les daba lo mismo. Y mencionaban, con detalles sanguinolentos, la historia del Inger, en cuya tripulación se coló una dama muy fría y seca pero insaciable, que los salvó (“en una sola noche y para siempre”) del canibalismo.
     Nadie, sin embargo, se acercaba a contemplarla. Pues habrían notado cómo le latía el corazón (“PUM PUM PUM”), y
allí mismo la habrían prendido fuego, y después huido, temerosos de su fantasma y del barco.
     A esos hombres, “en fin”, les invadió un aire tibio e inmodificable. “A años luz de la Tierra”, decía uno; “nos protegerá la mazmorra”, al verla echada a Venturini, sobre la cubierta, como en su cama.
     “Y la tendremos bajo llave, aunque bien comida y con mucho abrigo”, decía Gárgulo; “y se hará caso omiso, si los hubiera, de sus ruegos, por el lapso de 10 días, hasta que fuera conveniente sacarla al sol”.

     (El que le anunció la noticia fue quien le dijo ser el Capitán, cuyo porte pasaba por cierto, aunque fuera su anuencia, dándole un beso en la frente, lo que la convenció).
     “Gárgulo”, le dijo llamarse, sacándose el sombrero.
     (Después se excusó del maltrato, “evitando con eso”, decía, “otros peores”. Pero al mismo tiempo, largaba una sonrisa que lo desenmascaraba, pues su rostro, como el de Jekyll, era una constante variación de sí mismo).
     “Verá”, le decía, “que aquí, aunque escueto, podrá sentirse cómoda; y, podrá apreciarlo, hasta le hemos hecho un agujerito, para que no pierda de vista el mar”.
     Venturini agradeció el detalle, aunque envuelta en una nube de hartazgo. Y luego, como quien, con obvio disimulo, lanza una brujería, le dijo: “No podré dormir, sin embargo, pues ya he dormido demasiado”.
     Sólo pido que me permitan escribir; y, si los hay, algunos libros. Ya que de ese modo”, decía Venturini, “me mantendré fuerte y dispuesta”.
     Pero Gárgulo no le prometió nada, y se fue sin decir palabra, cerrando el ataúd de un portazo.

     Esos días fueron de una soledad peor que la sufrida en el bote. Pero, al mismo tiempo, de concentración y, de algún modo, de olvido; una deformación del silencio, apenas alterado por voces nerviosas y merodeantes.
     (Venturini escribía, casi todo el tiempo, una y otra vez un mismo escrito, al que no podía, empero, encontrarle un final. No porque no se decidiera, o porque luchara entre variables (“además, no creía que tuviera un ápice (por lo menos serio) de caprichosidad”), sino que (“maldición de maldiciones”), no le salían las palabras, y se quedaba en blanco).
     A veces, para atemperar, y si era de noche, espiaba por el agujerito, y hacía como que lloraba (“oh, tan inquietantemente”), tal si fuera la Llorona, transitando los pasillos del barco.
     Y entonces imaginaba los rostros de esos hombres, de pronto atacados por la pavura, y se reía (“descostillándose de risa”).
     Y luego se veía traspasando las paredes; y caminando, desnuda, por la cubierta del barco; y bajando a una playa desierta e infinita; y se veía, alejándose por el mar de arena, aun sabiendo que el barco la seguía como una sombra; y se veía extirpando ésa sombra.
     Pero entonces un muro la frenaba de golpe y Venturini rebotaba hasta los pies de Gárgulo, que era quien, “al fin”, se reía último y con gran desaforamiento, “tal si fuera esa (qué iluso), la risa de Vincent Price”.

     Sólo el pensamiento o lo que decía para sí permanecía incólume.
     Sin embargo, pronto Venturini tuvo una idea que, pasados los años, se hizo habladuría de déspotas de la cruz que se encargaron de difamarla, (“Y la acusaban, burdamente, de bruja, y la quemaban en la hoguera”).
     (“La metamorfosis labora con una materia pringosa que es su forma inasible, mutable y proteica”).
     De todos modos, esperaría; porque la forma elegida no se condecía con su presencia en el barco. Y faltaba poco, además, para que se cumplieran los 10 días de lapso, a los que había sido condenada.

     Cuando se abrió el ataúd, era el mismo Gárgulo el que venía a buscarla, anunciándole los “buenos días”. Tenía una sonrisa de oreja a oreja muy desagradable que, al menos por esa vez, se notaba sincera.
     “Espero que no la haya pasado mal”, le dijo Gárgulo, tendiéndole una mano. Venturini aceptó el saludo por mero hábito, si bien pudo retirar su mano, antes que aquel pudiera besarla.
     “Veo que, a pesar de su palidez, ahora puede erguirse”, continuaba Gárgulo; “y más de lo que algunos suponían, diría que usted ha consagrado su estadía a endiosarse”.
     (Venturini lo miraba, pero desviaba los ojos ante cada uno de los embustes de Gárgulo, esperando el momento oportuno para hablarle).
     “Le ha llegado el día”, decía Gárgulo, “de abandonar este sitio; de que pueda (no de este modo tan aburrido, sino como se merece) disfrutar de los atributos del barco. Sólo venga conmigo”, le decía, nuevamente estirando su mano.
     “Aunque debo advertirle”, decía luego, tratando de disimular la ironía: “no se asuste. Pero en estos días (acaso lo haya notado) el barco ha sido pintado con sangre, ya que hemos tenido dos tremendas batallas, una más cruenta que la otra.
     Imagínese usted, un cachalote tan grande como este barco, arponeado y todo, que no se resigna y embiste contra babor, una y otra vez, como si él mismo fuera un tifón. U otro, más pequeño, pero escurridizo y negro como el cielo del Infierno, que, al día siguiente, a pesar de un arpón que le iba de un ojo a otro, no dejaba de golpearnos en la quilla.
     De no ser por nuestra pericia”, decía Gárgulo, ahora ajustándose el cinto, “no hubiéramos podido colgarlos de la cola y degollarlos. Aunque el barco, como verá, se tiño de rojo, y ha quedado, de momento, un poco escorado.
     Así que dedíquese, le recomiendo, a disfrutar del sol, que por estos días entibia todo lo que toca, y en especial del mar, que usted habrá apreciado, no ha perdido la calma, y luce cada vez más sempiterno”.

     “Sólo le pido una cosa”, le decía Venturini, mirándolo a los ojos (“con los ojos saltones de Asa Vajda”), casi interrumpiéndolo a Gárgulo, que de todos modos no le espetó reproche y la oyó:
     “Quisiera que me permita limpiarme, aunque sea un poco; y cambiarme de ropa, porque no sé si lo ha visto o no les importa, pero apestan. Y no alcanzo a descifrar el motivo por el que se me ha negado el baño”.
     “El motivo”, decía Gárgulo, “no tiene usted por qué saberlo. Pero sepa que le permito el aseo. Aunque debe saber que aquí sólo hay ropa de hombre; por lo que le exijo, no se pase de la raya; y no se esconda, en modo alguno, en la fonda del grumete”.
     “Por lo pronto, creo que les sería beneficioso que yo estuviera a gusto”, le decía ahora Venturini, “con una hermosura espectral e hipnótica”; “no sólo fuerte y dispuesta, sino también a gusto, ya que no creo que usted ni nadie prefiera a una desganada”.
     Gárgulo masculló una protesta y, sacándole la mirada, le anunció que en breve su deseo sería cumplido, “siempre y cuando”, le subrayaba, “no se comporte como hombre. Porque entonces será tratada como tal, (y no querrá saber cómo)”.
     Dicho esto, Gárgulo se retiró, cerrando el ataúd de un portazo.

     Al rato Gárgulo regresó; y sin pronunciar palabra condujo a Venturini a un camarote, donde había un balde con agua y un bulto de ropa, junto a un catre convertido en santuario.
     (Esta vez, fue la propia Venturini quien impuso condiciones desde el vamos; y, tras avisar que saldría del camarote en cuanto terminase, cerró la puerta, aun a pesar del intento de Gárgulo por evitarlo con el pie).
     Venturini se desnudó y estaba henchida de mugre. El agua estaba helada y se lavó lo más rápido posible; aunque tardó en vestirse, y antes se anudó el trapo con el que se había secado, como si con eso recuperara cierto hábito.
     Por un instante pensó que, quizás, Gárgulo la estaría espiando por el ojo de la cerradura, y se hizo la desentendida. Caminaba de un lado a otro a propósito, como si aceptara un juego, conteniéndose de no mirar.
     Pero luego se acercó a la puerta y sintió la presencia de Gárgulo del otro lado. Hasta le pareció oír un suspiro y un crujido, como si aquel se apoyara, o el barco se inflara repentinamente. Entonces Venturini dejó caer el trapo, dejando al descubierto un vientre tupido que, sin embargo, no ocultaba su entrada.
     Venturini avanzó un poco más, hasta apoyarse en la cerradura y sentir el frío del hierro. Y creyó oír la puntiaguda lengua de Gárgulo, introduciéndose en la cerradura, extasiándose por el ácido y el óxido.
     (Venturini se arqueó y se endureció; y una arcada por poco la hace vomitar lo casi nulo que quedaba en su estómago. Clavó los ojos en el techo pintado de musgo, y recordó otro paisaje, y otra lengua (“Oh, amor verdadero”), hasta que la ahuyentó un ruido de pasos y una voz prelada, que, maldiciendo a los mil fantasmas, le exigía abrir la puerta).

     El aspecto de Venturini era desprolijo; porque todo, en especial el sombrero, le quedaba bastante grande. Hubiera dado la talla para hacer de payasa, pero su aspecto, extrañamente aniñado, la hacía parecerse a “el pibe” de la película de Chaplin, sino a la sangrienta Pizarnik.
     “Esa ropa”, decía Gárgulo, “perteneció a mi más pequeño subordinado, el desafortunado Aliaga: al mismo tiempo mordido por una ballena y atacado por el escorbuto; llévela con respeto y misericordia”.
     “Le prometo”, le decía ahora Venturini, sacándose el sombrero como si pidiera una limosna; aunque de allí dentro parecía salir una mezcla de humo y polvo fosforescente.
     “Pero le pido una última cosa”, continuaba Venturini: “que me dé al menos dos días de respiro para disfrutar del aire y del mar, ya que no es lo mismo en medio del espanto”.
     “Pero de qué espanto me habla, mi estimada”, le decía Gárgulo, tan paternal que, “otro vómito recorría, como una rata, las entrañas de Venturini”
     “Si es palabra del Señor”, continuaba Gárgulo, “y por lo tanto cosa juzgada, que usted, como cualquier otro, deba cumplir la misión a la que ha sido encomendada. No pierda la dignidad de su función, que es muy noble”, le decía ahora; “mayor, si así lo prefiere, que la que yo le ofrezco.
     De todos modos”, decía Gárgulo, extrañamente calmado, “si es su último pedido, le es dado. Disfrute a su manera de nuestro barco, ahora también suyo, que el mar y el cielo, como tan gloriosamente los ha reunido nuestro amo, tienen una calma celestial”.

     El sol ya se elevaba buscando el máximo de efusión. Corría una brisa que, con mucho esfuerzo movía un filamento, y volvía inútil el desarrollo de las velas, aunque éstas estaban firmes y el barco andaba con una potencia formidable.
     Venturini ignoraba hacia dónde se dirigía el barco, aunque parecía darse a entender un destino prefijado, como si hubieran avistado un grupo de ballenas.
     Sin embargo, ninguno alzaba sus arpones; y Venturini pronto supuso que el barco buscaba otros mares, porque allí no había más ballenas, “a no ser por alguna que otra solitaria (JA JA JA”, se reía, como descorchando una botella), “que parecen ser las más peligrosas”.
     De cualquier manera, el barco seguía su curso; y a Venturini, en el fondo, le daba igual el destino, cuestión que ya tenía para sí misma su proporcionado subterfugio.
     (Ella veía el mar tan en calma, que podía suponerlo de mal agüero).

     “Cuando se ignora a Dios”, se decía a sí misma Venturini, “todo tiene otro sentido; y otro mucho más revelador cuando se lo enfrenta. Oh, el cuchillo en mi mano y el salto de guerrera.
     Que cada cual crea”, continuaba diciéndose Venturini, “de la mejor manera atender sus pecados y sus virtudes; yo no tengo ni de unos ni de otras, aunque suelo ser comprensiva y he incurrido en sucesivas tretas para no rebelarme”.
     Venturini mordía y rasguñaba el balaustre, y sin proponérselo volvía al escrito; “o era el escrito que volvía a ella, como si hubiera pescado un espejo”.
     El mar en calma la sumía en arrebatos descabellados pero concisos, y pronto pasó del silencio al balbuceo. Al principio fue un llanto insoportable, “como el de Ofelia empapada”. Pero de a poco el efecto fue animándola, y tuvo, todavía, la esperanza de poder enhebrarle los ojos.

     En ese instante, una mano negra como el carbón, salió de adentro del barco, agujereando la cubierta. El brazo crecía rompiéndose en un grito abrumado por los rayos del sol, hasta que cayó agotado, y se produjo un silencio.
     Lentamente la mano se suspendió en el aire y disparó agarrándose del balaustre, fundió el puño e hizo palanca, pero no alcanzó. Y esperó (o eso parecía), que la otra mano y el otro brazo hicieran lo propio y se unieran.
     (Venturini estaba en un lugar desolado, en un lugar ausente, mirando a la nada. Se le nublaba la vista, y hasta desaparecía en ese punto atorado. Pero la voz urdía sus hilachas).
     La cubierta, inflada de pronto, reventó y salió el brazo como un gancho. La mano era una punta de lanza que se incrustó en el balaustre. Y ambas manos obedecían el mismo mandato, y pronto palanquearon tan fuerte como para arrancar el cielo.
     Ya los hombros se hacían oír, como dos boyas hundidas. El barco era sacudido como por un terremoto, hasta que estalló la cubierta, quedando herida de muerte, y emergió una cabeza sin rostro que giraba en torno a su cuello.
     Ese ser estiró el torso apuntando las tetas pequeñas pero erizadas al cielo gris, y abriendo el vientre hasta el desgarro, primero una y después la otra, salieron las piernas y los pies, que se aferraron a la cubierta con las uñas.
     (Venturini estaba parada a su lado, la levantó y la sostuvo, mientras esos brazos la abrazaban hundiendo la cabeza en su pecho).
     Pronto le salieron las orejas, y empezó a moverse hacia todos lados, apuntando con una y otra, cada vez que oía un martillazo o el roce de las cadenas. Enseguida le salió la nariz, contrayéndola al instante, moviéndola para desprenderse del olor del barco que, ella no sabía, apestaba a ballena destripada y a masacreros. Luego abrió una boca circular y muda como un charco de petróleo, y absorbió las gotas del mar, del viento, y de cada una de las palabras que salían del interior de Venturini. Pero cuando debían salirle los ojos, no salieron; y a pesar de no sorprenderse, a Venturini la embargó la desilusión y entró en llanto, tentada de trepar al balaustre y tirarse al mar.

     (Los hombres, con Gárgulo a la cabeza, salieron despavoridos en el bote salvavidas, abandonando el barco que creían, ahora, la cueva de una bruja).
     Venturini se apostó junto al timón, manejándolo con soltura, y fijándolo hacia el Suroeste; (y acunaba, lentamente a la criatura, “cuando ésta sacó dos ojos, de su rostro suave y liso”).
     La criatura se levantó de los brazos de Venturini y miró alrededor, fijando sus ojos a proa. “A lo lejos, un barco extraño”, decía Venturini, “como una fata morgana”.
     Una ballena blanca. grandiosa, avanzaba hacia el Norte, saltando como un delfín.

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