Yo, Dr. Rieux

OPINIÓN. Cuando uno se adentra en las páginas de La Peste, cree estar leyendo la crónica de lo que nos está pasando. Pues muchos de sus párrafos son increíblemente similares a lo que dicen los diarios de todos los días sobre la pandemia de coronavirus.

Hace muy poco, el presidente Alberto Fernández refirió en un discurso a la novela La Peste, de Albert Camus (1913-1960). Lo hizo en La Pampa, ante la prensa, dijo –citando al escritor argelino-francés– que la pandemia tiene dos particularidades, la particularidad de traer muchas muertes y la particularidad de dejar al descubierto las miserias de las almas.

Esta es la fascinación por La Peste, libro que el coronavirus ha retornado a las vidrieras de todas las librerías del mundo, y que ha impulsado a muchos lectores a releer o a leer por primera vez. Libro que también pone al descubierto una fascinación por los significados o alegorías de la peste, aquellos que exceden las cuestiones meramente sanitarias y biológicas, y se trasladan al panorama moral o existencial. Terreno literario y filosófico en el que el escritor Albert Camus logró consagrarse, antes de fallecer en un extraño accidente de autos en 1960.

Cuando uno se adentra en las páginas de esta novela, cree estar leyendo la crónica de lo que nos está pasando. Pues muchos de sus párrafos son increíblemente similares a lo que dicen los diarios de todos los días sobre la Pandemia de coronavirus: sus tramas de personajes, las listas diarias de centenares de muertes, la sensación de soledad y angustia de estar aislado, los contagios y la propagación imparable de la enfermedad que empuja a las autoridades a imponer el cada vez más severo aislamiento.

“Tan razonable como representar una prisión de cierto género por otra diferente es representar algo que existe realmente por algo que no existe”. Así, con esta cita de Daniel Defoe, comienza La Peste. Dejando perplejo de entrada al lector, pues aquello que -de pronto- tiene ante su vista, habla de algún tipo de prisión que literalmente no se trata de una prisión.

Ya Defoe había escrito Robinson Crusoe y su prisión de hombre isla (ningún hombre es una isla, diría su contemporáneo el poeta John Donn, pero se equivocaba, pues el siglo XXI parece haber venido a demostrar lo contrario). Representar una prisión de cierto género por otra diferente sería como hablar de otro tipo de encierro. La cárcel de nosotros mismos. La cárcel de la soledad y la imposibilidad de comunicarnos y sentir a los demás. He ahí el existencialismo.

Pero –por otro lado– también la cita inicial refiere al trastocamiento del sistema de la representación; pues aquello que parece una pipa, al decir de René Magritte, no es/ una pipa. Como la Peste, que /no es/ una peste; sino –en todo caso–  algo mucho más denso (como el Coronavirus, que no es solo Coronavirus, sino un vacío que su signo desplaza y también engendra). Y  lo que Camus describe es algo que está en su tiempo, pero que lo trasciende, para devenir –en el hecho de una ciudad y una epidemia inventada por el autor–  en el rango de metáfora universal. La enfermedad existencial del hombre del siglo XX.

Cuenta el biógrafo de Camus que la novela estaba siendo escrita en el momento mismo en que el escritor se encontraba instalado en la ciudad de Orán, recuperándose de la tuberculosis (su propia peste). Allí mismo se enterará de la invasión de Alemania a Francia, y de las primeras medidas que impone el gobierno de Vichy: el aislamiento y estado de excepción. Es decir, las formas que Camus estudiará a fondo para describir las cuarentenas medievales, la base de los dispositivos de demarcación poblacional de las zonas de cuarentena- control de las pestes y epidemias de tifus que azotaron a Turenne en 1941, o la gripe española de 1918 (las mismas que hoy le hacen decir a Giorgio Agamben, que el peligroso estado de excepción nos gobierna).

De allí que La Peste no sea solo el diario de una peste, sino la descripción de la base subyacente de la biopolítica ejercida por el Estado sobre las poblaciones en función del  “bien” depurador (que más tarde devendrán en el lager). Y su protagonista, el Doctor Rieux, será un experimento de lo humano llevado al límite, bajo circunstancia demasiado extraordinaria, especie de héroe que sacrifica todo por los demás (un hombre afortunado, al decir de John Berger con el título de su novela que homenajea a Rieux).

Esa capacidad de sacrificio de Rieux pone de manifiesto que la grandeza del ser humano reside en su capacidad de amar, no en su ambición personal. No hay nada hermoso en el dolor, pero indudablemente nos abre los ojos y nos obliga a pensar. Rieux no se acostumbra a ver morir a sus pacientes. Piensa que la respiración de un moribundo es una objeción irrebatible contra la supuesta bondad de la vida. La vida es absurda, ilógica; sin embargo, la rebeldía contra la muerte tiene un sentido.

El arquetipo de Rieux es quizás muy elevado para el hombre común y corriente. Claro que funciona como una suerte de héroe moderno; héroe que, a diferencia de Mersault (otro inolvidable personaje de Camus, en la novela El Extranjero) Rieux es el hombre que se enfrenta el absurdo y estupidez humana con su abnegación y capacidad de entrega. Esa es, en definitiva, su rebeldía.

La victoria corresponde a la muerte. Para Rieux, la existencia solo es “una interminable derrota”. Se trata de una convicción respaldada por la miseria física y moral que aflige –en mayor o menor grado– a la humanidad, y que las pestes ponen en evidencia. No muy lejano a Hannah Arendt, Albert Camus pensará que el mal y la indiferencia son más abundantes que las buenas acciones. El hombre no es malo en sí, pero su conocimiento de las cosas es tan deficiente que sus actos más crueles proceden de esa ignorancia.

 

Camus en Argentina

Albert Camus fue receptado en Argentina gracias a las gestiones de Victoria Ocampo, a través de la editorial Gallimard y de su amigo en común, Roger Callois. Por eso, la novela La Peste fue publicada por primera vez por Revista Sur, recién en el año 1949, con una traducción de Rosa Chacel, justo un año después de que Camus visitara nuestras pampas.

La relación de amistad entre Ocampo y Camus tuvo su inicio en París, seguirá con una intensa correspondencia (que continuará hasta la muerte del escritor), y tendrá su consagración cuando el escritor visite el país el 12 de agosto de 1948, tras su paso por Brasil y Uruguay. Las dos noches que Camus pasó en Buenos Aires, lo hizo alojado en Villa Ocampo, donde fue rodeado por numerosos intelectuales cuyo signo político contrario al peronismo marcó la agenda del escritor, quien prefirió no hacer conferencias, pero sí todo tipo de declaraciones a la prensa en contra del gobierno de Perón; al que –como su anfitriona- consideraba una dictadura militar que ejercía todo tipo de censuras contra los intelectuales.

En efecto, cuando el agregado cultural de la embajada de Francia le preguntó cuál sería el tema de su conferencia en Buenos Aires, contestó: "La libertad de expresión". Camus no solo se negó a dar la conferencia anunciada sino que no quiso que su visita tuviera carácter oficial. Contrariamente a lo que le habían aconsejado desde la embajada, se solidarizó con Victoria Ocampo y los escritores del grupo Sur. Dirá Victoria Ocampo poco más tarde: "Camus sabía perfectamente a quién daba su adhesión y por qué; aquí como en otras partes del mundo. Y su adhesión fue siempre abierta, clara. No pactaba. Comprendía muy bien, además, que nosotros estábamos ya maduros para el simbolismo de La peste y que 'éramos un país paralizado por una creciente plaga; una plaga que minaba nuestro organismo moral'".

Para el gorilismo de la época, “la peste” era el mismo peronismo. La consideración de una plaga moral incorregible de alto poder contaminante engendradora de “la chusma”. Y la visita de Camus será una forma de utilizar la obra del gran escritor para una operación política localista, de muy baja calaña, pero con alto grado de efectismo.

Con posterioridad, en 1953 será la Revista Contorno la que receptará la obra de Camus y Sartre, y la polémica entre ambos en Combat y Temps modernes. Los hermanos Viñas, Murena, Massota, Sebreli, Martínez Estrada, etc.; todos ellos intentaron construir una historia crítica de la literatura nacional, desde la izquierda, y con una mirada más profunda sobre el fenómeno del peronismo. En este contexto, serán leídas las novelas El Extranjero y La peste (esta última será reeditada por Sudamericana a partir de 1968 con la misma traducción de Chacel). Para muchos de los contornistas (no para todos), ya no será el peronismo la plaga o peste que azota nuestras pampas, sino en todo caso la necesidad  la literatura a partir del compromiso que debían asumir los intelectuales respecto de la apremiante realidad y las injusticias en que vivían. Camus dejaba de estar en el medio de una puja localista del campo cultural con el peronismo, y se abría a otras lecturas.

Los usos de La peste en Argentina son los usos de Albert Camus. Podríamos incluso referir a la película de Luis Puenzo, que pasó sin pena ni gloria, y que fue muy criticada por caricaturizar a la complejidad de sus personajes.

Pero en el capítulo sobre los usos de la Peste no puede faltar Juan José Sebreli, verdadero experto en Camus, y hoy más cercano a las ideas de Sur que al pensamiento de aquellos jóvenes contornistas de los que supo formar parte. ¿Qué será del pobre Rieux para este último Sebreli que, en su arenga anticuarentena, pone la economía por encima de la salud y de la vida? 

Vuelvo al comienzo. A la cita de Camus que da inicio a su novela. Representar algo que existe realmente, por algo que no existe. La peste dentro de la peste. El virus dentro del virus. En el recuerdo de las injusticias que relata Albert Camus –siguiendo esta idea del discurso del presidente Alberto Fernández–, las peores epidemias suelen ser más morales que biológicas: las crisis sociales y catástrofes que no pueden ser sobrellevadas con dignidad y hacen a los hombres infames, mezquinos, egoístas y miserables.

Como el personaje de La Peste, el Dr. Rieux. A esta altura hay algo que aparece claro; a la construcción de la peste moral habrá que contraponer una ética. Nuestro modo de relacionarnos con la vida.


Sobre el autor: Julián Axat es poeta y abogado.

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